sábado, 14 de diciembre de 2002

Los Relatos de Don Wayne

PROVISIONAL


  1. PRIMER RELATO
  2. LA PRIMERA VEZ
  3. PROGRAMAS DE MANO
  4. RITA HAYWORTH
  5. EL HIJO DE KING KONG




Cada lunes, minutos antes de las 13 h, los cuatro se encontraban en sus pupitres tensos como ballestas, listos para saltar en el momento en que el timbre de aquella institución escolar religiosa, soltase el resorte. Se miraban a hurtadillas simulando repasar la lección en cualquier hoja perdida de su enciclopedia. Primero aullaba la sirena de los pozos mineros. Inmediatamente después el Hermano Aparicio pulsaba el interruptor que desencadenaba la ira bronca de la señal que franqueaba las puertas de salida. De un salto, llevando arrastras la cartera. Roberto “Quirico”, Pruden “el Patarrete” y los Mellizos, salían a empujones intentando ganar la partida a los otros, recorrían el largo pasillo de altos ventanales y a la carrera enfilaban el callejón que conducía hasta las orillas del río.

El Cine Olimpia era un edificio vetusto, con grandes portones de madera y una diminuta ventana en forma de hornacina, aquella gatera hacía las veces de taquilla. Por aquellos años, el Olimpia, era uno de los pocos lugares donde las gentes de la minería podían encontrar solaz y algunas nociones culturales: el arte de matar a un ruiseñor, como se llama la abordaje de galeón, qué árboles poblaban el bosque de Sherwood, el catálogo de fieras que nomadean por las sabanas africanas o el modo de reconocer las pinturas de guerra en un comanche… El muro trasero del edificio daba al río. Allí, en lo alto, se situaba el cuarto del proyector, dotado de ventanita que permitía el paso de luz natural y la ventilación.

Cada mañana de lunes, Blanca, adecentaba el patio de butacas, el hall y el gallinero. Pasaba luego “a donde la máquina” y barría de la tarima los trozos de metraje que habían ido a parar al suelo tras los sucesivos “cortes”. Para deshacerse de los restos, abría la claraboya y vertía el contenido del recogedor al río (aquella no era época de sensibilidades ecologistas). Como serpentinas, como extravagantes polillas negras, las laminillas de celuloide se precipitaban reptando fachada abajo.

El primero en llegar era siempre Quirico. Detrás aparecían los Mellizos. Cuando sus cortas piernas querían llevar a Patarrete hasta el puente ya los otros se habían encaramado al muro de piedra y saltaban a la ribera del Rubagón, procurando no caer en el agua. Corrían margen arriba hasta llegar a las traseras del Olimpia y ganar la vertical del ventanuco. Con frenesí de posesos registraban entre zarzas, ortigas y berrañas. Cada uno en busca de su botín semanal de “filminas”. Luego, bajo el puente, recortaban, miraban al trasluz e intercambiaban con veneración aquellos cuadritos con sus imágenes congeladas: “mira, este es Errol Flyn”, “aquí tengo las de la estampida”, “ese que veis tan chiquitín es Tarzán, con el safari perdido”, “pues yo tengo a Burt Lancaster”, “y yo a la Michelle Morgan, en Fabiola”….Las limpiaban. Las clasificaban. Las guardaban cajitas de lata...

El Olimpia no forma parte ya del urbanismo del pueblo. Tampoco Patarrete, los Mellizos o Quirico son habituales entre su paisanaje. Cada año, al llegar agosto, se encuentran en la barra de la taberna de Román. Desde su separación, causada por la crisis minera y la emigración, nunca han vuelto a hablar de las carreras por el callejón, de las piernas laceradas por las ortigas, de las cajitas de lata,… Por eso nadie entiende que, a cada reencuentro, mientras se abrazan con efusión, se saluden con un enigmático:
-Ankawua!, ¡Ankawua!
A lo que los demás responden:
- ¡Kambi Bolongo!, ¡Kambi Bolongo!
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La primera vez

Con seis años recién cumplidos, Julito, no había pisado nunca una sala de cine. Había visto películas, naturalmente, pero siempre en el televisor que gobernaba la vida del cuarto de estar de su casa, un Telefunken obsoleto incapaz de emitir otra cosa que no fuesen desvaídas imágenes blanquinegras. Durante las tardes, al salir de la escuela se sentaba en el sofá y miraba los programas infantiles de aquellos años finales de un franquismo también gris y descolorido: Locomotoro, el Oso Yogui, el Capitán Tan, el Pájaro Loco, Valentina, Popeye… Rosa, su madre, le preparaba la merienda. Pepe, en la cuadra, bregaba con los chotos y se afanaba en el ordeño.
El día en que el maestro de la escuela unitaria de Cernuda anunció que pronto “bajarían” a la ciudad para ir al cine, entre el puñado de alumnos, apenas una docena, se propagó el alboroto. Las salidas de aquel paisaje ocupado por campos de cereal, rebaños de ovejas churras, páramos y adobe, no menudeaban.
El día señalado fue un sábado, a mediados de noviembre. Amaneció con un sol que manoteaba asfixiado intentando abrirse paso entre la niebla que mantenía a los estorninos acobardados el lo alto de los tejados. A media mañana casi todos los discípulos estaban ya reunidos junto a la fuente de la plaza, cuyos cuatro caños destilaban hielo en forma de largos carámbanos. Todos embuchados en abrigos, anoraks, guantes y gorritos de lana. Las madres daban las últimas instrucciones para el viaje, colocaban bufandas o preguntaban a D. Jaime, el maestro, la hora prevista para el regreso. Algún perro curioseaba inquieto en la periferia del grupo, preguntándose por aquella novedad que tenía trastocada la vida del pueblo. Todavía hubo que esperar porque Nuria, la hija del herrero, se retrasaba.
Poco antes de las doce embarcaron en la furgoneta de Fabricio. Media hora después se apeaban en la estación de Renedo. El “cercanías” procedente del norte no tardó en llegar. El interior del vagón acogió a Julito con su respiración de aire caldeado. Una vez acomodado en su asiento, las piernas colgando, el niño, supo que aquello de viajar en tren le iba a gustar. Mientras el maestro comentaba algunos detalles del viaje con los mayores, él miraba por la ventana de vidrios llorosos, abría sus enormes ojos de autillo, asombrándose de la velocidad a la que pasaban los postes de la luz situados junto a la vía, los campos yermos aturdidos por la helada, los espinos blancos, los caseríos, los remolques cargados con remolacha…
Comieron de bocadillos en los soportales de la catedral. Luego el maestro los condujo al Parque de las Pavos Reales. Hicieron tiempo dando de comer a unas palomas reumáticas que sucias de invierno cojeaban disputándose a topadas la molla del pan.
A media tarde se encaminaron al cine. Pasearon a lo largo de toda la Avenida del General Aranaz, Julio, bien agarrado de la mano de Carmencita, trotaba mudo, intentando acaparar con la mirada un mundo que la resultaba ajeno: tanta gente, los comercios iluminados, el ajetreo urbano, los semáforos, el tráfico...
Bajo la gran marquesina del Cine Amor se apiñaba el público organizado en un remedo de fila. Grandes carteleras anunciaban el estreno de aquellos días: “Fantasía” de Walt Disney. En un muro lateral, un sujeto semidesnudo profetizaba ya el estreno que vendría después, una de Tarzán. Uno de aquellos tarzanes de medio pelo y sin gracia que, en los setenta, tomaron el relevo a Johnny Weissmüller. Mientras la fila avanzaba, Don Jaime no perdía de vista a sus estudiantes.
Con ojos ávidos, Julito, pasó al interior del hall arropado por el resto de sus compañeros. Desde los muros tapizados de rojo, imágenes coloreadas, rostros desconocidos y como de otra época le sonrieron dándole la bienvenida.
Cuando pasaron a la gran sala del patio de butacas el chiquillo se quedó boquiabierto. ¡Aquello era enorme! Filas y filas de butacas alineadas con precisión milimétrica. Tras ocupar sus asientos Don Jaime repartió entre los niños una bolsa de caramelos toffes de café con leche y “Mastic” de regaliz. Julito, casi tragado por su butaca, observaba con avidez la gran pantalla blanca, el trajín de la sala, los palcos laterales, la exagerada araña luminosa que colgaba del techo… Tres timbrazos brotaron de algún lugar ubicado en un punto incierto del edificio. Cuando los últimos espectadores se apresuraban a ocupar su localidad cayó la noche en el patio de butacas y con la oscuridad sobrevino el silencio.
De pronto la pantalla se iluminó con imágenes que cobraban vida. Julito permaneció unos segundos bajo el efecto de la perplejidad. Luego un incontenible deseo de manifestar su asombro le llevó a exclamar con voz desorbitada:
- ¡HOOOSTIAS MAESTRO, VAYA CACHO TELE!
En la oscuridad de la sala, cuatrocientas voces rompieron en una estruendosa carcajada.

