viernes, 10 de enero de 2014

Relatos de Don Wayne XXXIX

El sabor de las almendras.

"Fueron meses en los que Antonín vio mucho cine, más del que un chaval de aldea podía aspirar a ver en años. Películas de Joselito, de Pili y Mili, de Cantinflas, de Marisol, de Walt Disney, de Jerry Lewis… También cine épico, al padre le gustaba mucho un actor llamado Chartlon Heston. De regreso relataba a la madre los argumentos. Lo demás se lo callaba."

39. El sabor de las almendras

 
“Tú jugabas mientras tu padre soñaba con otra
  y tu madre fregaba los platos 
  como si arañase rostros”
ANA PÉREZ CAÑAMARES

   Las cosas empezaron a pintar bien para Antonín el día en que su padre determinó que necesitaba bajar a la capital dos veces al mes. Amador se había hecho con un pequeño taller mecánico en La Puebla, lo que le obligaba a desplazarse periódicamente hasta C. en busca de repuestos: tornillería, juntas, zapatas, llantas, parches, electrodos… 
—Antonín, ¿qué te parece si el sábado cogemos la moto y nos bajamos a por los recambios? De paso podríamos ir al cine. 
   Se iluminaron los ojos del niño. Acababan de cenar, todavía se encontraban sentados a la mesa. Ya iba a replicar Felipa cuando el marido atajó por la banda:
   —¡No pongas esa cara, mujer, el niño tiene que salir de la aldea! Además he oído decir que echan una de Joselito…
   Llegado el sábado, el chavalín se encaramó a la parte trasera del sillín, se aferró como un marsupial al tabardo del padre y partieron camino de C. La figura de Felipa, menuda y algo mustia, les vio partir desde el portón, contra su regazo sujetaba a Pedrito, un lactante que no había cumplido el año, a su lado, Evita, con las coletas tiesas, se sorbía los mocos agarrada al delantal materno.
   La Rieju rodaba cuesta abajo tomando las curvas con el zumbido de un tábano furioso. Mirando de lado, Antonín veía pasar los campos de olivar y almendros que se escalonaban linderos con la carretera. Rebasada la última vuelta, si asomaba la cabeza por detrás del cuerpo del padre, ya podía ver el mar…

   Aquellas escapadas, se convirtieron pronto en costumbre. Primero se aprovisionaban en un almacén del polígono para buscar luego un cine donde pasaran una película tolerada. Al tercer o cuarto viaje, salían del Astoria cuando el padre sugirió:
—Tenemos tiempo, podríamos pasar a visitar a tía Remedios.
   Al niño, que no recordaba tener ninguna tía con tal nombre, le pareció bien. Callejearon buen rato por el centro y tras rodear el ábside de la catedral dieron con el portal. Era un vetusto edificio de varias plantas. En el descansillo del 3º la tía Reme salió a recibirles a la puerta. Saludo al padre con un abrazo algo distante y festejó la presencia del chiquillo:
—¡Antón, pero qué crecido estás!
     Tía Reme le gustó desde el principio. Era una mujer delgada y alta, de  pelo negro como el betún recogido en un moño. Sonreía con una boca cordial que al chiquillo le recordó a uno de esos peces rojos que alguna vez había visto nadar en el estanque de El Soto, parecía salida de una de aquellas revistas femeninas que rodaban de mano en mano por las mesas camillas del pueblo. Antonín se dio cuenta enseguida de que tía Reme no olía a puchero, ni a lejía, la rodeaba una fragancia mareante y cálida que parecía manarle del pecho. 
   Sentados en la mesa del comedor charlaron sobre asuntos banales. Una gata atigrada y pegajosa merodeaba bajo la silla restregando el lomo contra las pantorrillas del chiquillo.
—Se llama Baba, acaríciala si quieres, es muy mansa.
   La tía sacó del aparador la caja nueva de un Mecano y se la entregó al niño.
—Aquí tienes Antonín, puedes jugar un rato mientras tu padre me arregla las puertas del un armario.
   Tía Reme y el padre desaparecieron durante un buen rato. Antón no se movió de la sala de estar. Se entretuvo inventando grúas con las piezas metálicas. La gata, satisfecha de verse acompañada, ronroneaba y arrastraba la cola por la alfombra. Contra todo pronóstico ni se escuchaban voces ni ruido de herramientas. La vida en la casa parecía haber enmudecido.

