sábado, 1 de septiembre de 2012

Los Relatos de Don Wayne XXIX




   A nosotros, nos gustaban los western espagueti. Lo mismo que leía Edmundo pero en pantalla grande. Títulos como “Oro sangriento”, “Ha llegado Sartana” o “Forajidos de Río Bravo” valían lo mismo para una película que para una de aquellas novelitas. Los argumentos también debían ser calcados. Los carteles de las películas y las portadas de las novelas parecían dibujados por los mismos tipos.
   De las películas protagonizadas por Bud Spencer y Terence Hill pasábamos. Aquello valía nada. Una mierda. Para que una película sea buena tiene que haber malos de los de verdad. Lee Van Cleff era uno de esos tipos implacables.






29. Por un puñado de duros



                                                 “ …dios
 recostado contemplaba indiferente
           y sonreía y a veces compartía
                                    nuestros juegos
                       ocultando travesuras.”

                            (José María Millares)


                                                                                   
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   Vagabundeábamos como perros sin collar, siempre sin un puto duro. “Si queremos ir al cine habrá que salir a buscar la mortadela”. Nuestra magra economía se financiaba a base de hierro, cartón y cobre, la mortadela eran los billetes de cien pelillas. No era un dinero fácil, había que currárselo. Salcedo era el experto. Ojeaba los mejores lugares donde dar el palo. Polígonos, recintos industriales, edificios en construcción. Sitios como esos. Vendíamos el material en la chatarrería del “Conejo”, en la Calle Santiago, un viejo tunante que tendría casi cien años. Un aguililla para los negocios. O un hijo de puta, según se mire.
   El piquete lo formábamos Salcedo, Mundín, mi hermano y yo. Una partida de incontrolados. Golfos de pacotilla, como de película cómica. Mi hermano y yo somos gemelos, la gente dice que nos parecemos mucho. El Mundín, mi hermano y yo vivíamos en la misma barriada. Un suburbio detestable. Un almacén de familias obreras colocado allí donde acababa la ciudad. Había muchos así en aquella época. Salcedo vivía en el Tercer Barrio. Un arrabal de casas antiguas de una sola planta, en el quinto coño.

2
   Actuábamos de noche. Perpetrado el hurto, escondíamos la mercancía en cualquier parte. Ente la maleza de solares abandonados. A la mañana siguiente, cargados como mulas, acarreábamos los fardos hasta la chatarrería. Había que picar en un portón metálico que daba a un patio. Le oíamos llegar rezongando al otro lado de la tapia: «ya va, ya va». El viejo arrastraba una pierna, se tomaba su tiempo.
   El patio de la casa hacía las veces de almacén. Allí amontonaba trastos como para detener a una locomotora. Pagaba el género muy por debajo de su precio. El kilo de cartón a dos pesetas con cincuenta. El de cobre a treinta pesetas. El sinvergüenza nos robaba descaradamente. Como contrapartida no pedía carnet, tampoco hacía preguntas. Disponíamos de un sistema propio de compensación. En el interior de cada fardo de cartón ocultábamos  ladrillos. Ganábamos en peso lo que nos sisaba en el precio. Eran las leyes del negocio, él nos estafaba y nosotros hacíamos lo que podíamos por estafarle a él. Los hilos de cobre los liábamos en madejas apretadas. En el centro escamoteábamos una piedra de tamaño regular. A veces, al colocar las bobinas en el plato de la romana el abuelo se mosqueaba. Acariciaba las madejas con un imán para asegurarse de que no le habíamos colado alambres o trozos de hierro. Pero no hay imán que detecte los guijarros.

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   El negocio de la chatarra nos permitía hacer acopio de unas quinientas pesetillas semanales por cabeza. Lo justo para pagarnos el cine y poco más. Mundín se gastaba más de mitad en novelas del Oeste. Le pirraban las novelas de Marcial La Fuente Estefanía, Silver Kane y autores como esos. Leía de manera compulsiva, con una ferocidad que te dejaba turulato. Empezaba la novela y al rato respiraba, la apartaba de lado y exclamaba: «¡Me la acabé!». Para los demás, que leíamos menos que un topo por el culo, aquello era algo inaudito. Salcedo solía decirle: Mundo, el día que dejes de leer novelas para leer otra cosa te haces catedrático. Pero al chaval lo que le gustaba eran las novelas del oeste, con forajidos, indios, chicas, estampidas y tiroteos.
   A nosotros, nos gustaban los western espagueti. Lo mismo que leía Edmundo pero en pantalla grande. Títulos como “Oro sangriento”, “Ha llegado Sartana” o “Forajidos de Río Bravo” valían lo mismo para una película que para una de aquellas novelitas. Los argumentos también debían ser calcados. Los carteles de las películas y las portadas de las novelas parecían dibujados por los mismos tipos.
   De las películas protagonizadas por Bud Spencer y Terence Hill pasábamos. Aquello valía nada. Una mierda. Para que una película sea buena tiene que haber malos de los de verdad. Lee Van Cleff era uno de esos tipos implacables.

