Bocatas Literarios

BOCATAS LITERARIOS CON CINE DENTRO


BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.1

AMOR

Después del yo también
tu sonrisa se vuelve
como la infancia
del cine: muda,
en blanco y negro.
Me gusta que me mientas,
no permitas que se te note.

Erika Martínez, "Color Carne", 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.2
 
   “Los viernes, a la salida de la escuela, iba con Jim al Roma, el Royal, el Balmori, cines que ya no existen. Películas de Lassie o Elizabeth Taylor adolescente. Y nuestro predilecto: programa triple visto mil veces: Frankestein, Drácula, El Hombre Lobo. O programa doble: Aventuras en Birmania y Dios es mi copiloto. O bien, una que al padre Pérez del Valle le encantaba proyectar los domingos en su Club Vanguardias: Adiós míster Chips. Me dio tanta tristeza como Bambi. Cuando a los tres o cuatro años tuvieron que sacarme del cine llorando porque los cazadores mataban a la mamá de Bambi. En la guerra asesinaban a millones de madres. Pero yo no lo sabía, no lloraba por ellas ni por sus hijos; aunque en Cinelandia –junto a las caricaturas del Pato Donald, el Ratón Mickey, Popeye el  Marino, el Pájaro Loco y Bugs Bunny–  pasaban los noticieros: bombas cayendo a plomo sobre las ciudades, cañones, batallas, incendios, ruinas, cadáveres”.
José Emilio Pacheco,  “Batallas en el desierto”, 1981
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.3

   "Del hombre miro siempre las manos, canta Raimon. Pues hay que fijarse en la mirada, y hay grandes miradas en la historia que sirven para entender lo que le pasa al hombre por dentro. En el cine, por ejemplo, hay una buena porción; vienen a la memoria los ojos de Alfredo Landa en El rey del río, de Gutiérrez Aragón; o la mirada despavorida de Fernando Fernán Gómez, preso republicano en La lengua de las mariposas (de Cuerda, de Azcona y de Rivas); o los ojos melancólicos, casi finales, de Burt Lancaster en Atlantic City, de Louis Malle…”
(Juan Cruz, “Susto”, El País, sábado 29 de mayo de 2010, pág. 69)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.4

   “No puedo decir cuál fue la primera película que vi, pero estoy seguro que lo hice en brazos de mi madre, pues entonces existía la costumbre de llevar los niños al cine, incluso cuando estos no sabían andar. Era un tiempo en que no había muchos entretenimientos y en que la pasión por el cine era compartida por mayores y niños. Especialmente por las mujeres, a las que les encantaba ir, porque en sus salas podían soñar con una vidas distintas a las suyas, siempre sujetas a sus padres y maridos, siempre pendientes de cuidar a los niños  y ocuparse de la casa, como si sólo vivieran para zurcir calcetines y dar papillas a los recién nacidos, como si no tuvieran otras aspiraciones, ni pudieran albergar otros deseos que aquellos que les obligaban a tener.
Hablar de cine es, para mí, hablar sobre todo de esos sueños…”

Gustavo Martín Garzo, “Sesión continua”, pág. 11, Edit. Pasaje de las letras, Valladolid, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.5
  
   Y en invierno ir al cine era internarse medrosamente en los vestíbulos con moqueta roja y con columnas de purpurina dorada que para nosotros tenían un esplendor oriental, y ver desde arriba, desde el graderío de tablas denudas del gallinero, una pantalla en la que las imágenes siempre cobraban una distorsión de encuadre expresionista, y adquirir también la conciencia de las jerarquías sociales y del sitio que nos tocaba en ellas. Desde tan alto, la gente del patio de butacas, es sus asientos cómodos forrados de rojo, parecía pertenecer a otra especie. En el gallinero había broncas, y grandes temblores de pisotones cuando en la pantalla sucedía una persecución o una pelea a puñetazos. También había raros individuos oscuros que se arrimaban mucho a uno y a veces le decían en voz baja, al oído, cosas que uno no entendía pero quelo asustaban, y cuando se encendía la luz ya habían desaparecido.

Antonio Muñoz Molina, “En las sábanas blancas”, 2015
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.6

 CINE (fragmento)

¿Qué sería de nuestras vidas como seres humanos del siglo XX sin la belleza, la ilusión, la pasión que para siempre nos dieron los rostros de Greta Garbo y Marlene Dietrich, de Louise Brooks y de Audrey Hepburn, de Gene Tierney y de Ava Gardner? Me encantan, por esto, las referencias a la mirada dentro de la mirada en el cine. Bogart a Bergman en Casablanca: «Nos estamos mirando, muñeca.» Gabin a Morgan en El muelle de las brumas: «Tienes muy lindos ojos, ¿sabes?»

Éste ha sido el milagro mayor del cine: ha vencido a la muerte. El rostro de la Garbo en la escena final de La reina Cristina, el de Louise Brooks y su perfil con peinado de ala de cuervo en Pandora, el de Marlene entre las gasas y filtros barrocos de El expreso de Shanghai y La emperatriz escarlata , el de María Félix soñando despierta mientras oye una serenata en Enamorada, el de Dolores del Río viendo su propia muerte en la de Pedro Armendáriz en Flor silvestre, el de Marilyn descendiendo escaleras diamantinas o resistiendo el vapor veraniego de Nueva York entre sus muslos blancos y su falda blanca.  Ellas son la realidad final y absoluta del cine: ninguna de ellas ha envejecido, ninguna de ellas ha muerto, el cine las volvió eternas, el cine venció a la vejez y a la muerte.

Ninguna teoría, ningún triunfo artístico supera o sustituye esta simple realidad. Es la nuestra, la de nuestro amor más íntimo pero más compartido, gracias al cine.

Carlos Fuentes, “En esto creo”,  Edit. Seix Barral, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.7
  
ES SOLO CINE, PERO ME GUSTA

¿Estáis dispuestos todos
a venir conmigo al cine
y a gozar y reír en el cine
hasta explotar?

Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

Abrid mucho lo ojos,
olvidad vuestras butacas
y soñad y cantad con nosotros
mucho más, mucho más.

Jesse James, un indio sioux, Lauren Bacal,
Tom y Jerry, Fred Astaire, Boris Karloff,
Marilyn, C. B. DeMille, ruge el león.
De día, de noche, siempre, da igual:
el cine no morirá.

 Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

¿Estáis dispuestos todos
a venir conmigo al cine
y a gozar y reír en el cine
hasta estallar?

John Wayne, Bogart, Griffith, Faye y King Kong
Mickey Mouse, Charlot, Groucho, Howard Hawks,
Cary Grant, Judy, Liza y el gran John Ford.
De día, de noche, siempre, da igual:
el cine no morirá.

Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

Abrid mucho los ojos
y olvidad vuestras butacas
y soñad y cantad con nosotros
hasta reventar.

Luis Alberto Cuenca, “Todas las canciones”, pág. 36/37, Edit. Visor, Madrid, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.8

   “Fuimos al cine La llama de la Revolución, que era el más grande de la ciudad, antes solía ir bastante, pero hacía un año que no había estado porque la economía nacional tenía problemas, especialmente la industria energética y no se podía saber de antemano si cortarían la luz, en tales casos había que esperar sentados en la oscuridad porque los generadores de  emergencia no funcionaban en ningún cine, ya que en la mayoría de los sitios habían robado incluso el gasóleo de reserva, por eso había que esperar largo y tendido en una oscuridad como la pez, hasta que dieran de nuevo la luz o vinieran los servicios de orden o los bomberos a permitir la salida, y no me hacía mucha gracia, así que prefería no ir al cine. Además, desde que se habían llevado a mi padre, tampoco es que tuviera mucho dinero, aunque claro, siempre podía colarme sin tener que pagar, eso no era difícil, bastaba con arremeter y empujar un poco sabiendo dónde situarse entre la multitud, antes lo solía hacer, me había colado al no conseguir entrada para El coloso de Rodas, El hombre araña, El sheriff del espacio o Hércules a la conquista de la Atlántida, pero colarse para ver lo que echaban en los últimos tiempos no merecía la pena, porque sólo proyectaban  viejas películas de partisanos y reposiciones de las de guerra como El séptimo camarada, Arriba el metal o El largo invierno de la ciudad en lágrimas”.

György Dragoman, “El rey blanco”, pág. 198/199, RBA, Barcelona, 2010

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.9

COORDENADAS
Donde irrumpe el amor, donde se hace,
en mitad de la niebla, en el regazo
acogedor de una pensión barata,
en los pasos de cebra, en los armarios,
en un somier sonoro, entre los dientes
de una boca de incendios.
Donde suda el amor, donde se cuece,
en un café vacío, en una fábrica
abandonada, en las últimas filas
de los cines de antes, bajo un puente,
en una calle oscura, en el nublado
parabrisas de un coche.
Donde estalla el amor, donde cae, donde yace.

Julio Rodríguez, “Naranjas cada vez que te levantas”, pág. 16, Edit. Visor, 2008

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.10

ORIGEN
   “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro. No sé quién dijo una verdad tan grande, pero algo parecido sentí el otro día en el cine viendo “Origen”, la última superproducción de Christopher Nolan, protagonizada por Leonardo di Caprio y presentada por (casi) todos los medios como una obra maestra, como una esplendida y  muy original cumbre del cine de ciencia ficción. Hacia el final me revolvía en la butaca con una idea revoloteando en la mente: cuantas más superproducciones actuales veo, más buenas me parecen las películas de los años 50. Sin efectos especiales, sin diseño espectacular por ordenador, sin ritmo trepidante de tres escenas y media de acción por minuto, sin desenfreno visual, siguiendo simplemente las historias de unos personajes de carne y hueso. Supongo que es inevitable: cuando la técnica y el superpresupuesto permiten hacer una virguería tras otra, pocos directores o productores tienen la audacia de decir, mira no, no hace falta, podemos hacerlo más sencillo, más limpio, más veraz. Es como preguntarle a un niño: ¿Quieres la fiesta con fuegos artificiales o sin? Con, claro, con.
(…)
¿Hace falta intercalar constantes escenas gratuitas de tiroteos, de manera que el ruido y la furia tengan entretenidos como bobos a los espectadores? Pienso en cómo sería una gran película sobre estas realidades paralelas, sobre estas arquitecturas hermosas y efímeras del sueño, sin tener que pagar el peaje de la estruendosa violencia entretenedora. Suspiro. Tendría muchísimos menos espectadores, me imagino…”
Belén Altuna, “Origen”, diario “El País” (País Vasco, pág. 8), miércoles, 11 de agosto de 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.11


 PELÍCULAS DE ROMANOS

CUANDO aún no había daño,
cuando el mundo podía parecerse a la merienda de por las tardes,
en el cine
(el larguísimo, hermosísimo cine de la infancia)
yo siempre preferí a los perdedores,
a los otros, a los dañados. (Decían, los malos.)
¿Identificaba el mal y la belleza,
antes de haber leído a Baudelaire, mi príncipe verde?
¿O algo en mí intuía claramente
que el romo discurso de la justicia miente,
y que la bondad impuesta es peor que el mal generoso?
¿O ―más lejos― intuí ya,
sin estigmas ni visiones,
que mi sitio iba a estar con aquellos
que la caballería yanqui destruía?
Quise ―de niño― ser un guerrero sioux.
Y un cansado y escéptico emperador romano,
con aires de Charles Laughton o de Ustinov.
Me gustaba Nerón, de gustaba Sitting Bull
y me gustaba Pilatos ―sí―,
aquel romano frígido de todas las películas
que nos obligaban a ver en Semana Santa,
aquel romano que dijo:
“¿Y qué es la verdad?”.
Dicit ei Pilatus: Quid est veritas?
Pero la verdad ―por esa verdad―
yo sería acusado. Por esa verdad morirían los sioux.
Por esa verdad caerían los romanos
y tantos como yo vería rodar, en los días y en la Historia,
distintos, malos, lujuriosos, moliciosos,
gentes de otra laya y otra grey.
Nos dijeron: “Dios os condena”
Y los insultos se abrieron. Bueno, pero yo aún no lo sabía.
¿Intuición, belleza, otra diferente búsqueda del Bien?
En las tardes en que me sentí distinto,
resguardado detrás de los cristales
(como un zar que huye o una impía cortesana de Bizancio),
yo giraba los anillos de mis dedos
y huyendo ―porque mucho tuve que huir muchos años―
me decía: Quid est veritas?
A los que poseen la verdad como se posee una pistola
o como un insulto obsceno,
nunca los he querido. Me dan miedo. Los odio todavía.
Yo también dije contigo, elegantísimo Pilatos,
Quid est veritas?
Y era un niño, un niño que iba al cine, y aún no sabía.

Luis Antonio de Villena, “Las herejías privadas”, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.12

    “La primera vez que fui al cine con Silvana vimos Malenka, la sobrina del vampiro. Yo confiaba en que el miedo le hiciera agarrarse a mí nada más abrirse el primer ataúd, pero aquella película resulto ser tan disparatada que sólo le dio risa. Tuve mejor suerte con El baile de los vampiros: en la secuencia en que Sharon Tate está dándose un baño y la ronda el monstruo, Silvana se aferró a mi brazo, quizá porque hizo suya la inocencia de aquella otra rubia amenazada por un ser de los trasmundos. Durante el resto de la película, no tuvo más necesidad de tocarme. En La marca del Hombre Lobo me cogió de la mano, pero no por miedo.
   En contra de toda previsión, nos besamos por primera vez en no recuerdo qué película de Louis de Funes. Aquel beso me mantuvo insomne y hechizado durante toda la noche, como si acabara de cometer el pecado más hermoso y la penitencia consistiese en recordarlo. Silvana, como he dicho, parecía hecha de oro, pero yo era el ladrón de su secreto: el sabor a plata que tenía su saliva a causa del corrector dental. Un ser de oro que sabía a plata. Y yo estaba sediento de aquella plata líquida, de modo que, como siempre he sido tímido, la llevé a ver El enmascarado de lata contra la hija de Frankenstein, con la esperanza de que jugasen a mi favor las espirales del miedo. No hizo falta: nada más apagarse las luces, Silvana me cogió por la barbilla y me besó.
   A partir de ahí, nos besamos en las películas de Drácula, en las de Fu-Manchú, en las del Hombre Lobo, en las del Santo. En las de los muertos vivientes. Nos besábamos como quien respira, hechos a aquel ritual clandestino de saliva y de penumbra, de ficción y de pecado. Cuando salíamos del cine, nos sentíamos cohibidos el uno ante el otro, porque nuestra aliada era la oscuridad: el mundo iluminado nos desterraba de nuestro reino de tinieblas de artificio ”

Felipe Benítez Reyes, “Su oro y su plata” (fragmento), diario “El Mundo”, lunes, 18 de agosto de 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.13
  
VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL

Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.

Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto
en una exposición de arquitectura
mi barrio, las vanguardias y el enjambre moderno.

La vivienda social era la huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el estado este polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.

En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.

Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.

Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vittorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.

Isabel Pérez Montalbán, “Un cadáver lleno de mundo”, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.14

POSIBILIDADES

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.


Wislawa Szinborska, "Gente en el puente" 1986 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.15

Maldades

   “¿QUIÉN O QUÉ es el mal, Moby Dick o Ahab? En el operístico capítulo XXXVI de la novela (1851), el capitán del Pequod le grita a su primer oficial Starbuck (que aún no había prestado su nombre a una multinacional): “Esa cosa inescrutable es lo que más odio, y tanto si la ballena blanca es agente, como si es principal, quiero desahogar en ella este odio”. Y recuerdo el terrible final de la película de John Huston (1956, guión de Ray Bradbury), con Ahab amarrado para siempre a la moribunda ballena mientras ambos se hunden en el infierno líquido. La apasionante relación entre el hombre y la ballena a lo largo de la historia es el asunto del hermoso ensayo “Leviatán o la ballena”, de Philip Hoare (Ático de los Libros). Una relación oscilante entre el odio sagrado y la devoción, como aprendí en vivo durante una pregrinación ya lejana a Arrowhead, la casa-museo en el condado de Berksville (Massachusetts), donde Melville escribió algunos de los capítulos de su libro…
Para Melville , dice, aquel monstruo erizado de arpones “representaba el malvado instrumento del destino”. Y sin embargo el mal anida también en el corazón egoísta de Ahab, que arrastra a su tripulación a seguirle en su venganza (“¡La perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza y del cabo de Hornos y del Maelstrom noruego, y de las llamas de la condenación, antes de dejarla escapar!”)… Moby Dick es para Ahab la representación del mal. Pero el mal existe en lo concreto y lo encarnan monstruos quizá demasiado humanos…”

Manuel Rodríguez Rivero, “Huelgan (las palabras)”, Babelia 983, Diario “El País”, 25.09.10
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.16

CUANDO…

“Cuando la película se rompió gritó el Friedel tú has
matado al Mastroniani corrió a través de la
sala y se le pusieron dos manos que él mismo
no conocía y estranguló al operador
con la bufanda de grandes cuadros la pantalla
quedó tan blanca como el hielo de erial y en el
periódico se decía que un hilo de saliva como de miel
treinta centímetros tieso como una guita colgaba al Friedel
a la derecha de la barbilla cuando él se fue a casa —”

Herta Müller, “Los pálidos señores con las tazas de moca”, e.d.a.libros, Benalmádena, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.17

   Hay una escena en un western de Antony Mann, creo que es “Horizontes lejanos”, en que los protagonistas tienden una trampa a un grupo de pistoleros que les persiguen. Dejan una hoguera encendida, y les hacen creer que duermen, cuando en realidad no hay nadie bajo las mantas y ellos los esperan agazapados tras las rocas. Los pistoleros les atacan y les responden desde lo alto, causándoles numerosas bajas. En poco tiempo acaban con todos, salvo con dos o tres que emprenden la huida. Y hay un muchacho que, sediento de sangre, se dispone a seguir disparando. James Stewart le dice que no lo haga, que ya han tenido bastante. “Por qué”, le pregunta irritado el muchacho. “Esa es una pregunta que debes responderte tú mismo”, le contesta. Aquel mundo de disparos era un mundo noble, sujeto a unos códigos morales. No bastaba con ser más diestro, ni siquiera con tener razón. En el cine se aprendían cosas tan elementales como que no hay cobardía mayor que matar por la espalda a quien no puede defenderse. Era una escuela de vida, el lugar misterioso donde uno iba a preguntarse por lo humano, que es la pregunta que sostiene todo el cine de John Ford, el más grande de los directores.       

