Bocatas Literarios

BOCATAS LITERARIOS CON CINE DENTRO


BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.1

AMOR

Después del yo también
tu sonrisa se vuelve
como la infancia
del cine: muda,
en blanco y negro.
Me gusta que me mientas,
no permitas que se te note.

Erika Martínez, "Color Carne", 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.2
 
   “Los viernes, a la salida de la escuela, iba con Jim al Roma, el Royal, el Balmori, cines que ya no existen. Películas de Lassie o Elizabeth Taylor adolescente. Y nuestro predilecto: programa triple visto mil veces: Frankestein, Drácula, El Hombre Lobo. O programa doble: Aventuras en Birmania y Dios es mi copiloto. O bien, una que al padre Pérez del Valle le encantaba proyectar los domingos en su Club Vanguardias: Adiós míster Chips. Me dio tanta tristeza como Bambi. Cuando a los tres o cuatro años tuvieron que sacarme del cine llorando porque los cazadores mataban a la mamá de Bambi. En la guerra asesinaban a millones de madres. Pero yo no lo sabía, no lloraba por ellas ni por sus hijos; aunque en Cinelandia –junto a las caricaturas del Pato Donald, el Ratón Mickey, Popeye el  Marino, el Pájaro Loco y Bugs Bunny–  pasaban los noticieros: bombas cayendo a plomo sobre las ciudades, cañones, batallas, incendios, ruinas, cadáveres”.
José Emilio Pacheco,  “Batallas en el desierto”, 1981
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.3

   "Del hombre miro siempre las manos, canta Raimon. Pues hay que fijarse en la mirada, y hay grandes miradas en la historia que sirven para entender lo que le pasa al hombre por dentro. En el cine, por ejemplo, hay una buena porción; vienen a la memoria los ojos de Alfredo Landa en El rey del río, de Gutiérrez Aragón; o la mirada despavorida de Fernando Fernán Gómez, preso republicano en La lengua de las mariposas (de Cuerda, de Azcona y de Rivas); o los ojos melancólicos, casi finales, de Burt Lancaster en Atlantic City, de Louis Malle…”
(Juan Cruz, “Susto”, El País, sábado 29 de mayo de 2010, pág. 69)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.4

   “No puedo decir cuál fue la primera película que vi, pero estoy seguro que lo hice en brazos de mi madre, pues entonces existía la costumbre de llevar los niños al cine, incluso cuando estos no sabían andar. Era un tiempo en que no había muchos entretenimientos y en que la pasión por el cine era compartida por mayores y niños. Especialmente por las mujeres, a las que les encantaba ir, porque en sus salas podían soñar con una vidas distintas a las suyas, siempre sujetas a sus padres y maridos, siempre pendientes de cuidar a los niños  y ocuparse de la casa, como si sólo vivieran para zurcir calcetines y dar papillas a los recién nacidos, como si no tuvieran otras aspiraciones, ni pudieran albergar otros deseos que aquellos que les obligaban a tener.
Hablar de cine es, para mí, hablar sobre todo de esos sueños…”

Gustavo Martín Garzo, “Sesión continua”, pág. 11, Edit. Pasaje de las letras, Valladolid, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.5
  
   Y en invierno ir al cine era internarse medrosamente en los vestíbulos con moqueta roja y con columnas de purpurina dorada que para nosotros tenían un esplendor oriental, y ver desde arriba, desde el graderío de tablas denudas del gallinero, una pantalla en la que las imágenes siempre cobraban una distorsión de encuadre expresionista, y adquirir también la conciencia de las jerarquías sociales y del sitio que nos tocaba en ellas. Desde tan alto, la gente del patio de butacas, es sus asientos cómodos forrados de rojo, parecía pertenecer a otra especie. En el gallinero había broncas, y grandes temblores de pisotones cuando en la pantalla sucedía una persecución o una pelea a puñetazos. También había raros individuos oscuros que se arrimaban mucho a uno y a veces le decían en voz baja, al oído, cosas que uno no entendía pero quelo asustaban, y cuando se encendía la luz ya habían desaparecido.

Antonio Muñoz Molina, “En las sábanas blancas”, 2015
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.6

 CINE (fragmento)

¿Qué sería de nuestras vidas como seres humanos del siglo XX sin la belleza, la ilusión, la pasión que para siempre nos dieron los rostros de Greta Garbo y Marlene Dietrich, de Louise Brooks y de Audrey Hepburn, de Gene Tierney y de Ava Gardner? Me encantan, por esto, las referencias a la mirada dentro de la mirada en el cine. Bogart a Bergman en Casablanca: «Nos estamos mirando, muñeca.» Gabin a Morgan en El muelle de las brumas: «Tienes muy lindos ojos, ¿sabes?»

Éste ha sido el milagro mayor del cine: ha vencido a la muerte. El rostro de la Garbo en la escena final de La reina Cristina, el de Louise Brooks y su perfil con peinado de ala de cuervo en Pandora, el de Marlene entre las gasas y filtros barrocos de El expreso de Shanghai y La emperatriz escarlata , el de María Félix soñando despierta mientras oye una serenata en Enamorada, el de Dolores del Río viendo su propia muerte en la de Pedro Armendáriz en Flor silvestre, el de Marilyn descendiendo escaleras diamantinas o resistiendo el vapor veraniego de Nueva York entre sus muslos blancos y su falda blanca.  Ellas son la realidad final y absoluta del cine: ninguna de ellas ha envejecido, ninguna de ellas ha muerto, el cine las volvió eternas, el cine venció a la vejez y a la muerte.

Ninguna teoría, ningún triunfo artístico supera o sustituye esta simple realidad. Es la nuestra, la de nuestro amor más íntimo pero más compartido, gracias al cine.

Carlos Fuentes, “En esto creo”,  Edit. Seix Barral, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.7
  
ES SOLO CINE, PERO ME GUSTA

¿Estáis dispuestos todos
a venir conmigo al cine
y a gozar y reír en el cine
hasta explotar?

Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

Abrid mucho lo ojos,
olvidad vuestras butacas
y soñad y cantad con nosotros
mucho más, mucho más.

Jesse James, un indio sioux, Lauren Bacal,
Tom y Jerry, Fred Astaire, Boris Karloff,
Marilyn, C. B. DeMille, ruge el león.
De día, de noche, siempre, da igual:
el cine no morirá.

 Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

¿Estáis dispuestos todos
a venir conmigo al cine
y a gozar y reír en el cine
hasta estallar?

John Wayne, Bogart, Griffith, Faye y King Kong
Mickey Mouse, Charlot, Groucho, Howard Hawks,
Cary Grant, Judy, Liza y el gran John Ford.
De día, de noche, siempre, da igual:
el cine no morirá.

Cine,
y solo, solo, solo
cine,
y mucho, mucho, mucho,
cine,
y siempre, siempre, siempre
cineee…

Abrid mucho los ojos
y olvidad vuestras butacas
y soñad y cantad con nosotros
hasta reventar.

Luis Alberto Cuenca, “Todas las canciones”, pág. 36/37, Edit. Visor, Madrid, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.8

   “Fuimos al cine La llama de la Revolución, que era el más grande de la ciudad, antes solía ir bastante, pero hacía un año que no había estado porque la economía nacional tenía problemas, especialmente la industria energética y no se podía saber de antemano si cortarían la luz, en tales casos había que esperar sentados en la oscuridad porque los generadores de  emergencia no funcionaban en ningún cine, ya que en la mayoría de los sitios habían robado incluso el gasóleo de reserva, por eso había que esperar largo y tendido en una oscuridad como la pez, hasta que dieran de nuevo la luz o vinieran los servicios de orden o los bomberos a permitir la salida, y no me hacía mucha gracia, así que prefería no ir al cine. Además, desde que se habían llevado a mi padre, tampoco es que tuviera mucho dinero, aunque claro, siempre podía colarme sin tener que pagar, eso no era difícil, bastaba con arremeter y empujar un poco sabiendo dónde situarse entre la multitud, antes lo solía hacer, me había colado al no conseguir entrada para El coloso de Rodas, El hombre araña, El sheriff del espacio o Hércules a la conquista de la Atlántida, pero colarse para ver lo que echaban en los últimos tiempos no merecía la pena, porque sólo proyectaban  viejas películas de partisanos y reposiciones de las de guerra como El séptimo camarada, Arriba el metal o El largo invierno de la ciudad en lágrimas”.

György Dragoman, “El rey blanco”, pág. 198/199, RBA, Barcelona, 2010

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.9

COORDENADAS
Donde irrumpe el amor, donde se hace,
en mitad de la niebla, en el regazo
acogedor de una pensión barata,
en los pasos de cebra, en los armarios,
en un somier sonoro, entre los dientes
de una boca de incendios.
Donde suda el amor, donde se cuece,
en un café vacío, en una fábrica
abandonada, en las últimas filas
de los cines de antes, bajo un puente,
en una calle oscura, en el nublado
parabrisas de un coche.
Donde estalla el amor, donde cae, donde yace.

Julio Rodríguez, “Naranjas cada vez que te levantas”, pág. 16, Edit. Visor, 2008

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.10

ORIGEN
   “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro. No sé quién dijo una verdad tan grande, pero algo parecido sentí el otro día en el cine viendo “Origen”, la última superproducción de Christopher Nolan, protagonizada por Leonardo di Caprio y presentada por (casi) todos los medios como una obra maestra, como una esplendida y  muy original cumbre del cine de ciencia ficción. Hacia el final me revolvía en la butaca con una idea revoloteando en la mente: cuantas más superproducciones actuales veo, más buenas me parecen las películas de los años 50. Sin efectos especiales, sin diseño espectacular por ordenador, sin ritmo trepidante de tres escenas y media de acción por minuto, sin desenfreno visual, siguiendo simplemente las historias de unos personajes de carne y hueso. Supongo que es inevitable: cuando la técnica y el superpresupuesto permiten hacer una virguería tras otra, pocos directores o productores tienen la audacia de decir, mira no, no hace falta, podemos hacerlo más sencillo, más limpio, más veraz. Es como preguntarle a un niño: ¿Quieres la fiesta con fuegos artificiales o sin? Con, claro, con.
(…)
¿Hace falta intercalar constantes escenas gratuitas de tiroteos, de manera que el ruido y la furia tengan entretenidos como bobos a los espectadores? Pienso en cómo sería una gran película sobre estas realidades paralelas, sobre estas arquitecturas hermosas y efímeras del sueño, sin tener que pagar el peaje de la estruendosa violencia entretenedora. Suspiro. Tendría muchísimos menos espectadores, me imagino…”
Belén Altuna, “Origen”, diario “El País” (País Vasco, pág. 8), miércoles, 11 de agosto de 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.11


 PELÍCULAS DE ROMANOS

CUANDO aún no había daño,
cuando el mundo podía parecerse a la merienda de por las tardes,
en el cine
(el larguísimo, hermosísimo cine de la infancia)
yo siempre preferí a los perdedores,
a los otros, a los dañados. (Decían, los malos.)
¿Identificaba el mal y la belleza,
antes de haber leído a Baudelaire, mi príncipe verde?
¿O algo en mí intuía claramente
que el romo discurso de la justicia miente,
y que la bondad impuesta es peor que el mal generoso?
¿O ―más lejos― intuí ya,
sin estigmas ni visiones,
que mi sitio iba a estar con aquellos
que la caballería yanqui destruía?
Quise ―de niño― ser un guerrero sioux.
Y un cansado y escéptico emperador romano,
con aires de Charles Laughton o de Ustinov.
Me gustaba Nerón, de gustaba Sitting Bull
y me gustaba Pilatos ―sí―,
aquel romano frígido de todas las películas
que nos obligaban a ver en Semana Santa,
aquel romano que dijo:
“¿Y qué es la verdad?”.
Dicit ei Pilatus: Quid est veritas?
Pero la verdad ―por esa verdad―
yo sería acusado. Por esa verdad morirían los sioux.
Por esa verdad caerían los romanos
y tantos como yo vería rodar, en los días y en la Historia,
distintos, malos, lujuriosos, moliciosos,
gentes de otra laya y otra grey.
Nos dijeron: “Dios os condena”
Y los insultos se abrieron. Bueno, pero yo aún no lo sabía.
¿Intuición, belleza, otra diferente búsqueda del Bien?
En las tardes en que me sentí distinto,
resguardado detrás de los cristales
(como un zar que huye o una impía cortesana de Bizancio),
yo giraba los anillos de mis dedos
y huyendo ―porque mucho tuve que huir muchos años―
me decía: Quid est veritas?
A los que poseen la verdad como se posee una pistola
o como un insulto obsceno,
nunca los he querido. Me dan miedo. Los odio todavía.
Yo también dije contigo, elegantísimo Pilatos,
Quid est veritas?
Y era un niño, un niño que iba al cine, y aún no sabía.

