viernes, 8 de febrero de 2013

Relatos de Don Wayne XXXIV


   Los bajos de la iglesia contaban con una estancia que él mismo se encargó de adecentar y bautizó con el sugerente nombre de Cine “El Nazareno”. Dotó al local de un nutrido ajuar de esqueléticas sillas de tijera y, con ayuda del coadjutor y un par de catequistas guitarreros, enjalbegó el muro del fondo para que hiciese las veces de pantalla.



34. Habagorda
   Aquellos eran tiempos raros. Aún no buscándolos te topabas con ellos en cualquier parte. Había muchos; su estrategia consistía en dispersarse por los lugares más insólitos. Lo natural hubiese sido encontrarlos en los seminarios, confinados en los confesionarios u oficiando en procesiones y liturgias de contenido religioso; lo cierto es que se las apañaban para estar presentes en los más variopintos fastos y conmemoraciones. Con sus aires resueltos, invadían los centros educativos y los cuarteles castrenses. Campeaban a sus anchas por los pasillos hospitalarios. Se infiltraban en las asociaciones vecinales, en las agrupaciones juveniles y en los ateneos culturales. Algunos llegaron a afiliarse a los llamados sindicatos de clase, clamaban por la justicia social en conciliábulos clandestinos y, llegado el caso, se ponían al frente de los trabajadores en las algaradas callejeras. Hasta hubo grupos alpinistas que,  en su empeño por plantar cruces y belenes en las cimas más altas, contaban con su propio capellán. Habagorda era uno de estos ejemplares.
   Sin que se pueda precisar el origen del apodo, Don Custodio era conocido en la barriada como “El Padre Habagorda”. Se sabía que venía de librar un prolongado periplo evangelizador ejerciendo como párroco en curatos rurales perdidos al norte de la diócesis. Al expirar la década de los sesenta, cuando le faltaban pocos años para alcanzar la edad de jubilación, el obispado pareció apiadarse de su oronda figura permitiéndole recalar como vicario en una parroquia de la capital, la de Jesús de Nazaret, la nuestra. 
   La recién inaugurada iglesia era un hiperbólico edificio de ladrillo levantado en medio de la nada con el propósito de cristianizar a un arrabal emigrante y proletario en pleno proceso de expansión.
   Habagorda era un hombre de carácter afable y campechano que no acababa de decidirse entre su cinematográfica figura de clérigo aldeano medieval y las aperturas teológicas auspiciadas por el Concilio Vaticano II. Trajinaba azacanado de un lado para otro embutido en una sobadísima sotana que apestaba a picadura de tabaco e incienso rancio. Era hombre de talla baja y cuerpo voluminoso. Los faldones del hábito se desparramaban hacia abajo dándole el aspecto de uno de aquellos enlutados fantoches de cartón piedra que el ayuntamiento sacaba a pasear por delante de la banda de música en tiempo de festejos. Caminaba a paso corto, ocultando los pies bajo la loba, de tal modo que a los niños nos daba la sensación de que se desplazaba patinando sobre el suelo. Don Custodio era famoso por su boina, una txapela bilbaína con la que se cubría la calva y que le acompañaba a todas partes; que sepamos se descubría únicamente para oficiar en los actos litúrgicos y durante las proyecciones cinematográficas que programaba en un barracón anexo a la parroquia. Dicho todo esto solo queda por añadir que el Padre Habagorda era un hombre inculto y bueno. 

   Marilina, “La Simple”, era sobrina del sacristán. Una veinteañera con vocación de rapavelas, aniñada y corta de luces que sentía devoción por el cura. En cuanto se presentaba la ocasión, Marilina, se pegaba al faldón sacerdotal para intentar ejercer de acólita. De haberse convocado oposiciones para monaguillo habría sido la candidata ideal para empollarse todo el temario.