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   Durante el día nos pateábamos los vertederos y los montones de ripio. Merodeábamos  alrededor de las naves industriales, los talleres o las obras por la noche. Uno vigilaba. Los otros tres saltaban la tapia y arramplaban con lo que pillaban. Íbamos directamente al grano: los montones donde los operarios depositaban los recortes de hierro y chapa, los cajones donde se apartaba el cable eléctrico sobrante de las instalaciones o los depósitos de obra donde se apilaban las cajas de cartón y los sacos de cemento vacíos.
   Los hilos de cobre había que quemarlos antes para separar la cubierta aislante. Encendíamos la fogata cerca del poblado gitano, lejos del barrio. El plástico ardía  formando unas humaredas negras, apestosas e irrespirables. No había quién parase allí y nos teníamos que alejar un trecho. Tampoco podíamos ir muy lejos ni perder de vista el botín. Al menor descuido llegaba cualquier avispado y te birlaba la ganancia.

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   Salcedo tenía una escopetilla de balines. La “Winchester del cuatro y medio”. Así la llamaba él. Mundín tenía una bicicleta a la que le faltaban los frenos. Frenaba apretando la suela contra la rueda de atrás. Mi hermano gemelo y yo nos teníamos el uno al otro.

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   Mundín se llamaba Edmundo. La familia le llamaba Mundín desde pequeño. Un capricho de la abuela. También nosotros le llamábamos así. Por no romper una tradición familiar. A Mundín le faltaba un huevo. Se lo había destripado al caer de la bicicleta haciendo una cabriola. Cuando hacía cabriolas con la cabra se encajaba un casco de albañil para protegerse la cabeza. Aquel día cayó mal y el casco le  sirvió de poco. Le salvó de romperse la crisma, pero no pudo evitar que se clavase la horquilla del manillar en las ingles. Se saltó un testículo. No quiero ni pensar en lo que debió de dolerle aquello. La gente le veía con el casco de albañil y le tomaban por pirado. Hoy día todo el que monta en bici lleva casco. Mi hermano dice que Edmundo fue un adelantado a su tiempo.

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   Salcedo era cleptómano. Tenía la mano más larga que la cría de un orangután. Entrar en una tienda y despertársele el instinto era todo uno. Chorizaba todo lo que se ponía al alcance de sus zarpas. Cosas que luego no le valían para nada y las regalaba. Era adicto a los potitos. Si eran de la marca Bledine mejor. Que fuesen de frutas, de pollo o de pescado le daba igual. Le gustaban todos. Aprovechaba la presencia de clientes para entrar en las farmacias con cualquier excusa. Pesarse en la báscula o comprar una cajita de Juanolas. Al primer descuido de la manceba tres o cuatro potitos desaparecían del expositor. Si la cosa se daba bien también se llevaba las Juanolas. Como guarnición. Luego se los zampaba sentado en un parque, con una gula que te ponía los pelos de punta.

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   Cuando flojeaba la chatarra nos dedicamos a la caza de zorzales y ratas de agua, con la carabina de Salcedo. Provistos de una linterna acechábamos a las aves en sus dormideros. En la Plaza de Abastos las pagaban bien. A cuatro pesetas cada pájaro. Si se daba bien, en una noche podíamos cepillarnos cincuenta o sesenta. Había que andar finos, si hacías ruido escapaba toda la bandada. Se asustaban y salían volando en plena noche. Entre las zarzas se formaba un revuelo atronador. Habías jodido la cacería.

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   Las ratas de agua nos las compraba un fulano a dos cincuenta la pieza. Había que ir a cazarlas al canal o a las acequias. ¿Para que las querrá?, preguntaba Mundo. Para qué va a ser, ese tío es un ansias, seguro que se las come. Vamos no jodas. Enterito que se las come. Y a que sabrá la carne de rata. Como son de agua digo yo que tendrán gusto como a nutria. ¿Y a qué sabe una nutria? Mira que eres palizas, chaval, ahí las tienes zámpate una y deja de dar por el culo. A lo mejor lo que hace es desollarlas para curtir las pieles y hacerse un abrigo. Haces cagar, gemelo, tienes cada cosa, ¿tú sabes la cantidad de pieles de rata que hacen falta para coserse un abrigo? Además, ¿a dónde iba a ir con un abrigo de piel de rata?, ¿a misa de doce?