Gustavo Martín Garzo, “Sesión continua”, pág. 12, Edit. Pasaje de las letras, Valladolid, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.18

PORTUGUESES

Estaban allí, una noche.
Con sus anclajes de óxido y pobreza plantaron la cámara en mitad de la plazoleta, con nerviosas madres y niños tumefactos. Mirábamos de soslayo a aquellos hombres, sus manos negras, de una grasa incompatible con la alegría. Los viejos nos metían el miedo en el cuerpo, narraban ante ellos sus sombríos planes. "Los portugueses, - nos decían -, los portugueses".
Luego era el cine en las noches altas del verano. Con la insistente magia del proyector, acabábamos durmiendo entre los huéspedes, ya acogidos en el barrio con un invisible afecto unánime.

Daniel Casado, “El proyector de sombras”, Edit. Regional de Extremadura, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.19

 “Eran todos jóvenes, muy hombres nuevos, que mostraban en cada etapa que pertenecían a la pequeña burguesía, que no alcanzaba de ningún modo a ser la gran burguesía. Sus recuerdos más lejanos se parecían. Se reconocían dentro del grupo. Fuera de él no tenían cómo identificarse.

Les gustaba el cine. Eran cinéfilos. Seguían en las salas donde se proyectaran las producciones de los grandes directores, aunque también les gustaban las películas de suspenso, las de cowboys, las comedias americanas. Iban a ver películas clásicas a la Filmoteca y a los cines de barrio. Pero salían desencantados por los defectos de las copias. Por las fallas, pensaban, no habían podido   identificarse con los personajes de la pantalla.

Vivían así con sus amigos, en los pisitos llenos de cosas, con sus salidas, el cine, las comidas en las que se contaban sus magníficos planes. Las trasnochadas parecían no importarles. Su juventud soportaba todo a cambio de sentirse dueños del mundo, recorriendo barrios a la luz de la luna, oyendo el ruido de sus propios pasos, tonteando juntos, jugando a la rayuela como niños, cantando juntos...

Eran fuertes y libres. Pero esa misma sensación, cuando se interrumpía un poco, les traía otra vez el miedo de la inseguridad. Porque el defecto del mundo de las encuestas era que éstas se interrumpían y entonces tenían que jugarse a estar subempleados o integrarse con dependencia total a una agencia. Jérôme y Sylvie sabían que esa vida no podía durar: quien no trabaja no come, pero el que trabaja a horario completo no tiene más tiempo para vivir.

George Perec, “La cosas”, Las Cosas (1965)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.20

Anoche soñé que había vuelto a Manderley

Anoche soñé que  había vuelto a Manderley…

Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine
que era una perra, una perra mentirosa.

Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente
                                       [dotada de una pereza sobrenatural…

La voz, tan cursi y comprensiva, del doblaje de Joan Fontaine                                          soñaba sueños extraños.

Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino
                                                           [avanzaba más y más…

Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine
que era una perra, una perra mentirosa.


Marta Sanz, “Perra Mentirosa”, Bartleby Editores, Madrid, 2010. 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.21

¡Pero qué prisa tienes, Bacterio, no jodas, ¿es que ya andas otra vez con tu desguace de ordenadores?! No hombre, qué va, es que he dejado en casa el ordenador encendido, bajando una peli, y quiero ir a ver cómo va, si llego tarde me entretendré y después tendré que preparar con prisa y mal todo el material para mañana, que salimos al percebe. Anxo posa su bolsa en el suelo y le dice, Ah, faenas mañana, bueno, pues nada, arranca para casa, pero antes mira, mira qué pelis le he comprado ahí al lado a un negro, una ganga. Y saca un fajo de DVDs de dibujos animados, Son para los críos, todo lo que quieren, y tú, ¿qué película te estás bajando? Uff, es tremenda, la vi hace muchos años en la tele, y nunca más, “El último hombre vivo”,  se llama, del 71, todos han muerto en Los Ángeles y Charlton Heston es el único que queda vivo, hay una pandilla de zombis que le acosan, pero como sólo salen de noche, durante el día él puede andar por las calles, y entra en las tiendas, que han quedado intactas, y coge lo que quiere, y cuaqndo se le acaba la gasolina pilla otro coche cualquiera y ya está, es tremenda, hay unas imágenes aéreas de la ciudad semidestrozada, llena de papeles y basura, y él en un descapotable por esas grandes avenidas, que parecen como el mar, a toda hostia, sabes, es tremendo. ¡Ah, dice Anxo, Entonces como el Prestige: el mar deshecho y lleno de mierda! Calla, calla, no me hables responde Antón, Yo casi te diría que estoy deseando que venga otro desastre; total, la pesca no se ha resentido y han entrado en las casas millones de euros en indemnizaciones. Hombre, claro, asegura Anxo, Tú y todos, bueno Antón pues a ver si nos vemos otro día y tomamos un vino. ¡Hecho! Y tira calle arriba…

Agustín Fernández Mallo, “Nocilla Experience”, pág. 66/67,  Alfaguara, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.21

   A Juan le gustan los días de lluvia. En el coche de su padre, camino del colegio, piensa que va dentro de una película de ciencia-ficción. Los cristales empañados de las ventanillas, las gotas de agua, los limpiaparabrisas en movimiento, el humo del tubo de escape de los coches, la niebla, la atmósfera cerrada y el rumor acuático hacen que todo resulte brumoso, incierto, como los efectos especiales de un sueño o de una película de ciencia-ficción.

Luis García Montero, “Lecciones de poesía para niños inquietos”, pág. 30, Edit. Comares, Granada, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.22

   “De ser una venganza, ¿contra quién iba dirigida? “No se trataba se eso”, un día le confesó el ahijado del Doctor en la época de la guerra. “Es mucho más sencillo; si alguien se va de casa una tarde, cansado y aburrido hasta de las paredes, y se encamina a un café o un cine… qué demonio, no se va a volver a casa porque el café esté cerrado o el cine lleno.”

Juan Benet, “Volverás a Región”, pág. 119, Edit. DEBOLS!LLO Contemporánea, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.23

   “A los nuevos ricos se les distingue porque no saben beber el whisky; parece que lo están mamando del vaso como si conservasen intactos sus ancestrales instintos primarios, porque nadie les enseñó a ingerir la bebida civilizadamente, Y también trabajé para los pequeños burgueses y la clase media recién ascendida, que frecuentan las sociedades de emigrantes del Noroeste, antiguos compatriotas míos, gente de parodia, que vive como peces rémora: de las sobras del tiburón. Pero un sicólogo no aceptaba mi tesis. Me dijo, creo que usted es un díscolo, un inadaptado y demás circunstancias concomitantes. Parece no entender el mundo tal y como está hecho. Usted piensa que es dueño de su vida y sus determinaciones. Se engaña. Su vida y sus determinaciones son de los hombres de acción, que comercian, que negocian, que financian, que compran-venden, que hacen mover el dinero, motor del mundo, en la televisión, en el cine, en la radio, en la prensa, en la catequesis, en la señorita Gladys, y en el padre Ruperto. Vivimos de mentiras formuladas en bellas promesas y a ellas hay que atenerse…”
  
Celso Emilio Ferreiro, “La frontera infinita”, 1976
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.24

Cuando venía a París, Maurice, tenía un programa, y sólo uno. Ver todas las películas que pudiera. En esa ocasión nos dejó ir con él. Puso sus condiciones: él elegía la película y la sala. Y nada de películas de dibujos animados. En Argel no tenía tiempo de ir y era peligroso. Explotaban bombas en los cines. Doblaban las películas y eso a él le parecía un crimen. John Wayne en francés le daba risa y con Clark Gable le entraban ganas de llorar. Mientras Louise y mi madre recorrían los grandes almacenes y las tiendas del Faubourg Saint-Honoré, nosotros íbamos a diario a ver una película norteamericana en versión original. Cada vez que Louise llevaba a la fuerza a Maurice a ver una película francesa, se quedaba dormido. Eso quería decir algo, ¿no? Iba por Les Champs-Élysées mirando hacia arriba, fiándose de los carteles, de los actores y del título. Y se fijaba con todo detalle en las fotos para calcular si sería un rollo o no. Se quedó parado delante de un cartel.
Ésta va a ser estupenda. Es una película francesa de acción como si fuera americana.

Jean-Michel Guenaissa, “El club de los optimistas incorregibles”, pág. 265, RBA edic., Barcelona, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.25

   Como la mayor parte de los habitantes del globo terráqueo en los años en que transcurre mi historia, yo había visto a dos personas besarse en la boca por primera vez en el cine y sufrí una profunda impresión. Era algo que me había pasado la vida queriéndole hacer a una chica bonita y por lo que sentía una gran curiosidad. En realidad, a parte de un par de veces en América y por pura casualidad, en los treinta años de mi vida nunca había visto a ninguna pareja besarse en la boca aparte de en el cine. Los cines me parecían, y no solo en mi niñez sino también por aquellos años, lugares a los que íbamos para ver cómo otros se besaban. La trama era una excusa para los besos. Y cuando Fusün me besaba sentía que estaba imitando los besos que había visto en la pantalla.

Orhan Pamuk, “El museo de la  inocencia”, págs. 67/68, Edit. Mondadori, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.26

DEVEDÉ

Se conocen, se atan y se unen
Y ponen en pantalla el mismo disco de siempre
Con la trama que ya sabemos.

DVD:
Debe de haber otra película humana
Que no sea esta mala copia pirata
De un melodrama esperpéntico

Pero invariablemente muy trágico.

José Emilio Pacheco, “Como la lluvia”, Edit. Visor, Madrid, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.27

Los carteles de estrellas de cine y cantantes indios, en otro tiempo prohibidos para “impedir la idolatría”, reaparecieron casi de la noche a la mañana en Kabul cuando los talibanes perdieron el poder. Aunque en teoría ahora son libres para vestir como quieran, muchas afganas todavía usan burkas que cubren todo el cuerpo, ya sea por convicción religiosa o por miedo. “Muchas mujeres aún están asustadas —dice Shukriya, una residente de Kabul—. Los talibanes no fueron los únicos que recortaron nuestros derechos. Muchos de los que ahora ostentan el poder piensan del mismo modo.”

E. Girardet, “Un nuevo día en Kabul”, Rev. National Geographic, Vol. 11, núm. 6, diciembre, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.28

   Aunque mi padre también fuera el empresario del Proyecciones y del Castilla, el Ortega era el cine por antonomasia, un cine enorme, que tenía gallinero y ambigú y acomodadores uniformados que lo perfumaban en los descansos con unos aparatos parecidos a los extintores incendios. El Cine Ortega era enorme, en su sala semicircular cabía todo Palencia. Las butacas, tapizadas en terciopelo de color rojo burdeos, estaban muy gastadas por el uso, pero eran elegantes y cómodas, pequeños tronos a los que cualquiera accedía por el módico precio de una localidad.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 234, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.29

Ensoñación te producía el cine. Y allí fumaba todo dios, los buenos y los malos, los listos y los tontos, los sofisticados y los primarios. Algunos como Mitchum o Bogart, convertían ese acto rutinario en una obra de arte. Fumaban maravillosamente las seductoras Lauren Bacall y Ava Gardner. Y no concibes la apabullante imagen de Marlene  Dietrich y de Bette Davis sin un cigarro en esos labios tan seguros.

“Humo”, Carlos Boyero, “El País” (vida & artes, pág. 61), domingo, 9 de enero de 2011.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.30

REPERTORIO DE SOMBRAS
(fragmento)
Más arriba, en el pasaje Hernández,
Un callejón con marquesina
Que huele a eucalipto y humedad,
Se levantan los altares de Nadie:
Fotografías de desconocidos en un parque,
Anuncios de clínicas
Para muñecas heridas por el tiempo,
El retrato de una pulcra familia de provincia
Llegada a la capital el año 27,
Carteles desteñidos de un cine de barrio
Que todavía anuncian la revuelta de Espartaco,
La derrota irremediable del general Custer
O la triste historia de un borracho
Empacado en su abrigo hacia Siberia.
Todos sabemos
Que hay una ciudad escondida en la ciudad.

JUAN MANUEL ROCA, “Temporada de estatuas”, Edit. Visor, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.31

   Gay es hija de un censor de películas, hombre muy severo. Nada que a él le parezca pecaminoso salva de sus tijeras. Todas las noches va a ver las pruebas acompañado de su esposa; esta es más benévola.
   De pronto, hay un beso. John Gilbert estrecha a Creta Garbo en sus brazos; con la mano derecha le propina un discreto aunque eficientísimo masaje en redondo, justo en la unión de la base del seno izquierdo.
   El padre de Gay protesta en alta voz:
   —No, eso, no, de ninguna manera, esto no lo pueden ver los niños del Estado.
   —Pero si se quieren tanto… —insinúa su esposa—. Acuérdate…
   La película se ha interrumpido y la luz se ha hecho. Todos están pendientes del dictamen del censor.
   —A ver: que corten desde cuando empieza el movimiento de la mano.
   —Pero, querido —dice la esposa—, ¿cómo quieres que ella desfallezca y consienta en abandonar a su anciano padre y a su madre tuberculosa sólo con el efecto de un beso?... ¡Acuérdate!...
   El censor medita. Al final concede a la mano unos metros de movimiento y se lleva lo recortado a su casa.
   Gay es feliz en su casa, porque empalma todos los trozos censurados y salen unas películas maravillosas.

Edgar Neville, “Don Clorato de Potasa”, págs. 233/234, Col. Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1998.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.32

   “Entre la escasa media docena de personas que le acompañamos al cementerio no vi a nadie de mi promoción del Instituto; sólo doña Nieves, que en aquellos tiempos era la directora, y yo mismo estábamos allí para conmemorar la lejana soirée artístico-cultural que se celebrara en el cine Odeón hace ya un cuarto de siglo, momento simbólico en el que la vida de Miguel San Román pudo haberse enderezado para siempre y no lo consiguió…

…claro que me acordaba de él y de la horrible velada que doña Nieves había organizado en aquel cine para culminar con broche de oro la singladura de este curso académico que hoy toca a su fin, como diría ella, en la oficiosa retórica de la época, cada vez que tenía que pronunciar el discurso de clausura. Claro que me acordaba, de lo contrario no estaría en el cementerio como única superviviente involuntario de aquella promoción ―doña Nieves diría “ramillete”― que presenció estupefacta el oprobio y el ocaso moral de Miguel san Román.

César Martín Ortiz, “La señorita de pueblo y el Martín Fierro” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 66/67/68, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.33

Piel roja o rostro pálido (fragmento)

   …La primera gran disyuntiva a la que uno tenía que enfrentarse era la elección, muy acorde a la época, entre ser un piel roja o un rostro pálido. No valía ser un día indio y al día siguiente vaquero. Eso eran cosas de críos. Había que inclinarse por Toro Sentado o por el general Custer. Y había que hacerlo para siempre. No era, pues, una cuestión trivial. Aquello marcaría tu vida. Tenía que evitar, por tanto, tomar esa decisión por todos los medios a mi alcance; ni esa ni ninguna otra. Las cosas estaban muy bien como estaban. Así que me hice el longuis durante todo el tiempo que pude. Pero, una mala tarde, el consejo infantil, comandado por un veterano párvulo implacable, perro viejo a sus cuatro años, me hizo llamar. Acudí arrastrado por un par de niños de seguridad hasta el columpio donde estaba instalado el cuartel general. «Bien, ha llegado el momento de que tomes partido, renacuajo», me dijo el jefe. Una fría sacudida me recorrió el obelisco de la espalda. Mis pequeñas manos comenzaron a sudar. Temblaba como una lagartija epiléptica. «¿Y bien?», insistió, amenazante, aquel horrible cabecilla de patio. Decididamente, había llegado el momento de la verdad. Tenía que elegir entre ser uno de aquellos indios desordenados de plumas en la cabeza y pintura en la cara, que se pasaban el día tumbados al sol como lagartos, sin darse a los trabajos, fumando en paz sus pipas, cortando cabelleras y montando a pelo, o ser un vaquero riguroso y encantador de armas tomar, pañuelo al cuello y sombrero ajustado, de esos que conquistaban tierras, iban impecablemente uniformados y seguían los dictados de su bandera. «Vamos, amigo, o te decides de una vez o te convertiremos en el hazmerreír del cole; no sabes hasta qué punto podemos ser crueles los niños». Claro que lo sabía, yo también era un niño. «Está bien», dije, «decido ser...un indio». Los niños que en su día habían optado por elegir el mismo camino que acababa de elegir yo, con los que compartiría tribu a partir de entonces, comenzaron a aullar y a celebrar mi resolución con festivo entusiasmo. Los otros, mis ya enemigos íntimos y perpetuos, respondieron a mi osadía con silbidos de censura y los más injuriosos reniegos y blasfemias. Con los años, y ya han pasado muchos, no me arrepentí jamás de haber tomado esa decisión y de haberme unido al bando de los indios. Los vaqueros, sin embargo, nos ganaron la guerra.

Julio Rodríguez, “Los días contados” (Columnas), Fuente: blog del autor.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.34

EL POETA Y EL MUNDO

Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores es presentar  de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público. Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.
Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada… ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?

Wislawa Szyborska, Discurso de recepción del Premio Nobel (fragmento), 1996.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.35

Caperucita: nada hay más realista y terrible que los cuentos clásicos infantiles. En Hollywood redescubren la mina de Perrault y los hermanos Grimm y ya preparan versiones en clave criminal de Blancanieves y Caperucita. A la pelirroja quien la persigue, claro, es un hombre lobo. Estoy deseando una versión cruda de Los músicos de Bremen. Los animales prescindibles tocando A las barricadas ante el FMI, esa cueva de licántropos.

Manuel Rivas, “Hombres Lobo”, 12 de febrero de 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.36

  Cuando pasaba por la calle Champollion, veía a Werner. La cabina de proyección daba a una calle en cuesta. Abría la puerta para ventilar. Su jefe había comprado el cine de al lado y atendía dos salas. Trabajaba el doble. Como las sesiones no coincidían, no le importaba. Cuando tenía un momento de tranquilidad, antes del cambio de rollo, se fumaba un cigarrillo en el umbral. Cruzábamos unas cuantas trivialidades. Me proponía que viera las películas gratis. Casi siempre rechazaba la invitación. A veces, en el Club, nos avisaba de que iban a echar una obra maestra que no había que perderse bajo ningún concepto. La cabina estrecha no era demasiado cómoda y los proyectores hacían demasiado ruido. Cuando la sala no estaba llena conseguía que su amiga, la acomodadora, nos dejara sentarnos en los asientos abatibles. Las películas extranjeras con subtítulos que echaban en los cines eran un peñazo en el que no paraban de hablar. Las comentaba demasiado. Yo no me  atrevía a decirle que me parecían una lata y evitaba pasar por la calle Champollion. Debió de notarlo y mantenía las distancias. Hay libros que debería estar prohibido leer demasiado pronto. Los desperdiciamos. Y pasa igual con las películas. Habría que ponerles una etiqueta: no verlo o no leerlo antes de haber vivido.