Luis Antonio de Villena, “Las herejías privadas”, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.12

    “La primera vez que fui al cine con Silvana vimos Malenka, la sobrina del vampiro. Yo confiaba en que el miedo le hiciera agarrarse a mí nada más abrirse el primer ataúd, pero aquella película resulto ser tan disparatada que sólo le dio risa. Tuve mejor suerte con El baile de los vampiros: en la secuencia en que Sharon Tate está dándose un baño y la ronda el monstruo, Silvana se aferró a mi brazo, quizá porque hizo suya la inocencia de aquella otra rubia amenazada por un ser de los trasmundos. Durante el resto de la película, no tuvo más necesidad de tocarme. En La marca del Hombre Lobo me cogió de la mano, pero no por miedo.
   En contra de toda previsión, nos besamos por primera vez en no recuerdo qué película de Louis de Funes. Aquel beso me mantuvo insomne y hechizado durante toda la noche, como si acabara de cometer el pecado más hermoso y la penitencia consistiese en recordarlo. Silvana, como he dicho, parecía hecha de oro, pero yo era el ladrón de su secreto: el sabor a plata que tenía su saliva a causa del corrector dental. Un ser de oro que sabía a plata. Y yo estaba sediento de aquella plata líquida, de modo que, como siempre he sido tímido, la llevé a ver El enmascarado de lata contra la hija de Frankenstein, con la esperanza de que jugasen a mi favor las espirales del miedo. No hizo falta: nada más apagarse las luces, Silvana me cogió por la barbilla y me besó.
   A partir de ahí, nos besamos en las películas de Drácula, en las de Fu-Manchú, en las del Hombre Lobo, en las del Santo. En las de los muertos vivientes. Nos besábamos como quien respira, hechos a aquel ritual clandestino de saliva y de penumbra, de ficción y de pecado. Cuando salíamos del cine, nos sentíamos cohibidos el uno ante el otro, porque nuestra aliada era la oscuridad: el mundo iluminado nos desterraba de nuestro reino de tinieblas de artificio ”

Felipe Benítez Reyes, “Su oro y su plata” (fragmento), diario “El Mundo”, lunes, 18 de agosto de 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.13
  
VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL

Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.

Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto
en una exposición de arquitectura
mi barrio, las vanguardias y el enjambre moderno.

La vivienda social era la huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el estado este polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.

En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.

Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.

Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vittorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.

Isabel Pérez Montalbán, “Un cadáver lleno de mundo”, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.14

POSIBILIDADES

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.


Wislawa Szinborska, "Gente en el puente" 1986 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.15

Maldades

   “¿QUIÉN O QUÉ es el mal, Moby Dick o Ahab? En el operístico capítulo XXXVI de la novela (1851), el capitán del Pequod le grita a su primer oficial Starbuck (que aún no había prestado su nombre a una multinacional): “Esa cosa inescrutable es lo que más odio, y tanto si la ballena blanca es agente, como si es principal, quiero desahogar en ella este odio”. Y recuerdo el terrible final de la película de John Huston (1956, guión de Ray Bradbury), con Ahab amarrado para siempre a la moribunda ballena mientras ambos se hunden en el infierno líquido. La apasionante relación entre el hombre y la ballena a lo largo de la historia es el asunto del hermoso ensayo “Leviatán o la ballena”, de Philip Hoare (Ático de los Libros). Una relación oscilante entre el odio sagrado y la devoción, como aprendí en vivo durante una pregrinación ya lejana a Arrowhead, la casa-museo en el condado de Berksville (Massachusetts), donde Melville escribió algunos de los capítulos de su libro…
Para Melville , dice, aquel monstruo erizado de arpones “representaba el malvado instrumento del destino”. Y sin embargo el mal anida también en el corazón egoísta de Ahab, que arrastra a su tripulación a seguirle en su venganza (“¡La perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza y del cabo de Hornos y del Maelstrom noruego, y de las llamas de la condenación, antes de dejarla escapar!”)… Moby Dick es para Ahab la representación del mal. Pero el mal existe en lo concreto y lo encarnan monstruos quizá demasiado humanos…”

Manuel Rodríguez Rivero, “Huelgan (las palabras)”, Babelia 983, Diario “El País”, 25.09.10
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.16

CUANDO…

“Cuando la película se rompió gritó el Friedel tú has
matado al Mastroniani corrió a través de la
sala y se le pusieron dos manos que él mismo
no conocía y estranguló al operador
con la bufanda de grandes cuadros la pantalla
quedó tan blanca como el hielo de erial y en el
periódico se decía que un hilo de saliva como de miel
treinta centímetros tieso como una guita colgaba al Friedel
a la derecha de la barbilla cuando él se fue a casa —”

Herta Müller, “Los pálidos señores con las tazas de moca”, e.d.a.libros, Benalmádena, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.17

   Hay una escena en un western de Antony Mann, creo que es “Horizontes lejanos”, en que los protagonistas tienden una trampa a un grupo de pistoleros que les persiguen. Dejan una hoguera encendida, y les hacen creer que duermen, cuando en realidad no hay nadie bajo las mantas y ellos los esperan agazapados tras las rocas. Los pistoleros les atacan y les responden desde lo alto, causándoles numerosas bajas. En poco tiempo acaban con todos, salvo con dos o tres que emprenden la huida. Y hay un muchacho que, sediento de sangre, se dispone a seguir disparando. James Stewart le dice que no lo haga, que ya han tenido bastante. “Por qué”, le pregunta irritado el muchacho. “Esa es una pregunta que debes responderte tú mismo”, le contesta. Aquel mundo de disparos era un mundo noble, sujeto a unos códigos morales. No bastaba con ser más diestro, ni siquiera con tener razón. En el cine se aprendían cosas tan elementales como que no hay cobardía mayor que matar por la espalda a quien no puede defenderse. Era una escuela de vida, el lugar misterioso donde uno iba a preguntarse por lo humano, que es la pregunta que sostiene todo el cine de John Ford, el más grande de los directores.       

Gustavo Martín Garzo, “Sesión continua”, pág. 12, Edit. Pasaje de las letras, Valladolid, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.18

PORTUGUESES

Estaban allí, una noche.
Con sus anclajes de óxido y pobreza plantaron la cámara en mitad de la plazoleta, con nerviosas madres y niños tumefactos. Mirábamos de soslayo a aquellos hombres, sus manos negras, de una grasa incompatible con la alegría. Los viejos nos metían el miedo en el cuerpo, narraban ante ellos sus sombríos planes. "Los portugueses, - nos decían -, los portugueses".
Luego era el cine en las noches altas del verano. Con la insistente magia del proyector, acabábamos durmiendo entre los huéspedes, ya acogidos en el barrio con un invisible afecto unánime.

Daniel Casado, “El proyector de sombras”, Edit. Regional de Extremadura, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.19

 “Eran todos jóvenes, muy hombres nuevos, que mostraban en cada etapa que pertenecían a la pequeña burguesía, que no alcanzaba de ningún modo a ser la gran burguesía. Sus recuerdos más lejanos se parecían. Se reconocían dentro del grupo. Fuera de él no tenían cómo identificarse.

Les gustaba el cine. Eran cinéfilos. Seguían en las salas donde se proyectaran las producciones de los grandes directores, aunque también les gustaban las películas de suspenso, las de cowboys, las comedias americanas. Iban a ver películas clásicas a la Filmoteca y a los cines de barrio. Pero salían desencantados por los defectos de las copias. Por las fallas, pensaban, no habían podido   identificarse con los personajes de la pantalla.

Vivían así con sus amigos, en los pisitos llenos de cosas, con sus salidas, el cine, las comidas en las que se contaban sus magníficos planes. Las trasnochadas parecían no importarles. Su juventud soportaba todo a cambio de sentirse dueños del mundo, recorriendo barrios a la luz de la luna, oyendo el ruido de sus propios pasos, tonteando juntos, jugando a la rayuela como niños, cantando juntos...

Eran fuertes y libres. Pero esa misma sensación, cuando se interrumpía un poco, les traía otra vez el miedo de la inseguridad. Porque el defecto del mundo de las encuestas era que éstas se interrumpían y entonces tenían que jugarse a estar subempleados o integrarse con dependencia total a una agencia. Jérôme y Sylvie sabían que esa vida no podía durar: quien no trabaja no come, pero el que trabaja a horario completo no tiene más tiempo para vivir.

George Perec, “La cosas”, Las Cosas (1965)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.20

Anoche soñé que había vuelto a Manderley

Anoche soñé que  había vuelto a Manderley…

Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine
que era una perra, una perra mentirosa.

Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente
                                       [dotada de una pereza sobrenatural…

La voz, tan cursi y comprensiva, del doblaje de Joan Fontaine                                          soñaba sueños extraños.

Aquel pobre hilillo blanco que un día fue nuestro camino
                                                           [avanzaba más y más…

Y yo le dije a la voz de doblaje de Joan Fontaine
que era una perra, una perra mentirosa.


Marta Sanz, “Perra Mentirosa”, Bartleby Editores, Madrid, 2010. 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.21

¡Pero qué prisa tienes, Bacterio, no jodas, ¿es que ya andas otra vez con tu desguace de ordenadores?! No hombre, qué va, es que he dejado en casa el ordenador encendido, bajando una peli, y quiero ir a ver cómo va, si llego tarde me entretendré y después tendré que preparar con prisa y mal todo el material para mañana, que salimos al percebe. Anxo posa su bolsa en el suelo y le dice, Ah, faenas mañana, bueno, pues nada, arranca para casa, pero antes mira, mira qué pelis le he comprado ahí al lado a un negro, una ganga. Y saca un fajo de DVDs de dibujos animados, Son para los críos, todo lo que quieren, y tú, ¿qué película te estás bajando? Uff, es tremenda, la vi hace muchos años en la tele, y nunca más, “El último hombre vivo”,  se llama, del 71, todos han muerto en Los Ángeles y Charlton Heston es el único que queda vivo, hay una pandilla de zombis que le acosan, pero como sólo salen de noche, durante el día él puede andar por las calles, y entra en las tiendas, que han quedado intactas, y coge lo que quiere, y cuaqndo se le acaba la gasolina pilla otro coche cualquiera y ya está, es tremenda, hay unas imágenes aéreas de la ciudad semidestrozada, llena de papeles y basura, y él en un descapotable por esas grandes avenidas, que parecen como el mar, a toda hostia, sabes, es tremendo. ¡Ah, dice Anxo, Entonces como el Prestige: el mar deshecho y lleno de mierda! Calla, calla, no me hables responde Antón, Yo casi te diría que estoy deseando que venga otro desastre; total, la pesca no se ha resentido y han entrado en las casas millones de euros en indemnizaciones. Hombre, claro, asegura Anxo, Tú y todos, bueno Antón pues a ver si nos vemos otro día y tomamos un vino. ¡Hecho! Y tira calle arriba…

Agustín Fernández Mallo, “Nocilla Experience”, pág. 66/67,  Alfaguara, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.21

   A Juan le gustan los días de lluvia. En el coche de su padre, camino del colegio, piensa que va dentro de una película de ciencia-ficción. Los cristales empañados de las ventanillas, las gotas de agua, los limpiaparabrisas en movimiento, el humo del tubo de escape de los coches, la niebla, la atmósfera cerrada y el rumor acuático hacen que todo resulte brumoso, incierto, como los efectos especiales de un sueño o de una película de ciencia-ficción.

Luis García Montero, “Lecciones de poesía para niños inquietos”, pág. 30, Edit. Comares, Granada, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.22

   “De ser una venganza, ¿contra quién iba dirigida? “No se trataba se eso”, un día le confesó el ahijado del Doctor en la época de la guerra. “Es mucho más sencillo; si alguien se va de casa una tarde, cansado y aburrido hasta de las paredes, y se encamina a un café o un cine… qué demonio, no se va a volver a casa porque el café esté cerrado o el cine lleno.”

Juan Benet, “Volverás a Región”, pág. 119, Edit. DEBOLS!LLO Contemporánea, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.23

   “A los nuevos ricos se les distingue porque no saben beber el whisky; parece que lo están mamando del vaso como si conservasen intactos sus ancestrales instintos primarios, porque nadie les enseñó a ingerir la bebida civilizadamente, Y también trabajé para los pequeños burgueses y la clase media recién ascendida, que frecuentan las sociedades de emigrantes del Noroeste, antiguos compatriotas míos, gente de parodia, que vive como peces rémora: de las sobras del tiburón. Pero un sicólogo no aceptaba mi tesis. Me dijo, creo que usted es un díscolo, un inadaptado y demás circunstancias concomitantes. Parece no entender el mundo tal y como está hecho. Usted piensa que es dueño de su vida y sus determinaciones. Se engaña. Su vida y sus determinaciones son de los hombres de acción, que comercian, que negocian, que financian, que compran-venden, que hacen mover el dinero, motor del mundo, en la televisión, en el cine, en la radio, en la prensa, en la catequesis, en la señorita Gladys, y en el padre Ruperto. Vivimos de mentiras formuladas en bellas promesas y a ellas hay que atenerse…”
  
Celso Emilio Ferreiro, “La frontera infinita”, 1976
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.24

Cuando venía a París, Maurice, tenía un programa, y sólo uno. Ver todas las películas que pudiera. En esa ocasión nos dejó ir con él. Puso sus condiciones: él elegía la película y la sala. Y nada de películas de dibujos animados. En Argel no tenía tiempo de ir y era peligroso. Explotaban bombas en los cines. Doblaban las películas y eso a él le parecía un crimen. John Wayne en francés le daba risa y con Clark Gable le entraban ganas de llorar. Mientras Louise y mi madre recorrían los grandes almacenes y las tiendas del Faubourg Saint-Honoré, nosotros íbamos a diario a ver una película norteamericana en versión original. Cada vez que Louise llevaba a la fuerza a Maurice a ver una película francesa, se quedaba dormido. Eso quería decir algo, ¿no? Iba por Les Champs-Élysées mirando hacia arriba, fiándose de los carteles, de los actores y del título. Y se fijaba con todo detalle en las fotos para calcular si sería un rollo o no. Se quedó parado delante de un cartel.
Ésta va a ser estupenda. Es una película francesa de acción como si fuera americana.

Jean-Michel Guenaissa, “El club de los optimistas incorregibles”, pág. 265, RBA edic., Barcelona, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.25

   Como la mayor parte de los habitantes del globo terráqueo en los años en que transcurre mi historia, yo había visto a dos personas besarse en la boca por primera vez en el cine y sufrí una profunda impresión. Era algo que me había pasado la vida queriéndole hacer a una chica bonita y por lo que sentía una gran curiosidad. En realidad, a parte de un par de veces en América y por pura casualidad, en los treinta años de mi vida nunca había visto a ninguna pareja besarse en la boca aparte de en el cine. Los cines me parecían, y no solo en mi niñez sino también por aquellos años, lugares a los que íbamos para ver cómo otros se besaban. La trama era una excusa para los besos. Y cuando Fusün me besaba sentía que estaba imitando los besos que había visto en la pantalla.