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Jaht dijo...
Los Hermanos Malasombra fueron otros personajes que pasaron por la infancia televisiva de Julito. En aquellos días, en mi pueblo extremeño sí teníamos cine, con butacas de madera y sillas de tijera del mismo material. Se hacía un descanso a mitad de la proyección y los más pequeños salíamos zumbando a casa a por la merendilla. La entrada costaba un duro y el paquete de pipas.... (Y el toro dijo al morir: siento dejar este mundo sin probar pipas FACUNDO); pues eso, que las pipas iban a peseta.

Las del oeste y las de romanos (que se rodaban en Almería) eran las Avatar de nuestros Domingos (único día de Proyección).
Don, otro día te contaré lo de las carteleras y las secuelas de las películas más célebres.
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Don Wayne dijo...
Estimado (¿señor/señora?) Jaht:
Aunque no tengo el gusto de conocerle (limitaciones propias del medio en que participamos)tengo en gran estima sus colaboraciones de Vd. en esta página.
Puede creerme cuando le digo que los Hermanos Malasombra ("somos malos Malasombra, somos malos de verdad, más malos que una espina que solo sabe pinchar y más malos que la quina"), aparecían inicialmente en el relato del niño Julito. Hube de retirarlos a última hora junto a otros detalles que contextualizaban la época para no extender el relato más allá de lo necesario.
Agradezco, no obstante, sus precisiones.
Reciban un cordial relincho.

Don Wayne
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Programas de mano

―Maruja y este… ¿de cuándo es?
―Déjame ver... ―giraba el prospecto y lo examinaba por detrás―. Mira Antoñito aquí lo pone, ¿ves esta anotación a lapicero de la esquina? Fui a verla en 1952. En el cine Clavel de Canedo. Tú ni habías nacido.
―¿De qué trataba?
―Se tituló “Locura de amor”. ―La vecina, volteaba de nuevo la hoja y mostraba al chiquillo la ilustración―: Fíjate bien, aquí lo pone. La actriz se llama Aurora Bautista.
―¿Dónde lo pongo?
―Puedes ponerlo en ese montón, junto con las películas románticas.

Algunas tardes, Antonio, para salir de la rutina familiar escapaba a la carrera hasta la casa de Maruja. Solía encontrarla sentada en la mesa camilla. A la luz de un flexo, abstraída en sus pensamientos, movía con presteza una aguja de punta curva, remendando las carreras que surcaban las medias del vecindario femenino.
―¿Ya estás aquí Toñito? ¿Por qué no te vas a jugar a la calle?
―Prefiero hacerte compañía.
Durante un rato Antonio se entretenía provocando el enfado de Balduino, un periquito de tonos azulados y ojos vivos que tomaba el sol en la ventana. Introducía el dedo entre los barrotes de la jaula para enrabiarlo. Balduino amagaba picotazos garriando malhumorado.
―¿Pero qué te ha hecho el pájaro, mi niño? Déjalo en paz.
―Maruja, ¿me dejas ver los programas?
―Sube a la buhardilla y te los bajas. Ten cuidado no vayas rodar por la escalera.
Antonio remontaba raudo la angosta escalera forrada de linóleo que conducía al piso de arriba. Del viejo baúl festoneado de tachuelas doradas extraía las cuatro carpetas de cartón reseco y retornaba a la cocina.
―Ponte ahí, junto al fogón, en la mesa de la cocina.
Sobre la mesa de formica gris, el niño, soltaba las cintas de tela e iba desnudando las solapas. En el interior de cada carpeta asomaba una apretada resma de folletos de cine, programas de mano que Maruja había ido recopilando con celo desde sus años mozos.
―¿Cuántos tienes, Maruja?
―No lo sé, hijo, nunca los he contado.
―¿Habrá mil?
―Seguramente hay más.
Antonio los depositaba sobre la mesa formando montoncitos, los pasaba uno a uno, contemplándolos fascinado. Programas de aquellos que en tamaños, color y hechura variados, entregaban en mano a la entrada de los cines en los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Affiches que reproducían en formato doméstico las imágenes expuestas en las grandes carteleras de la plaza. La mayoría llevaban estampado por detrás el sello de los cines del pueblo “Gran Cine Roma” o “Sala Proyecciones”. Otros habían llegado, a saber mediante que vericuetos, desde los cines que ofrecían su programación en otras localidades: el “Clavel” de Canedo, el “Gran Avenida” de Herreruela o el cine “Coliseo” de Corrales.
―Maruja, ¿te las has visto todas?
―Todas no, Antonio, pero la mayoría si.
―¿Cuál es la primera que viste?
Dejaba la labor, acercaba su silla hasta la mesa y se sentaba junto al chiquillo. Revolvía cuidadosamente entre las parvas de hojas.
―Mira esta. Esta es la primera que vi. Fue en el año 48 y yo era muy joven.
―¿Y cuál fue la última?
―¿La última? Pero que tonto eres. La última ha sido esta, la vi con mis hermanas la semana pasada en el “Roma”. Hecha cuentas llevo veinte años yendo al cine y guardando los programas.
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Don Wayne dijo...
Durante largo rato permanecían sentados en la mesa hojeando los programas. Durante meses, Toñito, casi aprendió a leer deletreando títulos de películas o los nombres imposibles de las estrellas del cine norteamericano Gar Gable, Estuar Ranger Rita Jaibor… Sobre la mesa de la cocina el guaje pasaba las horas extasiado ante las ilustraciones de pistoleros, romanos, barcos, retratos de rostros en cándida actitud de enamoramiento o afeados por la maldad de forajidos, gángsteres o fumanchues. Algunos días se entretenía apilándolos por temas: “aquí los de la historia, aquí las películas españolas, aquí los de policías, aquí los del Oeste y aquí los de amor”. Cuando dudaba preguntaba a Maruja.
Al cabo del rato, antes de retornar a su labor junto a la lámpara, la mujer le preparaba algo de merienda: un bocalillo de pan con tomate y una laja de jamón, queso, o nocilla… Balduino parloteaba satisfecho solazándose al sol tras los visillos.
―¿Te gustan, Antoñito? Un día, cuando seas más mayor, serán para ti. Te los regalaré todos…