Jean Michel Guenassia, “El club de los optimistas incorregibles”, págs. 85/186, RBA libros, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.37

    “A los veinticinco años no bebía ni una gota y tenía, como suele suceder a esa edad, unas ideas muy claras, nítidas y perfiladas acerca de lo que la vida debería aportarle. Por las mañanas trabajaba con su madre, que tenía un puesto de carnicería en el mercado de abastos, y por las tardes con su padre, que era un pequeño contratista que se dedicaba a hacer pequeñas obras de albañilería aquí y allá. Trabajaba desde niño con naturalidad, sin hacerse preguntas y sin preocuparse de buscar un porvenir propio. Cuando cumplió los dieciocho, sus padres empezaron a pagarle el salario debido a cualquier trabajador. El chico aprendía los dos oficios y con el tiempo heredaría las dos  pequeñas empresas y sus clientes. A Miguel San Román nunca se le  ocurrió que la vida pudiera destinarle otra cosa que despiezar reses por las mañanas y levantar muros a plomo y a nivel por las tardes, pero, como toda la gente adoctrinada por el cine y las malas canciones, se creía en el derecho a conocer el amor, el auténtico amor.
    Como ahorraba su sueldo hasta la última peseta, y veía de qué modo el pequeño sacrificio diario, que no era ni sacrificio sino una indolora rutina, se iba convirtiendo en algo tangible, en un capital que aumentaba, Miguel pensó que se podía hacer lo mismo en el terreno de los sentimientos y el sexo. Creyó que la falta del abrazo comprado o regalado de una mujer no era un modo de malgastar su solitaria juventud, sino, al contrario, una inversión, como si cada beso substraído y cada cuerpo no disfrutado fuesen engrosando una fantasmal cuenta de ahorros cuyo monto final podía retirar íntegro, más intereses, cuando llegara el momento. Ya era un hombre hecho, y se creía dueño de un tesoro de pasión y ternura, y se habría asombrado si alguien le hubiese dicho que la pasión y la ternura sólo se poseen cuando se malgastan y no cuando se escatiman”.

    César Martín Ortiz, “La señorita de pueblo y el Martín Fierro” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 69/70/71, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.38

   “A veces él y Athos y yo íbamos al cine, donde cultivamos pasiones enfrentadas; Athos por Deborah Kerr (especialmente en Las Minas del Rey Salomón), Maurice por Jean Arthur, y yo por Bárbara Stanwyk. Maurice y yo estábamos ya desesperadamente pasados de moda, y nos mantendríamos así. Deberíamos haber estado soñando con Audrey Hepburn. De camino a casa parábamos en un restaurante o Maurice venía a casa con nosotros a nuestra cocina de solteros, donde discutíamos los méritos relativos a nuestras amadas. Kerr, según Athos, era claramente una mujer con quien uno podría tener una conversación sobre el desafío de Pascal durante el desayuno, en el hotel más lujoso o en la selva. Maurice pensaba que Jean Arthur era una mujer con quién uno sin duda podría irse de acampada o a bailar toda la noche y que al final aún sería capaz de recordar dónde habías dejado las llaves, o a los niños. Yo amaba a Barbara Stanwyk  porque siempre estaba metida en un lío y era fiel a su corazón y sobre todo porque en Bola de Fuego la salía la jerga de la boca como una canción. «¡Deja de decir chorradas y escúpelo de una vez!» «¡Métele un clavo a ese panoli!» «Yo no soy ninguna camarera de niños» Vivía en un mundo de mucha dureza y de mucho jefecillo. Era un bombón, una tía buena para la que necesitaría mucha pasta, mucha guita, un montón de parné, una cartera muy gorda. Me tenía chiflado.


Anne Michaels, “Piezas en fuga”, págs. 124/125,  Edit. Alfaguara, Madrid, 1996
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.39

   “Oía lo que su hijo decía de manera fragmentaria, deshilvanada, como al fondo de un sueño. Por un silencio un tanto prolongado supo que le había hecho una pregunta, de modo que con un esfuerzo disimulado logró que la repitiera. Sí, si había visto Las Horas. Era una buena adaptación del libro, sensitiva, delicada, aunque se perdieran tantos efectos sensoriales. Durante muchos años había odiado a Meryl Streep, pero esta vez había que reconocer que hacía bastante bien su papel. A Federico le había gustado mucho la música de Philip Glass. A él también, por supuesto. Pero la conversación sobre cine no prosperó…”

Piedad Bonnett, “Para otros es el cielo”, pág. 156, Edit. Alfaguara, Bogotá, 2004
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.40

   “A medida que la Desi se urbanizaba iba emergiendo en su imaginación un Picaza urbano y próspero, semejante, en cierto modo, a los galanes que ella, de tarde en tarde, admiraba en el cine.
   La Desi no frecuentaba más los espectáculos para no malbaratar su salario: “Si nos metemos todos los días en el cine, adiós jornal”, decía a la Marce. Y la Marce la reconvenía: “Anda roñosa; para lo que sirve el dinero”. Pero a la Desi sí la servía el dinero. En tan sólo dos años y medio había juntado dos mudas, dos toallas, tres sábanas, una colcha azul y una maleta para su ajuar. De otra parte Silvia la había escrito: “Soy en decirte que para febrero a más tardar, el Picaza irá a ésa para la mili”. Y ella, la chica, para cuando el Picaza llegara, quería comprarse un can-can y una rebeca de heliotropo. Eran muchos gastos. Por eso prefería pasear del brazo de la Marce, calle abajo y calle arriba, estimulada por la conciencia de que el salario quedaba intacto para cosas de más provecho.”

Miguel Delibes, “La hoja roja”, págs. 64/65, Edit. Destino, Barcelona 1999.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.41

Películas y soledad

   Vivir en una ciudad en la que no haya cines puede resultar como un desierto si lo que quieres es ver películas recientes y estar en sintonía con la actualidad. Te enteras por los periódicos de que hay novedades interesantes (que tú no podrás ver), de que la taquilla va a la baja y de que bajarte películas es un delito.
   Desde los televisores y las revistas te asaetean con informaciones de estrenos, estrellas y líos relacionados con el cine, dejándote fuera de juego. Pasado mañana varios millones de españoles estaréis pendientes de los premios Goya, aunque no hayáis tenido ocasión de conocer lo que se esté premiando. Y algo parecido ocurrirá al final de mes con los Oscar, aunque puede que en este caso algunos de los premios de Hollywood se estén proyectando en el centro comercial de un pueblo vecino.
   Hace poco tiempo, un productor español quiso colgar en Internet su película para que, previo pago, pudiera ser vista en los lugares más recónditos, pero los exhibidores de grandes capitales se lo dificultaron considerándolo competencia desleal…

Diego Galán, “Cámara oculta”, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.42

   Mis padres me engendraron una noche de primavera, después de ver Le notti di Cabiria, de Federico Fellini. Situémonos: París, 1959. Para poder pasar unas horas juntos, han aparcado a mi hermano con mi tía. Yo no existo ni siquiera como proyecto: mis padres son exiliados políticos, tienen más de cuarenta años, creen que el motor de la historia es la lucha de clases, viven en un estado de provisionalidad permanente, no prevén ampliar la familia y no disponen de un domicilio en el que atender las urgencias amorosas (comparten piso con unos camaradas). Por una noche, unos amigos les ceden un dormitorio en condiciones. La tregua les da tiempo para, además, ir al cine y regresar a la habitación comentando la película que acaban de ver.
   …
   Después de enterarme de que había sido engendrado bajo la influencia de Le notti di Cabiria, convertí a Fellini en mi director de cabecera (más aún cuando mi madre me contó que, si hubiera sido niña, me habrían llamado Cabiria). Vi todas sus películas y, aunque muchas son más brillantes y están más logradas, es la única que conservo (como conservo la anécdota que contaba el poeta Evtushenko: en un viaje a Groenlandia, en una de esas noches blancas que duran casi seis meses, el poeta vio cómo, sobre la vela de una embarcación ballenera, en medio de la nada, un esquimal proyectaba la película de la prostituta romana, y cómo todos los espectadores se emocionaban y se reían).

Sergi Pámies, “La bicicleta estática”, págs. 11/13/14, Edit. Anagrama, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.43

“El cine es un medio potentísimo de sumar vidas a su vida e incrementar así el caudal de experiencias propias para su uso prudencial en el futuro”.

Juan Antonio Rivera, “Lo que Sócrates diría a Woody Allen”, pág 305, Edit. Espasa, Madrid, 2003
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.44

   “Las mentiras de Casablanca, como las de Don quijote o Hamlet, se prolongan en el tiempo (¿quién aceptaría ahora, por ejemplo, que el actor que da vida al pianista no sabía tocar el piano o que la frase «tócala otra vez, Sam», que presuntamente dice Ingrid Bergman y que es la más famosa de toda la película, no se dice ni una sola vez en toda ella?) y cristalizan en toda la leyenda que rodea a sus imágenes. Ya lo descubrí la tarde que llegué a Casablanca. Ciertamente, no pensaba encontrar el aeropuerto que había visto en la película (que era solo un decorado) ni la ciudad que, a través de ella, había ido poco a poco idealizando. Pero tampoco esperaba encontrar un lugar tan feo y despersonalizado. Porque Casablanca, la vieja ciudad costera, sinónimo de cosmopolitismo y aventura, la de los barcos y los burdeles, de los cambios de sexo, la mayor aglomeración urbana del continente africano después de El Cairo con sus cinco millones de habitantes, sólo tiene de cinematográfico el brillo de sus palmeras y el perfil de sus mezquitas cuando canta el muecín a la caída de la tarde. Ni siquiera su medina, pequeña y nada atrayente, y sus cafés más antiguos recuerdan ya la ciudad que nos contó Casablanca.”

Julio Llamazares, “Nadie escucha”, págs. 81/82,  Edit. Alfaguara, Madrid, 1998.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.45

NADIUSHKA

cuántas pajas nos hicimos, oh nadiushka,
mirando en las revistas prohibidas
tus tetas y tu culo,
tu cara de no importa lo que me hagas
no voy a sentir nada
si se cobrasen derechos de autor
por las pajas que has inspirado
te hubieses hecho millonaria a nuestra costa

y ahora, treinta años han pasado
y dicen los periódicos
que mendigas en las puertas traseras
de los supermercados,
peleas con una legión de zombies
por yogures caducados, fruta rota,
unos bistecs a punto de gusano,
dicen que vives olvidada de quien fuiste
y sospechan que vendes el cuerpo por dos duros
en una calle céntrica

debería ir a salvarte,
buscarte en la puerta trasera de algún supermercado
luchar contra los zombies
y obtener para ti las frutas menos corrompidas, los yogures
que caduquen mañana, los bistecs
que aún no sean un nido de gusanos
debería ir a decirte que recuerdo
las noches anchas en las que a escondidas
mirábamos tus fotos
deseábamos hundirnos en tu carne tensa
nadiuska
nuestro primer amor

deberíamos ir a darte
tus derechos de autor
por las cientos de pajas
que nos hicimos fantaseando
que venías a dejarte
morder las tetas
que hundiésemos la lengua entre tus piernas

y deberíamos prestarte el cuarto de invitados
servirte tres comidas cada día
y besarte en la frente cada noche
y darle una patada en la cabeza al tiempo
y a su eficaz aliada
la zafia realidad
en la que sólo eres la mendiga
que no se acuerda que un país entero
se masturbaba fantaseando con ella.

Juan Bonilla, “Cháchara”, págs. 16/17 Edit. Renacimiento, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.46

ANTE ESTA NUEVA IRRUPCIÓN DE B-16 en nuestras vidas, intentaré contarles sucintamente como me siento. Hay una película de Blake Edwards, titulada 10, la mujer perfecta (1979), que contiene una secuencia en la que salgo yo. Está el protagonista con un clérigo en casa de éste, y entra la sirvienta con la bandeja del té. La mujer tiene unos 120 años –o quizá 2011-, va encogida, es cegata, se carga el servicio con tazas y tetera; junto a la chimenea, un gran danés. Con aspecto de haber pasado por todo, permanece atento. Cuando, por fin, la anciana inicia la retirada, la venerable suelta un cuesco en estéreo que te hace saltar de la silla. De inmediato el gran danés se larga, despavorido. “¿Y eso”?. Pregunta el protagonista. “Es que cada vez que la señora Kissell lanza una flatulencia, le pegamos al perro”.
   Así me siento yo. Como el perro. Huele mal y encima nos apalean. Indignémonos, pues.

Maruja Torres, Sangre fácil, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.47

   “El Rialto se me presentaba como el único sitio moderadamente seguro de todo el deprimente barrio, el único sitio donde aún podías encontrar algo de comer y dar cuenta de ello con tranquilidad, sin estar todo el rato pendiente de qué desgracia va a desplomarse sobre la cabeza, dejándote convertido en alfombra, como le pasó a Peewee. Sala de cine y hotel de mala muerte, al mismo tiempo, el Rialto permanecía abierto las veinticuatro horas del día. La mitad del público estaba allí sólo para dormir: era más barato que unaq habitación y más abrigado que la calle. Se le conocía por el cariñoso apodo de la Casa de los Picores, y casi todas las ratas lo evitaban, por los bichos —una voraz población de pulgas y piojos—, y también por la hediondez: una hedentina viejos y a pobres, a sudor y otras excreciones, mezclada con el hedor de los pesticidas y desinfectantes que echaban una vez a la semana. Pero a mí, dado mi temperamento, aquello me valía la pena. El Rialto proyectaba películas antiguas desde la mañana temprano hasta la media noche, unas cuarenta, quizá, y las reponía continuamente, en un intento de mantener su fachada de zarrapastrosa respetabilidad. Luego, cuando llegaban las doce de las noche y tanto los buenos ciudadanos como los censores estaban ya bien arropaditos en sus camas, y los policías podían mirar a otro lado sin peligro, la programación pasaba a ser pornográfica. En cuanto daban las doce, en mitad del rollo, se oía un ruido y cesaban los saltos de fotograma y los rasguños y los parpadeos de Charlie Chan o Gene Autry. Enseguida sobrevenía la más completa oscuridad y, luego, el proyector recuperaba la vida en un zumbido, y hasta el sonido parecía más joven, mucho mejor. El cambio era espectacular…”

Sam Savage, “Firmin”, págs.. 80/81, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.48

   Mientras Karin relataba esa historia, recordaba cómo la contaban sus padres, riendo e interrumpiéndose mutuamente de aquella manera que tan propia les era. Ted siempre mencionada el precio del coche, la marca y el año de fabricación (Studebaker, 1947), y Rosemary decía que la puerta del acompañante no abría y contaba que Ted tenía que salir y dejarla entrar por la puerta del conductor. Y él contaba lo pronto que la llevó a ver su primera película —aquella misma tarde— y que la película era Con faldas y a lo loco, y cómo él salió a la luz del díacon manchas de carmín por toda la cara, porque lo que quiera que fuera que las chicas se hacían con sus pintalabios para que no se notara, empolvarse o lo que fuera, Rosemary no sabía hacerlo. «Era muy entusiasta», decía él.

Alice Munro, “El amor de una mujer generosa”, pág. 213, Edit. RBA, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.49

HELIOGÁBALO

No tengo hambre,
en realidad acabo de comer,
pero a nadie le amarga un dulce
y además,
a lo tonto, a lo tonto,
ya va siendo hora
de la merienda.

No puedo evitarlo.

Miro a mis empleados
como un tiburón blanco
a los bañistas.

Almudena Guzmán, “Zonas comunes”, pág. 10, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.50

LUPE

Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos
      ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escucharla referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía la cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.  

 ROBERTO BOLAÑO, “Los perros románticos”, pág. 25, Edit. Acantilado, Barcelona, 2006)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.51

   CHICA tierna, comprensiva, abierta a todo, busca varón entre 37 y 39 años, madrugador, cinéfilo, sin ex celosas, amante del montañismo y la poesía petrarquista, Piscis o Géminis. Abstenerse bromistas, vagos e informales.

Andrés Neuman, “Hacerse el muerto”, pág. 77, Edit. Páginas de Espuma, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.52

Decidimos elegir la historia de La pequeña florista.
De las tres películas que habíamos visto en la cancha de baloncesto de Yong Jing , la más popular era un melodrama norcoreano cuyo personaje principal se llamaba «la chica de las flores». Se la habíamos contado a los campesinos de nuestra aldea y, al finalizar la sesión, cuando pronuncié la frase final imitando la voz en off, sentimental y fatal, con una ligera vibración en la garganta: «Dice el proverbio: un corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese. Y sin embargo, ¿no era bastante sincero el corazón de la chica de las flores?». El efecto fue tan grandioso como durante la auténtica proyección. Todos nuestros oyentes lloraron; ni siquiera el jefe del poblado, por muy duro que fuera, pudo contener la cálida efusión de las lágrimas que brotaban de su ojo izquierdo. Marcado aún por las tres gotas de sangre…

Dai Sijie, “Balzac y la joven costurera china”, pág. 43, Edit. Salamandra, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.53

Celluloid Heroes
Todo el mundo es soñador, y todo el mundo es una estrella,
y todos salen en las películas, sin importar quiénes sean.
Hay estrellas en cada ciudad,
en cada casa y en cada calle,
y si caminas por Hollywood Boulevard,
sus nombres están escritos en el hormigón.
No pises a Greta Garbo mientras caminas por el bulevar,
parece tan débil y frágil; por eso intentaba ser tan fuerte.
Pero la convirtieron en una princesa
y la sentaron en su trono.
Pero ella le dio la espalda al estrellato
porque quería estar sola.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Rodolfo Valentino parece seguir muy vivo,
y mira los vestidos de las mujeres que pasan cerca de él
Evita pisar a Bela Lugosi
porque es probable que te muerda,
pero quédate cerca de Bette Davis
porque la suya fue una vida solitaria.
Si le echases basura encima,
George Sanders seguiría teniendo estilo,
y si pisotearas a Mickey Rooney
se daría la vuelta y sonreiría.
Pero, por favor, no pises a la adorada Marilyn
Porque no es muy fuerte.
Tendría que haber sido de hierro o acero,
pero sólo era de carne y hueso.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Todos el mundo es soñador, y todo el mundo es una estrella
y todos están en el mundo del espectáculo, sin importar quiénes sean.
Y todos los que tengan éxito,
que siempre tengan cuidado.
El éxito va mano a mano con el fracaso
a lo largo de Hollywood Boulevard.
Ojalá mi vida fuera una película de Hollywood sin fin.
Un mundo de fantasía, de héroes y villanos de celuloide,
porque los héroes del celuloide no sienten el dolor
y los héroes del celuloide nunca mueren.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Los héroes del celuloide no sienten el dolor
Los héroes del celuloide nunca mueren.
Ojalá mi vida fuera una película de Hollywood sin fin.
Un mundo de fantasía, de héroes y villanos de celuloide,
porque los héroes del celuloide no sienten el dolor
y los héroes del celuloide nunca mueren.