Orhan Pamuk, “El museo de la  inocencia”, págs. 67/68, Edit. Mondadori, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.26

DEVEDÉ

Se conocen, se atan y se unen
Y ponen en pantalla el mismo disco de siempre
Con la trama que ya sabemos.

DVD:
Debe de haber otra película humana
Que no sea esta mala copia pirata
De un melodrama esperpéntico

Pero invariablemente muy trágico.

José Emilio Pacheco, “Como la lluvia”, Edit. Visor, Madrid, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.27

Los carteles de estrellas de cine y cantantes indios, en otro tiempo prohibidos para “impedir la idolatría”, reaparecieron casi de la noche a la mañana en Kabul cuando los talibanes perdieron el poder. Aunque en teoría ahora son libres para vestir como quieran, muchas afganas todavía usan burkas que cubren todo el cuerpo, ya sea por convicción religiosa o por miedo. “Muchas mujeres aún están asustadas —dice Shukriya, una residente de Kabul—. Los talibanes no fueron los únicos que recortaron nuestros derechos. Muchos de los que ahora ostentan el poder piensan del mismo modo.”

E. Girardet, “Un nuevo día en Kabul”, Rev. National Geographic, Vol. 11, núm. 6, diciembre, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.28

   Aunque mi padre también fuera el empresario del Proyecciones y del Castilla, el Ortega era el cine por antonomasia, un cine enorme, que tenía gallinero y ambigú y acomodadores uniformados que lo perfumaban en los descansos con unos aparatos parecidos a los extintores incendios. El Cine Ortega era enorme, en su sala semicircular cabía todo Palencia. Las butacas, tapizadas en terciopelo de color rojo burdeos, estaban muy gastadas por el uso, pero eran elegantes y cómodas, pequeños tronos a los que cualquiera accedía por el módico precio de una localidad.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 234, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.29

Ensoñación te producía el cine. Y allí fumaba todo dios, los buenos y los malos, los listos y los tontos, los sofisticados y los primarios. Algunos como Mitchum o Bogart, convertían ese acto rutinario en una obra de arte. Fumaban maravillosamente las seductoras Lauren Bacall y Ava Gardner. Y no concibes la apabullante imagen de Marlene  Dietrich y de Bette Davis sin un cigarro en esos labios tan seguros.

“Humo”, Carlos Boyero, “El País” (vida & artes, pág. 61), domingo, 9 de enero de 2011.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.30

REPERTORIO DE SOMBRAS
(fragmento)
Más arriba, en el pasaje Hernández,
Un callejón con marquesina
Que huele a eucalipto y humedad,
Se levantan los altares de Nadie:
Fotografías de desconocidos en un parque,
Anuncios de clínicas
Para muñecas heridas por el tiempo,
El retrato de una pulcra familia de provincia
Llegada a la capital el año 27,
Carteles desteñidos de un cine de barrio
Que todavía anuncian la revuelta de Espartaco,
La derrota irremediable del general Custer
O la triste historia de un borracho
Empacado en su abrigo hacia Siberia.
Todos sabemos
Que hay una ciudad escondida en la ciudad.

JUAN MANUEL ROCA, “Temporada de estatuas”, Edit. Visor, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.31

   Gay es hija de un censor de películas, hombre muy severo. Nada que a él le parezca pecaminoso salva de sus tijeras. Todas las noches va a ver las pruebas acompañado de su esposa; esta es más benévola.
   De pronto, hay un beso. John Gilbert estrecha a Creta Garbo en sus brazos; con la mano derecha le propina un discreto aunque eficientísimo masaje en redondo, justo en la unión de la base del seno izquierdo.
   El padre de Gay protesta en alta voz:
   —No, eso, no, de ninguna manera, esto no lo pueden ver los niños del Estado.
   —Pero si se quieren tanto… —insinúa su esposa—. Acuérdate…
   La película se ha interrumpido y la luz se ha hecho. Todos están pendientes del dictamen del censor.
   —A ver: que corten desde cuando empieza el movimiento de la mano.
   —Pero, querido —dice la esposa—, ¿cómo quieres que ella desfallezca y consienta en abandonar a su anciano padre y a su madre tuberculosa sólo con el efecto de un beso?... ¡Acuérdate!...
   El censor medita. Al final concede a la mano unos metros de movimiento y se lleva lo recortado a su casa.
   Gay es feliz en su casa, porque empalma todos los trozos censurados y salen unas películas maravillosas.

Edgar Neville, “Don Clorato de Potasa”, págs. 233/234, Col. Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1998.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.32

   “Entre la escasa media docena de personas que le acompañamos al cementerio no vi a nadie de mi promoción del Instituto; sólo doña Nieves, que en aquellos tiempos era la directora, y yo mismo estábamos allí para conmemorar la lejana soirée artístico-cultural que se celebrara en el cine Odeón hace ya un cuarto de siglo, momento simbólico en el que la vida de Miguel San Román pudo haberse enderezado para siempre y no lo consiguió…

…claro que me acordaba de él y de la horrible velada que doña Nieves había organizado en aquel cine para culminar con broche de oro la singladura de este curso académico que hoy toca a su fin, como diría ella, en la oficiosa retórica de la época, cada vez que tenía que pronunciar el discurso de clausura. Claro que me acordaba, de lo contrario no estaría en el cementerio como única superviviente involuntario de aquella promoción ―doña Nieves diría “ramillete”― que presenció estupefacta el oprobio y el ocaso moral de Miguel san Román.

César Martín Ortiz, “La señorita de pueblo y el Martín Fierro” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 66/67/68, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.33

Piel roja o rostro pálido (fragmento)

   …La primera gran disyuntiva a la que uno tenía que enfrentarse era la elección, muy acorde a la época, entre ser un piel roja o un rostro pálido. No valía ser un día indio y al día siguiente vaquero. Eso eran cosas de críos. Había que inclinarse por Toro Sentado o por el general Custer. Y había que hacerlo para siempre. No era, pues, una cuestión trivial. Aquello marcaría tu vida. Tenía que evitar, por tanto, tomar esa decisión por todos los medios a mi alcance; ni esa ni ninguna otra. Las cosas estaban muy bien como estaban. Así que me hice el longuis durante todo el tiempo que pude. Pero, una mala tarde, el consejo infantil, comandado por un veterano párvulo implacable, perro viejo a sus cuatro años, me hizo llamar. Acudí arrastrado por un par de niños de seguridad hasta el columpio donde estaba instalado el cuartel general. «Bien, ha llegado el momento de que tomes partido, renacuajo», me dijo el jefe. Una fría sacudida me recorrió el obelisco de la espalda. Mis pequeñas manos comenzaron a sudar. Temblaba como una lagartija epiléptica. «¿Y bien?», insistió, amenazante, aquel horrible cabecilla de patio. Decididamente, había llegado el momento de la verdad. Tenía que elegir entre ser uno de aquellos indios desordenados de plumas en la cabeza y pintura en la cara, que se pasaban el día tumbados al sol como lagartos, sin darse a los trabajos, fumando en paz sus pipas, cortando cabelleras y montando a pelo, o ser un vaquero riguroso y encantador de armas tomar, pañuelo al cuello y sombrero ajustado, de esos que conquistaban tierras, iban impecablemente uniformados y seguían los dictados de su bandera. «Vamos, amigo, o te decides de una vez o te convertiremos en el hazmerreír del cole; no sabes hasta qué punto podemos ser crueles los niños». Claro que lo sabía, yo también era un niño. «Está bien», dije, «decido ser...un indio». Los niños que en su día habían optado por elegir el mismo camino que acababa de elegir yo, con los que compartiría tribu a partir de entonces, comenzaron a aullar y a celebrar mi resolución con festivo entusiasmo. Los otros, mis ya enemigos íntimos y perpetuos, respondieron a mi osadía con silbidos de censura y los más injuriosos reniegos y blasfemias. Con los años, y ya han pasado muchos, no me arrepentí jamás de haber tomado esa decisión y de haberme unido al bando de los indios. Los vaqueros, sin embargo, nos ganaron la guerra.

Julio Rodríguez, “Los días contados” (Columnas), Fuente: blog del autor.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.34

EL POETA Y EL MUNDO

Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores es presentar  de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público. Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.
Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada… ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?

Wislawa Szyborska, Discurso de recepción del Premio Nobel (fragmento), 1996.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.35

Caperucita: nada hay más realista y terrible que los cuentos clásicos infantiles. En Hollywood redescubren la mina de Perrault y los hermanos Grimm y ya preparan versiones en clave criminal de Blancanieves y Caperucita. A la pelirroja quien la persigue, claro, es un hombre lobo. Estoy deseando una versión cruda de Los músicos de Bremen. Los animales prescindibles tocando A las barricadas ante el FMI, esa cueva de licántropos.

Manuel Rivas, “Hombres Lobo”, 12 de febrero de 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.36

  Cuando pasaba por la calle Champollion, veía a Werner. La cabina de proyección daba a una calle en cuesta. Abría la puerta para ventilar. Su jefe había comprado el cine de al lado y atendía dos salas. Trabajaba el doble. Como las sesiones no coincidían, no le importaba. Cuando tenía un momento de tranquilidad, antes del cambio de rollo, se fumaba un cigarrillo en el umbral. Cruzábamos unas cuantas trivialidades. Me proponía que viera las películas gratis. Casi siempre rechazaba la invitación. A veces, en el Club, nos avisaba de que iban a echar una obra maestra que no había que perderse bajo ningún concepto. La cabina estrecha no era demasiado cómoda y los proyectores hacían demasiado ruido. Cuando la sala no estaba llena conseguía que su amiga, la acomodadora, nos dejara sentarnos en los asientos abatibles. Las películas extranjeras con subtítulos que echaban en los cines eran un peñazo en el que no paraban de hablar. Las comentaba demasiado. Yo no me  atrevía a decirle que me parecían una lata y evitaba pasar por la calle Champollion. Debió de notarlo y mantenía las distancias. Hay libros que debería estar prohibido leer demasiado pronto. Los desperdiciamos. Y pasa igual con las películas. Habría que ponerles una etiqueta: no verlo o no leerlo antes de haber vivido.

Jean Michel Guenassia, “El club de los optimistas incorregibles”, págs. 85/186, RBA libros, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.37

    “A los veinticinco años no bebía ni una gota y tenía, como suele suceder a esa edad, unas ideas muy claras, nítidas y perfiladas acerca de lo que la vida debería aportarle. Por las mañanas trabajaba con su madre, que tenía un puesto de carnicería en el mercado de abastos, y por las tardes con su padre, que era un pequeño contratista que se dedicaba a hacer pequeñas obras de albañilería aquí y allá. Trabajaba desde niño con naturalidad, sin hacerse preguntas y sin preocuparse de buscar un porvenir propio. Cuando cumplió los dieciocho, sus padres empezaron a pagarle el salario debido a cualquier trabajador. El chico aprendía los dos oficios y con el tiempo heredaría las dos  pequeñas empresas y sus clientes. A Miguel San Román nunca se le  ocurrió que la vida pudiera destinarle otra cosa que despiezar reses por las mañanas y levantar muros a plomo y a nivel por las tardes, pero, como toda la gente adoctrinada por el cine y las malas canciones, se creía en el derecho a conocer el amor, el auténtico amor.
    Como ahorraba su sueldo hasta la última peseta, y veía de qué modo el pequeño sacrificio diario, que no era ni sacrificio sino una indolora rutina, se iba convirtiendo en algo tangible, en un capital que aumentaba, Miguel pensó que se podía hacer lo mismo en el terreno de los sentimientos y el sexo. Creyó que la falta del abrazo comprado o regalado de una mujer no era un modo de malgastar su solitaria juventud, sino, al contrario, una inversión, como si cada beso substraído y cada cuerpo no disfrutado fuesen engrosando una fantasmal cuenta de ahorros cuyo monto final podía retirar íntegro, más intereses, cuando llegara el momento. Ya era un hombre hecho, y se creía dueño de un tesoro de pasión y ternura, y se habría asombrado si alguien le hubiese dicho que la pasión y la ternura sólo se poseen cuando se malgastan y no cuando se escatiman”.

    César Martín Ortiz, “La señorita de pueblo y el Martín Fierro” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 69/70/71, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.38

   “A veces él y Athos y yo íbamos al cine, donde cultivamos pasiones enfrentadas; Athos por Deborah Kerr (especialmente en Las Minas del Rey Salomón), Maurice por Jean Arthur, y yo por Bárbara Stanwyk. Maurice y yo estábamos ya desesperadamente pasados de moda, y nos mantendríamos así. Deberíamos haber estado soñando con Audrey Hepburn. De camino a casa parábamos en un restaurante o Maurice venía a casa con nosotros a nuestra cocina de solteros, donde discutíamos los méritos relativos a nuestras amadas. Kerr, según Athos, era claramente una mujer con quien uno podría tener una conversación sobre el desafío de Pascal durante el desayuno, en el hotel más lujoso o en la selva. Maurice pensaba que Jean Arthur era una mujer con quién uno sin duda podría irse de acampada o a bailar toda la noche y que al final aún sería capaz de recordar dónde habías dejado las llaves, o a los niños. Yo amaba a Barbara Stanwyk  porque siempre estaba metida en un lío y era fiel a su corazón y sobre todo porque en Bola de Fuego la salía la jerga de la boca como una canción. «¡Deja de decir chorradas y escúpelo de una vez!» «¡Métele un clavo a ese panoli!» «Yo no soy ninguna camarera de niños» Vivía en un mundo de mucha dureza y de mucho jefecillo. Era un bombón, una tía buena para la que necesitaría mucha pasta, mucha guita, un montón de parné, una cartera muy gorda. Me tenía chiflado.