Las últimas semanas de aquel invierno fueron de ventiscas y un frío coagulado. Tía Maruja comenzó a sentirse mal. Desafiando la última nevada, bajó a la capital en compañía de Paquita para una visita médica. Regresaron a los pocos días. Cuando Toñito acudió a visitar a su vecina la encontró desmejorada y con el rostro demacrado. Aquella tarde no cogía los puntos de media. Tampoco le invitó a sacar los programas de cine. Pocos días después cayó en cama y tuvo que ser atendida por sus hermanas venidas de otros barrios o de localidades aledañas. Macario y Carmen prohibieron a su hijo ir a molestar a la vecina.
Tras las vacaciones de Pascua, una mañana de vencejos en el cielo, falleció Maruja. El chico se enteró a la hora de la comida.
Durante la tarde se organizó en la casa un lento y triste velatorio. Al salir del colegio, Antonio, acudió a la casa de Maruja en busca de sus padres. Empujó la puerta de hierro y penetró a hurtadillas rozando los abrigos negros que colgaban del perchero. Un silencio encogido reinaba en la cocina donde algunas personas tomaban café. Balduino no estaba en su rincón de la ventana. Macario al ver a su hijo le mandó de regreso para casa.
Antes de salir, Antoñito, escaló por última vez los peldaños que conducían a la buhardilla. Bajó poco después y arrastrando su abultada cartera de escolar, ganó la calle sigiloso y regresó a casa.

Días más tarde, Paquita y Emilia, como viudas, se encargaron de la casa. Limpiaron, ordenaron, recogieron las pertenencias de su hermana. Ninguna se acordaba de la colección de programas de cine de Maruja. Nunca nadie llegó a echarlos de menos.
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Rita Hayworth

Veinticinco años habían pasado desde el fin de un conflicto cruel y fraticida. Veinticinco años de cruda represión política y moral, enconada en disolver cualquier atisbo de libertad, originalidad o de alegría. Dos décadas y media en las que la vida de aquel pueblo había quedado embadurnada con una sucia paleta de colores pálidos, mezquinos y fríos. El blanco enfermizo del humo y los silencios que emergían agusanados de las chimeneas. Un gris ceniza en el delantal de las mujeres y en su pelo. El negro aceitoso de la antracita en las sayas y en los velos eclesiales. Pardo de uniformes, de miedo y luto de años en el corazón de las abuelas. El color de una oscura carcoma en los pulmones y en el rostro receloso de los hombres. La antigua rebeldía había trasmutado en una atmósfera distorsionada de sombras, enmudecida, triste, amarga.
Una sociedad sometida, estrecha, descalabrada… Un mundo de ánimo desolado y pensamiento tarugo en el que destacaba inédito el perfil caprichoso, excéntrico y excepcional de Margarita.
El padre de Margarita Muñoz había sido uno de los primeros ingenieros de la cuenca. Desde niña residía en la calle de Los Santos Patrones, en una mansión desproporcionada para ella sola, heredad de la familia. Las traseras de la casa daban a los muelles ferroviarios, cerrándose en pendiente en torno a un sólido muro, alto y muy grueso, una obra de arenisca y argamasa que proporcionaba protección a una gran finca arbolada a la que todos conocían como “La Tierrona”. La muralla otorgaba intimidad a la inquilina.
Margarita Muñoz vivía en malentendido permanente con la realidad. Mujer descarrilada, solitaria, extravagante, parecía extraída de un mundo exótico y ajeno, reciclada según los códigos de la cinematografía norteamericana: blusas ligeras y muy blancas, faldas que remontaban la rodilla o vestidos de colores que ella misma se cortaba. Negrísima melena cubierta por pañuelos floreados, dos frambuesas en la boca, pechos firmes y apretados que burlaban desafiantes la apretura de otras filas, mascarones arrogantes de una nave milenaria. Gafas de sol para ocultar la mirada un punto extraviada. Empecinada en la disidencia social, desacompañada siempre, errabundeaba contoneando los volantes de su falda, el bolso bajo el brazo, calle arriba, calle abajo o al calor de los soportales en la plaza.
Corrían voces en el pueblo… La salmodia repetida atestiguaba que Margarita Muñoz era una golfa, que le gustaban las mujeres, que follaba con cualquiera, que en las tardes de verano, la indecente, tomaba el sol desnuda en la Tierrona, al amparo de los muros… Al escuchar su leve taconeo, las tocas de las monjas del Divino Sacramento volaban sobresaltadas a la otra acera, la sotana funeral de los maristas se inquietaba y apresuraba el paso, murmuraban las mujeres en los puestos del mercado, ciertos hombres asomaban a la puerta de las tascas vaso en mano, y amagando un gesto soez comentaban groserías entredientes. Para muchos una loca, una bollera, un marimacho indecoroso, una puta… Unos pocos, al cruzarse en su camino la observaban compasivos.
―Pobrecita, desdichada―. Comentaban los piadosos.
En vida de sus padres todos la conocieron como Rita. Más tarde, algún desaprensivo cebó en ella su frustración y su vileza motejándola con el nombre de la artista. Pasaron a llamarla Rita Hayworth. Pronunciaban el insulto en voz bien alta. En su peculiar demencia Margarita, en vez de hacerse la ofendida, enarboló aquel apodo por bandera.
En ocasiones se enclaustraba tras la verja de la casa. Durante días apenas se la veía.
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Don Wayne dijo...
―Por ahí va esa…
―¿Quién madre?
―¡Quién va a ser, la Hayworth! Se habrá cansado de patear por la alameda.
― Madre…
―Se da unas ínfulas de actriz. Parece sacada de uno de esos largemetranjes.
―¡Déjela en paz, madre!
La mujer más joven, la madre de Quirico, aplicaba cuidadosamente el “Baldosinín” entre la junta de azulejos de la cocina. La anciana, sentada junto a la ventana de la calle, trazaba su labor de ganchillo con movimientos mecánicos y rápidos.
Quirico, entretenía su tiempo releyendo una vez más sus descoyuntados tebeos de “Hacha y Espada”. De pronto las peripecias de Mario y de Rolando en su lucha contra el conspirador Duque de Brantomé dejaron de interesarle. Simuló continuar enfrascado en las ilustraciones. Pasaba páginas, pero su oído estaba atento a la conversación entre las mujeres.
―Esa mujer es una bruja, una provocadora, una anarquista…
―¡Por Dios, madre, no diga locuras, qué sabrá usted!
―No pisa ni un domingo por la iglesia.
―Para qué. Don Tomás la pondría de patitas en la calle.
―Por desvergonzada. ¡Le falta al decoro y al respeto!
―Calle, madre. Cada uno hace de su vida…
―Dice la Asunción que es un escándalo. Se pasea toda corita por la casa y por la finca.
―¿Quién lo ha visto madre?
―Alguien la habrá sido si lo dicen.
―Será porque han metido la nariz donde no deben.
―Lleva mala vida…
―Pero si vive sola, madre. No se la conoce compañía ni de gato.
―Eso. Siempre sola y sin marido.
―La soledad no es un delito.
―Yo que se, cuando lo dicen…
―No haga caso, madre. Habladurías…

Aquella tarde Roberto, “el Quirico” salió pronto en busca de Patarrete y los Mellizos. Se fueron a la campa de la peñas a ensayar virguerías con los trompos. Estuvieron largo rato sentados en lo alto de una peña. Durante un instante, Quirico se quedó pensativo.
―Podríamos…― dijo a los otros.