                                  The Kinks. Celluloid Heroes
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.54

   No recuerdo el cine; era el Gran Vía o el Rialto. Lo que sí recuerdo es la impresión que me causó aquel suntuoso y reverencial espacio en el que desembocamos después de subir por las escaleras interiores. Yo nunca había visto antes semejante altura de techo, ni la platea rematada con barandilla de latón y volcada en el vacío al patio de butacas, ni tanta gente sentada, ni el impresionante escenario cubierto por una gigantesca cortina… en fin: lo más parecido a ese espacio que yo pudiera conocer era la iglesia del colegio, y quizá por ello la sensación que me invadió fue de unción religiosa. Y mientras me revolvía  y miraba a todos lados y cambiaba nerviosas miradas con mi tía y me sentía conmovido por participar en aquel escenario grandioso, las luces se atenuaron hasta alcanzar la oscuridad, todo el espacio se concentró —y yo con él— en el lienzo blanco que descubrieron las cortinas, la luz lo iluminó y, ante mi asombro, la vida empezó en la pantalla…

José María Guelbenzu, «Sesión de polo de limón», 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.55

LICHT FÜR BERLIN

Nuestros pies en Berlín
(un 38 y un 42
pisando el alquitrán del aeropuerto).
Dos grados bajo cero.
Niebla como en la escena
final de Casablanca
[Ilsa: «Anoche dijiste….»
Rick: «Anoche dijimos muchas cosas»].
Nuestros pies tan normales,
acompasados, lentos,
pisando el suelo de Berlín, lejano
como el miedo a volar
(parece mentira pero llevamos
once años ya sin levantar el vuelo).
Nuestros pies en Berlín.
La nieve. El muro. El viento.
El holocausto (humano,
demasiado humano). Kreuzberg.
Las salchichas. Los tilos. Billy Wilder.
Vino caliente en vez de guerra fría.
Ropa de abrigo. Historia,
aquí y allá la Historia rodeándonos.
Nuestros pies en Berlín
acompasados, lentos,
sobre la nieve blanda y limpia.
Nuestro Berlín la noche
de fin de año: doce
ostras abiertas sobre la toalla
del hotel, vino blanco,
champán, salmón, caviar
(eso decía, vaya, la etiqueta).
Las largas avenidas alumbradas,
el olor de pólvora, las uvas
en los bolsillos de la cazadora.
Nuestros pies en Berlín. La gente,
aquí y allá la gente (sola, junta)
caminando en manada hacia la puerta
de Brandenburgo, el aire
frío en la cara y en las manos,
tus ojos (luz para Berlín tus ojos).
Nuestros pies en Berlín,
la nieve, la nieve por todas partes.
Todo eso era Berlín. Todo eso
éramos nosotros. Ya sabes
a lo que me refiero.

Julio Rodríguez, “Doméstica”, págs. 55/56, DVD Ediciones, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.56

   “El cine de verano estaba a las afueras del pueblo, sobre una colina llena de pinos y eucaliptos que refrescaban el aire bochornoso. Era un cercado enorme, probablemente una antigua discoteca o pista de verano, porque contaba con una larga barra de bar, protegida por un tejadillo, e infinidad de mesas metálicas y sillas entre parterres, muros blancos con hornacinas y espacios reservados con celosías de madera y matas trepadoras de celindas y jazmín que, en los tiempos discotequeros, debieron de cumplir una función de intimidad fragante y dichosa. El sitio era grandioso, realmente. Jorge calculó que allí podrían caber perfectamente los dos mil habitantes del pueblo. Al fondo se alzaba una pantalla blanca, tensada con vientos en un bastidor metálico. Jorge pidió un cubalibre en la barra y ocupó su silla y su mesa.

   La película anunciada era El último emperador, del italiano Bertolucci: una superproducción histórica de las que ya no se hacían, larga, caudalosa y poblada de miles de chinos auténticos. Jorge vio con sorpresa como el público afluía al recinto en masa, como si en aquel pequeño pueblo hubiera una sed de cine semejante a la suya, insatisfecha por los mezquinos poderes locales. A ojo, sí que estaba allí todo el pueblo, dos mil personas cabalmente contadas, pero a Jorge le resultó muy extraño no conocer a nadie, a pesar de que por su despacho habían pasado casi todos los vecinos más de una vez…” 

César Martín Ortiz, “Paso de contarlo”, págs. 36/37, Edit. ALCANCÍA, Jaraíz de la Vera, 2004
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.57

AL SALIR DE UN CINE

Nunca es triste el recuerdo
de aquellos viejos cines, porque fueron
una ilusión que nunca llegará
a ser una mentira.
Ese débil velo de luz de la película
se queda unos instantes en mis ojos.
Se han ido las mujeres de aire y sombra,
pero ellas me han dejado sus sonrisas
para no volver solo
a ese lugar que nunca fue.

Joan Margarit, “No estaba lejos, no era difícil”, pág. 55, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.58

18
   A mi vecina coja nunca la vi fuera de casa. Mi vecina coja tenía un cine exín y yo bajaba a su casa a ver el cine exín. Su madre nos encerraba en el cuarto de la Coja, apagaba las luces y nos ponía el cine exín. Películas del Pato Donald y de Mickey y de Popeye. Me aburría mortalmente con la coja. A mí me gustaba Coyote.
   Era coja y llevaba bigote, como pelusilla. Era mayor que yo y era cojita. Ahora me parece que era muda. También. Su madre nos ponía el cine exín. No hubiera corrido detrás de su braga ni por todas sus películas de Disney. La cojita y el gordito. Una pareja estupenda.

91
   La coja tenía los ojos blancos. O se le ponían blancos, a veces. Llevaba un jersey azul de pico y debajo un jersey de cuello cisne. Y medias hasta la rodilla. Una de las medias se le quedaba en el tobillo y estaba todo el tiempo subiéndosela. La cojera de la cojita. Era un cine exín mudo y los dos estábamos muy callados. Había un silencio de esos que te meten debajo de la cama.

95
   En casa de la Coja había pan bombo. En casa de la coja había de todo. Hasta un cene exín con películas de Donald y cine mudo. En casa de la Coja había un pupitre y una pizarra. Y todas las nancys y todos los pepones y cientos de muñecas. Y un cuarto sólo para el cine exín. Ella estaba sentada en el pupitre de juguete y a ella se le ponían los ojos blancos como un váter.

148
   La cojita era como enana. Tenía los ojos muy blancos. Apenas se le veía la pupila. Estaba sentada sobre el suelo. Le gustaba una película de Popeye. Oliva estaba encerrada en casa de Brutus y Popeye la rescataba. Eso quería la cojita. Que yo rompiera los hierros de la pierna. O algo así. Parecía agarrada al suelo. No hablaba nada. No decía nada. Y yo no decía nada. Ella se reía con Popeye. Los ojos blancos. Y su madre decía «Qué bien os lo pasáis, ¿queréis un tigretón?» y cosas así. Yo apoyaba la cabeza contra la pared y miraba a Popeye abriendo latas y latas de espinacas.

Félix Romero, “Dibujos animados”, Edit. Anagrama, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.59

CINE MUDO

No es que le falta
       el sonido,
     es que tiene
       el silencio.

Fina García Marruz, “Cine mudo”.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.60

HINMO A VENUS

Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.

Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos.
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.

Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche.

amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
Gimen gemas de jades y jazmines.

Jaime Siles, “Semáforos, semáforos”, 1990
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.61

Fue casualidad que, estando en éstas, llegara papá con aquellas entradas para el cine de la Fábrica de Armas. «Las zapatillas rojas», anunció, y mamá sonrió mirándole de frente como si fueran otros tiempos.
Y allá que os fuisteis todos, por el campo adelante, sobando el papelillo azul con una banderita en la esquina, Sesión de cine. Día de la Unificación. Si Sani no te hubiera preguntado qué quería decir lo de la unificación, tú misma habrías tenido que preguntárselo a alguien. De la unificación de familia, respondiste sin mala conciencia. Y al ver, caminando delante de vosotras, a mamá del brazo de papá, a Pili y a Manolo de mano de la vecina, y al abuelo trotando cerca de ella, tuviste la certeza de no haberla engañado.
Si fuera por los niños, habríais ido al trote. Pero los mayores preferían aprovechar el paseo, por algo habíais salido con tiempo de sobra, una tarde tan buena después de tanta agua. Pero luego mamá fue torciendo la sonrisa y ya no parecía tan animada al ver a aquella gente que salía de sus casas, con una silla a cuestas, cuando os fuisteis acercando al Poblado, que era donde vivían los hombres de la fábrica. Algunos se os fueron juntando en el camino y papá tan feliz, saludando a unos y otros, por qué conocería papá a aquella gente que vivía tan lejos, a aquellas mujeres con mandil que se pararon a hablar con él y a una le dio unas palmadas en la espalda y mamá se soltó de su brazo y siguió sola, sin esperarle, y a ti no te gustó.
Claro que era verdad que el cine no parecía un cine, pero hubieras preferido que mamá no lo dijera en voz alta. Menos mal que por fin se apagaron las luces y poco a poco la gente fue quedándose quieta y todos se mandaron callar unos a otros. Las letras con título de la película y los nombres extranjeros de los artistas dejaron de correr por el techo, encontraron la pantalla y se quedaron allí. El trueno de la música fue amainando y empezó la película.

Enriqueta Antolín, “La gata con alas”, págs. 76/77, Edit. Alfaguara, Madrid, 1992
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.62

   Abundaban los comercios de toda índole y había también un cine en el que se exhibían películas pornográficas. Me quedé paralizado cuando vi salir del cine a Beatriz, acompañada por un hombre muy moreno y sumamente guapo. Los dos parecían risueños e iban bien abrigados. Se quedaron un instante detenidos ante una tienda de ropa y acto seguido desaparecieron tras la puerta de un inmueble de la plaza, de apariencia modesta.
   Me acerqué al cine para informarme de la película que acababan de ver Beatriz y su acompañante. Sorprendentemente se trataba de una película sobre el más allá que se titulaba El diablo en Miss Jones. Con asombro leí el cartel publicitario del filme que rezaba así:
  
   «Justine Jones, una mujer casta y cansada de su vida rutinaria, se suicida. Tras su muerte, llega el momento del juicio en el que se decidirá si merece el Cielo o el Infierno. Como gracia divina destinada a compensar la pobreza sexual que caracterizó su existencia, a Miss Jones se le otorgará el don de volver a la vida para que pueda disfrutar de los placeres terrenales. Su nueva vida oscilará entre la lujuria y el desenfreno. Una vida dedicada por entero al placer carnal.»    

   Me quedé sobre todo con la última frase: una vida dedicada por entero al placer carnal. ¿Sería ahora ese el nuevo proyecto de Beatriz?, me pregunté poco antes de sacar la entrada para asistir a los sofocos de ultratumba de Miss Jones…

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, pág. 184, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.63

EL RETORNO (fragmento)

… Es decir, no soy un patán. Objetivamente hablando siempre he estado lejos de ser un patán. Estudié empresariales, es cierto, pero eso no me impidió leer de vez en cuando una buena novela, ir de vez en cuando al teatro y frecuentar con más asiduidad que el común de la gente las salas cinematográficas. Algunas películas las vi por obligación, empujado por mi ex esposa. El resto las vi por vocación de cinéfilo.
   Como tantas otras personas yo también fui a ver Ghost, no sé si la recuerdan, un éxito de taquilla, aquella con Demi Moore y Whoopy Goldberg, esa donde a Patrick Swayze lo matan y el cuerpo queda tirado en una calle de Manhattan, tal vez un callejón, en fin, una calle sucia, mientras el espíritu de Patrick Swayze se separa de su cuerpo en un alarde de efectos especiales (sobre todo para la época), y contempla estupefacto su cadáver. Bueno, pues a mí (efectos especiales aparte) me pareció una estupidez. Una solución fácil, digna del cine americano, superficial, nada creíble.
   Cuando me llegó mi turno, sin embargo, fue exactamente eso lo que sucedió. Me quedé de piedra. En primer lugar, por haberme muerto, algo que siempre resulta inesperado, excepto, supongo, en el caso de algunos suicidas, y después por estar interpretando involuntariamente una de las peores escenas de Ghost. Mi experiencia, entre otras mil cosas, me hace pensar que tras la puerilidad de los americanos a veces se esconde algo que los europeos no podemos o no queremos entender. Pero después de morirme no pensé en eso. Después de morirme de buen grado me hubiera puesto a reír a gritos.
   Uno a todo se acostumbra…

Roberto Bolaño, “Relatos”, pág. 327,Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.64

Toda la resistencia francesa contra los nacis se puede resumir en esta secuencia cinematográfica: un tipo solitario de pie, apoyado en su bicicleta fuma un cigarrillo junto a los raíles del ferrocarril; lleva un periódico doblado bajo el brazo que tal vez le sirve de contraseña; pasa un tren de mercancías con un pitido desgarrado y poco después se oye una gran explosión no muy lejana; a continuación empieza a sonar la voz de Ives Montand entonando la canción de los partisanos en honor al camarada dinamitero que ha hecho saltar el convoy por los aires; el jefe de estación le guiña un ojo; el tipo monta en la bicicleta y se aleja canturreando.
Murió en Senlis, en 1991. Está enterrado en el cementerio de Pére Lachaise, junto a Simone Signoret, a pocos pasos de la Avenida de los Combatientes Extranjeros Muertos por Francia, pero en cualquier lugar del mundo seguirá pasando un tren y en una estación perdida siempre habrá un resistente apoyado en su bicicleta con un cigarrillo en los labios.

Manuel Vicent, “Dinamitero con un cigarrillo en los labios”, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.65

   Ahora en verano, los chicos llevan esos chalecos sin nada debajo que a mí me parecen cosas de trincharaire, de golfo de poca monta, pero que dicen que es la última moda. Pues bien, Vicente ya iba así hace veinte años,como si fuera uno de los golfos de West Side Story, pero sin ser golfo, es decir, como un señorito voluntariamente disfrazado de golfo y en plan provocador. Además el tío «estudiaba». Ycuando decía lo que estudiaba es que en el barrio nos descojonábamos. Estudiaba «ballet moderno», es decir, ese ballet que entonces sólo bailaba Gene Kelly, aunque mi madre decía que mejor que Gene Kelly había sido Fred Astaire, un tío con aspecto de bacalao muerto de hambre que bailaba como un ángel.

Manuel Vázquez Montalbán, “Los alegres muchachos de Atzavara”, pág. 15, Seix Barral, Barcelona, 1987
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.66

Conocerte

Dónde compraste el bolso que te pusiste el sábado para venir
al cine. Lo que llevabas dentro y en qué orden fuiste metiendo
todo, la forma en que cerraste luego la cremallera para venir
a verme. Cuándo y con quién fumaste la primera calada. Si
has extrañado el mar en estos meses. Algo que nunca harías.
Algo que siempre haces. Tu chiste favorito. Cosas que te dan
miedo. Qué pensaste aquel día cuando vimos la escena de los
niños con sed, aquellos pocos secos, mientras yo me movía
en el asiento para encontrar tu pierna casualmente tras la
penumbra azul del Métropole. Yo quisiera entender signos de
ti. Tus dos manos, tu vida: esta ciudad. Ser despacio. Llegar, sin
darnos cuenta, a conocerte.

Martha Asunción Alonso, “Detener la primavera”, pág. 41, Edit. Hiperión, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.67

—Hay de sobra, te digo. …pero al entrar en la pajarería es como si hubiese entrado quién sabe quién, el diablo. Loa pájaros se enloquecen y vuelan ciegos de miedo contra las rejitas de las jaulas, y se machucan las alas. El dueño no sabe qué hacer. Los pajaritos chillan de terror, son como chillidos de buitres, no como cantos de pájaros. Ella le agarra la mano al muchacho y lo saca afuera. Los pájaros enseguida se calman. Ella le pide que la deje irse. Hacen cita y se separan hasta la noche siguiente. Él vuelve a entrar en la pajarería, los pájaros siguen cantando tranquilos, compra un pajarito para la del cumpleaños. Y después… bueno, no me acuerdo muy bien como sigue, tengo sueño.
—Seguí un poco más.
—Es que con el sueño se me olvida la película, ¿qué te  parece si la seguimos mañana?
—Si no te acordás, mejor la seguimos mañana.

Manuel Puig, “El beso de la mujer araña”, pág. 14, Seix Barral, Barcelona, 1987
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.68

“La invité a pasar y la ofrecí un café.
No tendría ni veinte años. Una fina cara judaica, de grandes ojos oscuros, que podría haber sido interesante y hasta hermosa si ella no se esforzara tanto en comportarse como un personaje de comedia. Un cuerpo pequeño y duro, hermoso y pleno, que subrayaba con un vestido demasiado ajustado como para ir al dentista. Tuve la impresión de que su modelo existencial era esa idiota erótica que hemos visto en tantas películas con distintas caras y nombres. No estoy presumiendo de perspicaz: movía las caderas al andar, adoptaba poses increíbles, decía “cariñín” y cosas semejantes. Me pareció una muchacha de más que mediana inteligencia que se comportaba como una estúpida por parecer, como ella decía, sofisticada”.


César Martín Ortiz, “Biyú” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 51, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.69

 El hombre que caminaba sobre el periódico, con la mirada redonda y cómplice que le conquistó el mundo, era Marcello Mastroianni en la última escena de la película Sostiene Pereira. La cabeza del diario, que dirige una mujer brava, decía simplemente «Ciao Marcello». Todo de un golpe, no me quedó más remedio que sentarme a llorar: huérfana y viuda. Marcello Mastroianni, decía  la nota, murió de cáncer de páncreas, sabía de su mal hacía más de un año, lo escondió para seguir trabajando.
   Mastroianni era de la generación de mi padre, de la misma generación de padres que añoran tantas mujeres. Pero era también —sigue siendo— de la misma generación que fueron todos los novios que podamos llorar alguna vez. Penamos con su muerte tantas pérdidas, como fantasmas y fatasías haya querido darnos la vida. Ahí estaba su truco y su grandeza, en la serie inacabada de personajes que fue, que lo dejamos ser, mientras la oscuridad y su maestría nos lo entregaban joven, ardiente, sabio, desencantado, hermoso, viejo, cien veces entrañable como el agua y los misterios. A la mayoría de los actores uno los mira, los aprecia, como a personajes lejanos que hacen bien, incluso muy bien un trabajo que consiste en fingir cercanía. Muchos de ellos harían silbar a las mujeres, actores cuya sonrisa llevaría multitudes a una cama, hombres cuyos ojos, manos y piernas ayudan a fantasear cuando la tarde amenaza con tedio y se busca en el cine un afán con que matarlo, seres con los que casi toda mujer agradecería un romance. Sin embargo, sólo Mastroianni tuvo la destreza y la sabiduría necesarias para hacerles creer a miles de mujeres que él estaría más que honrado de visitar su cama. No para hacer un favor, sino dispuesto a recibirlo.