   El recién llegado párroco no tardó en caer en la cuenta de que desembarcaba en un territorio inexplorado que, sin caer en los excesos de las tierras de misión, se mostraba hostil a su labor evangelizadora. La reñidora muchachada local andaba más interesada por hacer novillos y dispersarse en manada por los baldíos para descalabrarse a cantazos, que por acudir a las reuniones catecumenales. Fracasadas las primeras intentonas, debió llegar a la conclusión de que si aspiraba a sembrar el mensaje de Cristo entre la cantera, necesitaba un gancho. Como complemento a su labor pastoral, Habagorda,  decidió engatusar a la chiquillería organizando sesiones semanales de cine.
   Los bajos de la iglesia contaban con una estancia que él mismo se encargó de adecentar y bautizó con el sugerente nombre de Cine “El Nazareno”. Dotó al local de un nutrido ajuar de esqueléticas sillas de tijera. Con ayuda del coadjutor y un par de catequistas guitarreros enjalbegó el muro del fondo para que hiciese las veces de pantalla. Junto a la puerta, sobre una compacta mesa de madera usurpada de la sacristía, montó la cámara. Cada sábado, tras la prescriptiva sesión de catequesis, programaba películas cómicas o de aventuras, géneros de los que era un auténtico fanático. Superando el aforo de la sala, los cachorros de un nacionalcatolicismo tardío nos apiñábamos en aquel inhóspito salón disputándonos la ósea incomodidad de los asientos o el mejor hueco donde plantar el culo sobre la fría geografía de terrazo.
   Durante un par de años consiguió embaucarnos con la treta del cine gratuito. En ese tiempo, por las paredes del Cine Nazareno desfilaron aviadores, espadachines, exploradores, dinamiteros, científicos chiflados, chinos inicuos, romanos, bandoleros, marcianos, cruzados, espías y todo un repertorio de aventureros sin patria… Las sesiones vespertinas del Nazareno se extinguieron tras el retiro de un Habagorda gravemente enfermo.
   Había una condición. En su celo por preservar la formación moral de sus pupilos, el Padre, se reservaba, a modo de patente de corso, el derecho de censurar aquellas escenas que él mismo consideraba pecaminosas. Para nuestro cura era escabroso e inconveniente todo lo que tenía que ver con el magreo.
  La sala quedaba a oscuras y comenzaba el ronroneo circular de la bobina. A un espectador actual de cine le costará creerlo, pero la sala quedaba invadida por un silencio sepulcral que perecía rezumar desde la cripta. Habagorda se quitaba la boina y la depositaba en la parte delantera de la mesa. Luego se empotraba como un sátrapa en un sillón estratégicamente colocado detrás del andamiaje con intención de proteger el proyector y vigilar la marcha del rollo. Marilina tenía reservado un puesto estratégico en la parte delantera del tinglado, junto a la boina. Allí se sentaba dócilmente a esperar las instrucciones del cura. En un determinado momento de la proyección, justo cuando el galán bucanero, el capitán de submarino o el Robín de los Bosques de turno, tomaba por la cintura a la heroína acercando sus labios al trémulo rostro de la protagonista, la pasional escena era interrumpida por la voz aseverativa del párroco:
—¡Marilina, la boina!
   Obediente, movida por un resorte adicional a la máquina, la zarpa inquisitorial y boba de la “niña” agarraba la boina para ir a tapar el foco en un movimiento fugaz y mecánico.
   La banda sonora seguía con su música pero las caleidoscópicas figuras quedaban borradas de la pantalla. Ante nuestros ojos, sobre la pared, aparecía impresa una sombra negra y amenazadora como un espectro. Pasados los segundos que imponía la prudencia, don Custodio reiteraba la orden:
—Marilina, la boina.
   La tonta retiraba la boina de su percha luminosa y el chorro de luz volvía a deslizarse por el polvo en suspensión estrellándose en un haz multicolor contra el muro encalado. Nadie protestaba, todos conocíamos el impuesto de peaje. Con aquel método de censura, arbitrario y rotundo, la boina de Habagorga desvalijaba las películas, nos usurpaba los abrazos, nos robó cada caricia. No maldigo a don Custodio, ya digo, así eran los tiempos, anómalos y extravagantes. 
   Mediada la década de los setenta, con el inicio de la apertura política, el destape se apoderó de las salas de cine y los kioscos. La barriada despegaba poblada de un enjambre de adolescentes en plena ebullición a los que se había intentado recortar las alas. Corrían otros aires, en poco tiempo aprenderíamos a volar de golpe.



2 comentarios:

  1. El Asilvestrado13/2/13 11:26

    Buenas, don Wayne!
    Hace tiempo que no me dirijo a usted, lo que no indica que haya dejado de leer sus relatos. El escaso tiempo libre del que dispongo y la pereza, me inhiben de ponerme a escribir.
    ¿Quien no ha conocido a un cura con este talante y esta "derrochadora simpatía"? Capaces de despertar suma admiración en los muchachos y en las jovencitas, como Habagorda en Marilina. No sé si en estos tiempos todavía existe este tipo de "militantes" evangelizando a las criaturas más jovenes. Posiblemente posean metodos diferentes, aunque persiguiendo el mismo fin; reprimir, apocar y cohibir.
    ¡En fin, señor Don Wayne, que la boina se la podía haber puesto Habagorda en los huevos!

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  2. El Monaguillo13/2/13 22:02

    Aún quedan muchos Habagordas repitiendo, al personal que se presta, todo lo que no se debe hacer.Supongo que aquel proyeccionista del Nazareno era de los que rellenaban sus colchones con revistas porno y hubiera pagado un potosí por el acceso a ciertas páginas de internet que hacen, en nuestros días, babear a sus colegas.Las nuevas tecnologías les acercan los niños sin moverse de casa, pero la boina de Don Custodio, a menos que tuviera incorporado un desinhibidor de frecuencia en el rabillo, hubiera sido hoy poco efectiva.

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