Cuatro sombras furtivas, vestidas de pantalón corto, se dieron cita en los muelles de la vía, detrás de los vagones cargados con ovoides. A esa hora bochornosa de la tarde una parte de los hombres carraspeaban el polvo venenoso en el interior de las galerías. El resto tosía en las cantinas el humo espeso del tabaco negro. En las casas, las mujeres mascullaban su soledad y su fracaso mientras fregaban la vajilla o recosían somnolientas. Los cuatro guajes corretearon hasta una pila de traviesas de la vía desechadas por podridas, agarraron una y venciendo su terca y pesada resistencia, consiguieron arrastrarla hasta tenerla colocada junto al muro. Con destreza, empujando hacia arriba de un extremo, la fueron levantando y apoyando poco a poco, hasta tenerla formando un plano inclinado entre el suelo y la pared. Los mellizos gatearon como esguilos. Una vez arriba fue preciso tirar de Patarrete para izarlo hasta lo alto, desde abajo, Quirico le empujaba de la culera. A Roberto Quirico le costó poco la escalada.
Ya instalados en lo alto de la atalaya se recostaron muy pegados a la cresta. Allá abajo, en la distancia, a la sombra del moral, descansando en una hamaca de loneta, la mujer dormitaba en soledad, una revista yacía en el suelo derrotada por el sueño. Llevaba puestas sus gafas de sol y un sombrero de paja en la cabeza. Permanecieron largo rato agazapados en silencio. Olvidaron respirar. Cuatro niños puros y absortos, encaramados en lo alto de una tapia, contemplando la madura, la luminosa, la exuberante desnudez de Rita Hayworth.
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El Hijo del Granjero dijo...
Qué hubiera sido, Don Wayne, de aquellos pueblos nuestros, tan oscuros, sin el resplandor de las escasas Ritas que picoteaban las crestas del feismo y la hipocresía.

Sigo pensando, por si un día las aves fenecen por inanición, que podíamos montar una fábrica de historietas, encañarlas en fina tripa y venderlas como taranga mágica capaz, no solo de hacer hogueras en la tripa, si no de encender bombillas en las cabezas.
De verdad, me ha gustado la historia de este personaje tan nuestro y sobre todo tan de nuestros recuerdos.
También he aprendido una nueva palabra en su acepción más infantilmente turbadora:corita.
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Don Wayne dijo...
Estimado Manor Junior:
Estoy confuso. ¿Taranga? ¿Abértola?
No aparecen en mi diccionario de la R.A.E. ¿Son de tu propia creación? Me gustaría contar con más datos que aquellos imprecisos que se desprenden del contexto.
Gracias por tu comentario.
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El Hijo del Granjero dijo...
Señor Don, llamamos taranga en estas tierras de la Alta Extremadura a la morcilla de sangre, exclusivamente de sangre.
Y lo que son las cosas, también es una palabra Wollf, lengua mayoritaria de Senegal, que se utiliza para destacar la capacidad de una persona para ser simpática, cordial, amable, ...
En cuanto al segundo vocablo, si cambia esa "r" por una "s" verá que los señores de la RAE han tenido a bien incluirla en el diccionario. Antes de buscar su significado puede jugar a adivinarlo en el propio relato de Jaht, que como sabe vive aquí al lado en C/ Conversaciones con Sinhué.