Ángeles Mastreta, “El mundo iluminado”, págs. 99/101, Edit. Alfaguara, Madrid, 1998
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.70

   La irrupción de Ann-Margret en la vida de los adolescentes de los años sesenta resultó brutal. De hecho creo que fue mi primer enamoramiento platónico que sólo era tal por la falta de coincidencia de las dimensiones en que nos movíamos, ella y yo y mis demás compañeros de clase. Es decir, fue un enamoramiento carnal frustrado, pero enamoramiento al fin. Aún hoy no es difícil entenderlo: si se tiene a bien poner en el video Un beso para Birdie, estupenda comedia musical de George Sidney a la que tanto debe Grease, se verá que lo primero que aparece en la pantalla de panavisión, sin aviso (antes incluso  que los títulos de crédito), es una joven Ann-Margret vestida de semitransparente tela amarilla sobre un fondo azul intenso, cantando y bailoteando la canción Bye Bye Birdie, el título original de la película. Una visión apabullante en la pantalla enorme de los cines antiguos, sobre todo para un quinceañero, cuyos deseos suelen ser indisimulables.

Javier Marías, “Donde todo ha sucedido”, pág. 116, Edit. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005
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  BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.71

Lección del paraguas

La realidad del Lenguaje
es otra realidad,
decía para sí el poeta
caminando por la ciudad.

La realidad del mundo
cantado por el lenguaje
no es la del mundo real
recorrido en cada viaje.

Oh hipócrita lector
que reclamas del poema  
la realidad de la vida,
huye del falso dilema.

Este paraguas abierto
por culpa del temporal
es un objeto irreal
si se abre en un poema.

Cuanto hay en la poesía
de la epopeya al fonema
es otro mundo, el de quién
en un cine engulle escenas.

Lêdo Ivo, “Calima”, pág. 159, Edit. Vaso Roto, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.72

EL ESPÍRITU DE LA VANGUARDIA

Dijo el padre Breton
que en paz descanse:
                                      el acto
surrealista puro
consiste en bajar a la calle pertrechado de revólver
y disparar al azar sobre los transeúntes.

Candidez de literato,
conmovedor angelismo de arcángel letraherido,

que nunca llegó a ver televisión
ni leyó poemas líricos como Terminator
Tetsuo II
Rambo III

La bestia mama de su propia herida.

Señor de las metáforas ora pro nobis,
ora por las pueriles,
ingenuas vanguardias.

Jorge Riechmann, “Futuralgia”, pág. 514, Edit. Calambur, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.73

   —Cuando estuve en Hollywood —dijo Serafín levantando sus manos y dejándolas caer sobre el mostrador—, llegué a actuar en una película.
   Sus ojos estaban tan nublados por la bebida y la edad que parecían colgar detrás de telarañas.
   Alberto y yo nos quedamos en silencio. Sabíamos que Serafín necesitaba tomarse su tiempo para contar las cosas. No servía de nada acosarle con preguntas.
   —Era una película —continuó unos minutos después— en la que una especie de hombre pez se enamora de una muchacha y la sigue a todas partes. El actor al que encargaron hacer ese papel se llamaba Rico Browning. Era un gran nadador, pero debido a su baja estatura se dieron cuenta de que necesitaban a otra persona para que hiciera las tomas en que el monstruo estaba en tierra. Y ése fui yo.
   —La hostia, Centella —dijo Alberto—, tuvo que ser emocionante.
   —Me hicieron un traje a medida, y yo no podía adelgazar o engordar un gramo durante el rodaje. Un traje similar a una segunda piel. El traje llevaba plomo en las suelas y me impedía sentarme, lo que me obligaba a permanecer hasta doce horas de pie, soportando un calor asfixiante que solamente se aliviaba con mangueras. Pero el rodaje no se llegó a terminar.
   —¿Qué pasó? —Le preguntó Alberto vivamente interesado por el relato.
   —La película de titulaba El legado de la doctora Humbodlt, y su protagonista era Frances Dee, la actriz que me llevó a Hollywood —dijo Serafín, mientras volvía a apurar su copa de ponche.
   Pronunció aquel nombre con esa formidable habilidad de los que aman rescatar de la muerte lomás querido.

Gustavo Martín Garzo, “Mi querida Eva”, págs. 49/50, Edit. Lumen, Barcelona, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.74

   Mientras me seca el pelo, aprovecho para olerla. No me atrevo a preguntarle qué le dicen los hombres cuando vamos al cine o pasamos delante de los colmados de los argelinos. Es un cine decadente en el echan, a buen precio, dos películas por semana. Tiene nombre de filósofo ilustrado porque en este país en el que he nacido pero que no es el mío (me lo recuerdan a todas horas, no vaya a ser que eche raíces) les encanta bautizar las calles, plazas, teatros, cines y auditorios con nombres de eminencias con mala salud y, a ser posible, peluca blanca. Las películas son la materia prima de los juegos. Cada semana es monográfica: gángsteres, sioux, nacis, resistentes, vampiros, mosqueteros, espías, pistoleros. El alud de imágenes alimenta los momentos en los que no ocurre nada, esos en los que la tribu se dispersa para que cada uno soporte obligaciones familiares establecidas más por la costumbre que por propia voluntad.

Sergi Pámies, “La bicicleta estática”, págs. 46/47, Edit. Anagrama, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.75

   Camilo era un mitómano más o menos secreto y sabía que se estaba celebrando en San Sebastián el festival de cine y que se hallaba en la ciudad Audrey Hepburn. Justamente ese mismo día le iban a dar el premio Zulueta de interpretación femenina por su piadosísimo papel en Historia de una monja, película que mi tío había conseguido ver en un pase privado  a fin de poder hablar de ella en Radio Loyola, donde solía intervenir una vez por semana hablando un poco de lo que le daba la gana, pero en tono más o menos pastoral.
   La película le había entusiasmado, y aunque nosotros lo ignorábamos, pues nunca nos decía nada, estaba empeñado en ver con sus propios ojos a la divina monja, cuando cruzara la alfombra del Kursaal.
   Y allí estábamos al anochecer los tres, esperando entre la gente a la puerta del teatro. Y de pronto, apareció ella. Es ella, decía la gente, es la monja de  Historia de una monja. Es la Hepburn. Qué divinidad, ya no parece una monja. ¿Y el collar de perlas?
   —¡Hola! —grité.
   La actriz de dio la vuelta y me miró. Yo había conseguido deslizar la mano entre los barrotes de la valla y noté cómo loa actriz me rozaba con sus uñas de chica destinada a desayunar en el Tiffany cruasanes con diamantes.

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, págs. 57/58, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.76

   Yo tenía  diez años cuando fui testigo de la invasión.
   Como los demás niños, hasta con los ojos vendados podía ir sin equivocarme a la escuela del álgebra y el miedo. Allí nos domesticaban los curas selenitas. Pero de repente las señales del camino desaparecieron: llegaron proyectores, decorados, y hombres vestidos con ropajes de otro planeta. Delante de mí, dificultándome el paso, se situó un muro de carne móvil. La masa de aquel ser poderoso se dirigía lentamente a la tienda de comestibles.
   En nuestro pueblo lunar, al jefe de los invasores, Orson Welles, que cebaba su ingenio con el desayuno diario de un pollo de granja, lo llamábamos Huelles. Todavía no estábamos disminuidos por el orgullo tribal, y él nos observaba con el aplomo de alguien acostumbrado a los extraterrestres. Si en la juventud radió a sus vecinos la afluencia terrible de unos alienígenas, casi treinta años después venía a conquistarnos  para imponer una religión lejana: el cine. Lo sentimos feliz cuando cayó una gran nevada en la aldea y pidió a sus ayudantes que filmasen las primeras secuencias de Campanadas a medianoche, su adaptación de cinco piezas de teatro de otro terrícola llamado William Shakespeare.
Aunque nos anunciaron la visita, no encontré por las calles a una evangelizadora francesa,  Jeanne Moreau, que luego me turbaría desde las pantallas.
   En la última semana de rodaje, el cineasta cruzó un puente de piedra y se detuvo frente a la puerta de una casona. Miró los hierros o maderas como si fuesen partículas de algún asteroide caído y, hechizado por el antojo, preguntaba cual era el precio. El dueño no quería vender su humilde objeto. Nunca aprenderíamos tanto de un diálogo sin entendimiento.
   Los comparsas de la película se quitaron entonces sus disfraces y vieron una imagen que superó las fantasías del cine.
   Huelles contaba inútilmente sus monedas ante la puerta demasiado grande para un pequeño dios.

“Fracasos de Dios”, Francisco Javier Irazoki, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.77

   Cuando pasaba por la calle Champollion, veía a Werner. La cabina de proyección daba a una calle en cuesta. Abría la puerta para ventilar. Su jefe había comprado el cine de al lado y atendía dos salas. Trabajaba el doble. Como las sesiones no coincidían, no le importaba. Cuando tenía un momento de tranquilidad, antes del cambio de rollo, se fumaba un cigarrillo en el umbral. Cruzábamos unas cuantas trivialidades. Me proponía que viera las películas gratis. Casi siempre rechazaba la invitación. A veces, en el Club, nos avisaba de que iban a echar una obra maestra que no había que perderse bajo ningún concepto. La cabina estrecha no era demasiado cómoda y los proyectores hacían demasiado ruido. Cuando la sala no estaba llena conseguía que su amiga, la acomodadora, nos dejara sentarnos en los asientos abatibles. Las películas extranjeras con subtítulos que echaban en los cines eran un peñazo en el que no paraban de hablar. Las comentaba demasiado. Yo no me  atrevía a decirle que me parecían una lata y evitaba pasar por la calle Champollion. Debió de notarlo y mantenía las distancias. Hay libros que debería estar prohibido leer demasiado pronto. Los desperdiciamos. Y pasa igual con las películas. Habría que ponerles una etiqueta: no verlo o no leerlo antes de haber vivido.

Jean Michel Guenassia, “El club de los optimistas incorregibles”, págs. 185/186, RBA libros, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.78

Fuimos a ver una película al cine Norte. El cine norte estaba al otro lado del río. Era como si estuviera en el infierno. Era de noche y hacía frío. No había nadie. Y allí delante de mis narices de sentó Paco Morán. Paco Morán iba con dos chicas. Guapas. Llevaban abrigos de pieles. Se sentaron delante de mí. La película era de Louis de Funes. Una película en la que se caía en una máquina de hacer chicle de una fábrica de chicle. Salía de la máquina de hacer chiche todo pringado. Era la imagen de un fantasma llena de chicle. Y allí estaban las dos chicas de Paco morán que no paraban de reírse. No había nadie más en el cine. Louis de Funes, Paco Morán y sus chicas con nosotros. Habría podido pasar cualquier cosa.


Félix Romero, “Dibujos animados”, pág. 92, Edit. Anagrama, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.79

   No sé cómo les puede gustar un local tan burdo como el de Sam; claro que los camioneros son tipos brutos y violentos, y debe de ser por eso por lo que Sam pone películas brutas y violentas. Es algo que me contraría: yo soy una persona pacífica. En parte, si no quise volver allí fue por esa razón, porque ponía películas de violencia, de esas en que la sangre brota continuamente manchando toda la pantalla. Se lo dije y no me hizo caso. Le dije que tenía que poner las películas clásicas, las de antes, que eran las buenas. Le dije que se fijase cómo se hacía una película tan excelente como Quién teme a Virginia Wolf, tan intensa, y sin verter una gota de sangre. Le dije que quitase esas payasadas que solía poner, del tipo Bruce Lee contra Lin Chu. Le dije que eso volvía a la gente tonta, y que les pusiese Casablanca a los camioneros y a sus chicas del bar, que iba a ver cómo se lo agradecían. Le dije que esas películas de sangre no podían traer nada bueno. Le dije que me hiciese caso, que yo era el tipo que más películas había visto de toda la provincia de Ourense Le dije que las películas de antes, las que se hacían en blanco y negro, relajan el espíritu y hacen que uno se encuentre a sí mismo en la pantalla. Se lo dije y me mandó a la mierda, a mí, que me lo debe todo.

Fran Alonso, “Males de cabeza”, pág.95, Edit. Factoría K de los libros, Vigo, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.80

   Y entonces le vimos: alto, con sus anchos hombros tapando casi por completo la entrada de la cocina, sus ojos negros recorriéndonos uno a uno a todos los que allí estábamos, con una mirada entre desconcertada y curiosa, y quizá algo irónica; su grueso y pesado uniforme de soldado de infantería, empapado como el enlodado fondo de un río, feo y arrugado, con el ancho cinturón ciñendo su esbelta figura el tosco chaquetón, dentro del cual apenas se podía mover libremente. Y su rostro: enérgico, como el del padre, con barba de dos días, por lo menos, pálido y demacrado, sin perder por ello sus rasgos duros: su cuadrada mandíbula, sus labios gruesos siempre apretados, su recta y firme nariz. Aunque tenía yo otros dos hermanos mayores que él, Bruno había sido para mí no un hermano, sino «el hermano mayor» que todos los muchachos desean y exhiben ante sus amigos; el ejemplar macho dotado en grado óptimo de todas las virtudes de la especie; la meta final del interminable proceso de infancia y adolescencia; que respira y come a nuestro lado y, a veces, hasta duerme en la misma cama, pero que, sin embargo, llegamos a pensar que tiene algo diferente a nosotros, y que acaso ello sea la sangre, de modo que nos llena de estupor cuando descubrimos que es roja como la nuestra; pero ni aún entonces cambiamos de parecer; buscamos una explicación y la hallamos en el razonamiento de que al héroe, al superhombre, al «chico bueno» de las películas del Oeste, cuando cae en plena lucha ­no herido gravemente, sólo hasta el punto de dar un motivo a su rostro para que se contraiga­, lo que sale de su pecho defendiendo la justa causa contra la maldad poderosa y numerosa es también de color rojo.

Ramiro Pinilla, “Las ciega hormigas”, págs.. 59/60, Tusquets Editores, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.81

   Margaret preguntó a los policías si les permitirían fumar. Ninguno de los dos tenía inconveniente, y mientras Manuela salía del despacho para ir a buscar un cenicero, ya que la ley antitabaco imperaba en el recinto universitario, la señora Hogarth sacó del bolso un paquete de More, unos cigarrillos largos y mentolados. Esperó a que la subinspectora volviera para ofrecerle primero a ella y después al inspector. Acto seguido se llevó dos a los labios y los encendió. Con gesto familiar pasó uno a su compañera.
   El humo es bastante favorecedor, pesó la subinspectora, recordando las películas de gánsteres  que más le gustaban, en cuyas secuencias las volutas de los cigarrillos eran unas extraordinarias colaboradoras, proporcionaban misterio, difuminaban la crueldad de la catadura de los asesinos y nimbaban con pequeñas nubes de gloria a los detectives honestos o a los policías incorruptibles.

Carme Riera, “Naturaleza casi muerta”, págs. 52/53, Edit. Alfaguara, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.82

    —No quiero dinero. Me vendría bien, como a todo el mundo, pero no quiero dinero. Si de repente consiguiera un montón de plata me lo gastaría en comprar devedés. Pero yo voy más allá, señor. Al futuro, a ver si me entiende. Y mi futuro está en el cine. Como actor secundario, si fuese posible. No soy muy agraciado, pero puedo hacer de malo. Si me han de matar en el último rollo, no me importa. O de amigo del chico. Soy muy gracioso cuando me lo propongo. Para cantar y bailar no valgo, eso soy el primero en reconocerlo; pero gracioso, sí. Y muy trabajador: en un par de días me aprendo el papel; un día más si es en catalán. Ahora, si ya tienen el reparto completo, puedo entrar en el equipo técnico. En cada rodaje interviene un batallón. Al final de la película salen todos en fila, con su nombre y apellidos. La lista dura media hora. A nadie le importa un carajo, pero ahí están, inmortalizados. Aunque hayan contribuido a un bodrio, se les reconoce el trabajo. Yo quiero estar en la lista, señor, ¡la lista de los elegidos!

Eduardo Mendoza, “El enredo de la bolsa y la vida”, pág. 130, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.83

   Entonces Elvira era alta y tenía unas hermosas formas de mujer, un cuerpo que había evolucionado hacia la plenitud de los treinta años sin los estragos de maternidad. Solía vestir vaqueros ajustados y tenía una nutrida colección de esos jerséis finos con botones que llaman rebecas: pertenecía a una época en la que incontables mujeres decidieron, en algún cine sombrío, parecerse a Joan Fontaine, aunque la belleza seria y española de Elvira tuviese muy poco que ver con la expresión un poco boba de la actriz.

César Martín Ortiz, “Un reflejo en la ventana o diez mil grullas de papel” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), pág. 16, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.84

NUNCA QUISE SER MONJA. 
A no ser que la monja fuera Ingrid Bergman en Las campanas de Santa María, Audrey Hepburn en Historia de una monja, Shirley MacLaine en Dos mulas y una mujer o Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas. Visto el casting de monjas que inspiraron en mí algún tipo de vocación religiosa, es evidente que lo que yo deseaba es ser una monja que colgara los hábitos en cuanto se acabara el rodaje de la película. Monja de camerino o monja de caravana, si se rueda en exteriores.

Elvira Lindo, “En misa de ocho”, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.85

He muerto con Tessa

He muerto esta noche con Tessa,
desnuda y magullada, en el lago
Tirkana de un Nairobi pidiendo
agua. He muerto a 46 grados, entre
chacales y hienas. Mientras luchaba
con ella, por un África desangrada.

Luego me he levantado, y he vuelto
a mi gran papel de Jardinero Fiel,
acurrucándome en mis lamentables miserias
y mis tímidos y desmadejados principios.

Pero, esta noche, he muerto con Tessa,
buscando el hoyo de Leakey, cuna
de las civilizaciones, luchando cada día
por los derechos de las mujeres rotas
de África y contra la corrupción
de las multinacionales, aunque sólo
haya sido desde el hedor de la muerte.