Anne Michaels, “Piezas en fuga”, págs. 124/125,  Edit. Alfaguara, Madrid, 1996
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.39

   “Oía lo que su hijo decía de manera fragmentaria, deshilvanada, como al fondo de un sueño. Por un silencio un tanto prolongado supo que le había hecho una pregunta, de modo que con un esfuerzo disimulado logró que la repitiera. Sí, si había visto Las Horas. Era una buena adaptación del libro, sensitiva, delicada, aunque se perdieran tantos efectos sensoriales. Durante muchos años había odiado a Meryl Streep, pero esta vez había que reconocer que hacía bastante bien su papel. A Federico le había gustado mucho la música de Philip Glass. A él también, por supuesto. Pero la conversación sobre cine no prosperó…”

Piedad Bonnett, “Para otros es el cielo”, pág. 156, Edit. Alfaguara, Bogotá, 2004
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.40

   “A medida que la Desi se urbanizaba iba emergiendo en su imaginación un Picaza urbano y próspero, semejante, en cierto modo, a los galanes que ella, de tarde en tarde, admiraba en el cine.
   La Desi no frecuentaba más los espectáculos para no malbaratar su salario: “Si nos metemos todos los días en el cine, adiós jornal”, decía a la Marce. Y la Marce la reconvenía: “Anda roñosa; para lo que sirve el dinero”. Pero a la Desi sí la servía el dinero. En tan sólo dos años y medio había juntado dos mudas, dos toallas, tres sábanas, una colcha azul y una maleta para su ajuar. De otra parte Silvia la había escrito: “Soy en decirte que para febrero a más tardar, el Picaza irá a ésa para la mili”. Y ella, la chica, para cuando el Picaza llegara, quería comprarse un can-can y una rebeca de heliotropo. Eran muchos gastos. Por eso prefería pasear del brazo de la Marce, calle abajo y calle arriba, estimulada por la conciencia de que el salario quedaba intacto para cosas de más provecho.”

Miguel Delibes, “La hoja roja”, págs. 64/65, Edit. Destino, Barcelona 1999.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.41

Películas y soledad

   Vivir en una ciudad en la que no haya cines puede resultar como un desierto si lo que quieres es ver películas recientes y estar en sintonía con la actualidad. Te enteras por los periódicos de que hay novedades interesantes (que tú no podrás ver), de que la taquilla va a la baja y de que bajarte películas es un delito.
   Desde los televisores y las revistas te asaetean con informaciones de estrenos, estrellas y líos relacionados con el cine, dejándote fuera de juego. Pasado mañana varios millones de españoles estaréis pendientes de los premios Goya, aunque no hayáis tenido ocasión de conocer lo que se esté premiando. Y algo parecido ocurrirá al final de mes con los Oscar, aunque puede que en este caso algunos de los premios de Hollywood se estén proyectando en el centro comercial de un pueblo vecino.
   Hace poco tiempo, un productor español quiso colgar en Internet su película para que, previo pago, pudiera ser vista en los lugares más recónditos, pero los exhibidores de grandes capitales se lo dificultaron considerándolo competencia desleal…

Diego Galán, “Cámara oculta”, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.42

   Mis padres me engendraron una noche de primavera, después de ver Le notti di Cabiria, de Federico Fellini. Situémonos: París, 1959. Para poder pasar unas horas juntos, han aparcado a mi hermano con mi tía. Yo no existo ni siquiera como proyecto: mis padres son exiliados políticos, tienen más de cuarenta años, creen que el motor de la historia es la lucha de clases, viven en un estado de provisionalidad permanente, no prevén ampliar la familia y no disponen de un domicilio en el que atender las urgencias amorosas (comparten piso con unos camaradas). Por una noche, unos amigos les ceden un dormitorio en condiciones. La tregua les da tiempo para, además, ir al cine y regresar a la habitación comentando la película que acaban de ver.
   …
   Después de enterarme de que había sido engendrado bajo la influencia de Le notti di Cabiria, convertí a Fellini en mi director de cabecera (más aún cuando mi madre me contó que, si hubiera sido niña, me habrían llamado Cabiria). Vi todas sus películas y, aunque muchas son más brillantes y están más logradas, es la única que conservo (como conservo la anécdota que contaba el poeta Evtushenko: en un viaje a Groenlandia, en una de esas noches blancas que duran casi seis meses, el poeta vio cómo, sobre la vela de una embarcación ballenera, en medio de la nada, un esquimal proyectaba la película de la prostituta romana, y cómo todos los espectadores se emocionaban y se reían).

Sergi Pámies, “La bicicleta estática”, págs. 11/13/14, Edit. Anagrama, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.43

“El cine es un medio potentísimo de sumar vidas a su vida e incrementar así el caudal de experiencias propias para su uso prudencial en el futuro”.

Juan Antonio Rivera, “Lo que Sócrates diría a Woody Allen”, pág 305, Edit. Espasa, Madrid, 2003
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.44

   “Las mentiras de Casablanca, como las de Don quijote o Hamlet, se prolongan en el tiempo (¿quién aceptaría ahora, por ejemplo, que el actor que da vida al pianista no sabía tocar el piano o que la frase «tócala otra vez, Sam», que presuntamente dice Ingrid Bergman y que es la más famosa de toda la película, no se dice ni una sola vez en toda ella?) y cristalizan en toda la leyenda que rodea a sus imágenes. Ya lo descubrí la tarde que llegué a Casablanca. Ciertamente, no pensaba encontrar el aeropuerto que había visto en la película (que era solo un decorado) ni la ciudad que, a través de ella, había ido poco a poco idealizando. Pero tampoco esperaba encontrar un lugar tan feo y despersonalizado. Porque Casablanca, la vieja ciudad costera, sinónimo de cosmopolitismo y aventura, la de los barcos y los burdeles, de los cambios de sexo, la mayor aglomeración urbana del continente africano después de El Cairo con sus cinco millones de habitantes, sólo tiene de cinematográfico el brillo de sus palmeras y el perfil de sus mezquitas cuando canta el muecín a la caída de la tarde. Ni siquiera su medina, pequeña y nada atrayente, y sus cafés más antiguos recuerdan ya la ciudad que nos contó Casablanca.”

Julio Llamazares, “Nadie escucha”, págs. 81/82,  Edit. Alfaguara, Madrid, 1998.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.45

NADIUSHKA

cuántas pajas nos hicimos, oh nadiushka,
mirando en las revistas prohibidas
tus tetas y tu culo,
tu cara de no importa lo que me hagas
no voy a sentir nada
si se cobrasen derechos de autor
por las pajas que has inspirado
te hubieses hecho millonaria a nuestra costa

y ahora, treinta años han pasado
y dicen los periódicos
que mendigas en las puertas traseras
de los supermercados,
peleas con una legión de zombies
por yogures caducados, fruta rota,
unos bistecs a punto de gusano,
dicen que vives olvidada de quien fuiste
y sospechan que vendes el cuerpo por dos duros
en una calle céntrica

debería ir a salvarte,
buscarte en la puerta trasera de algún supermercado
luchar contra los zombies
y obtener para ti las frutas menos corrompidas, los yogures
que caduquen mañana, los bistecs
que aún no sean un nido de gusanos
debería ir a decirte que recuerdo
las noches anchas en las que a escondidas
mirábamos tus fotos
deseábamos hundirnos en tu carne tensa
nadiuska
nuestro primer amor

deberíamos ir a darte
tus derechos de autor
por las cientos de pajas
que nos hicimos fantaseando
que venías a dejarte
morder las tetas
que hundiésemos la lengua entre tus piernas

y deberíamos prestarte el cuarto de invitados
servirte tres comidas cada día
y besarte en la frente cada noche
y darle una patada en la cabeza al tiempo
y a su eficaz aliada
la zafia realidad
en la que sólo eres la mendiga
que no se acuerda que un país entero
se masturbaba fantaseando con ella.

Juan Bonilla, “Cháchara”, págs. 16/17 Edit. Renacimiento, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.46

ANTE ESTA NUEVA IRRUPCIÓN DE B-16 en nuestras vidas, intentaré contarles sucintamente como me siento. Hay una película de Blake Edwards, titulada 10, la mujer perfecta (1979), que contiene una secuencia en la que salgo yo. Está el protagonista con un clérigo en casa de éste, y entra la sirvienta con la bandeja del té. La mujer tiene unos 120 años –o quizá 2011-, va encogida, es cegata, se carga el servicio con tazas y tetera; junto a la chimenea, un gran danés. Con aspecto de haber pasado por todo, permanece atento. Cuando, por fin, la anciana inicia la retirada, la venerable suelta un cuesco en estéreo que te hace saltar de la silla. De inmediato el gran danés se larga, despavorido. “¿Y eso”?. Pregunta el protagonista. “Es que cada vez que la señora Kissell lanza una flatulencia, le pegamos al perro”.
   Así me siento yo. Como el perro. Huele mal y encima nos apalean. Indignémonos, pues.

Maruja Torres, Sangre fácil, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.47

   “El Rialto se me presentaba como el único sitio moderadamente seguro de todo el deprimente barrio, el único sitio donde aún podías encontrar algo de comer y dar cuenta de ello con tranquilidad, sin estar todo el rato pendiente de qué desgracia va a desplomarse sobre la cabeza, dejándote convertido en alfombra, como le pasó a Peewee. Sala de cine y hotel de mala muerte, al mismo tiempo, el Rialto permanecía abierto las veinticuatro horas del día. La mitad del público estaba allí sólo para dormir: era más barato que unaq habitación y más abrigado que la calle. Se le conocía por el cariñoso apodo de la Casa de los Picores, y casi todas las ratas lo evitaban, por los bichos —una voraz población de pulgas y piojos—, y también por la hediondez: una hedentina viejos y a pobres, a sudor y otras excreciones, mezclada con el hedor de los pesticidas y desinfectantes que echaban una vez a la semana. Pero a mí, dado mi temperamento, aquello me valía la pena. El Rialto proyectaba películas antiguas desde la mañana temprano hasta la media noche, unas cuarenta, quizá, y las reponía continuamente, en un intento de mantener su fachada de zarrapastrosa respetabilidad. Luego, cuando llegaban las doce de las noche y tanto los buenos ciudadanos como los censores estaban ya bien arropaditos en sus camas, y los policías podían mirar a otro lado sin peligro, la programación pasaba a ser pornográfica. En cuanto daban las doce, en mitad del rollo, se oía un ruido y cesaban los saltos de fotograma y los rasguños y los parpadeos de Charlie Chan o Gene Autry. Enseguida sobrevenía la más completa oscuridad y, luego, el proyector recuperaba la vida en un zumbido, y hasta el sonido parecía más joven, mucho mejor. El cambio era espectacular…”

Sam Savage, “Firmin”, págs.. 80/81, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.48

   Mientras Karin relataba esa historia, recordaba cómo la contaban sus padres, riendo e interrumpiéndose mutuamente de aquella manera que tan propia les era. Ted siempre mencionada el precio del coche, la marca y el año de fabricación (Studebaker, 1947), y Rosemary decía que la puerta del acompañante no abría y contaba que Ted tenía que salir y dejarla entrar por la puerta del conductor. Y él contaba lo pronto que la llevó a ver su primera película —aquella misma tarde— y que la película era Con faldas y a lo loco, y cómo él salió a la luz del díacon manchas de carmín por toda la cara, porque lo que quiera que fuera que las chicas se hacían con sus pintalabios para que no se notara, empolvarse o lo que fuera, Rosemary no sabía hacerlo. «Era muy entusiasta», decía él.

Alice Munro, “El amor de una mujer generosa”, pág. 213, Edit. RBA, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.49

HELIOGÁBALO

No tengo hambre,
en realidad acabo de comer,
pero a nadie le amarga un dulce
y además,
a lo tonto, a lo tonto,
ya va siendo hora
de la merienda.

No puedo evitarlo.

Miro a mis empleados
como un tiburón blanco
a los bañistas.

Almudena Guzmán, “Zonas comunes”, pág. 10, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.50

LUPE

Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos
      ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escucharla referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía la cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.  

 ROBERTO BOLAÑO, “Los perros románticos”, pág. 25, Edit. Acantilado, Barcelona, 2006)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.51

   CHICA tierna, comprensiva, abierta a todo, busca varón entre 37 y 39 años, madrugador, cinéfilo, sin ex celosas, amante del montañismo y la poesía petrarquista, Piscis o Géminis. Abstenerse bromistas, vagos e informales.