Un saludo de Manorito
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El hijo de King Kong
Al amparo de la noche, como un tsunami silencioso que invade toda una ciudad, la marea de carteles anegó muros y paredes de la villa. Llamativos caracteres de grafía circense para proclamar un singular y extraordinario acontecimiento: el “MONUMENTAL CONDADO CIRCUS”, en su triunfal gira por España recalaría pronto en la ciudad. Los textos se apuntalaban con ilustraciones alusivas al evento (rostros de payasos, fauces felinas en actitud amenazadora, hiperbólicas carpas festoneadas de camiones…). En el transcurso de la mañana una pareja de operarios remató el trabajo salpicando con affiches en formato reducido los escaparates de comercios y pequeños negocios. A la hora de comer aquellos individuos de rostro intemporal y fatiga curtida, se apostaron estratégicamente a la puerta del colegio y comenzaron a repartir “invitaciones” entre la chiquillería que aleaba reclamando a saltos su botín: ¡A mí!, ¡A mí!, ¡A mí!...
Uno de aquellos carteles, repetido hasta el hartazgo en las fachadas, reclamaba la atención del vecindario representado a un descomunal simio encaramado en lo alto de un altísimo edificio, la copia bastarda de un antiguo cartel cinematográfico. Un gorila gigantesco que braceaba furioso intentando derribar a manotazos una escuadrilla de aeroplanos diminutos que parecían acosarle como insectos. El pie de la ilustración no podía ser más elocuente: “POR PRIMERA VEZ EN ESTA CIUDAD: EL HIJO DE KING KONG”.
A lo largo de la tarde una destartalada furgoneta con matrícula extranjera renqueó por plazas y avenidas vociferando, en un castellano tan grandilocuente como rudimentario, una letanía que invitaba a los comarcanos a conocer las sorprendentes atracciones de un espectáculo circense desgastado y anacrónico: trapecistas, payasos, contorsionistas, malabaristas, animales exóticos… Como atracción estrella, el público asistente contaría con la oportunidad de conocer al hijo de King Kong.
El día se despidió con el paso de una recua de camiones de aspecto descolorido y maltrecho, algunos de los cuales arrastraban enganchados pesados remolques. Una flota de vehículos que, hartos de rodar, tratan de orientarse en su camino al extrarradio en busca de un solar sin bautizar, baldío y polvoriento, destinado al emplazamiento de mercadillos y feriantes. Desde los portales tropillas de rapaces observaban curiosos aquel desembarco intentando adivinar el contenido de las cargas: “este debe transportar los materiales: la grada, los mástiles, los clavos, los rollos de maromas… Aquel otro la lona de la carpa. El que viene detrás transporta jaulas”. Un cosquilleo de emoción asciende hasta la boca de su estómago cuando, a través de un respiradero, ven aparecer una gruesa lombriz, rugosa y gris, una trompa que tantea el exterior y resopla exigiendo su ración de forraje, agua y libertad. “¿En cual de ellos viajará el hijo de King Kong...?” En un ejercicio de competencia matemática las inteligencias infantiles comparaban volúmenes, ninguna de los camiones que desfilaron en el transcurso de la tarde reunía las dimensiones para alojar al gorila publicitado. “Habrá pasado ya o vendrá mas tarde…” Para entonces, haciendo cola en el convoy circulaban unas pocas caravanas.
El Chapiteau se montó con rapidez al día siguiente. En su perímetro se fueron dispersando los remolques y caravanas. A lo largo de la semana el tinglado fue ganando terreno con elementos añadidos: la taquilla, bastidores para las tomas de agua, mangueras, vallas, generadores eléctricos, cobertizos de lona, jaulas y recintos de la cuadra y todo un atavío de luces y banderas.
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Don Wayne dijo...
Inasequible al desaliento, sentado en la distancia, Raúl observaba cada tarde la actividad de las gentes del circo. Su mirada se frustraba al no conseguir dar con el lugar donde se encontraba el hijo de King Kong.
Con toda su panoplia desplegada, el “MONUMENTAL CONDADO CIRCUS” decidió abrir sus puertas el fin de semana, un sábado de mayo que despertaba rutilante y luminoso. El muchacho, ardiendo en deseos por conocer al titán de la pantalla, comenzó a merodear por las instalaciones a media mañana. Al mediodía una escuálida fila de gente serpenteaba haciendo cola frente a la taquilla. Algunos accedían al recinto vallado y deambulaban entre jaulas y remolques curioseando los animales de la menagerie. Raúl se acercó al vallado que limitaba el perímetro del circo, asegurándose de no ser visto sorteó la empalizada por uno de los costados, se coló entre las cartolas de dos camiones y pasó a confundirse con los demás curiosos. Durante un rato vagó entre cuadras y recintos en busca de su objetivo: dos avestruces, una elefanta descolmillada encadenada a tierra por una de sus patas, algunos caballos y poneys, un oso frenético que no paraba de dar vueltas en su jaula, una familia de babuinos, un dromedario y dos camellos, una cebra, media docena de llamas, una pareja de mapaches en una angosta jaula, un hipopótamo enano con aspecto de cerdito, dos parejas de leones somnolientos, los perritos futbolistas,…
Encontró lo que buscaba en una celda encastrada en la caja de un camión. Un cartel repintado a mano colgaba de lo alto de la mazmorra anunciando el contenido: “KING KONG JUNIOR”: el hijo de King Kong apenas llegaba a ser un murmullo del gigantón indómito y magnífico que derribaba aeroplanos a manotazos. Apenas una sombra del mítico coloso, del antropoide enamorado capaz de dar la vida por salvar la minúscula belleza de una heroína de celuloide. Un suspiro del fabuloso titán, de su altivez legendaria, de su arrogancia… El “hijo de Hing Kong no pasaba de ser un desafortunado chimpancé de gran tamaño. Un desgraciado que permanecía aferrado con sus negras manos a los roñosos barrotes de la ergástula cochambrosa que se había convertido en su calabozo itinerante. Un pobre mono, triste y abatido, sentenciado a perpetuidad, un ser cansado de aguantar sobre sus hombros un cautiverio eterno para entretenimiento y regocijo de la parroquia a cambio de unos duros. Sus ojillos de color castaño, profundos y ausentes indagaban con atención entre los visitantes en busca de un vestigio de compasión y humanidad. La sobrecogedora mirada, la mirada ausente y casi humana, de un pariente ancestral perdida en un vacío de hambre, frío y depresión sin horizonte.
Por un instante, el primate regresó a la triste realidad de su confinamiento. Una familia se detuvo junto a Raúl para contemplar al chimpancé, alguna de las niñas que acompañan al grupo llevaba en su manita un paquete de chucherías y el simio extendió su largo brazo mendicante fuera de la jaula implorando con mano acartonada la caridad de unas pocas “palomitas” de la bolsa. Llegó, mas tarde, un grupo de mozalbetes que, a empujones, se carcajeaban estúpidamente señalando a la bestia. Le apedrean con dos latas de cerveza, luego uno tiene la ocurrencia de lanzar un cigarro encendido al interior de la jaula. Las experiencias anteriores y su inteligencia de primate subyugado permiten al animal percibir la burla y el peligro, se yergue entonces sobre las patas traseras y atemorizado comienza a dar saltos desgarbados, erizando el pelo hirsuto, chillando como un energúmeno. Por el espacio entre barrotes lanza al exterior con furia y tino sorprendente puñados de serrín, restos de fruta y excrementos. Los pandilleros se apartan entre chanzas:
―¡Será hijo de puta el mono!
―¡Qué mala hostia tiene!
―¡Y que puntería!
Luego, ante la inminente presencia del cuidador, huyen con el jolgorio hacia otra parte y se olvidan para siempre de King Kong.
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Don Wayne dijo...
Raúl salió del recinto circense por la puerta principal, confundido entre el tumulto. Camino de casa no puede dejar de cavilar.
Cuando se acuesta por la noche, arropado entre la cálida intimidad de las sábanas, vuelve a recordar al animal. Imagina su sombra recortada por la luna, pudriéndose en aquel espacio lúgubre, de dimensiones imposibles, cuando el tumulto de la función enmudece, los focos se apagan y las gentes de toda condición se retiran a sus confortables hogares. Un cautivo arrinconado entre la paja, consumido en su vigilia. Unos ojos que sangran soledad y humillación mientras permanecen observando con rostro de humano antiguo, espejo de desolación y miedo, los vivos colores de la gran carpa que frente a la jaula se alza magnífica, roja y blanca.
Tomás Glez de Mera dijo...
Señor Don Wayne:
He quedado dolorido con su relato "El hijo de King Kong", es como un pellizco. Pocas veces la ternura y la crueldad bailan un tango, esta es una de esas veces.
Esa especialización suya que aúna cine e infancia da excelentes resultados narrativos.

La envidia por esa comunidad "cineclubera" a la que usted pertenece y que adivino a través del blog del Gallinero, por esos debates y,¡como no!, por las películas; han hecho que encomiende a mi asistente se informe de la posibilidad de que un aburrido indiano de Llanes, pueda cambiar su frío palacio por una soleada casa de campo cerca del Monasterio donde se retiró otro ilustre amargado.

No dude, apreciado Don Wayne, que esos problemas económicos, que a veces nublan sus sonrisas, serán pura anécdota si mi traslado, como deseo, se lleva a cabo. Entretanto siga escribiendo, que de su libro de relatos ya hablaremos.
Cordialmente:
Don Tomás Glez de Mera

jueves, 21 de noviembre de 2002

Película #24

PONIENTE
21 y 22 de Noviembre del 2002
Sala Avenida
Jaraíz de la Vera

FICHA ARTÍSTICA

Lucía----- CUCA ESCRIBANO
Curro----- JOSÉ CORONADO
Miguel----- ANTONIO DECHENT
Perla --
--- MARIOLA FUENTES
Paquito----- ANTONIO DE LA TORRE
Adbembi----- FARID FATMI

Pepe----- IDILIO CARDOSO
María----- ALFONSA ROSSO
Saïd----- MAROUANE MRIBTI




FICHA TÉCNICA

DIRECTORA-----CHUS GUTIERREZ
PRODUCTORA-----ANA HUETE & OLMO FILMS
COPRODUCCIÓN-----AMBOTO AUDIOVISUAL
AYTE. DE DIRECCIÓN-----ALVARO DE ARMIÑÁN
DIRECTOR DE PRODUCCIÓN-----JAVIER RUBIO
FOTOGRAFÍA-----CARLES GUSI
SONIDO-----AITOR BERENGUER
DECORACIÓN-----VICTOR MOLERO
VESTUARIO-----BINA DAIGELER
MAQUILLAJE-PELUQUERIA-----PALOMA BOSQUED
MONTAJE-----FERNANDO PARDO
ELÉCTRICOS-----JOSU CEJUELA
EFECTOS ESPECIALES-----RAOUL ROMANILLOS
MÚSICA-----TAO GUTIERREZ
NACIONALIDAD-----ESPAÑOLA
AÑO DE PRODUCCIÓN-----2002

SINOPSIS

Lucía, una joven maestra que vive en Madrid, regresa a su tierra con su hija Clara tras la muerte de su padre.