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   Una mañana el capataz de una de las obras nos salió al paso. Daba voces y saltos como un desesperado. Nos acusaba de haberle limpiado el cuarto donde apilaba en fardos los sacos de cemento vacíos. Algún alevoso le había soplado que habíamos sido vistos rondando el edificio en construcción. Amenazaba con denunciarnos. Que éramos unos granujas. Que íbamos a acabar en un correccional. Que nos iba a partir la cara. Eso decía. Lo que pasa es que él era uno y nosotros cuatro. El sujeto tenía el bigotito muy recortado, amarillento y requemado a causa de tabaco. Era cabezón y medio enano. No paraba de gesticular y de dar saltos. Intentaba poner su cara a la altura de la nuestra. Salcedo le llamó “Tío Canguro” en plena jeta. Se quedó allí, junto al muro de la obra, rojo de ira, blasfemando como un energúmeno. La gente le miraba desde los balcones. Debieron pensar que se había vuelto loco. Difundimos aquel apodo a los cuatro vientos  El fulano se quedó con Tío Canguro para los restos. Eso es lo que salió ganando el mamarracho. Hay que ser asno, acusar a alguien de una trastada sin pruebas concluyentes.

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   Una noche a la vuelta de los dormideros nos dedicamos a hacer puntería con los cristales de la obra recién acabada. Se va enterar ese lo que cuesta tocarle los cojones al “muchachales”. Eso murmuraba Salcedo entre dientes. No sé cuantos vidrios le rompimos. Una cantidad. Más de cien, eso seguro. Cuando se nos acabó la caja de balines rematamos la faena a pedradas. Aquella noche le dejamos los pisos bien ventilados al cabrón aquel. Se habrá muerto ya. En la lápida de su tumba podría rezar un epitafio parecido a este: «Aquí yace un marsupial australiano. Ha dejado de saltar».

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   Mundín fundía una fortuna en novelas. A veces, en la misma puerta del cine, nos decía que no le quedaba ni un puto duro. Nos pedía crédito. Que te den por el culo Mundo, ahí te quedas, por gilipollas, eso te pasa por ir de intelectual. Sacábamos la entrada y pasábamos para adentro. Nuestro amigo se quedaba en la acera, mirándonos desde el otro lado de la puerta acristalada, abriendo mucho los ojos, como pidiendo clemencia. Parecía un pez desolado que se ha quedado fuera de la pecera. Un pez al que le faltaba un huevo.
   Daba gloria entrar en aquellos cines. Eran enormes. Olían a una mezcla de tapicería, garbanzos salados y ambientador de ozonopino. No había nada comparable. Un lugar donde ser feliz. Un lugar donde olvidar. Un lugar diferente a cualquier otro.
   La última vez que le dejamos en la puta calle habíamos ido a ver “La leyenda de la ciudad sin nombre”. Un par de compinches en busca de oro excavaban tantos túneles bajo un poblado minero que al final todo se vienía abajo. Una película cojonuda. A Mundín le habría gustado mucho verla. Ese día se jodió bien.

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   Cuando el cine de catástrofes comenzó a ponerse de moda andábamos ya cada uno por su lado. La hermandad que nos habían otorgado el cine, la chatarra y los zorzales se había difuminado para siempre. Edmundo entró como aprendiz en un taller de soldadura. Una de aquellas naves del polígono cuyas instalaciones habíamos asaltado tantas veces. Paradojas de la vida. El Salcedo, con diecisiete años recién cumplidos, dejó preñada a la Dorita. Se enteró de lo del embarazo y salió huyendo despavorido. Se apuntó voluntario a Legión y pidió destino en África. Qué cabronazo el Salcedo, él que presumía tanto de peinar en los cojones más pelos que nadie huyendo como una liebre. No hemos vuelto a verle.

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   Mi hermano y yo continuamos dando tumbos incapaces de hacer nada de provecho. Seguimos yendo al cine juntos una o dos veces por semana. Pero ahora vamos solos. Ya no es lo mismo.



1 comentario:

  1. El Asilvestrado15/9/12 18:57

    ¡Buenas, Don Wayne!
    ¡Qué afortunado es usted. Las musas no le desamparan ni en verano, por lo que se ve; sigue tan ubérrimo, como siempre. Felicidades!
    Este deleitoso relato urbano nos abre las puertas de una testimonial escuela de calle en la habitan esta camarilla de chavales que figuran ser truhanes, pero que a mi me parecen tan candorosos como mirlos al atardecer-

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