Ahora mis flores hablan kiswahili,
y yo intento aprender…

Blanca Uriarte, “Deja que el silencio hable”, pág. 45, Edit. Poesía eres tú, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.86

        —Porque un enfermero canta más, por lo mismo, qué hace una tía joven todo el día con un enfermero detrás. Que tuviera un guardaespaldas se entendía, el padre superforrado. Ella podía llevar su vida normal, ya te digo, iba a la Universidad, veinte años, iba a sus fiestas y a sus pijerías, y al psiquiatra, claro, pero no es que anduviera todo el día deprimida y eso, no. Estaba normal una temporada, y era simpática, eh. De repente le daba un ataque y el ataque era siempre suicida, y era imprevisible cuándo. Ni un objeto punzante en su habitación, ni tijeras ni cortaplumas ni nada, ni cinturones con los que poder ahorcarse, nada de pastillas a su alrededor, ni aspirina; hasta los zapatos de tacón, su madre cuidaba de que no fueran muy agudos desde que una vez se había rajado un pómulo con uno de ellos, le tuvieron que dar cirugía plástica, no se le notaba pero se había hecho un buen corte, a lo bestia. Los que tú llevas no se los habrían permitido, menuda arma. En eso la tenían como a los presos, ni un objeto peligroso. El padre estuvo a punto también de quitarle las gafas de sol cuando vio El padrino III, hay allí uno al que matan con unas gafas, con la parte más cortante de la patilla, la hostia, al tío lo habían registrado de arriba abajo y va y degüella al otro con eso. ¿Has visto El padrino III?
        —Creo que no, vi la primera.
        —Si quieres te la dejo en vídeo —dijo Loren amistosamente—. Es la mejor de las tres, a lo grande.

Javier Marías, “Cuando fui mortal”, págs. 145/146, Edit. Alfaguara, Madrid, 1996
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.87

El militar, explorador y escritor
Vladímir Arséniev
debía pensar muchas cosas
cuando todo el campamento
se iba a dormir
y él se quedaba a solas
con la noche siberiana
como yo me quedo a solas,
esta noche,
con mis libros.

A veces coincidimos frente al fuego
y nos tomamos un té
mientras hablamos de Chejov.

El camión de la basura recorre las calles
de la taiga.

La ciudad dilata sus pupilas de tigre.

Almudena Guzmán, “El jazmín y la noche”, pág. 370, Edit. Visor, Madrid, 2012

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.88

   Los libros los salía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre indica, en un sótano) era obligado. A veces llagaba antes de que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.

Roberto Bolaño, “El Gusano”, Cuentos, pág. 76, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.89

   Fue dos días después de su regreso cuando el señorito la hizo la insólita proposición de ahorrar en las comidas y frecuentar más el cine. A la Desi, la muchacha, se la redondearon los ojos: “Mire, lo que es por mí”. Y aquella misma tarde de enfundó de nuevo la rebeca de heliotropo y se perfumó el escote y se fue con el viejo a una sala del centro. La dijo el viejo con delectación: “Qué bien hueles, hija”.  Ella sonrió complacida. Caminaban en silencio y la Desi, al entrar en el cine, se azoró levemente para decirle: “Señorito, el pañuelo”. Él se limpió y musitó un “gracias” inaudible. Ya en la butaca, la muchacha perdió la noción de la realidad. Vivía la farsa con sus cinco sentidos y a ratos sollozaba y a ratos reía frenéticamente golpeándose el muslo con la palma de la mano. La decía el viejo: “Modérate, Desi”. Respondía ella sin mirarle: “Vamos, señorito, que él zángano ese del bigote tiene cada golpe”. Él la advirtió: “No me llames señorito, hija; eso en casa”. A la salida le dijo: “Ande, señorito, que no hace falta valor para pegarse esos besos delante de la gente”. “¿Qué besos, hija?”, preguntó él. “¡Otra! Los del cine —añadió la muchacha—: El Picaza decía…el Picaza decía que todas las del cine son toreras, ya ve”. El viejo Eloy meneó la cabeza: “No generalices, Desi”. Ella abrió mucho los ojos: “No ¿qué?”. Aclaró el viejo: “Generalices, hija. No todas van a ser iguales”. La chica levantó los hombros.
   Ya en casa comentaban las incidencias de las películas. La Desi decía “él” y “ella” para referirse a los protagonistas y del traidor decía siempre “el pelao ese”. Inquiría el viejo: “¿Que pelao, hija?”. Ella se sofocaba: “¡Ande, no se haga ahora de nuevas!”.    

Miguel Delibes, “La hoja roja”, págs. 232/233, Edit. Destino, Barcelona 1999.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.90

ESCAPES
Cuentan que los tiempos duros, protagonizados por la incertidumbre, el miedo y la carestía, siempre fueron productivos en las taquillas de los cines. Vendían ensoñación a precio razonable, eran un refugio cotidiano y sólido, inventaban con estrategia, desvergüenza o convicción finales felices, caldeaban la tristeza. Pero en esta época sombría están vacios, hasta el extremo de que sus ínfimos visitantes nos reconocemos como náufragos en una isla fantasmal que nunca volverá ponerse de moda. La mayoría están destartalados y con olor a defunción, ya no es barato el rito de ir al cine, cuesta demasiado y vano  esfuerzo encontrar una película en la cartelera que te haga flotar…

Carlos Boyero, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.91

En una plaza fuerte

En una plaza fuerte, con gran añoranza por las capitales.
El aparato del cinematógrafo zumbaba y proyectaba sueños
de Greta Garbo, de Rodolfo Valentino.
Pero aquí sólo había el traqueteo de los carros de los campesinos
en día de mercado, aburrimiento y moscas en la pastelería.

Czesław Miłosz, “Tierra inalcanzable”, pág. 398, Edit. Galaxia Gutenberg, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.92

The End

   Al saberse que iban a derribar el cine municipal los teléfonos empezaron a funcionar y fuimos bastantes los que viajamos a nuestra ciudad para decir adiós al caserón donde habíamos aprendido tantos gestos.
   Había que adelantarse a la piqueta desalmada. Cada cual quería quedarse con un recuerdo, los viejos carteles de un transatlántico con las luces encendidas o de apariciones de la Virgen o de los besos de tornillo de una espía rusa.
   Al final, decidieron que habría una voladura controlada. Sería la última película que nos diesen.
   Pero el espectáculo fue que al estampido de la dinamita se espantaron los caballos de la Remonta y rompieron vallas y galoparon por las calles, y todos caímos en la cuenta de que no hubiera podido existir el arte del cine si no se hubieran inventado los caballos.

Antonio Pereira, “Todos los cuentos”, pág. 466, Edit. Siruela, Madrid, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.93

Cuando Judy Garland hizo “El Mago de Oz” no sabía que casi todos los caminos de oro van a dar a la oscuridad, y “Al final del arcoíris” cuenta la última curva de ese viaje de una mujer que corría con el éxito por fuera y el fracaso por dentro: lo ganó todo, un Óscar, un Grammy, un Globo de Oro, un Tony y millones de dólares, pero nunca tuvo nada. Todo el mundo la adoraba a condición de poder explotarla, y ella, había probado el veneno de la fama, se hizo adicta a todos los demás para poder mantenerse en pie: barbitúricos, anfetaminas, alcohol, pastillas para dormir y para despertarse, maridos que fingieran quererla… No sirvió de nada y como cuenta la obra en su penúltima escena, se suicidó a los 46 años.

“Natalia es una ladrona”, Benjamín Prado, 2011.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.94

MANIFESTACIÓN de leprosos,
no autorizada,
en la Gran Vía.

Las fuerzas antidisturbios
de Mesala
han acordonado la zona.

Ni rastro de Charlton Heston.

Almudena Guzmán, “Zonas comunes”, pág. 9, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.95

EL FINAL DE LAS HADAS

Ya no creo en las hadas
—les dijo Campanilla a sus amigas—.

Y el suelo comenzó a llenarse
de láminas delgadas
y semitransparentes
del tamaño de un pie.

Cuando escuchó los gritos
y se palpó la espalda,
ya era tarde
para reconocer su cobardía
y enmendarla.

Todas las alas quedaron convertidas
en amasijo de magia triturada.

Campanilla trabaja desde entonces
en un supermercado.

Y dicen que parece feliz.

Julia Conejo Alonso, “Peces transparentes”, pág. 43, Edit. Hiperión, Madrid, 2012.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.96

   En la cinta, el actor Walter Matthau asesora a un amigo que acaricia la idea de tener una aventura sin que su mujer se entere. Ante la sugerencia de utilizar el lecho conyugal aprovechando cualquier ausencia, el amigo confiesa su temor de ser sorprendido in fraganti en una situación de difícil salida. La respuesta se ilustra con una presunta experiencia propia: Matthau está en la cama con una rubia explosiva cuando se abre la puerta y entra la esposa con la bolsa de la compra. Su asombro no tiene límites y, con la boca abierta, sigue la evolución de los amantes que se visten tranquilamente y alisan en tándem la ropa de la cama. Cuando por fin reacciona y empieza a tartamudear, el marido ya está sentado en el sillón leyendo el periódico, mientras su amiga se desliza como un gato hasta alcanzar la calle. A partir de aquí la escena ya es idéntica a la de cualquier otro día. La única diferencia es la mirada del marido, por encima de las gafas: «Me preocupas, querida, aquí no hay ni ha habido nadie». Ésta, tras unos instantes para evaluar la situación, mira la bolsa que lleva en la mano y suspira: «Está bien… te prepararé la cena».
   No hay evidencia que no pueda ser corroída por una negación que decida, de antemano, ser lo bastante reiterativa e innegociable. Tengo en mis manos una piedrecita de condrita carbonácea de 30 gramos. En su interior hay inclusiones de hace 4.700 años… ¡antes de la formación de la Tierra sobre la que se apoyan mis pies! Es un pedacito del meteorito Allende, caído en Chihuahua (México) el 8 de febrero de 1969. Llevo cinco días paseando entre fósiles y minerales. Se calcula que más de ochenta mil personas, entre comerciantes, aventureros, coleccionistas, museólogos y científicos de todo el planeta, se han dado cita aquí en Tucson, para cambiar, comprar y vender piezas, ideas, historias y experiencias: medusas del Precámbrico, trilobites del Devónico, helechos del Pérmico, peces del Triásico, amonites del Jurásico, dinosaurios del Cretácico, insectos del Oligoceno, mamuts del Pleistoceno…, una concentración de evidencias apabullante sobre el pasado de la Tierra. Creyentes de todas las confesiones vigentes claman aquí por la autenticidad de sus tesoros. Y esto ocurre en Estados Unidos, un país donde el (tres veces) candidato a la presidencia, el demócrata Willian Jennings Bryan, lanzara, en los años veinte, una cruzada contra la enseñanza del darwinismo en las escuelas. El eco de aquella campaña aún resuena y, según una encuesta de Gallup de 1993, un 47 por ciento de los americanos opina que fue hace unos diez mil años (años de 365 días de24 horas), cuando Dios creó al ser humano ya bien acabado, tal y como hoy lo conocemos.
   ¡Y qué hacemos con la colosal evidencia del registro fósil? Pues negarla, como Walter Matthau en la genial escena.

Jorge Wagensberg, “El gozo intelectual”, págs. 226/227, Edit. Tusquets, Barcelona, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.97

   Antes de comenzar el largometraje, en todos los cines de proyectaba el NO-DO, en blanco y negro. El protagonista era Franco, que salía pescando o inaugurando pantanos o recibiendo embajadores o en Montejurra con boina y un abrigo que le llegaba hasta los pies. Después rugía el león de la Metro. A la mitad de la película había un descanso y bajaba un gran telón lleno de anuncios. El que yo prefería era el de La voz de su amo, que tenía pintado un perro al lado de un gramófono. Como nos aburríamos, jugábamos en el telón al veo-veo. El descanso suspendía el tiempo del cine. Era un alivio cuando volvían a apagarse las luces y la vida continuaba en la pantalla. Y al llegar el FIN regresábamos al principio, al mundo de las cosas corrientes. Había que volver a casa, como si nada extraordinario hubiera sucedido, aunque acabáramos de ver cómo salía Ulises del Caballo de Troya o cómo saltaba el Zorro desde un tejado sin hacerse nada o a Marcelino Pan y Vino llevando de comer a un crucifijo. Pero llegaba el FIN y sanseacabó.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 242, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.98

   Ignoro si Chita tuvo algún Oscar. Sí lo obtuvieron Rin Tin Tin y la perra Lassie, pero Chita no tuvo ni su estrella en el Paseo de la Fama. Aunque lo importante es que, tras el estrellato cinematográfico, tuvo una vida feliz. No como otros animales que después de trabajar en el cine sufrieron una vejez o una muerte terribles. En el rodaje de “Babe”, murieron 48 cerditos porque los engordaban tanto que pronto quedaban inútiles; en el de “Las aventuras Chatrán”, fallecieron 65 felinos; hace pocos años la elefanta Akili murió de un infarto en el rodaje de la teleserie que protagonizaba, ya que, pese a haber sido adiestrada para subir por una rampa, a la hora de bajar no supo cómo hacerlo y murió del susto. En fin, no sigo  enumerando desgracias. Solo una más: Leo, el león más famoso de los filmes de la Metro, terminó en un mísero hospicio para animales abandonados. Y, según reza en Internet —citando a La Stampa—, en ese mismo lugar terminó sus días, hace años, ¡la mona Chita!, que descansa detrás de una tapia, bajo una lápida sin nombre. O sea que la Chita fallecida hace ahora un año no era la verdadera Chita de las películas de Tarzán, o quizá era una de las varias Chitas utilizadas en el rodaje de la serie. Prefiero no saberlo. Para terminar este terrible año, prefiero imaginar a Chita dedicada al arte de la pintura en una reserva de chimpancés, rodeada de cariño y fingiendo taparse los ojos con las manos pero mirando, entre la rendija formada por dos dedos tramposos, las estupideces que seguimos cometiendo los humanos.

Ana María Moix, “La mona Chita”, 2012     
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.99

¿Viviríamos dominados, como escribió Orwell, por una vigilancia represiva y un estado de seguridad que utilizaría formas de control brutales y violentas? ¿O, como Huxley imaginó, nos sentiríamos fascinados por el entretenimiento y el espectáculo, cautivos de la tecnología y seducidos por el derroche consumista que envolvería nuestra opresión? Pues ha resultado que ambos, Orwell y Huxley, tenían razón. Huxley fue capaz de imaginar la primera fasede nuestra esclavitud. Orwell la segunda.

Como Huxley predijo, el estado de las corporaciones nos ha ido despojando gradualmente, seduciéndonos y manipulándonos con gratificaciones sensuales, artículos baratos producidos en masa, crédito sin límites, teatro político y diversión. Mientras nos iban entreteniendo y envolviendo, fueron desmantelando  todo el conjunto de regulaciones que en otro tiempo mantuvieron a raya al depredador estado corporativo, volviendo a reescribir las leyes que nos protegían hasta abocarnos a la pobreza.

Orwell alertó sobre un mundo donde los libros estarías prohibidos. Huxley advirtió sobre un mundo donde nadie querría ya leer libros. Orwell alertó sobre un estado de guerra y miedo permanentes. Huxley advirtió de una cultura habitada por un placer vacío de sentido. Orwell avisó acerca de un estado donde todas las conversaciones y pensamientos estaban vigilados y la disidencia brutalmente reprimida. Huxley alertó sobre un estado donde su población sólo se preocupaba por las trivialidades y el cotilleo, sin que le importaran ya ni la verdad ni la información fidedigna. Orwell nos veía asustados y sometidos. Huxley nos veía seducidos y sometidos. Pero estamos descubriendo que Huxley no era más que el preludio de Orwell. Huxley entendía que en ese proceso éramos nosotros los cómplices de nuestra propia esclavitud. Ahora que el Estado corporativo ha dado ya el golpe maestro, nos encontramos desnudos e indefensos. Ya estamos empezando a entender, como Karl Marx supo, que el capitalismo sin restricciones y sin reglamentar es una fuerza brutal y revolucionaria que explota a los seres humanos y el medio ambiente hasta agotarlos o destruirlos.

El estado corporativo no encuentra su expresión en un líder demagogo o carismático. Se define por el anonimato y la ausencia de rostro de la corporación. Las corporaciones, que suelen alquilar a portavoces atractivos como Barack Obama, controlan los usos de la ciencia, la tecnología, la educación y la comunicación de masas. Controlan los mensajes en el cine y la televisión. Y, al igual que en Un mundo feliz, utilizan estas herramientas de comunicación para reforzar la tiranía.


Chris Hedges, 2011: A Brave New Dystopia

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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.100
     Si acaso le parecía poco, esas palabras dichas con tanta verdad —«el uno para el otro»— le saben a plenitud, porque también las entiende como «el uno al lado del otro»: no enfrente de la mujer, como él se situó siempre, sino a su lado… «¡La pareja etrusca!», recuerda de golpe, en una explosión interior.
     Ella sigue hablando:
     —… no hubiera podido enseñarte porque no sabía, porque nos engañan, y más en mi tiempo. Yo era una chiquilla leyendo novelitas en la peinadora donde trabajaba y viendo galanes de cine. Claro, me deslumbró el primer sinvergüenza que conocí: el Tomasso.
     El viejo se queda atónito al oírla. ¿Sinvergüenza el viejo marinero?


José Luis Sampedro, “La sonrisa etrusca”, pág. 285, Edit. DEBOLS!LLO, Barcelona, 2010

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.101

    De pronto, Luzbel, se volvió a Clorato y le preguntó:
—¿Cree usted en mí?
—No.
—¿Por qué no cree usted en mí? Ha habido gentes en todas las épocas que han hecho de mi culto una verdadera religión.
No creo en usted dijo Clorato, porque no me aburro, porque no tengo tiempo de aburrirme. En la antigüedad la gente se aburría tanto, que necesitaba ese género de creencias y de religiones para distraerse. Las épocas en que los pueblos se han divertido más han sido en las cuales han hecho menos caso de sus religiones. Créame, amigo Luzbel: ahora no tenemos tiempo.
Es posible que prefiera usted ver jugar al croquet a una buena misa negra.
No me interesa ni el croquet ni la misa negra respondió Clorato. Sólo me importa estar de buen humor, el trabajar en cosas que me gusten, el controlar mi capacidad intelectual, el reírme de todo y el caer en tentaciones que realmente lo sean.
Es usted un demonio dijo Luzbel riendo. ¿No piensa usted nunca en el más allá?
Sí señor; pero enseguida me pongo a pensar en otra cosa. Y dígame Luzbel, ¿no intentará usted reconciliarse con su antiguo Señor?
Tal vez. Yo no le guardo rencor. Me echó, pero nadie está libre de equivocarse. Iré si me llaman.
Lo dice usted con poco entusiasmo.
—¡Psch! La tierra no es tan mala como dicen algunos: el clima es bueno, las mujeres también; cuesta mucho dejar esto. Aquello, ¿sabe usted?, es más hogar, más para viejos. Lo que más se parece al cielo en este planeta es una partida de ajedrez en un casino de provincia.
   Habían vuelto al centro de la ciudad. Times Square rutilaba de anuncios luminosos.
Bueno, Luzbel, espero verle una de estas noches. Déjeme su número de teléfono.
Lo siento, señor Clorato dijo el Ángel Caído, me voy mañana a Hollywood. Me han llamado para hacer de malo en las películas.
   Hubo un apretón de manos y se separaron.