Andrés Neuman, “Hacerse el muerto”, pág. 77, Edit. Páginas de Espuma, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.52

Decidimos elegir la historia de La pequeña florista.
De las tres películas que habíamos visto en la cancha de baloncesto de Yong Jing , la más popular era un melodrama norcoreano cuyo personaje principal se llamaba «la chica de las flores». Se la habíamos contado a los campesinos de nuestra aldea y, al finalizar la sesión, cuando pronuncié la frase final imitando la voz en off, sentimental y fatal, con una ligera vibración en la garganta: «Dice el proverbio: un corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese. Y sin embargo, ¿no era bastante sincero el corazón de la chica de las flores?». El efecto fue tan grandioso como durante la auténtica proyección. Todos nuestros oyentes lloraron; ni siquiera el jefe del poblado, por muy duro que fuera, pudo contener la cálida efusión de las lágrimas que brotaban de su ojo izquierdo. Marcado aún por las tres gotas de sangre…

Dai Sijie, “Balzac y la joven costurera china”, pág. 43, Edit. Salamandra, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.53

Celluloid Heroes
Todo el mundo es soñador, y todo el mundo es una estrella,
y todos salen en las películas, sin importar quiénes sean.
Hay estrellas en cada ciudad,
en cada casa y en cada calle,
y si caminas por Hollywood Boulevard,
sus nombres están escritos en el hormigón.
No pises a Greta Garbo mientras caminas por el bulevar,
parece tan débil y frágil; por eso intentaba ser tan fuerte.
Pero la convirtieron en una princesa
y la sentaron en su trono.
Pero ella le dio la espalda al estrellato
porque quería estar sola.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Rodolfo Valentino parece seguir muy vivo,
y mira los vestidos de las mujeres que pasan cerca de él
Evita pisar a Bela Lugosi
porque es probable que te muerda,
pero quédate cerca de Bette Davis
porque la suya fue una vida solitaria.
Si le echases basura encima,
George Sanders seguiría teniendo estilo,
y si pisotearas a Mickey Rooney
se daría la vuelta y sonreiría.
Pero, por favor, no pises a la adorada Marilyn
Porque no es muy fuerte.
Tendría que haber sido de hierro o acero,
pero sólo era de carne y hueso.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Todos el mundo es soñador, y todo el mundo es una estrella
y todos están en el mundo del espectáculo, sin importar quiénes sean.
Y todos los que tengan éxito,
que siempre tengan cuidado.
El éxito va mano a mano con el fracaso
a lo largo de Hollywood Boulevard.
Ojalá mi vida fuera una película de Hollywood sin fin.
Un mundo de fantasía, de héroes y villanos de celuloide,
porque los héroes del celuloide no sienten el dolor
y los héroes del celuloide nunca mueren.
Puedes ver a todas las estrellas mientras caminas por Hollywood Boulevard;
algunas que reconocerás, y otras de las que ni siquiera has oído hablar.
Gente que trabajó, sufrió y luchó por la fama.
Algunos que lo consiguieron y otros que sufrieron en vano.
Los héroes del celuloide no sienten el dolor
Los héroes del celuloide nunca mueren.
Ojalá mi vida fuera una película de Hollywood sin fin.
Un mundo de fantasía, de héroes y villanos de celuloide,
porque los héroes del celuloide no sienten el dolor
y los héroes del celuloide nunca mueren.

                                  The Kinks. Celluloid Heroes
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.54

   No recuerdo el cine; era el Gran Vía o el Rialto. Lo que sí recuerdo es la impresión que me causó aquel suntuoso y reverencial espacio en el que desembocamos después de subir por las escaleras interiores. Yo nunca había visto antes semejante altura de techo, ni la platea rematada con barandilla de latón y volcada en el vacío al patio de butacas, ni tanta gente sentada, ni el impresionante escenario cubierto por una gigantesca cortina… en fin: lo más parecido a ese espacio que yo pudiera conocer era la iglesia del colegio, y quizá por ello la sensación que me invadió fue de unción religiosa. Y mientras me revolvía  y miraba a todos lados y cambiaba nerviosas miradas con mi tía y me sentía conmovido por participar en aquel escenario grandioso, las luces se atenuaron hasta alcanzar la oscuridad, todo el espacio se concentró —y yo con él— en el lienzo blanco que descubrieron las cortinas, la luz lo iluminó y, ante mi asombro, la vida empezó en la pantalla…

José María Guelbenzu, «Sesión de polo de limón», 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.55

LICHT FÜR BERLIN

Nuestros pies en Berlín
(un 38 y un 42
pisando el alquitrán del aeropuerto).
Dos grados bajo cero.
Niebla como en la escena
final de Casablanca
[Ilsa: «Anoche dijiste….»
Rick: «Anoche dijimos muchas cosas»].
Nuestros pies tan normales,
acompasados, lentos,
pisando el suelo de Berlín, lejano
como el miedo a volar
(parece mentira pero llevamos
once años ya sin levantar el vuelo).
Nuestros pies en Berlín.
La nieve. El muro. El viento.
El holocausto (humano,
demasiado humano). Kreuzberg.
Las salchichas. Los tilos. Billy Wilder.
Vino caliente en vez de guerra fría.
Ropa de abrigo. Historia,
aquí y allá la Historia rodeándonos.
Nuestros pies en Berlín
acompasados, lentos,
sobre la nieve blanda y limpia.
Nuestro Berlín la noche
de fin de año: doce
ostras abiertas sobre la toalla
del hotel, vino blanco,
champán, salmón, caviar
(eso decía, vaya, la etiqueta).
Las largas avenidas alumbradas,
el olor de pólvora, las uvas
en los bolsillos de la cazadora.
Nuestros pies en Berlín. La gente,
aquí y allá la gente (sola, junta)
caminando en manada hacia la puerta
de Brandenburgo, el aire
frío en la cara y en las manos,
tus ojos (luz para Berlín tus ojos).
Nuestros pies en Berlín,
la nieve, la nieve por todas partes.
Todo eso era Berlín. Todo eso
éramos nosotros. Ya sabes
a lo que me refiero.

Julio Rodríguez, “Doméstica”, págs. 55/56, DVD Ediciones, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.56

   “El cine de verano estaba a las afueras del pueblo, sobre una colina llena de pinos y eucaliptos que refrescaban el aire bochornoso. Era un cercado enorme, probablemente una antigua discoteca o pista de verano, porque contaba con una larga barra de bar, protegida por un tejadillo, e infinidad de mesas metálicas y sillas entre parterres, muros blancos con hornacinas y espacios reservados con celosías de madera y matas trepadoras de celindas y jazmín que, en los tiempos discotequeros, debieron de cumplir una función de intimidad fragante y dichosa. El sitio era grandioso, realmente. Jorge calculó que allí podrían caber perfectamente los dos mil habitantes del pueblo. Al fondo se alzaba una pantalla blanca, tensada con vientos en un bastidor metálico. Jorge pidió un cubalibre en la barra y ocupó su silla y su mesa.

   La película anunciada era El último emperador, del italiano Bertolucci: una superproducción histórica de las que ya no se hacían, larga, caudalosa y poblada de miles de chinos auténticos. Jorge vio con sorpresa como el público afluía al recinto en masa, como si en aquel pequeño pueblo hubiera una sed de cine semejante a la suya, insatisfecha por los mezquinos poderes locales. A ojo, sí que estaba allí todo el pueblo, dos mil personas cabalmente contadas, pero a Jorge le resultó muy extraño no conocer a nadie, a pesar de que por su despacho habían pasado casi todos los vecinos más de una vez…” 

César Martín Ortiz, “Paso de contarlo”, págs. 36/37, Edit. ALCANCÍA, Jaraíz de la Vera, 2004
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.57

AL SALIR DE UN CINE

Nunca es triste el recuerdo
de aquellos viejos cines, porque fueron
una ilusión que nunca llegará
a ser una mentira.
Ese débil velo de luz de la película
se queda unos instantes en mis ojos.
Se han ido las mujeres de aire y sombra,
pero ellas me han dejado sus sonrisas
para no volver solo
a ese lugar que nunca fue.

Joan Margarit, “No estaba lejos, no era difícil”, pág. 55, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.58

18
   A mi vecina coja nunca la vi fuera de casa. Mi vecina coja tenía un cine exín y yo bajaba a su casa a ver el cine exín. Su madre nos encerraba en el cuarto de la Coja, apagaba las luces y nos ponía el cine exín. Películas del Pato Donald y de Mickey y de Popeye. Me aburría mortalmente con la coja. A mí me gustaba Coyote.
   Era coja y llevaba bigote, como pelusilla. Era mayor que yo y era cojita. Ahora me parece que era muda. También. Su madre nos ponía el cine exín. No hubiera corrido detrás de su braga ni por todas sus películas de Disney. La cojita y el gordito. Una pareja estupenda.

91
   La coja tenía los ojos blancos. O se le ponían blancos, a veces. Llevaba un jersey azul de pico y debajo un jersey de cuello cisne. Y medias hasta la rodilla. Una de las medias se le quedaba en el tobillo y estaba todo el tiempo subiéndosela. La cojera de la cojita. Era un cine exín mudo y los dos estábamos muy callados. Había un silencio de esos que te meten debajo de la cama.

95
   En casa de la Coja había pan bombo. En casa de la coja había de todo. Hasta un cene exín con películas de Donald y cine mudo. En casa de la Coja había un pupitre y una pizarra. Y todas las nancys y todos los pepones y cientos de muñecas. Y un cuarto sólo para el cine exín. Ella estaba sentada en el pupitre de juguete y a ella se le ponían los ojos blancos como un váter.

148
   La cojita era como enana. Tenía los ojos muy blancos. Apenas se le veía la pupila. Estaba sentada sobre el suelo. Le gustaba una película de Popeye. Oliva estaba encerrada en casa de Brutus y Popeye la rescataba. Eso quería la cojita. Que yo rompiera los hierros de la pierna. O algo así. Parecía agarrada al suelo. No hablaba nada. No decía nada. Y yo no decía nada. Ella se reía con Popeye. Los ojos blancos. Y su madre decía «Qué bien os lo pasáis, ¿queréis un tigretón?» y cosas así. Yo apoyaba la cabeza contra la pared y miraba a Popeye abriendo latas y latas de espinacas.

Félix Romero, “Dibujos animados”, Edit. Anagrama, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.59

CINE MUDO

No es que le falta
       el sonido,
     es que tiene
       el silencio.

Fina García Marruz, “Cine mudo”.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.60

HINMO A VENUS

Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.

Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos.
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.

Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche.

amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
Gimen gemas de jades y jazmines.

Jaime Siles, “Semáforos, semáforos”, 1990
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.61

Fue casualidad que, estando en éstas, llegara papá con aquellas entradas para el cine de la Fábrica de Armas. «Las zapatillas rojas», anunció, y mamá sonrió mirándole de frente como si fueran otros tiempos.
Y allá que os fuisteis todos, por el campo adelante, sobando el papelillo azul con una banderita en la esquina, Sesión de cine. Día de la Unificación. Si Sani no te hubiera preguntado qué quería decir lo de la unificación, tú misma habrías tenido que preguntárselo a alguien. De la unificación de familia, respondiste sin mala conciencia. Y al ver, caminando delante de vosotras, a mamá del brazo de papá, a Pili y a Manolo de mano de la vecina, y al abuelo trotando cerca de ella, tuviste la certeza de no haberla engañado.
Si fuera por los niños, habríais ido al trote. Pero los mayores preferían aprovechar el paseo, por algo habíais salido con tiempo de sobra, una tarde tan buena después de tanta agua. Pero luego mamá fue torciendo la sonrisa y ya no parecía tan animada al ver a aquella gente que salía de sus casas, con una silla a cuestas, cuando os fuisteis acercando al Poblado, que era donde vivían los hombres de la fábrica. Algunos se os fueron juntando en el camino y papá tan feliz, saludando a unos y otros, por qué conocería papá a aquella gente que vivía tan lejos, a aquellas mujeres con mandil que se pararon a hablar con él y a una le dio unas palmadas en la espalda y mamá se soltó de su brazo y siguió sola, sin esperarle, y a ti no te gustó.
Claro que era verdad que el cine no parecía un cine, pero hubieras preferido que mamá no lo dijera en voz alta. Menos mal que por fin se apagaron las luces y poco a poco la gente fue quedándose quieta y todos se mandaron callar unos a otros. Las letras con título de la película y los nombres extranjeros de los artistas dejaron de correr por el techo, encontraron la pantalla y se quedaron allí. El trueno de la música fue amainando y empezó la película.

Enriqueta Antolín, “La gata con alas”, págs. 76/77, Edit. Alfaguara, Madrid, 1992
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.62

   Abundaban los comercios de toda índole y había también un cine en el que se exhibían películas pornográficas. Me quedé paralizado cuando vi salir del cine a Beatriz, acompañada por un hombre muy moreno y sumamente guapo. Los dos parecían risueños e iban bien abrigados. Se quedaron un instante detenidos ante una tienda de ropa y acto seguido desaparecieron tras la puerta de un inmueble de la plaza, de apariencia modesta.
   Me acerqué al cine para informarme de la película que acababan de ver Beatriz y su acompañante. Sorprendentemente se trataba de una película sobre el más allá que se titulaba El diablo en Miss Jones. Con asombro leí el cartel publicitario del filme que rezaba así:
  
   «Justine Jones, una mujer casta y cansada de su vida rutinaria, se suicida. Tras su muerte, llega el momento del juicio en el que se decidirá si merece el Cielo o el Infierno. Como gracia divina destinada a compensar la pobreza sexual que caracterizó su existencia, a Miss Jones se le otorgará el don de volver a la vida para que pueda disfrutar de los placeres terrenales. Su nueva vida oscilará entre la lujuria y el desenfreno. Una vida dedicada por entero al placer carnal.»    