Allí se reencuentra con el pueblo de su infancia, "La Isla". Al lado de su mundo delimitado por el mar y el constante soplar del viento, Lucia descubre otro universo. un universo de plástico.

Entre esta mezcla de universos vive un mundo pluriétnico fruto de sucesivas migraciones, unos que acaban de llegar, otros que llegaron hace ya varios años y algunos de ellos que han vuelto a su tierra de origen y parecen haber perdido la memoria de su tiempo de exilio. En el aire se respira el miedo, el miedo al otro, el miedo a la diferencia.

Lucia decide quedarse en el pueblo-isla para continuar el negocio de su padre, pretexto que ella aprovecha para dar un nuevo giro a su vida.

En esta nueva vida se encuentra con Curro, un hombre sin raíces, que se crío en Suiza en los años de la emigración económica española y que también busca un sitio al que pertenecer. Los dos se sienten solos y desarraigados por lo que su encuentro despierta en ellos una atracción que les llevara a vivir una apasionada historia de amor.



Estaba Pasando

En esas fechas otoñales, nuestro Cineclub El Gallinero contó con 82 espectadores para ver esta película de cine social que hacía la número cinco, como directora, en la carrera de Chus Gutierrez. Cerraba también un mini-ciclo (cuatro títulos) dedicado a la mujer como realizadora de cine.
En este pais sucedían cosas que ennegrecían el medio ambiente y el sentido común:

1. El "Prestige" se hundía a 145 millas de Galicia (21 de Noviembre).
2. Era absuelto, por ignorante, un pastor que recogió manzanilla.
3. La Guardia Civil detenía a 45 inmigrantes en Lanzarote y Fuerteventura; dando así etiqueta de rabiosa actualidad a la película que proyectábamos.
4. Los obispos aprobaban un documento contra el terrorismo con ocho votos en contra.

El mundo no nos iba a la zaga en creación de noticias absurdas e intranquilizadoras:
  1. Argentina levantaba "el corralito" para las cuentas corrientes.
  2. La elección de Miss Mundo se trasladaba a Londres tras dejar más de 100 muertos en Nigeria. Un editorial había escrito que de estar vivo Mahoma escogería pareja entre las candidatas..y se armó el follón.
  3. Sharon, Putin y Bush seguían diciendo lo que había que hacer y a Chávez, en Venezuela, le convocaba la oposición (Coordinadora Democrática) una huelga general.

Y ME PARECE A MI 

Arde El Egido


Como un reguero de pólvora deseoso de una colilla, así se desarrollaron los hechos de principios del 2.000 que dieron base argumental a esta película en la que Chus Gutiérrez toma partido por los perdedores, sin dejarse cegar por la fácil compasión que nos inspiran la víctimas, y haciendo un análisis racional de las circunstancias adversas en que se desenvuelven los trabajadores en el submundo de los invernaderos.
Ciertamente, el afán de querer contar muchas cosas hace que algunas aparezcan muy esquematizadas pero la buena voluntad y el mensaje arrollan, y se comprende en este caso, con el purismo cinematográfico y el guión perfecto.

Mujeres al borde del abandonoMalos tiempos y malas tierras para luchar por la igualdad. En un ámbito intolerante con el ser humano y sus derechos, no es fácil siquiera que alguien esté dispuesto a escuchar tu punto de vista. Tener la razón no es arma que sirva en este campo de batalla y si utilizas sus métodos no llegarás demasiado lejos: la fuerza bruta es su especialidad y su falta de escrúpulos está blindada.

Siempre emigrando
Imprime caracter; ¡como tántas cosas!. Una vez que sales siempre serás un alma errante. Los que te reciben, aunque te respeten, no te considerarán de los suyos. Tú, nunca te integrarás plenamente. A la vuelta te habrán ocupado los espacios físicos y sentimentales, y los que te vieron nacer te mirarán con desconfianza. No entenderás ni a unos ni a otros, no te entenderán.
Mejor seguir flotando. Demasiado tiempo perdido en los caminos, haciendo y deshaciendo maletas.
Curro, tienes la tonsura del emigrante, y es indeleble.

El amor, como tabla de salvación

Y cuando todo parece ir mal hay que agarrarse a cualquier roca para no hundirse. En este caso la roca es el amor, o la necesidad de amar, para combatir la soledad y el miedo a la nada. Poco más queda.

De la vieja, el consejo


Mira hija: estas tierras áridas, ahora ricas, no entienden de buenos sentimientos ni de historias de superación. Entienden de beneficios inmediatos, de explotación (antes de que se acabe el filón), de ricos que ayer eran pobres y de pobres que lo seguirán siendo de por vida. Nadie quiere cambiar nada: "...asina ha sío siempre y asina tié que ser".
Te ven como un agente desestabilizador. Una peligrosa revolucionaria que les complicará la vida. Aquí no vale hablar de libertad, comprensión, fraternidad.... y esas cosas de comunistas fracasados. Tú a lo tuyo, dicen ellos y ellas; a las cosas de mujeres. Deja el trabajo para los hombres.


De los que cobran por decir lo que piensan:

He aquí una película que no gustará a Juan Azurmendi, presidente del Foro de la Emigración, y a quienes exculpan de los males que aquejan a las complejas sociedades emergentes en los llamados mares de plástico, los cultivos de invernadero de Almería, a los propietarios/explotadores de mano de obra inmigrante. Porque si algo tiene la película de Chus Gutiérrez es que su toma de partido es clara: por los desposeídos marroquíes, subsaharianos, esteuropeos; por quienes, aun estando en el bando de los autóctonos, han conocido la explotación en la emigración europea de los 60 (es espléndida, en este sentido, la muda secuencia en que Coronado, criado en Suiza, contempla las imágenes de aquellos españoles emigrantes que tanto padecieron por Europa hace sólo treinta y tantos años); por quienes creen, como la protagonista de la historia (la interesante Cuca Escribano), que es posible vivir de los invernaderos, pero sin explotar a nadie.Para llevar a buen puerto su toma de postura, que adolece, es cierto, de un esquematismo a veces demasiado obvio, cuando no ingenuo, pero sin el cual sería impensable rodar esta hipótesis de cómo funcionó el motín antiinmigrante de El Ejido, que es la base de la película, Gutiérrez recurre a un artilugio que le funciona muy bien: una estructura narrativa que poco tiene que ver con el cine social como es la del western. De hecho, Escribano lo menciona, de paso (¿Es que acaso vivimos en el oeste, en una tierra sin ley?); pero no es solo que se viva en el imperio del más fuerte: es que, como en tantos westerns, el punto de vista que se privilegia es el de quien regresa; como en muchas ficciones de cattlemen, aquí también asistimos a la voracidad de un propietario que ansía tener más tierras; y como en tantos westerns de colonización, vemos que serán los emigrados quienes contribuirán, con su esfuerzo, a la generación de riqueza. Que Poniente adolezca de un cierto botulismo de personajes y situaciones (hay muchas líneas en un guión que, a veces, se queda en la superficie) no la hace menos necesaria: para que revivamos críticamente aquellos días terribles de racismo y xenofobia... que, por desgracia, se pueden repetir cualquier día y en cualquier lugar.
Para cualquier ciudadano consciente. Lo mejor: su propia existencia. Lo peor: su esquematismo.