Edgar Neville, “Don Clorato de Potasa”, págs., 251/252, Col. Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1988
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.102  

    —¡Supongo que usted no habrá levantado nunca el brazo!
   La cuestión era directa y cruda. Tocante a saludar con el brazo en alto, me parece que fue en el descanso de un cine cuando tocaron los himnos. Después, ya puestos a saludar, habré saludado no sé las veces, porque lo mismo venía Millán Astray que pasaba el paso de la Verónica; incluso habían sacado un decreto, diciendo los grados del ángulo que tenía que formar el brazo en relación con el cuerpo.

Antonio Pereira, “Todos los cuentos”, pág. 539/540, Edit. Siruela, Madrid, 2012

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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.103

…, Jaime Brena está en la cocina de su departamento cocinando un churrasco que encontró perdido en su heladera y que, a pesar de su mustio color, lo salvará de bajar a comprar algo para la cena de esa noche. Las empanadas del mediodía y los buñuelos de banana de la tarde hace rato desaparecieron de su estómago, que está, otra vez pendiente de que alíen se ocupe de él. Mientras el churrasco se cocina se acerca al mueble donde tiene los pocos libros que compró o le regalaron después de la separación, y los DVD. Los DVD sí los recuperó, seguramente porque a Irina nunca le gustó el mismo cine que a él. ¿Qué cine le gusta a su ex mujer? ¿Le gusta el cine a ella? No está seguro, y le sorprende cómo se le van borrando de Irina no sólo la cara sino sus gestos, las anécdotas que compartieron…


Claudia Piñeiro, “Betibú”, Pag. 190, Edit. Alfaguara, Madrid, 2011 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.104
                                            En la cena el amigo
evocó un cortometraje búlgaro. Una anciana vuelve
de la compra caminando despacio. Se detiene
ante el ascensor averiado, duda un instante, y
sube luego, ascenso que la cámara sigue a tiempo
real hasta el noveno piso; cuando al fin llega
y va a sacar la llave, la bolsa se le escurre u rueda todo
escaleras abajo. La mujer entra en casa y le explica
al marido. Apiadado, se incorpora y se sienta
al borde de la cama. «¿Dónde están mis
zapatos?» «Cómo puedo saberlo», le responde, «si
hace tres meses que no te levantas.» Y ahí de acaba
el corto.

                (¿La fuerza de una imagen es efecto del punto
en que se cruzan las asociaciones, o es sólo su pureza
la nitidez extraña y viva de una impresión?)


Olvido García Valdés, “Lo solo del animal”, pág. 57/58, Tusquets Editores, Barcelona, 2012    
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.105

…Ya no podía ir por las noches a Ҫukurcuma a verla, pero quedábamos cada dos tardes e íbamos al cine.
   Cuando era niño también me gustaba mucho la frescura de los cines de Beyoğlu cuando en los meses de primavera iba haciendo más calor en las calles. Primero Füssun y yo nos encontrábamos en Galatasaray y escogíamos un cine mirando las carteleras, comprábamos las entradas y entrábamos en el oscuro, fresco y solitario cine, nos sentábamos por atrás lejos de las miradas a la luz que proyectaba la pantalla, nos cogíamos de la mano y veíamos la película con la tranquilidad de quienes tienen a su disposición un tiempo infinito.
   En cierta ocasión, en los primeros días de verano, cuando los cines empezaban a programar sesiones dobles e incluso triples por el mismo precio, me había sentado estirándome los pantalones, había colocado a oscuras en el asiento vacío de al lado el periódico y la revista que llevaba y cuando llegó el turno de buscar la mano de Füsun para cogérsela, su hermosa mano se posó en mi regazo como un gorrión impaciente, sobre mi vientre, se abrió por un instante como si preguntara “¿Dónde estás?”, y en ese momento la mía, más rápida que mi espíritu, aferró ansiosa la suya...

Orhan Pamuk, “El museo de la inocencia”, pág. 560, Edit. Mondadori, Barcelona, 2009.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.106  

   Mientras el avión se detenía frente a la puerta de embarque una noche de verano de 1974, la mano de Karin se deslizaba hacia su mochila para extraer algunos objetos. Una boina negra que se puso de tal manera que le cayera sobre un ojo, un lápiz de labios rojo con el que pudo pintarse la boca sirviéndose de la ventana como espejo había oscurecido en Toronto y una larga boquilla negra preparada para apretarla entre los dientes cuando llegara el momento. La boina y la boquilla las había birlado del disfraz de Irma la Dulce que su madrastra había llevado en una fiesta de disfraces, y el lápiz de labios lo había comprado.
   Sabía que difícilmente podía imitar la pinta de una fulana mayor. Pero tampoco iba a parecer la niña de diez años que se subió en el avión al final del verano pasado.

Alice Munro, “El amor de una mujer generosa”, pág. 205, Edit. RBA, Barcelona, 2009
   
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.107

Exigencias del guión

Ensayaban para hacer de muertos. El director del casting los había elegido porque eran pálidos y de pómulos prominentes pero también porque habían estudiado en la London Theatre Academy. Se necesitaba una intensa preparación para hacer un buen papel de muerto, no valía una actuación tan poco creíble como la Peter Sellers en “El Guateque”, por ejemplo. Tenían que saber contener la respiración, permanecer inmóviles, no pestañear ni tragar saliva… técnicas que sólo se enseñan en el extranjero. Al cabo de una semanas, la única mujer del grupo de los muertos se rindió, dijo que no podía seguir por problemas de salud. Sin embargo los hombres, siempre más obstinados, siguieron aguantando las largas sesiones sin rechistar. Hasta que, por fin, bordaron el papel. Lo peor era ese olor dulzón que desprendían.


Chelo Sierra, “El síndrome de Peter Pan”, relato nº 29, Edit. Cuatro Péndolas”, Madrid, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.108

LLORAR EN EL CINE

La película tiene que ser como es debido: nada intelectual, fácil de seguir, previsible, clara como el agua. O una historia de amor o nada. Sentarse muy cerca para no perderse ni una coma, fundirse en la pantalla, olvidarse de todo. Creer, en fin, que todo lo que se está viendo es verdad, grande. Hermoso y absolutamente triste. Volverse sentimental, romántico, sensiblero. Del todo, si no, no es cine. No mantener, por lo tanto, una distancia crítica, ni esa seriedad tan triste. Rechazar por sistema toda desconfianza, todo interrogante. Querer ser público bueno. Con valentía y decisión.
   Y entonces, cuando los amantes se separan, cuando muere la protagonista, cuando triunfan los asesinos, el mal o la estupidez, cuando se rompen los sueños, cuando se desgarran los corazones, cuando los violines tocan en tono menor y suenan las percusiones, llorar, sinceramente. Con grandes lagrimones. Sin reflexionar, sin tener vergüenza. Cálida, intensa e interminablemente. Sentirse desesperado y tranquilo a la vez, arrastrado por la historia, incapaz de la menor resistencia, destrozado por la pena, dichoso por permitir que brote, despreocupándose de todo lo demás.
   En estos tiempos propensos al cinismo, la frialdad, la denigración y la burla, conviene experimentar los buenos sentimientos de manera voluntaria y libre. Sin cálculos. Por el mero placer de hacerlo. Esta orgullosa pusilanimidad de las lágrimas que se creen inocentes oculta un placer especial, un abandono de las barreras, una pérdida temporal de los blindajes.

Roger-Pol Droit, “101 experiencias de filosofía cotidiana”, pág. 106, Edit. Grijalbo, Barcelona, 2003
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.109

   Sin embargo, la película que recuerdo como más conmovedora me llenó de tristeza sin hacerme llorar. Fue El hombre que mató a Liberty  Valance, una película del oeste que pasaron en el Cine Proyecciones. La historia era tan triste que no me la podía quitar de la cabeza. Era triste, sin solución ninguna. No había ni buenos ni malos, y nadie a quien avisar para que salvara a los protagonistas. Volví a verla en el Castilla, pero el público permaneció todo el tiempo en silencio. A mí me dejó sin habla por segunda vez. Esto ocurrió cuando ya era mayorcita, lo suficiente para que empezaran a aburrirme las películas de niños prodigio como Marisol o Joselito. Tenía trece años y mi padre había muerto ya. Marisol había crecido de repente y se había convertido en una actriz cualquiera.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 243/244, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.110

Los que ya no podrán verse

En una de las mejores películas de John Ford y por tanto de la historia del cine, Pasión de los fuertes o My Darling Clementine, los hermanos Earp, que acarrean ganado, hacen un alto cerca de Tombstone. Los tres mayores se acercan hasta la ciudad a afeitarse y tomar un trago, y dejan al cuidado de las reses al más joven. James. Al regresar en medio de una furiosa tormenta, encuentran su ganado desaparecido y al joven James muerto con una bota aún enganchada al estribo de su caballo. Desmontan alarmados los tres mayores, y lo primero que hace Virgil es soltar el pie del benjamín. Lo primero que hace Wyatt Earp (Henry Fonda) es agacharse y poner la mano sobre la cara de James, sin tocarlo, como protegiéndosela de la lluvia. A continuación Morgan y Virgil se quitan su chubasquero y cubren con él el cadáver. El gesto de Wyayy Earp o Henry Fonda es uno de los más delicados que he visto en una pantalla., quizá por ser puramente instintivo y uno de los más inútiles: lleva la lluvia cayendo violentamente quién sabe ya cuánto tiempo, el rostro y el cuerpo del joven caído están empapados; la mano protectora que Fonda alza un instante para que las gotas no golpeen más la mejilla del muerto, en realidad no impide nada, como un paraguas en medio de un tifón marino. El gesto de Virgil y Morgan lo hemos visto mil veces en el cine, y alguna, por desdicha, también en la realidad. Lo primero que se hacía siempre a los muertos era cubrirles la cara.

Javier Marías, “Donde todo ha sucedido”, pág. 202, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.111

   Así, en el cine, nunca quiere que el acomodador lo acompañe al sitio. Le da enseguida la propina, pero se va a sitios distintos de los que el acomodador le indica con la linterna.
  En el cine quiere estar muy cerca de la pantalla. Si vamos con amigos, y éstos buscan, como la mayor parte de la gente, un lugar lejos de la pantalla, él se refugia, solo, en una de las primeras filas. Yo veo bien, indiferentemente, de lejos y de cerca; pero si voy con amigos, me quedo con ellos, por amabilidad; no obstante, sufro, porque puede que él, en su lugar a dos palmos de la pantalla, esté ofendido conmigo porque no me he sentado a su lado.

Natalia Ginzburg, “Las pequeñas virtudes”, págs.61/62, Edit. Acantilado, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.112

PREFIGURACIÓN DE LALO CURA (Fragmento)


   El hambre se enseñorea de la fonda: algunos no se levantan de la cama, otros deambulan por los matorrales en busca de comida. Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios. Pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes del río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimbado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la fonda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póker. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos aparecen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de azabache. Una película profunda como pocas, solía recordar Doris, de esa vil manera solemos acabar las actrices del cine porno, devoradas por fulanos insensibles después de ser usadas sin descanso ni piedad.


Roberto Bolaño, “Relatos”, pág. 302, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.113

Nurit Iscar cruza la avenida y el viento casi la voltea. No había notado que el día fuera tan ventoso. Tal vez no lo era. Siempre le llamó la atención lo fuerte que sopla el viento en esa zona de Buenos Aires, y no está segura de que la cercanía del río sea el único motivo de ese fenómeno climático. Se acuerda de una amiga de Paula Sibona, una actriz que desde hace tiempo vive en España, que cuando estaba deprimida de ponía una pollera acampanada, de paraba en Leandro Alem y Códoba y esperaba que el viento produjera en su falda un efecto Marilyn Monroe que los transeúntes ocasionales agradecían y a ella le levantaba el ánimo. A Betibú, con su pantalón negro y su camisa blanca, el viento sólo le bate los rulos que ella cada tanto acomodaen un gesto reflejo e inútil.

Claudia Piñeiro, “Betibú”, Pags. 304/305, Edit. Alfaguara, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.114
 
  «Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Ignatius estaba a punto de decirse esto, cuando recordó que iba al cine casi todas las noches, girase como girase la rueda de la Fortuna.

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.115

   Estaba sentado allí muy atento, en la oscuridad del Prytania, a pocas filas de la pantalla, y su cuerpo llenaba el asiento y se derramaba por los dos contiguos. En el asiento de la derecha había colocado el abrigo, tres chocolatinas  y dos bolsas suplementarias de palomitas de maíz, meticulosamente enrolladas para que las palomitas se conservaran calientes y crujientes. Ignatius comía de otra bolsa de palomitas y miraba absorto los avances de las próximas películas. Una de ellas parecía bastante mala, pensó, lo suficiente para hacerle volver al Prytania de allí a pocos días. Luego, la pantalla se iluminó en amplio tecnicolor, rugío el león y parpadeó en la pantalla el título de la atrocidad, ante la milagrosa mirada de sus ojos azules y amarillos. Se le inmovilizó la cara, la bolsa de palomitas empezó a temblar. Al entrar en el cine, se había abotonado cuidadosamente las dos orejeras en la parte de arriba de la gorra y ahora la estridente partitura de la película musical asaltaba sus oídos desnudos desde una multitud de altavoces. Escuchó la música, captódos canciones populares que le desagradaban en especial   y examinó detenidamente el reparto para ver si descubría nombres de actores que le repugnasen…

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.116

  Terminado el reparto, comprobó que varios de los actores, el compositor, el peluquero y el ayudante de producción eran todos individuos cuya labor le había enfurecido repetidas veces en el pasado; apareció en el tecnicolor una escena de varios extras trabajando alrededor de una carpa de circo. Ignatius examinó ávidamente el grupo y localizó a la heroína de pie junto a una de las escenas marginales.
   —¡Oh, Dios mío! —gritó—. Allí está.
   Los niños de las filas de delante de él se volvieron y miraron, pero Ignatius no se fijó en ellos. Los ojos azules y amarillos seguían a la heroína, que llevaba animosa un cubo de agua a lo que resultó ser su elefante.
   —Va a ser peor de lo que pensaba —dijo al ver el elefante.
   Se llevó la bolsa de palomitas vacía a los labios gordos, la hinchó y esperó, los ojos relumbrantes por los reflejos del tecnicolor. Batió un timbal y la banda sonora se llenó de violines. La heroína e Ignatius abrieron la boca simultáneamente, ella para cantar, él en un gruñido. Y en la oscuridad, se encontraron violentamente dos manos temblorosas. La bolsa de palomitas explotó en un bang. Los niños chillaron.

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63/64, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.117

   Antes de abandonar las laderas de hayas centenarias, la productora organizó un cóctel bajo los árboles. Se hallaban presidiendo el festejo el director de la película y los actores principales. En el barullo general, logramos acercarnos a Audrey Hepburn, que estaba sentada en una silla de hierro y que llevaba un vestido blanco, sumamente elegante. En un inglés bastante tosco pero inteligible le dijimos que la admirábamos mucho y que nos había dejado mudos su capacidad dramática. Le hablamos de la última escena de la película y le dijimos que nos había parecido soberbia.
   Audrey nos escucho con una leve sonrisa en la boca y acabó diciéndonos:
   —Agradezco vuestros cumplidos y envidio vuestras caras frescas y vuestro interés. Esta podría ser mi última película.
   Viendo nuestra expresión de lástima, la actriz se apresuró a decir:
   —No lo lamentéis y tampoco lo juzguéis. Aún sabéis lo que es la destrucción.
   Lleno de nerviosismo, me acerqué a ella y le dije que había rozado su mano cuando era niño, una noche en San Sebastián. También le dije que en ambas ocasiones ella hacía de…
   —¿De monja?
   —Sí.
   La actriz se echó a reír.
   —Ya lo ves, muchacho, empecé mi carrera celestial haciendo de monja moderna y la voy a acabar haciendo de monja medieval. Me he debido de perder en el túnel del tiempo.

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, págs. 229/230, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.118

   Nunca he follado en un cine. Una alumna mía, comentando en clase el poema de Ángel González “Inventario de lugares propicios para el amor”, ratificó que, como dice el poeta, son pocos pero el mejor, mejor que los probadores de El Corte Inglés, era una sala de cine en la sesión de las cuatro de la tarde: no había nadie, o si acaso un jubilado que se dormía enseguida, entonces bastaba con que ella, que ya se había puesto falda previsoramente, se quitara las bragas y se ahorcajara frente al novio sin que éste tuviera la necesidad de bajarse los pantalones. Era cierto, no exigía gran pericia, sólo aplomo. A mí no me queda más remedio que confesar que todo el apartado hard-core de mi historia se desarrolla fuera de los cines, los de mi generación fuimos jóvenes cuando todavía las salas se llenaban y no eran posibles audacias mayores que las que cobija una gabardina encima de los muslos.

José María Conget, “La mujer que vigila los Vermeer”, pág. 91/92, Edit. Pre-textos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.119

EDÉN 

morirme de gusto los días
de lluvia bailar mientras hace
la comida mirarla soltar

la mano tocarla morirme
de gusto escalera pasillo cines
de barrio dos cincuenta programa

doble morirme de gusto los días
de lluvia de cocina de orgasmo
de platos fregados a medias de urgencia

de manos comida escalera pasillo
de cines de barrio programa doble
dos cincuenta los días de lluvia

los días de lluvia y de su cuerpo

Pablo García Casado, “Fuera de campo”, pág. 38, edit. Visor, Madrid, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.120

   Le debemos tanto al cine, y desde tan temprana edad, que al cine se le puede perdonar casi todo, como a un padre, incluso que no sea madre.