   Me quedé sobre todo con la última frase: una vida dedicada por entero al placer carnal. ¿Sería ahora ese el nuevo proyecto de Beatriz?, me pregunté poco antes de sacar la entrada para asistir a los sofocos de ultratumba de Miss Jones…

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, pág. 184, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.63

EL RETORNO (fragmento)

… Es decir, no soy un patán. Objetivamente hablando siempre he estado lejos de ser un patán. Estudié empresariales, es cierto, pero eso no me impidió leer de vez en cuando una buena novela, ir de vez en cuando al teatro y frecuentar con más asiduidad que el común de la gente las salas cinematográficas. Algunas películas las vi por obligación, empujado por mi ex esposa. El resto las vi por vocación de cinéfilo.
   Como tantas otras personas yo también fui a ver Ghost, no sé si la recuerdan, un éxito de taquilla, aquella con Demi Moore y Whoopy Goldberg, esa donde a Patrick Swayze lo matan y el cuerpo queda tirado en una calle de Manhattan, tal vez un callejón, en fin, una calle sucia, mientras el espíritu de Patrick Swayze se separa de su cuerpo en un alarde de efectos especiales (sobre todo para la época), y contempla estupefacto su cadáver. Bueno, pues a mí (efectos especiales aparte) me pareció una estupidez. Una solución fácil, digna del cine americano, superficial, nada creíble.
   Cuando me llegó mi turno, sin embargo, fue exactamente eso lo que sucedió. Me quedé de piedra. En primer lugar, por haberme muerto, algo que siempre resulta inesperado, excepto, supongo, en el caso de algunos suicidas, y después por estar interpretando involuntariamente una de las peores escenas de Ghost. Mi experiencia, entre otras mil cosas, me hace pensar que tras la puerilidad de los americanos a veces se esconde algo que los europeos no podemos o no queremos entender. Pero después de morirme no pensé en eso. Después de morirme de buen grado me hubiera puesto a reír a gritos.
   Uno a todo se acostumbra…

Roberto Bolaño, “Relatos”, pág. 327,Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.64

Toda la resistencia francesa contra los nacis se puede resumir en esta secuencia cinematográfica: un tipo solitario de pie, apoyado en su bicicleta fuma un cigarrillo junto a los raíles del ferrocarril; lleva un periódico doblado bajo el brazo que tal vez le sirve de contraseña; pasa un tren de mercancías con un pitido desgarrado y poco después se oye una gran explosión no muy lejana; a continuación empieza a sonar la voz de Ives Montand entonando la canción de los partisanos en honor al camarada dinamitero que ha hecho saltar el convoy por los aires; el jefe de estación le guiña un ojo; el tipo monta en la bicicleta y se aleja canturreando.
Murió en Senlis, en 1991. Está enterrado en el cementerio de Pére Lachaise, junto a Simone Signoret, a pocos pasos de la Avenida de los Combatientes Extranjeros Muertos por Francia, pero en cualquier lugar del mundo seguirá pasando un tren y en una estación perdida siempre habrá un resistente apoyado en su bicicleta con un cigarrillo en los labios.

Manuel Vicent, “Dinamitero con un cigarrillo en los labios”, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.65

   Ahora en verano, los chicos llevan esos chalecos sin nada debajo que a mí me parecen cosas de trincharaire, de golfo de poca monta, pero que dicen que es la última moda. Pues bien, Vicente ya iba así hace veinte años,como si fuera uno de los golfos de West Side Story, pero sin ser golfo, es decir, como un señorito voluntariamente disfrazado de golfo y en plan provocador. Además el tío «estudiaba». Ycuando decía lo que estudiaba es que en el barrio nos descojonábamos. Estudiaba «ballet moderno», es decir, ese ballet que entonces sólo bailaba Gene Kelly, aunque mi madre decía que mejor que Gene Kelly había sido Fred Astaire, un tío con aspecto de bacalao muerto de hambre que bailaba como un ángel.

Manuel Vázquez Montalbán, “Los alegres muchachos de Atzavara”, pág. 15, Seix Barral, Barcelona, 1987
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.66

Conocerte

Dónde compraste el bolso que te pusiste el sábado para venir
al cine. Lo que llevabas dentro y en qué orden fuiste metiendo
todo, la forma en que cerraste luego la cremallera para venir
a verme. Cuándo y con quién fumaste la primera calada. Si
has extrañado el mar en estos meses. Algo que nunca harías.
Algo que siempre haces. Tu chiste favorito. Cosas que te dan
miedo. Qué pensaste aquel día cuando vimos la escena de los
niños con sed, aquellos pocos secos, mientras yo me movía
en el asiento para encontrar tu pierna casualmente tras la
penumbra azul del Métropole. Yo quisiera entender signos de
ti. Tus dos manos, tu vida: esta ciudad. Ser despacio. Llegar, sin
darnos cuenta, a conocerte.

Martha Asunción Alonso, “Detener la primavera”, pág. 41, Edit. Hiperión, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.67

—Hay de sobra, te digo. …pero al entrar en la pajarería es como si hubiese entrado quién sabe quién, el diablo. Loa pájaros se enloquecen y vuelan ciegos de miedo contra las rejitas de las jaulas, y se machucan las alas. El dueño no sabe qué hacer. Los pajaritos chillan de terror, son como chillidos de buitres, no como cantos de pájaros. Ella le agarra la mano al muchacho y lo saca afuera. Los pájaros enseguida se calman. Ella le pide que la deje irse. Hacen cita y se separan hasta la noche siguiente. Él vuelve a entrar en la pajarería, los pájaros siguen cantando tranquilos, compra un pajarito para la del cumpleaños. Y después… bueno, no me acuerdo muy bien como sigue, tengo sueño.
—Seguí un poco más.
—Es que con el sueño se me olvida la película, ¿qué te  parece si la seguimos mañana?
—Si no te acordás, mejor la seguimos mañana.

Manuel Puig, “El beso de la mujer araña”, pág. 14, Seix Barral, Barcelona, 1987
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.68

“La invité a pasar y la ofrecí un café.
No tendría ni veinte años. Una fina cara judaica, de grandes ojos oscuros, que podría haber sido interesante y hasta hermosa si ella no se esforzara tanto en comportarse como un personaje de comedia. Un cuerpo pequeño y duro, hermoso y pleno, que subrayaba con un vestido demasiado ajustado como para ir al dentista. Tuve la impresión de que su modelo existencial era esa idiota erótica que hemos visto en tantas películas con distintas caras y nombres. No estoy presumiendo de perspicaz: movía las caderas al andar, adoptaba poses increíbles, decía “cariñín” y cosas semejantes. Me pareció una muchacha de más que mediana inteligencia que se comportaba como una estúpida por parecer, como ella decía, sofisticada”.


César Martín Ortiz, “Biyú” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), págs. 51, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.69

 El hombre que caminaba sobre el periódico, con la mirada redonda y cómplice que le conquistó el mundo, era Marcello Mastroianni en la última escena de la película Sostiene Pereira. La cabeza del diario, que dirige una mujer brava, decía simplemente «Ciao Marcello». Todo de un golpe, no me quedó más remedio que sentarme a llorar: huérfana y viuda. Marcello Mastroianni, decía  la nota, murió de cáncer de páncreas, sabía de su mal hacía más de un año, lo escondió para seguir trabajando.
   Mastroianni era de la generación de mi padre, de la misma generación de padres que añoran tantas mujeres. Pero era también —sigue siendo— de la misma generación que fueron todos los novios que podamos llorar alguna vez. Penamos con su muerte tantas pérdidas, como fantasmas y fatasías haya querido darnos la vida. Ahí estaba su truco y su grandeza, en la serie inacabada de personajes que fue, que lo dejamos ser, mientras la oscuridad y su maestría nos lo entregaban joven, ardiente, sabio, desencantado, hermoso, viejo, cien veces entrañable como el agua y los misterios. A la mayoría de los actores uno los mira, los aprecia, como a personajes lejanos que hacen bien, incluso muy bien un trabajo que consiste en fingir cercanía. Muchos de ellos harían silbar a las mujeres, actores cuya sonrisa llevaría multitudes a una cama, hombres cuyos ojos, manos y piernas ayudan a fantasear cuando la tarde amenaza con tedio y se busca en el cine un afán con que matarlo, seres con los que casi toda mujer agradecería un romance. Sin embargo, sólo Mastroianni tuvo la destreza y la sabiduría necesarias para hacerles creer a miles de mujeres que él estaría más que honrado de visitar su cama. No para hacer un favor, sino dispuesto a recibirlo.

Ángeles Mastreta, “El mundo iluminado”, págs. 99/101, Edit. Alfaguara, Madrid, 1998
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.70

   La irrupción de Ann-Margret en la vida de los adolescentes de los años sesenta resultó brutal. De hecho creo que fue mi primer enamoramiento platónico que sólo era tal por la falta de coincidencia de las dimensiones en que nos movíamos, ella y yo y mis demás compañeros de clase. Es decir, fue un enamoramiento carnal frustrado, pero enamoramiento al fin. Aún hoy no es difícil entenderlo: si se tiene a bien poner en el video Un beso para Birdie, estupenda comedia musical de George Sidney a la que tanto debe Grease, se verá que lo primero que aparece en la pantalla de panavisión, sin aviso (antes incluso  que los títulos de crédito), es una joven Ann-Margret vestida de semitransparente tela amarilla sobre un fondo azul intenso, cantando y bailoteando la canción Bye Bye Birdie, el título original de la película. Una visión apabullante en la pantalla enorme de los cines antiguos, sobre todo para un quinceañero, cuyos deseos suelen ser indisimulables.

Javier Marías, “Donde todo ha sucedido”, pág. 116, Edit. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005
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  BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.71

Lección del paraguas

La realidad del Lenguaje
es otra realidad,
decía para sí el poeta
caminando por la ciudad.

La realidad del mundo
cantado por el lenguaje
no es la del mundo real
recorrido en cada viaje.

Oh hipócrita lector
que reclamas del poema  
la realidad de la vida,
huye del falso dilema.

Este paraguas abierto
por culpa del temporal
es un objeto irreal
si se abre en un poema.

Cuanto hay en la poesía
de la epopeya al fonema
es otro mundo, el de quién
en un cine engulle escenas.

Lêdo Ivo, “Calima”, pág. 159, Edit. Vaso Roto, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.72

EL ESPÍRITU DE LA VANGUARDIA

Dijo el padre Breton
que en paz descanse:
                                      el acto
surrealista puro
consiste en bajar a la calle pertrechado de revólver
y disparar al azar sobre los transeúntes.

Candidez de literato,
conmovedor angelismo de arcángel letraherido,

que nunca llegó a ver televisión
ni leyó poemas líricos como Terminator
Tetsuo II
Rambo III

La bestia mama de su propia herida.

Señor de las metáforas ora pro nobis,
ora por las pueriles,
ingenuas vanguardias.

Jorge Riechmann, “Futuralgia”, pág. 514, Edit. Calambur, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.73

   —Cuando estuve en Hollywood —dijo Serafín levantando sus manos y dejándolas caer sobre el mostrador—, llegué a actuar en una película.
   Sus ojos estaban tan nublados por la bebida y la edad que parecían colgar detrás de telarañas.
   Alberto y yo nos quedamos en silencio. Sabíamos que Serafín necesitaba tomarse su tiempo para contar las cosas. No servía de nada acosarle con preguntas.
   —Era una película —continuó unos minutos después— en la que una especie de hombre pez se enamora de una muchacha y la sigue a todas partes. El actor al que encargaron hacer ese papel se llamaba Rico Browning. Era un gran nadador, pero debido a su baja estatura se dieron cuenta de que necesitaban a otra persona para que hiciera las tomas en que el monstruo estaba en tierra. Y ése fui yo.
   —La hostia, Centella —dijo Alberto—, tuvo que ser emocionante.
   —Me hicieron un traje a medida, y yo no podía adelgazar o engordar un gramo durante el rodaje. Un traje similar a una segunda piel. El traje llevaba plomo en las suelas y me impedía sentarme, lo que me obligaba a permanecer hasta doce horas de pie, soportando un calor asfixiante que solamente se aliviaba con mangueras. Pero el rodaje no se llegó a terminar.
   —¿Qué pasó? —Le preguntó Alberto vivamente interesado por el relato.
   —La película de titulaba El legado de la doctora Humbodlt, y su protagonista era Frances Dee, la actriz que me llevó a Hollywood —dijo Serafín, mientras volvía a apurar su copa de ponche.
   Pronunció aquel nombre con esa formidable habilidad de los que aman rescatar de la muerte lomás querido.

Gustavo Martín Garzo, “Mi querida Eva”, págs. 49/50, Edit. Lumen, Barcelona, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.74

   Mientras me seca el pelo, aprovecho para olerla. No me atrevo a preguntarle qué le dicen los hombres cuando vamos al cine o pasamos delante de los colmados de los argelinos. Es un cine decadente en el echan, a buen precio, dos películas por semana. Tiene nombre de filósofo ilustrado porque en este país en el que he nacido pero que no es el mío (me lo recuerdan a todas horas, no vaya a ser que eche raíces) les encanta bautizar las calles, plazas, teatros, cines y auditorios con nombres de eminencias con mala salud y, a ser posible, peluca blanca. Las películas son la materia prima de los juegos. Cada semana es monográfica: gángsteres, sioux, nacis, resistentes, vampiros, mosqueteros, espías, pistoleros. El alud de imágenes alimenta los momentos en los que no ocurre nada, esos en los que la tribu se dispersa para que cada uno soporte obligaciones familiares establecidas más por la costumbre que por propia voluntad.

Sergi Pámies, “La bicicleta estática”, págs. 46/47, Edit. Anagrama, Barcelona, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.75

   Camilo era un mitómano más o menos secreto y sabía que se estaba celebrando en San Sebastián el festival de cine y que se hallaba en la ciudad Audrey Hepburn. Justamente ese mismo día le iban a dar el premio Zulueta de interpretación femenina por su piadosísimo papel en Historia de una monja, película que mi tío había conseguido ver en un pase privado  a fin de poder hablar de ella en Radio Loyola, donde solía intervenir una vez por semana hablando un poco de lo que le daba la gana, pero en tono más o menos pastoral.
   La película le había entusiasmado, y aunque nosotros lo ignorábamos, pues nunca nos decía nada, estaba empeñado en ver con sus propios ojos a la divina monja, cuando cruzara la alfombra del Kursaal.
   Y allí estábamos al anochecer los tres, esperando entre la gente a la puerta del teatro. Y de pronto, apareció ella. Es ella, decía la gente, es la monja de  Historia de una monja. Es la Hepburn. Qué divinidad, ya no parece una monja. ¿Y el collar de perlas?
   —¡Hola! —grité.
   La actriz de dio la vuelta y me miró. Yo había conseguido deslizar la mano entre los barrotes de la valla y noté cómo loa actriz me rozaba con sus uñas de chica destinada a desayunar en el Tiffany cruasanes con diamantes.