Mirito Torreiro - Fotogramas




jueves, 7 de noviembre de 2002

Película #22

DELICIOSA MARTHA
7 y 8 de Noviembre del 2002
Sala Avenida
Jaraíz de la Vera


Dirección y guión: Sandra Nettelbeck.
País: Alemania
Año: 2001.
Duración: 107 min.
Interpretación: Martina Gedeck (Martha Klein), Sergio Castellitto (Mario), Maxime Foerste (Lina), Ulrich Thomsen (Sam Thalberg), Sibylle Canonica (Frida), Katja Studt (Lea), Idil Üner (Bernadette), Oliver Broumis (Jan), Antonio Wannek (Carlos), Diego Ribon (Giuseppe)
Música: David Darling, Keith Jarrett, Arvo Pärt.
Fotografía: Michael Bertl.

Estreno en España: 26 Julio 2002.



SINOPSIS

La vida de la treintañera Martha no puede ser más sencilla. Introvertida y egoísta, esquiva cualquier clase de compromiso personal y vuelca todas sus energías en su trabajo de chef en uno de los más prestigiosos restaurantes franceses de Hamburgo. Su mundo es limitado, pero ella es feliz así. Hasta que un día las cosas cambian radicalmente: su hermana soltera muere en un accidente de tráfico y debe hacerse cargo de su sobrina de ocho años. Por si las complicaciones que esto conlleva no fueran suficientes, el propietario de su comedor contrata a un extravagante cocinero italiano para que la ayude. En un principio, Martha cree que su perfecto mundo se va a desmoronar, pero poco a poco empieza a darse cuenta de que a su vida le faltaban muchas cosas...

Una comedia gastronómica llena de esperanza que demuestra que, muchas veces, las razones del corazón deben anteponerse a las de la razón. Y que, desde luego, una persona es mucho más feliz con el estómago satisfecho.


La Directora

Sandra Nettelbeck :Nace en Hamburgo el 4 de Abril de 1966

Esta que nos ocupa fue su primera película. Posteriormente vendrían: Pepper(2006) y Helen(2008)




Estaba Pasando

Y pronto hará siete años que pusimos esta tierna, y a la vez ácida, comedia en nuestro Cineclub. El otoño entraba cauteloso y daba sus primeras pinceladas de ocres al paisaje verato.
Ochenta y dos fuimos los asistentes a esta película que no venía precedida de gran fama pero que fue ganando adeptos por el boca a boca.
Pero en esos días de principios de Noviembre, en que sonaban tambores de guerra, otras cosas nos ocupaban y preocupaban:

  • Los antiglobalización arremeten en Florencia contra la política de Estados Unidos. La "dominación militar, económica y cultural de Estados Unidos", sumada al fantasma de una guerra contra Irak, fueron duramente denunciados este viernes en el Foro Social Europeo de Florencia (centro de Italia).
  • Netanyahu quiere aprovechar la guerra con Irak para deportar a Arafat.
    El «rais» palestino no le tiene miedo al nuevo ministro israelí de Asuntos Exteriores. «Nadie me expulsará de mi patria, no olviden que soy el presidente Arafat»
  • Calculada ambigüedad de EE.UU. en una nueva resolución sobre Irak
    Francia, con derecho a veto en el Consejo de Seguridad, se mantiene en desacuerdo con un proyecto que no lima las asperezas necesarias para su aprobación.
  • Con El Hombre Duplicado, Saramago completa una tetralogía involuntaria sobre la identidad. La editorial Caminho celebra el ochenta cumpleaños del premio Nobel portugués con la distribución de su última novela.
  • Jesús Gil dice en la última sesión del juicio que «no me gustaría morirme pasando por un ladrón»


    Sensaciones de Deliciosa Martha
Amargo despertarLlega un día que toda la seguridad se convierte bajo tus pies en terreno de arenas movedizas tras una llamada telefónica y sus posteriores consecuencias. No estás preparada para el cambio pero tienes que seguir levantándote cada mañana y hacer lo que hacías antes más aquello que supuestamente debes hacer ahora.

¡Y encima el italiano!

Y mira por donde, cuando menos falta hace, aparece el tal Mario. Cuando más necesitada estás de equilibrio entra en tu vida un ayudante de cocina loco, un artista del espagueti con las narices largas para meterlas donde no debe.

¡El listo!

Y se empeña en demostrarte, a tus treinta y tantos años, lo equivocada que estás:
"La vida-te dice mientras prepara un plato de pasta- es dulce y picante y no neutra, organizada y sin compromiso. Los paladares como el tuyo, Martha, son buenos técnicamente pero carecen de matices y esos contrastes son imprescindibles para ser buen cocinero y disfrutar"
¡Qué listo el cantarín del Mediterráneo, nos ha salido filósofo!

El gracioso

A pesar de todo tiene su gracia y no es mal cocinero, pero somos muy diferentes y sus salsas pecan de barroquismo. ¡No soporto tantos sabores juntos conviviendo en el mismo plato!.
Es paciente y hasta serio, si se lo propone. Cae bien a la gente. ¿Será sincero?

¿Qué me está pasando?

Algo se mueve pero no siento vértigo, me gusta este vaivén. Hago cosas que nunca habría imaginado y me siento bien. Todo parece funcionar mejor. Mario tenía razón en su teoría de lo dulce y lo picante. Estoy ebria, ¿qué me está pasando?.


Y me parece a mí
Que no estuvo nada mal el estreno de Sandra Nettelbeck que eligió el género de la comedia romántica para iniciarse en esto del cine y enseñar, con mucha humildad, a Hollywood cómo con un buen guión y unas ideas propias y ordenadas se puede construir una digna película y dar a los espectadores un producto simpático y agradable con la impronta y la originalidad del Cine de Autor.
Pero va la industria cinematográfica de los U.S.A. y se ríe de estos postulados míos, elementales sin duda; y copia la película, empeora el reparto, la reboza de ketchup, la pone un título penoso (Sin reservas), se permite el lujo de encargarle la música a Philip Glass y la vende cinco años después consiguiendo, imagino, que sea vista cinco mil veces más que la original y obteniendo pingües beneficios. ¡C'est la vie!

La nota media de Deliciosa Martha, según puntuación de nuestros seguidores fue: 7

jueves, 17 de octubre de 2002

Película #19

BOLIVIA
17 y 18 de Octubre de 2002
Sala Avenida
Jaraíz de la Vera




Dirección: Adrián Caetano.
País: Argentina.
Año: 2001.
Duración: 80 min.
Interpretación: Freddy Flores (Freddy), Rosa Sánchez (Rosa), Óscar Bertea (Oso), Enrique Liporace (Enrique), Marcelo Videla (Marcelo), Héctor Anglada (Héctor), Alberto Mercado (Mercado).
Guión: Adrián Caetano; basado en un argumento de Romina Lafranchini.
Producción: Adrián Caetano..
Música: Los Kjarkas.
Fotografía en B/N: Julián Apezteguia.
Montaje: Santiago Ricci y Lucas Scavino.
Diseño de producción: María Eva Duarte.
Vestuario: María Eva Duarte.

