lunes, 23 de febrero de 2015

Relatos de Don Wayne XLVII

"Luego entraríais en el Cine Panorama para ver “La mujer pantera”, una película americana de mucho miedo que tu hermana y tú estabais loquitas por ver. Las compañeras de colegio que la habían visto contaban maravillas". 


47. La mujer pantera

    Han pasado tantos años desde entonces. ¿Cincuenta? Y sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, conservas un vivísimo recuerdo de la frustración que viviste aquella tarde. 
   Os encontrabais a puntito de salir para la calle. De hecho tu hermana y tú teníais ya enfundados los abrigos. El plan era pasar la tarde del domingo en familia. Antes del cine, mamá, había prometido convidaros a merendar chocolate con churros en la cafetería de la Plaza, la que está junto al Casino. Luego entraríais en el Cine Panorama para ver “La mujer pantera”, una película americana de mucho miedo que tu hermana y tú estabais loquitas por ver. Las compañeras de colegio que la habían visto contaban maravillas. No estaba autorizada para menores, pero el portero hacía la vista gorda si los críos iban acompañados de sus padres y soltaban unas perras de propina. Julia y tú estabais ilusionadísimas, en toda la semana no habías pensado en otra cosa. A la película invitaba vuestro padre.
   Papá y mamá se daban los últimos retoques frente al espejo cuando sonó el timbre. Vuestro padre asomó al pasillo ajustándose el nudo de la corbata, puso cara de no entender quién podía llamar a aquellas horas e hizo un gesto para que una de las dos fueseis a abrir la puerta. Las gemelas os mirasteis contrariadas, la visita no podía ser más inoportuna, vuestros planes se verían retrasados...
   La puerta la abriste tú. Te diste de bruces con él, como quién ve una aparición. Estaba allí, parado sobre el felpudo del descansillo, con su desproporcionado corpachón, la ropa desastrada y la mirada un punto alucinada propia de quién lleva muchas horas sin dormir. Parecía un zombi, te dio un susto de muerte.
—Hola Mati. ¿Están tus padres? —fue lo único que dijo.   
   Tú dejó helada, pávida, sin saber qué hacer ni que decir. Fue entonces cuando llegó tu madre, llevaba el lápiz de labios en la mano. Un gesto de consternación se le dibujo inmediatamente en el rostro.
—Fabio, ¿qué haces tú por aquí…?

   Vuestro tío Fabio era hermano de tu madre. Las gemelas apenas habíais tenido trato con él. Sabíais qué tenía problemas con alcohol, que su mujer le había abandonado y que andaba internado en una clínica especializada en el tratamiento de los problemas de alcoholismo. Su aspecto era el de un hombre agotado, debía de traer mucha hambre. Vuestra madre le indicó dónde estaba el baño para que se asease un poco, se colocó con diligencia un mandil y se puso a cocinar algo de comer. La pobre, tan arreglada como estaba.
—¡No trae ni equipaje! ¡Sabe Dios dónde habrá andando! — le murmuró a tu padre mientras batía un par de de huevos.
   A Julia y a ti no se os escapó la diligencia con que desaparecía la botella de vino que había sobre el aparador.
—Voy a bajar al bar para hacer una llamada de teléfono —dijo tu padre—. Que no se mueva de aquí.     
   Cuando se sentó a la mesa de la cocina ya quedaba claro que ibais a tener que renunciar al chocolate con churros. Permanecisteis las dos a la espera, sentadas en un rincón de la estancia mirando a aquel desconocido que engullía con ansia. Un hombre prematuramente avejentado, que con legua pastosa intentaba explicar a su hermana que ya estaba curado, que se había rehabilitado, que había acabado el tratamiento y que en la clínica le habían dado el alta. No hacía falta ser muy listo para ver que todo era una patraña, que había vuelto a beber por el camino. Lo notabas cuando te hablaba de frente y su aliento a vino barato te golpeaba como una bofetada. Estaba allí, sentado a la mesa, con su cabeza rapada, mirándolo todo con ojos amarillentos, saltones como los de un escuerzo, con la cara abotagada y el entendimiento diluido en alcohol. Estaba claro que aquel hombre tenía la salud baldada.
   Julia y tú empezabais a impacientaros, no parabais de mirar el reloj que colgaba en la pared y de daros disimuladas patadas por debajo de la mesa. Vuestro tío Fabio y las manecillas del reloj jugaban en contra vuestra. Al poco subió a casa papá, disimulaba, pero vosotras le conocíais bien, se le veía preocupado. Acabada la tortilla, la ensalada y el melocotón que tu madre le había servido de postre Fabio se levantó, necesitaba volver al baño.
—Ha huido del centro de rehabilitación donde estaba internado. El médico me ha dicho que no pueden hacer nada, no se le puede retener contra su voluntad —murmuró tu padre. 
—No podemos dejarle solo. Tendrá que quedarse aquí esta noche, voy a prepararle la cama. Necesitará algo de dinero. Mañana que coja el tren para el pueblo —concluyó tu madre. 
   Cuando vuestra madre comenzó a quitarse aquella blusa blanca tan bonita que se había puesto para ir al cine a Julia y a ti se os vino el mundo encima. No estabais preparadas para una hecatombe como aquella…

   Aquella noche no os quedaron ganas para ver un rato la tele como hacíais otras veces. Os acostasteis pronto. Abrazadas en la litera de abajo llorasteis amargamente la perdida de “La mujer pantera”. Sabíais de sobra que el lunes la empresa habría retirado la película de la cartelera.
   Pocos meses más tarde os comunicaron la noticia. El tío Fabio había muerto a causa de una cirrosis galopante, tenía el hígado más seco que un papel de estraza. Vuestros padres acudieron al entierro. Ninguna de las dos lamentasteis la pérdida.
   Si lo piensas bien ya conoces la causa de tu aversión hacia el alcohol. Ya sabes porque motivo jamás te has dejado besar o cortejar por mal bebedor. “La mujer pantera” es la culpable de que cuando un borracho se te cruza por la calle sientas que tu cuerpo se pone en guardia, que se te tensan los músculos y como, sin quererlo, se te alargan y afilan las garras.



2 comentarios:

  1. A eso lo llamo yo hilvanar con arte; que el tío Fabio nos perdone.

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  2. El Asilvestrado27/2/15 20:48

    Qué pena!! Por culpa de un triste incidente estas muchachas se quedaron estigmatizadas; condenadas a sentir aversión a las copas, los vinos y demás... Mucho perdieron las gemelas por no asistir al cine aquella tarde. ¡Ay! Si es que no se puede vivir bien, ni estar en tu sano juicio si no vas al cine, está claro, Señor Don Wayne. Me gusta la narración.

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