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, págs. 57/58, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.76

   Yo tenía  diez años cuando fui testigo de la invasión.
   Como los demás niños, hasta con los ojos vendados podía ir sin equivocarme a la escuela del álgebra y el miedo. Allí nos domesticaban los curas selenitas. Pero de repente las señales del camino desaparecieron: llegaron proyectores, decorados, y hombres vestidos con ropajes de otro planeta. Delante de mí, dificultándome el paso, se situó un muro de carne móvil. La masa de aquel ser poderoso se dirigía lentamente a la tienda de comestibles.
   En nuestro pueblo lunar, al jefe de los invasores, Orson Welles, que cebaba su ingenio con el desayuno diario de un pollo de granja, lo llamábamos Huelles. Todavía no estábamos disminuidos por el orgullo tribal, y él nos observaba con el aplomo de alguien acostumbrado a los extraterrestres. Si en la juventud radió a sus vecinos la afluencia terrible de unos alienígenas, casi treinta años después venía a conquistarnos  para imponer una religión lejana: el cine. Lo sentimos feliz cuando cayó una gran nevada en la aldea y pidió a sus ayudantes que filmasen las primeras secuencias de Campanadas a medianoche, su adaptación de cinco piezas de teatro de otro terrícola llamado William Shakespeare.
Aunque nos anunciaron la visita, no encontré por las calles a una evangelizadora francesa,  Jeanne Moreau, que luego me turbaría desde las pantallas.
   En la última semana de rodaje, el cineasta cruzó un puente de piedra y se detuvo frente a la puerta de una casona. Miró los hierros o maderas como si fuesen partículas de algún asteroide caído y, hechizado por el antojo, preguntaba cual era el precio. El dueño no quería vender su humilde objeto. Nunca aprenderíamos tanto de un diálogo sin entendimiento.
   Los comparsas de la película se quitaron entonces sus disfraces y vieron una imagen que superó las fantasías del cine.
   Huelles contaba inútilmente sus monedas ante la puerta demasiado grande para un pequeño dios.

“Fracasos de Dios”, Francisco Javier Irazoki, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.77

   Cuando pasaba por la calle Champollion, veía a Werner. La cabina de proyección daba a una calle en cuesta. Abría la puerta para ventilar. Su jefe había comprado el cine de al lado y atendía dos salas. Trabajaba el doble. Como las sesiones no coincidían, no le importaba. Cuando tenía un momento de tranquilidad, antes del cambio de rollo, se fumaba un cigarrillo en el umbral. Cruzábamos unas cuantas trivialidades. Me proponía que viera las películas gratis. Casi siempre rechazaba la invitación. A veces, en el Club, nos avisaba de que iban a echar una obra maestra que no había que perderse bajo ningún concepto. La cabina estrecha no era demasiado cómoda y los proyectores hacían demasiado ruido. Cuando la sala no estaba llena conseguía que su amiga, la acomodadora, nos dejara sentarnos en los asientos abatibles. Las películas extranjeras con subtítulos que echaban en los cines eran un peñazo en el que no paraban de hablar. Las comentaba demasiado. Yo no me  atrevía a decirle que me parecían una lata y evitaba pasar por la calle Champollion. Debió de notarlo y mantenía las distancias. Hay libros que debería estar prohibido leer demasiado pronto. Los desperdiciamos. Y pasa igual con las películas. Habría que ponerles una etiqueta: no verlo o no leerlo antes de haber vivido.

Jean Michel Guenassia, “El club de los optimistas incorregibles”, págs. 185/186, RBA libros, 2010.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.78

Fuimos a ver una película al cine Norte. El cine norte estaba al otro lado del río. Era como si estuviera en el infierno. Era de noche y hacía frío. No había nadie. Y allí delante de mis narices de sentó Paco Morán. Paco Morán iba con dos chicas. Guapas. Llevaban abrigos de pieles. Se sentaron delante de mí. La película era de Louis de Funes. Una película en la que se caía en una máquina de hacer chicle de una fábrica de chicle. Salía de la máquina de hacer chiche todo pringado. Era la imagen de un fantasma llena de chicle. Y allí estaban las dos chicas de Paco morán que no paraban de reírse. No había nadie más en el cine. Louis de Funes, Paco Morán y sus chicas con nosotros. Habría podido pasar cualquier cosa.


Félix Romero, “Dibujos animados”, pág. 92, Edit. Anagrama, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.79

   No sé cómo les puede gustar un local tan burdo como el de Sam; claro que los camioneros son tipos brutos y violentos, y debe de ser por eso por lo que Sam pone películas brutas y violentas. Es algo que me contraría: yo soy una persona pacífica. En parte, si no quise volver allí fue por esa razón, porque ponía películas de violencia, de esas en que la sangre brota continuamente manchando toda la pantalla. Se lo dije y no me hizo caso. Le dije que tenía que poner las películas clásicas, las de antes, que eran las buenas. Le dije que se fijase cómo se hacía una película tan excelente como Quién teme a Virginia Wolf, tan intensa, y sin verter una gota de sangre. Le dije que quitase esas payasadas que solía poner, del tipo Bruce Lee contra Lin Chu. Le dije que eso volvía a la gente tonta, y que les pusiese Casablanca a los camioneros y a sus chicas del bar, que iba a ver cómo se lo agradecían. Le dije que esas películas de sangre no podían traer nada bueno. Le dije que me hiciese caso, que yo era el tipo que más películas había visto de toda la provincia de Ourense Le dije que las películas de antes, las que se hacían en blanco y negro, relajan el espíritu y hacen que uno se encuentre a sí mismo en la pantalla. Se lo dije y me mandó a la mierda, a mí, que me lo debe todo.

Fran Alonso, “Males de cabeza”, pág.95, Edit. Factoría K de los libros, Vigo, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.80

   Y entonces le vimos: alto, con sus anchos hombros tapando casi por completo la entrada de la cocina, sus ojos negros recorriéndonos uno a uno a todos los que allí estábamos, con una mirada entre desconcertada y curiosa, y quizá algo irónica; su grueso y pesado uniforme de soldado de infantería, empapado como el enlodado fondo de un río, feo y arrugado, con el ancho cinturón ciñendo su esbelta figura el tosco chaquetón, dentro del cual apenas se podía mover libremente. Y su rostro: enérgico, como el del padre, con barba de dos días, por lo menos, pálido y demacrado, sin perder por ello sus rasgos duros: su cuadrada mandíbula, sus labios gruesos siempre apretados, su recta y firme nariz. Aunque tenía yo otros dos hermanos mayores que él, Bruno había sido para mí no un hermano, sino «el hermano mayor» que todos los muchachos desean y exhiben ante sus amigos; el ejemplar macho dotado en grado óptimo de todas las virtudes de la especie; la meta final del interminable proceso de infancia y adolescencia; que respira y come a nuestro lado y, a veces, hasta duerme en la misma cama, pero que, sin embargo, llegamos a pensar que tiene algo diferente a nosotros, y que acaso ello sea la sangre, de modo que nos llena de estupor cuando descubrimos que es roja como la nuestra; pero ni aún entonces cambiamos de parecer; buscamos una explicación y la hallamos en el razonamiento de que al héroe, al superhombre, al «chico bueno» de las películas del Oeste, cuando cae en plena lucha ­no herido gravemente, sólo hasta el punto de dar un motivo a su rostro para que se contraiga­, lo que sale de su pecho defendiendo la justa causa contra la maldad poderosa y numerosa es también de color rojo.

Ramiro Pinilla, “Las ciega hormigas”, págs.. 59/60, Tusquets Editores, Barcelona, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.81

   Margaret preguntó a los policías si les permitirían fumar. Ninguno de los dos tenía inconveniente, y mientras Manuela salía del despacho para ir a buscar un cenicero, ya que la ley antitabaco imperaba en el recinto universitario, la señora Hogarth sacó del bolso un paquete de More, unos cigarrillos largos y mentolados. Esperó a que la subinspectora volviera para ofrecerle primero a ella y después al inspector. Acto seguido se llevó dos a los labios y los encendió. Con gesto familiar pasó uno a su compañera.
   El humo es bastante favorecedor, pesó la subinspectora, recordando las películas de gánsteres  que más le gustaban, en cuyas secuencias las volutas de los cigarrillos eran unas extraordinarias colaboradoras, proporcionaban misterio, difuminaban la crueldad de la catadura de los asesinos y nimbaban con pequeñas nubes de gloria a los detectives honestos o a los policías incorruptibles.

Carme Riera, “Naturaleza casi muerta”, págs. 52/53, Edit. Alfaguara, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.82

    —No quiero dinero. Me vendría bien, como a todo el mundo, pero no quiero dinero. Si de repente consiguiera un montón de plata me lo gastaría en comprar devedés. Pero yo voy más allá, señor. Al futuro, a ver si me entiende. Y mi futuro está en el cine. Como actor secundario, si fuese posible. No soy muy agraciado, pero puedo hacer de malo. Si me han de matar en el último rollo, no me importa. O de amigo del chico. Soy muy gracioso cuando me lo propongo. Para cantar y bailar no valgo, eso soy el primero en reconocerlo; pero gracioso, sí. Y muy trabajador: en un par de días me aprendo el papel; un día más si es en catalán. Ahora, si ya tienen el reparto completo, puedo entrar en el equipo técnico. En cada rodaje interviene un batallón. Al final de la película salen todos en fila, con su nombre y apellidos. La lista dura media hora. A nadie le importa un carajo, pero ahí están, inmortalizados. Aunque hayan contribuido a un bodrio, se les reconoce el trabajo. Yo quiero estar en la lista, señor, ¡la lista de los elegidos!

Eduardo Mendoza, “El enredo de la bolsa y la vida”, pág. 130, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.83

   Entonces Elvira era alta y tenía unas hermosas formas de mujer, un cuerpo que había evolucionado hacia la plenitud de los treinta años sin los estragos de maternidad. Solía vestir vaqueros ajustados y tenía una nutrida colección de esos jerséis finos con botones que llaman rebecas: pertenecía a una época en la que incontables mujeres decidieron, en algún cine sombrío, parecerse a Joan Fontaine, aunque la belleza seria y española de Elvira tuviese muy poco que ver con la expresión un poco boba de la actriz.

César Martín Ortiz, “Un reflejo en la ventana o diez mil grullas de papel” (relato recogido en “Nuestro pequeño mundo”), pág. 16, Editorial Regional de Extremadura, Mérida, 2000.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.84

NUNCA QUISE SER MONJA. 
A no ser que la monja fuera Ingrid Bergman en Las campanas de Santa María, Audrey Hepburn en Historia de una monja, Shirley MacLaine en Dos mulas y una mujer o Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas. Visto el casting de monjas que inspiraron en mí algún tipo de vocación religiosa, es evidente que lo que yo deseaba es ser una monja que colgara los hábitos en cuanto se acabara el rodaje de la película. Monja de camerino o monja de caravana, si se rueda en exteriores.

Elvira Lindo, “En misa de ocho”, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.85

He muerto con Tessa

He muerto esta noche con Tessa,
desnuda y magullada, en el lago
Tirkana de un Nairobi pidiendo
agua. He muerto a 46 grados, entre
chacales y hienas. Mientras luchaba
con ella, por un África desangrada.

Luego me he levantado, y he vuelto
a mi gran papel de Jardinero Fiel,
acurrucándome en mis lamentables miserias
y mis tímidos y desmadejados principios.

Pero, esta noche, he muerto con Tessa,
buscando el hoyo de Leakey, cuna
de las civilizaciones, luchando cada día
por los derechos de las mujeres rotas
de África y contra la corrupción
de las multinacionales, aunque sólo
haya sido desde el hedor de la muerte.

Ahora mis flores hablan kiswahili,
y yo intento aprender…

Blanca Uriarte, “Deja que el silencio hable”, pág. 45, Edit. Poesía eres tú, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.86

        —Porque un enfermero canta más, por lo mismo, qué hace una tía joven todo el día con un enfermero detrás. Que tuviera un guardaespaldas se entendía, el padre superforrado. Ella podía llevar su vida normal, ya te digo, iba a la Universidad, veinte años, iba a sus fiestas y a sus pijerías, y al psiquiatra, claro, pero no es que anduviera todo el día deprimida y eso, no. Estaba normal una temporada, y era simpática, eh. De repente le daba un ataque y el ataque era siempre suicida, y era imprevisible cuándo. Ni un objeto punzante en su habitación, ni tijeras ni cortaplumas ni nada, ni cinturones con los que poder ahorcarse, nada de pastillas a su alrededor, ni aspirina; hasta los zapatos de tacón, su madre cuidaba de que no fueran muy agudos desde que una vez se había rajado un pómulo con uno de ellos, le tuvieron que dar cirugía plástica, no se le notaba pero se había hecho un buen corte, a lo bestia. Los que tú llevas no se los habrían permitido, menuda arma. En eso la tenían como a los presos, ni un objeto peligroso. El padre estuvo a punto también de quitarle las gafas de sol cuando vio El padrino III, hay allí uno al que matan con unas gafas, con la parte más cortante de la patilla, la hostia, al tío lo habían registrado de arriba abajo y va y degüella al otro con eso. ¿Has visto El padrino III?
        —Creo que no, vi la primera.
        —Si quieres te la dejo en vídeo —dijo Loren amistosamente—. Es la mejor de las tres, a lo grande.

Javier Marías, “Cuando fui mortal”, págs. 145/146, Edit. Alfaguara, Madrid, 1996
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.87

El militar, explorador y escritor
Vladímir Arséniev
debía pensar muchas cosas
cuando todo el campamento
se iba a dormir
y él se quedaba a solas
con la noche siberiana
como yo me quedo a solas,
esta noche,
con mis libros.

A veces coincidimos frente al fuego
y nos tomamos un té
mientras hablamos de Chejov.

El camión de la basura recorre las calles
de la taiga.

La ciudad dilata sus pupilas de tigre.

Almudena Guzmán, “El jazmín y la noche”, pág. 370, Edit. Visor, Madrid, 2012

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.88

   Los libros los salía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre indica, en un sótano) era obligado. A veces llagaba antes de que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.