El Director

Adrián Caetano
Nombre completo: Israel Adrián Caetano
Fecha de Nacimiento: 1969
Lugar: Montevideo, Uruguay
Nacionalidad: Uruguaya

Crónica de una fuga (2006) [Argentina]

Un oso rojo (2002) [Argentina]

Bolivia (2001) [Argentina]

Pizza, birra, Faso (1997) [Argentina]


SINOPSIS DE BOLIVIA

Freddy (Freddy Florez) es un boliviano sin documentos que trabaja en Buenos Aires como parrillero en un bar. Su caso, como miles de otros, muestra la incomunicación, la pobreza, el racismo, y sobretodo la natural aceptación de la tragedia. Se relaciona con Rosa, la moza paraguaya (Rosa Sanchez, que en las carpetas de prensa cuentan que durante el rodaje trabajaba como empleada doméstica) y con su jefe, Enrique (Enrique Liporace, en muy buen reencuentro con el cine). También están los parroquianos, el taxista, apodado "El Oso" (Oscar Bertea), Marcelo (Marcelo Videla), Mercado, otro taxista, y un vendedor ambulante compuesto por el recientemente desaparecido Hector Anglada.

Un film cotidiano, chiquito, potente y un nuevo exponente del cine argentino de exportación..
Fuente: Fotogramas




Estaba Pasando

En el otoño del 2002 llegó Bolivia, nuestra tercera película del segundo ciclo. Se proyectó en Jueves y Viernes y el número total de asistentes fue de 68 (57 socios y 11 no socios). Hacía, como podéis ver en el encabezamiento la número 19. Es importante reseñar que la amarga obra de Caetano estalló en la pantalla de nuestra Sala Avenida en un sucio y granujiento blanco y negro por decisión incontestable del autor.
En Jaraíz de la Vera la vida transcurría lenta y plácida como corresponde a un mes de transición, ¿pero qué pasaba allende nuestros valles y montañas?:

  • Sadam, dispuesto a la guerra antes que a abandonar el poder. El presidente iraquí, Sadam Husein, aseguró, -tras el exitoso referéndum del pasado martes- que su pueblo está más preparado que nunca para el combate.
  • Bush firma la resolución parlamentaria que autoriza el uso de la fuerza. El líder norteamericano aprovechó para reclamar un respaldo similar por parte de las Naciones Unidas para compartir «el deber de defender la paz».
  • El PSOE estudia reprobar a Cascos por el encarecimiento de la vivienda y el PP acusa a los socialistas de demagogia.
  • Berlanga: «No he dejado huella en el cine, sino en la gente». Guadalix de la Sierra, el pueblo que hace medio siglo recibió con alegría a los americanos, celebra esta semana el cincuentenario del rodaje de «Bienvenido Mr. Marshall». Luis García Berlanga, su director, recuerda la película que satirizó la apertura del régimen franquista al exterior.
  • Más de un millón de firmas apoyan la investigación con células embrionarias. El Defensor del Pueblo admitió la petición, apoyada por más de un millón de firmantes, presentada por la Federación de Diabéticos para autorizar estos estudios.
  • El estreno (17-10-2002) de la última película de Álex de la Iglesia, «800 balas», convirtió la Gran Vía madrileña en lo más parecido al «Lejano Oeste».

Y ME PARECE A MI

Freddy, el boliviano



Y Freddy aparece en Buenos Aires para comenzar el primer día del resto de su vida. Una vida que aspira a mejorar. Es joven, tiene fuerzas y ganas de luchar por los suyos, los que quedaron allá en aquella tierra ingrata y estéril que no da pan a sus hijos.
No importa que su primera aproximación al extrarradio bonaerense sea una triste incursión en un garito en el que la grasa está instalada como elemento arquitectónico. No importa que arrastre los grilletes de la ilegalidad que le condenan a ser persona de categoría inferior. Cuentan que algunos paisanos suyos hicieron plata, y mucha, en Buenos Aires. El será uno de ellos. El alcanzará la meta de la dignidad y cuando reclame a su familia habitarán un adosado y a su mujer la llamarán doña Charito.

El Bar de Enrique


La vida es dura, también para Enrique, el jefe. Amarrado a su parrilla, aguantando los salivazos de bilis de parte de la clientela. Está cansado, tiene ganas de salir corriendo pero aún le quedan unos años para poderse retirar y la situación de emergencia de la nación no invita a heroicidades. Sabe muy bien lo que está pasando, se veía venir. Algunas cigarras flotan ya calle abajo, las hormiguitas como él guardaron para un invierno largo y nadie va a arrebatarle lo que es suyo.


Rosa, la paraguaya


Y entre los embates del mar embravecido, caminando sobre las aguas, viene Rosa, la frágil mujer de pétalos de acero. También sobrenada las inmundicias, los desamores, la soledad....pero todo deja marcas, algunas forman pulseras en sus muñecas.
Ejerce de todo lo que no es: madre, amante, amiga...Demasiado equipaje para un alma transida.

"El Oso", taxista

Atraídos por el olor de la fritanga, como polillas suicidas, no se despegan del bar clientes como "El Oso", taxista pendenciero que manotea desesperadamente para no hundirse, para siempre, en una crisis económica y personal. Huraño y desesperado, El Oso no encuentra salida a su situación, dentro de nada será uno de esos insectos cantarines que Enrique ve bajar calle abajo. Paga su mal humor con todos y su crédito se ha agotado.

La Cárcel
Sólo hay algo más inquietante que el propio antro, recinto convertido en reloj de arena, es la cárcel de la calle donde se desgranan los perdedores cuando baja el cierre el local de la parrilla.

Lo que dice Adrián Caetano sobre su obra:




Cuando escribí el guión me interesaba la historia. No quise hacer una radiografía de la sociedad, simplemente quise contar una historia de un bar con siete personajes. El tema del racismo no estaba muy presente, pero inevitablemente hay una serie de temas que al hablar de esos personajes, y ambientarlos en ese estrato social, aparecen solos y se imponen.

Creo que el tema central es el enfrentamiento entre la gente de la misma clase social, trabajadores que están a punto de ser desclasados, y que son intolerantes lo unos con los otros. Un retrato de la gente laburante de este país, de personas que pudieron tener un futuro y no lo tienen, de gente vencida. Son presa de una situación de la cual no pueden escapar, y los personajes no parecen darse cuenta de lo que están haciendo, o lo que está pasando. No eligen su destino, el destino los elige a ellos para protagonizar lo que se cuenta.

"Bolivia" es un cuentito pequeño, en blanco y negro, de un tipo que se viene a laburar a Argentina para que las cosas le vayan un poco mejor. Hay historias de personajes, hay una película que cuenta algo y no habla de cosas que no sabe, está narrada de manera sencilla, no pretende ser más de lo que es, "Bolivia" es honesta.

PREMIOS

Premio de la Crítica
Festival de Cannes.

Mejor Película Latinoamericana
Festival de San Sebastián.

Mención del Jurado
Festival de Huelva

Premio de la Crítica
Festival de Rótterdam

Premio Fipresci
Festival de Londres