   Oscurecía cuando remontaron cuesta arriba sobre el espinazo de la Rieju. Antes de entrar en La Puebla, Amador detuvo la motocicleta junto a la caseta de los camineros. Bajo un almendro florecido, tomó al hijo por los hombros, lo miró fijamente y, buscando acomodo en un tono de complicidad, se lo advirtió:
—Antonín, tu madre no debe enterarse de la visita de esta tarde. Ella y la tía no se entienden, no le gustaría saber que hemos pasado a visitarla. Hemos estado en el cine y solamente en el cine, ¿me has entendido?
   El chico no era tonto, consintió, le convenía la coartada.
   Fueron unos meses en los que Antonín vio mucho cine, más del que un chaval de aldea podía aspirar a ver en años. Películas de Joselito, de Pili y Mili, de Cantinflas, de Marisol, de Walt Disney, de Jerry Lewis… También cine épico, al padre le gustaba mucho un actor llamado Chartlon Heston. De regreso relataba a la madre los argumentos. Lo demás se lo callaba.
   Una tarde, a poco de comenzar “Tarzán y el safari pedido”, el padre se levantó en busca del pasillo:
—Espérame un momento que ahora vengo. Voy a comprar garrapiñadas.
   Amador tardaba en regresar por lo que el muchacho se volvió intentando buscarlo por la sala. Se tranquilizó enseguida, allá atrás, entre la penumbra lechosa de las últimas filas, pudo distinguir a su padre y a la tía Reme que miraban en silencio la pantalla. El brazo del padre descansaba sobre el respaldo de la butaca vecina abarcando los hombros de la tía. Minutos antes del “The End” el hombre se reunió con su vástago, traía la bolsa de garrapiñadas en la mano. El hábito de obsequiar el silencio del hijo con un paquete de almendras confitadas quedaba instaurado. El niño se deleitaba rechupeteando la golosina el resto de la tarde. Tía Remedios nunca les aguardaba a la salida del cine, se perdía en el anonimato de la calle y les esperaba en casa. 
   Durante los meses que siguieron las citas se hicieron frecuentes. Cuando se quedaba solo en aquel cuarto de estar, el silencio paralizaba la atmósfera doméstica. En algún lugar de la casa palpitaba el corazón acompasado y discreto de un reloj, los ojos  glaucos de la gata observaban como Antonín ideaba construcciones, atornillaba piezas y chupeteaba las almendras. 
   Era llegado el otoño cuando una de aquellas tardes, sin previo aviso, se dirigieron a casa de la tía sin pasar por el cine. Antonín jugaba en el comedor cuando un rumor inesperado vino a agitar el sosiego que gobernaba aquella casa. Había un desacuerdo, tía Remedios y su padre estaban discutiendo. Aunque no alcanzaba a entender lo que se decía, el crío, podía escuchar un murmullo de palabras forzadas, pronunciadas velozmente y en voz baja. Dos fragmentos de aquel desencuentro quedaron grabados en su mente: la palabra “embarazo” y la frase “¿Qué vamos a hacer ahora?”. Súbitamente Amador apareció en la puerta colgándose la chaqueta sobre los hombros. Tomó al chico de la mano y, sin darle tiempo a recoger el juego, le empujó hacia la salida.
—¡Coge tu abrigo, Antón, que nos marchamos! —. No hubo otra explicación.
   La gata sobresaltada escapó bajo el sofá. Las piezas del Mecano quedaron abandonadas por la alfombra. La tía Reme no apareció para la despedida ritual del descansillo.

   El camino de regreso se le hizo a Antonín más largo y tortuoso que nunca. Abrazado a la cintura de Amador podía sentir la rigidez con que su padre conducía la motocicleta. Subían hacia La Puebla sin la alegría de otras veces. A la altura de la caseta de camineros, el hombre redujo velocidad y se apartó de la carretera. Se sentaron juntos bajo el almendro. El padre fumaba con rabia. Antonín no sabía cómo interpretar aquel desazonado silencio. Sin atreverse a levantar la cabeza del suelo, el muchacho escuchaba como Amador, entre calada y calada, maldecía su “puta suerte”. Cayó en la cuenta de que aquel día no habían visto película alguna, esa noche, a la hora de la cena, no sabría que contarle a su madre... En estas andaba cuando observó algunos almendrucos que, habiendo saltado del cascabillo, rodaban por el suelo. Tenía hambre. Recogió una almendra, la cascó con una piedra y se la llevó a la boca. Apenas había comenzado a masticarla cuando la escupió con repugnancia. Se habían sentado bajo un almendro borde. Jamás olvidaría Antonín la lección de aquella tarde, el fruto de ciertos almendros puede tener un sabor amargo.





   
   
     

2 comentarios:

  1. el Asilvestrado15/1/14 23:05

    Qué narración tan acertada.
    Relata usted de tal modo, que me parece estar viendo un corto; las imágenes acuden solas, se presentan coloridas y vivas gracias a su rica descripción. !Enhorabuena¡

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  2. La clarividente inocencia de la infancia manchada por la realidad que, efectivamente, tira más hacia lo amargo que hacia lo dulce. Buen relato Don.

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