Andrés Trapiello, “El arca de las palabras”, pág. 260, Edit. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.121

Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste  en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para conpartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando, que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por las fingidas desventuras de seres imaginarios…

Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”, pág. 257, Edit. RAE, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.122

NO SÉ POR QUÉ lloramos mejor con el cine
que con el argumento de la propia vida
pero cuando las luces
se encienden cuando se abre la puerta
los personajes salen y nos siguen
asisten en silencio a nuestro diálogos
a veces aplauden en general se aburren
nos acompañan sufren con respeto.

Andrés Neuman, “No sé por qué y patio de locos”, pág. 34, Edit. Pre-Textos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.123

En los tiempos en que había un cine en todos los pueblos, en Maverley también lo había, y, como tantos otros, era el cine Capital. Morgan Holly, además de ser el dueño, era el proyeccionista. No le gustaba tratar con el público, prefería quedarse en el cubículo de lo alto de la escalera dirigiendo la historia sobre la pantalla, así que naturalmente se irritó cuando la taquillera le dijo que dejaba el empleo porque iba a tener un hijo. Podría habérselo imaginado, porque la chica se había casado hacía seis meses y en esos tiempos no había que dejarse ver cuando empezaba a notarse, pero a Morgan le gustaban tan poco los cambios y la idea de que la gente tuviera una vida privada que la noticia lo tomó desprevenido.
   Por suerte, ella misma buscó a alguien que la sustituyera. Una chica de su calle le había comentado que quería encontrar un trabajo por las noches. No podía trabajar de día porque ayudaba a su madre cuidando a los hijos más pequeños. Era lo bastante lista para apañárselas en la taquilla, aunque un poco tímida.
   A Morgan eso no le importaba: no contrataba a una taquillera para que diera charla a los clientes.

Alice Munro, “Mi vida querida”, pág. 75, Edit. Lumen, Barcelona, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.124

   Y acaso porque con tanta niebla era difícil  ver nada, no compramos ni un solo papel ni nada, cosa inaudita, porque en el rastro uno lanza las redes, y es raro que no acabe saliendo en ella algún pececillo incauto. Además el Rastro estaba vacío, sin duda porque la gente quedó amarrada a puerto por el mal tiempo, y no salió a faenar, como nosotros luego, hasta las dos y media de la mañana, viendo la gala de los Goya, interesados en dos asuntos. El primero, ver a una actriz que nos gusta muta mucho, y que protagonizó Las voces de la noche, sobre la novela de Natalia Ginzburg. Al ser una película española, nadie la ha visto. Creo que ni siquiera se llegó a estrenar en las salas, o si lo hizo, duró una semana. La actriz es pequeñita, muy guapa y discreta, quiero decir, que parece normal, sin esa tontería que se les pone a la mayor parte de los actores y actrices españoles, que no saben hablar en público sin tragediarse. En cuanto al segundo asunto, era este: el año pasado, los actores asistentes a la gala, por aquello de que los males nunca viene solos, se pusieron una pegatina en la que se leía: “No a la guerra”. En realidad era una manera de decir “No al gobierno de Aznar que nos ha metido en la guerra”, pero la recta, en la propaganda, nunca ha sido el camino más corto. Naturalmente el acto quedó reventado y no se habló de otra cosa que de las pegatinas, y poco o nada de las películas. A uno le parecía bien manifestarse contra la guerra, incluso estuvimos en la manifestación contra ella de unos días antes, a sabiendas de que esas cosas no suelen servir de mucho.

Andrés Trapiello, “Miseria y compañía”, pág. 85, Edit. Pretextos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.125

El Tren Correo

Me gusta ese tren de mercancías que en las películas del Oeste se detiene en una estación de madera, en medio de un paraje desolado. Por un lado de la pantalla aparece un joven rudo, caminando con botas embarradas. Nadie sabe de donde viene. Descorre la puerta de uno de los vagones de ganado, echa dentro el fardo que lleva al hombro, se encarama de una zancada y sin billete ni salvoconducto parte en el convoy hacia un destino que desconoce. Ese mercancías está todavía dispuesto a cargar hoy a cualquier joven capaz de meter el futuro en la mochila y de tomar, sin preguntas, la vida como viene. Me gustaba aquel tren correo cuyo silbido desgarrado y dolorido oía en las noches de verano desde la cama, siendo adolescente. Su silbido era una llamada desde la lejanía, que te invitaba a soñar con Roma, París, Ámsterdam, con cualquier ciudad propicia para huir hacia la libertad…Me gustaba el Oriente Expres, con coches camas que contenían historias románticas, lleno de espejos velados con siluetas de ninfas, tocadores, el restaurante con tulipas y la cubertería de plata, cuyos pasajeros opíparos y felices siempre esperaban que durante el trayecto se cometiera un crimen de sangre mientras tomaban el té con pastelillos bajo valses de Viena. Pero el Oriente Expres es hoy el tren llamado La Bestia, que transporta carne humana hacinada desde el pozo de la miseria, a través de México, desde Veracruz a Ciudad Juárez cuyos pasajeros son asaltados, extorsionados, violados y solo esperan llegar a cualquier frontera sin ser baleados. Cada uno de aquellos trenes es hoy una metáfora de salvación ante el horizonte cerrado.

Manuel Vicent, “El tren Correo”, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.126

   Una tarde llevaron a Karen Karstedt al cinematógrafo Bioscop. El aire viciado molestaba físicamente a los tres, acostumbrados como estaban a la atmósfera purísima. El aire pesaba en sus pulmones y nublaba sus cabezas, mientras una vida múltiple trepidaba en la pantalla, ante sus ojos doloridos, sacudidos; era la vida divertida y apresurada que no se detenía más que para correr de nuevo, acompañada de una música que aplicaba la división del tiempo a la huida de las apariencias pasadas y que, a pesar de sus medios limitados, sabía tocar todos los registros de la solemnidad, la pompa, la pasión, el salvajismo y la sensualidad.

Thomas Mann, “La montaña Mágica”, pág. 435, Edit. Plaza&Janés, Barcelona, 1993  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.127

LA EXAGERACIÓN

Lo peor de ser en un cine
de lujo, acomodador, 
no es acomodar señores.
Lo peor es el color.
El rojo cruel de la levita.
El falso pecho de embajador.
La sumisión de las hombreras,
hechas con trampa y con cartón.

 Lo peor de un cine de lujo
ni siquiera es eso. Lo peor
 es que uno vaya y vea a su padre
vestido de acomodador.

Antonio Pereira, “Meteoros”, pág. 190, Edit. Calambur, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.128

TRAMPAS

Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la cara llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, esta es mi firma, dice, él dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.

Pablo García Casado, “Fuera de campo”, pág. 146, edit. Visor, Madrid, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.129

   Yo me había visto todas las películas que tenían en el Rialto, alguna de ellas varias veces, pero siempre estaba dispuesto a repetir. Cuando llegamos a la taquilla Jerry me hundió más en su bolsillo, de manera que no pude ver los carteles y no me enteré de lo que ponían. Permanecí encogido en mi escondite mientras él compraba una Coca-Cola y una bolsa de palomitas, y luego recorrimos toda la sala para situarnos en la primera fila. Había muy pocas personas, aparte de nosotros, en el local. La película empezó casi enseguida y, cosas de la mala suerte, resultó ser la única que yo odiaba, a pesar de estar rodada en Technicolor, detalle que siempre consideré positivo. Se llamaba El despertar, y era una larga epopeya sentimental protagonizada por un pobre chico y su amado cervatillo. No me gustan nada, por lo general, los relatos de animales. A Jerry, sin embargo, estaba claro que esta le encantaba, y comprendí que me había traído pensando que a mí también me encantaría, y la idea me entristeció tanto como me hizo sentirme solo; no obstante, puse la mejor cara posible. Aparte del cervatillo y de un montón de perros, en la película aparece también un oso grande llamado Old Slewfoot [Viejo Patatuerta]. Cada vez que aparecía en escena, Jerry agachaba la cabeza para mirarme, a ver cómo reaccionaba. Y yo sobreactuaba sin el menor pudor, abriendo mucho la boca, agitando en el aire las patas delanteras y dejándome caer de espaldas. Le encantaba. La película sigue y sigue y sigue, una desgracia detrás de la otra, hasta que un día, cuando el ciervo se ha comido por tercera vez todo el maíz de aquella familia tan pobre, la madre agarra la escopeta de la casa y le pega un tiro al bicho. Yo me alegré un montón, pero vi que a Jerry se le caían las lágrimas.

Sam Savage, “Firmin”, págs. 178/179, Seix Barral, Barcelona, 2007    
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.130

Antes de acostarnos fuimos juntos al cine un par de veces. Películas francesas, creo. Vimos una de una mujer pirata que llega a una isla en donde vive otra mujer pirata y las dos tienen un duelo a muerte con espadas. La otra era de la Segunda Guerra Mundial: un tipo que trabaja para los alemanes y para la Resistencia al mismo tiempo. Después de acostarnos fuimos más veces al cine y curiosamente de esas películas sí recuerdo el título e incluso los nombres de los directores, pero todo lo demás lo he olvidado. Ya desde la primera noche Sofía me dejó muy claro que lo nuestro no iba a llegar a ninguna parte. Estoy enamorada de otro, dijo.

Roberto Bolaño, “Compañeros de celda”, Cuentos, págs. 142/143, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.131
   
ANDÉN 21
(fragmento)

La mujer que espera sentada en un banco del andén no lee
la hora en su reloj de pulsera: la escruta.

Un amante arrebatado envía un sms a su amada. Me llega a mí.

En el aseo, el estafador se prueba una cara nueva ante el espejo.

Besan a una rubia de labios biselados.

Las madres y los novios que se despiden en el andén sienten
la tentación de interpretar la escena fílmica de salir corriendo,
alcanzar el tren de vapor y juntar su mano, lluvia y cristal
mediante, con la mano de la niña resbaladiza. Música.

Desde el andén, hacia la ventanilla: este es el único lugar del
Mundo donde la tristeza alza la cara.

De pronto siento insoportables ganas de tener quien me
Quiera. Guapo o feo, eso qué más me da: quien me quiera.

Carmen Camacho, “Campo de fuerza”, págs.. 98/99, Edit. Delirio, Béjar, 2012 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.132

     Vi la película (“Lawrence de Arabia”) años después del estreno, en plena adolescencia, y la convertí rápidamente en favorita. Supongo que para un adolescente— la obra de David Lean contenía todos ingredientes necesarios para sumirla como propia: la amistad, la inclinación a la aventura, el coraje, la lealtad. Recuerdo nítidamente que permanecí las tres horas de la proyección clavado a la butaca, completamente hipnotizado con lo que ocurría en la pantalla, y es probable que allí empezara un cierto gusto por viajar al desierto que, a menudo, resulta difícil de explicar. Cuando tiempo después me enteré de que, en parte, este desierto estaba tan cerca como Almería y que la famosa ciudad de Aqaba de la película era una ciudad de cartón piedra construida en Carboneras, no me sentí defraudado en absoluto, del mismo modo en que me sentí enormemente compensado cuando vi, por primera vez, el incomparable desierto sirio en el que también transcurre la acción.
     No obstante, para un adolescente, Lawrence de Arabia no era sólo una película de aventuras en el sentido más intenso de la expresión: era, también, una obra turbadora, inquietante, explícitamente trágica. Quedaba claro, tras ver la película, que las elecciones humanas eran difíciles, duras y que, con gran frecuencia, estaban rodeadas de violencia.

Rafael Argullol, “Nada está escrito”, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.133

   Al muy sutil le gustaba decir «esposa» en lugar de mujer. Lo supe después: le parecía más bíblico, y además más civilizado, y además más europeo. No había por donde cogerlo cuando le daba por hacerse el marido responsable y auténtico. En esos momentos empleaba hermosas palabras conyugales, como las que decían ciertos sujetos en aquellas películas en blanco y negro que a veces caían como maldiciones bíblicas en el cine del colegio. Eran películas donde salía siempre una sala de estar muy bonita, con sofás de cuero y una radio emitiendo música clásica con muchos violines y violoncelos. El marido podría ser policía, pero cuando llegaba a casa era como si llegase al cielo. Su mujer le daba cariño y le preparaba un whisky. Entonces él sonreía y decía cosas muy emotivas, qué bonito es estar en casa, por ejemplo. Susurros viriles y muy sentidos mientras sonaba la música y la noche tenía la calidad de la vida, la calidad del afecto, la calidad, oh, del deseo…

Jesús Ferrero, “Las veinte fugas de Básil”, pág. 17, Edit. SM, Madrid, 1995.  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.134

    —Descuida. En cuanto llegue se lo digo, antes de meterme en el bar. 
    Así lo hice. Cuando abrió la puerta di un respingo. La señora apareció en una de esas batas cinematográficas que nadie mira porque son transparentes y debajo no debía de llevar más que un biquini. Ella, al verme, dio también un respingo y se ciñó más la bata abrazándose a su propio cuerpo, con lo cual las cosas se pusieron peor, o mejor, según los gustos de cada uno…

Arturo Barea, “Cuentos Completos”, pág. 125, Edit. Debate, Barcelona 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.135

Aunque va al cine todos los sábados por la tarde, las películas ya no se apoderan de él como ocurría en Ciudad del Cabo, donde sufría pesadillas en las que era aplastado por un ascensor o se caía de los acantilados como los héroes de los seriales. No entiende por qué se supone que Errol Flynn, que tiene exactamente el mismo aspecto cuando interpretaba a Robin Hood que cuando hace de Alí Babá, es un gran actor. Está harto de las persecuciones a caballo, que siempre son iguales. Los Stooge empiezan a parecerle tontos. Y es difícil creer en Tarzán cuando los hombres que hacen de Tarzán no paran de cambiar. La única película que le impresiona es una en la Ingrid Bergman se mete en un vagón de tren infectado de viruela y muere. Ingrid Bergman  es la actriz favorita de su madre. ¿Ocurren estas cosas en la vida? ¿Podría su madre morirse en cualquier momento tan solo por no leer un rótulo en una ventanilla?

J.M. Coetzee, “Infancia”, pág. 49. Edit. Mondadori, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.136

Tuve siempre cuidado de no delatarme, de no herir y de ser piadoso, a María la veía solamente en su casa para que nunca nadie pudiera encontrarme en ningún sitio con ella y preguntar entonces, o ser cruel y contar más tarde, o simplemente esperar ser presentado. Su casa estaba cerca y pasaba muchas tardes de camino de la mía, no todas, suponía retrasarme tan sólo media hora o tres cuartos, a veces algo más, a veces me entretenía mirando por su ventana, la ventana de la amante tiene un interés que nunca tendrá la nuestra. Nunca cometí un error, porque los errores en estas cuestiones son formas de desconsideración, o aún peor, son maldades. Una vez me encontré con María yendo yo con Luisa, en un cine abarrotado una noche de estreno, y mi amante aprovechó el tumulto para acercarse a nosotros y cogerme de la mano un instante, al pasar sin mirarme a mi lado, me rozó con el muslo que bien conocía y me cogió y acarició la mano. Nunca pudo Luisa verlo ni darse cuenta ni sospechar lo más mínimo aquel contacto tenue y efímero y clandestino…

Javier Marías, “Cuando fui mortal”, págs. 95, Edit. Alfaguara, Madrid, 1996 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.137

—Tenemos el tiempo justo —me dijo Lucien—, la sesión es a la una.
   En el calor se la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me había sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hacía meses. Sabía que una oleada inesperada de energía lo había hecho levantarse de la cama, le había dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de una vez más compartiéramos ese placer conyugal, y sabía también que era la señal de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero no me importaba y sólo quería disfrutar de aquello, de esos instantes que robábamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la mía y de las vibraciones de placer que nos recorrían a ambos porque, a Dios gracias, era una película que podíamos compartir.
   Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semanas todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que se narraba una historia.
   Yo lo acepté.
   La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo. 

Muriel Barbery, “La elegancia del erizo”, pág. 98, Edit. Seix Barral, 2007 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.138

EL ASESINO

   Cuando terminó aquella película de miedo no se encendieron las luces de la sala. Todo continuó a oscuras. Sólo se veía la bombilla roja que señalaba la puerta de los servicios. Algunos espectadores se armaron de valor y no tuvieron problemas para encontrar la salida. Otros, pensando en el asesino de la película, tuvieron miedo y continuaron en sus asientos. Juan K., por ejemplo, fue de los que no se atrevieron a moverse. Cerró los ojos —uno, por cierto, era más grande que el otro—, se cruzó de brazos y trató de animarse pensando en su novia francesa, que era los más contrario a la muerte entre todas las cosas que conocía.
   Media hora después, al abrir otra vez los ojos, advirtió que los demás espectadores le habían dejado solo y que el asesino estaba sentado a su lado.
   —Vamos a ver —le preguntó aquel canalla, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura del puñal—, dígame cuáles son los motivos que tiene usted para continuar vivo.
   —Tengo una novia francesa —le contestó Juan, procurando que no le temblase demasiado la voz.
   El asesino no esperaba una respuesta como aquella y se quedó pensando. Luego le pidió que le explicara un poco cómo era la chica y Juan le dijo que era rubia y tenía los ojos azules.
   —Eso no es suficiente —masculló el asesino, sin apartar la mano del puñal—, dígame, por lo menos, cómo se llama.
   Juan le dijo que se llamaba Jacqueline y que, además de los ojos azules, tenía una vocecita de niña perdida en el bosque que le ponía cachondo.
   —Me parece usted bastante guarro —le dijo entonces el asesino.
   Y levantó el puñal con las peores intenciones. Juan pidió auxilio y se acercaron corriendo los acomodadores, que hasta ese momento habían estado en el vestíbulo jugando a los chinos. Se abalanzaron sobre el asesino y le redujeron en un abrir y cerrar de ojos.
   Lo malo fue que luego no supieron qué hacer con él, si llevarle a la comisaria, que estaba dos calles más arriba, o devolverle a la ficción de la que procedía.
   —Reconozco que no es fácil encontrar el camino que conduce de la realidad a la fantasía —les dijo el Subdirector General de Política Hidráulica, personado en el lugar de los hechos.
   Pidieron consejo por teléfono al Director General y decidieron encerrar al psicópata asesino en un cuarto trastero y tenerle quince días  a pan y agua.
   Una semana más tarde el asesino consiguió escapar y regresar por su cuenta y riesgo a la ficción. No pudo, de todas formas, recuperar el papel de asesino porque mientras estuvo fuera la película de terror se había convertido en una dulce historia de amor, protagonizada por otra Jacqueline de ojos azules y un Juan asimétrico que también tenía miedo de la oscuridad, pero que no podía oír la vocecita de su enamorada sin que se le revolucionasen todos los sentidos.

Javier Tomeo, “Cuentos perversos”, Págs. 28/29/30, Edit. Anagrama, Barcelona, 2002
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