Roberto Bolaño, “El Gusano”, Cuentos, pág. 76, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.89

   Fue dos días después de su regreso cuando el señorito la hizo la insólita proposición de ahorrar en las comidas y frecuentar más el cine. A la Desi, la muchacha, se la redondearon los ojos: “Mire, lo que es por mí”. Y aquella misma tarde de enfundó de nuevo la rebeca de heliotropo y se perfumó el escote y se fue con el viejo a una sala del centro. La dijo el viejo con delectación: “Qué bien hueles, hija”.  Ella sonrió complacida. Caminaban en silencio y la Desi, al entrar en el cine, se azoró levemente para decirle: “Señorito, el pañuelo”. Él se limpió y musitó un “gracias” inaudible. Ya en la butaca, la muchacha perdió la noción de la realidad. Vivía la farsa con sus cinco sentidos y a ratos sollozaba y a ratos reía frenéticamente golpeándose el muslo con la palma de la mano. La decía el viejo: “Modérate, Desi”. Respondía ella sin mirarle: “Vamos, señorito, que él zángano ese del bigote tiene cada golpe”. Él la advirtió: “No me llames señorito, hija; eso en casa”. A la salida le dijo: “Ande, señorito, que no hace falta valor para pegarse esos besos delante de la gente”. “¿Qué besos, hija?”, preguntó él. “¡Otra! Los del cine —añadió la muchacha—: El Picaza decía…el Picaza decía que todas las del cine son toreras, ya ve”. El viejo Eloy meneó la cabeza: “No generalices, Desi”. Ella abrió mucho los ojos: “No ¿qué?”. Aclaró el viejo: “Generalices, hija. No todas van a ser iguales”. La chica levantó los hombros.
   Ya en casa comentaban las incidencias de las películas. La Desi decía “él” y “ella” para referirse a los protagonistas y del traidor decía siempre “el pelao ese”. Inquiría el viejo: “¿Que pelao, hija?”. Ella se sofocaba: “¡Ande, no se haga ahora de nuevas!”.    

Miguel Delibes, “La hoja roja”, págs. 232/233, Edit. Destino, Barcelona 1999.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.90

ESCAPES
Cuentan que los tiempos duros, protagonizados por la incertidumbre, el miedo y la carestía, siempre fueron productivos en las taquillas de los cines. Vendían ensoñación a precio razonable, eran un refugio cotidiano y sólido, inventaban con estrategia, desvergüenza o convicción finales felices, caldeaban la tristeza. Pero en esta época sombría están vacios, hasta el extremo de que sus ínfimos visitantes nos reconocemos como náufragos en una isla fantasmal que nunca volverá ponerse de moda. La mayoría están destartalados y con olor a defunción, ya no es barato el rito de ir al cine, cuesta demasiado y vano  esfuerzo encontrar una película en la cartelera que te haga flotar…

Carlos Boyero, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.91

En una plaza fuerte

En una plaza fuerte, con gran añoranza por las capitales.
El aparato del cinematógrafo zumbaba y proyectaba sueños
de Greta Garbo, de Rodolfo Valentino.
Pero aquí sólo había el traqueteo de los carros de los campesinos
en día de mercado, aburrimiento y moscas en la pastelería.

Czesław Miłosz, “Tierra inalcanzable”, pág. 398, Edit. Galaxia Gutenberg, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.92

The End

   Al saberse que iban a derribar el cine municipal los teléfonos empezaron a funcionar y fuimos bastantes los que viajamos a nuestra ciudad para decir adiós al caserón donde habíamos aprendido tantos gestos.
   Había que adelantarse a la piqueta desalmada. Cada cual quería quedarse con un recuerdo, los viejos carteles de un transatlántico con las luces encendidas o de apariciones de la Virgen o de los besos de tornillo de una espía rusa.
   Al final, decidieron que habría una voladura controlada. Sería la última película que nos diesen.
   Pero el espectáculo fue que al estampido de la dinamita se espantaron los caballos de la Remonta y rompieron vallas y galoparon por las calles, y todos caímos en la cuenta de que no hubiera podido existir el arte del cine si no se hubieran inventado los caballos.

Antonio Pereira, “Todos los cuentos”, pág. 466, Edit. Siruela, Madrid, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.93

Cuando Judy Garland hizo “El Mago de Oz” no sabía que casi todos los caminos de oro van a dar a la oscuridad, y “Al final del arcoíris” cuenta la última curva de ese viaje de una mujer que corría con el éxito por fuera y el fracaso por dentro: lo ganó todo, un Óscar, un Grammy, un Globo de Oro, un Tony y millones de dólares, pero nunca tuvo nada. Todo el mundo la adoraba a condición de poder explotarla, y ella, había probado el veneno de la fama, se hizo adicta a todos los demás para poder mantenerse en pie: barbitúricos, anfetaminas, alcohol, pastillas para dormir y para despertarse, maridos que fingieran quererla… No sirvió de nada y como cuenta la obra en su penúltima escena, se suicidó a los 46 años.

“Natalia es una ladrona”, Benjamín Prado, 2011.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.94

MANIFESTACIÓN de leprosos,
no autorizada,
en la Gran Vía.

Las fuerzas antidisturbios
de Mesala
han acordonado la zona.

Ni rastro de Charlton Heston.

Almudena Guzmán, “Zonas comunes”, pág. 9, Edit. Visor, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.95

EL FINAL DE LAS HADAS

Ya no creo en las hadas
—les dijo Campanilla a sus amigas—.

Y el suelo comenzó a llenarse
de láminas delgadas
y semitransparentes
del tamaño de un pie.

Cuando escuchó los gritos
y se palpó la espalda,
ya era tarde
para reconocer su cobardía
y enmendarla.

Todas las alas quedaron convertidas
en amasijo de magia triturada.

Campanilla trabaja desde entonces
en un supermercado.

Y dicen que parece feliz.

Julia Conejo Alonso, “Peces transparentes”, pág. 43, Edit. Hiperión, Madrid, 2012.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.96

   En la cinta, el actor Walter Matthau asesora a un amigo que acaricia la idea de tener una aventura sin que su mujer se entere. Ante la sugerencia de utilizar el lecho conyugal aprovechando cualquier ausencia, el amigo confiesa su temor de ser sorprendido in fraganti en una situación de difícil salida. La respuesta se ilustra con una presunta experiencia propia: Matthau está en la cama con una rubia explosiva cuando se abre la puerta y entra la esposa con la bolsa de la compra. Su asombro no tiene límites y, con la boca abierta, sigue la evolución de los amantes que se visten tranquilamente y alisan en tándem la ropa de la cama. Cuando por fin reacciona y empieza a tartamudear, el marido ya está sentado en el sillón leyendo el periódico, mientras su amiga se desliza como un gato hasta alcanzar la calle. A partir de aquí la escena ya es idéntica a la de cualquier otro día. La única diferencia es la mirada del marido, por encima de las gafas: «Me preocupas, querida, aquí no hay ni ha habido nadie». Ésta, tras unos instantes para evaluar la situación, mira la bolsa que lleva en la mano y suspira: «Está bien… te prepararé la cena».
   No hay evidencia que no pueda ser corroída por una negación que decida, de antemano, ser lo bastante reiterativa e innegociable. Tengo en mis manos una piedrecita de condrita carbonácea de 30 gramos. En su interior hay inclusiones de hace 4.700 años… ¡antes de la formación de la Tierra sobre la que se apoyan mis pies! Es un pedacito del meteorito Allende, caído en Chihuahua (México) el 8 de febrero de 1969. Llevo cinco días paseando entre fósiles y minerales. Se calcula que más de ochenta mil personas, entre comerciantes, aventureros, coleccionistas, museólogos y científicos de todo el planeta, se han dado cita aquí en Tucson, para cambiar, comprar y vender piezas, ideas, historias y experiencias: medusas del Precámbrico, trilobites del Devónico, helechos del Pérmico, peces del Triásico, amonites del Jurásico, dinosaurios del Cretácico, insectos del Oligoceno, mamuts del Pleistoceno…, una concentración de evidencias apabullante sobre el pasado de la Tierra. Creyentes de todas las confesiones vigentes claman aquí por la autenticidad de sus tesoros. Y esto ocurre en Estados Unidos, un país donde el (tres veces) candidato a la presidencia, el demócrata Willian Jennings Bryan, lanzara, en los años veinte, una cruzada contra la enseñanza del darwinismo en las escuelas. El eco de aquella campaña aún resuena y, según una encuesta de Gallup de 1993, un 47 por ciento de los americanos opina que fue hace unos diez mil años (años de 365 días de24 horas), cuando Dios creó al ser humano ya bien acabado, tal y como hoy lo conocemos.
   ¡Y qué hacemos con la colosal evidencia del registro fósil? Pues negarla, como Walter Matthau en la genial escena.

Jorge Wagensberg, “El gozo intelectual”, págs. 226/227, Edit. Tusquets, Barcelona, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.97

   Antes de comenzar el largometraje, en todos los cines de proyectaba el NO-DO, en blanco y negro. El protagonista era Franco, que salía pescando o inaugurando pantanos o recibiendo embajadores o en Montejurra con boina y un abrigo que le llegaba hasta los pies. Después rugía el león de la Metro. A la mitad de la película había un descanso y bajaba un gran telón lleno de anuncios. El que yo prefería era el de La voz de su amo, que tenía pintado un perro al lado de un gramófono. Como nos aburríamos, jugábamos en el telón al veo-veo. El descanso suspendía el tiempo del cine. Era un alivio cuando volvían a apagarse las luces y la vida continuaba en la pantalla. Y al llegar el FIN regresábamos al principio, al mundo de las cosas corrientes. Había que volver a casa, como si nada extraordinario hubiera sucedido, aunque acabáramos de ver cómo salía Ulises del Caballo de Troya o cómo saltaba el Zorro desde un tejado sin hacerse nada o a Marcelino Pan y Vino llevando de comer a un crucifijo. Pero llegaba el FIN y sanseacabó.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 242, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.98

   Ignoro si Chita tuvo algún Oscar. Sí lo obtuvieron Rin Tin Tin y la perra Lassie, pero Chita no tuvo ni su estrella en el Paseo de la Fama. Aunque lo importante es que, tras el estrellato cinematográfico, tuvo una vida feliz. No como otros animales que después de trabajar en el cine sufrieron una vejez o una muerte terribles. En el rodaje de “Babe”, murieron 48 cerditos porque los engordaban tanto que pronto quedaban inútiles; en el de “Las aventuras Chatrán”, fallecieron 65 felinos; hace pocos años la elefanta Akili murió de un infarto en el rodaje de la teleserie que protagonizaba, ya que, pese a haber sido adiestrada para subir por una rampa, a la hora de bajar no supo cómo hacerlo y murió del susto. En fin, no sigo  enumerando desgracias. Solo una más: Leo, el león más famoso de los filmes de la Metro, terminó en un mísero hospicio para animales abandonados. Y, según reza en Internet —citando a La Stampa—, en ese mismo lugar terminó sus días, hace años, ¡la mona Chita!, que descansa detrás de una tapia, bajo una lápida sin nombre. O sea que la Chita fallecida hace ahora un año no era la verdadera Chita de las películas de Tarzán, o quizá era una de las varias Chitas utilizadas en el rodaje de la serie. Prefiero no saberlo. Para terminar este terrible año, prefiero imaginar a Chita dedicada al arte de la pintura en una reserva de chimpancés, rodeada de cariño y fingiendo taparse los ojos con las manos pero mirando, entre la rendija formada por dos dedos tramposos, las estupideces que seguimos cometiendo los humanos.

Ana María Moix, “La mona Chita”, 2012     
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.99

¿Viviríamos dominados, como escribió Orwell, por una vigilancia represiva y un estado de seguridad que utilizaría formas de control brutales y violentas? ¿O, como Huxley imaginó, nos sentiríamos fascinados por el entretenimiento y el espectáculo, cautivos de la tecnología y seducidos por el derroche consumista que envolvería nuestra opresión? Pues ha resultado que ambos, Orwell y Huxley, tenían razón. Huxley fue capaz de imaginar la primera fasede nuestra esclavitud. Orwell la segunda.

Como Huxley predijo, el estado de las corporaciones nos ha ido despojando gradualmente, seduciéndonos y manipulándonos con gratificaciones sensuales, artículos baratos producidos en masa, crédito sin límites, teatro político y diversión. Mientras nos iban entreteniendo y envolviendo, fueron desmantelando  todo el conjunto de regulaciones que en otro tiempo mantuvieron a raya al depredador estado corporativo, volviendo a reescribir las leyes que nos protegían hasta abocarnos a la pobreza.

Orwell alertó sobre un mundo donde los libros estarías prohibidos. Huxley advirtió sobre un mundo donde nadie querría ya leer libros. Orwell alertó sobre un estado de guerra y miedo permanentes. Huxley advirtió de una cultura habitada por un placer vacío de sentido. Orwell avisó acerca de un estado donde todas las conversaciones y pensamientos estaban vigilados y la disidencia brutalmente reprimida. Huxley alertó sobre un estado donde su población sólo se preocupaba por las trivialidades y el cotilleo, sin que le importaran ya ni la verdad ni la información fidedigna. Orwell nos veía asustados y sometidos. Huxley nos veía seducidos y sometidos. Pero estamos descubriendo que Huxley no era más que el preludio de Orwell. Huxley entendía que en ese proceso éramos nosotros los cómplices de nuestra propia esclavitud. Ahora que el Estado corporativo ha dado ya el golpe maestro, nos encontramos desnudos e indefensos. Ya estamos empezando a entender, como Karl Marx supo, que el capitalismo sin restricciones y sin reglamentar es una fuerza brutal y revolucionaria que explota a los seres humanos y el medio ambiente hasta agotarlos o destruirlos.

El estado corporativo no encuentra su expresión en un líder demagogo o carismático. Se define por el anonimato y la ausencia de rostro de la corporación. Las corporaciones, que suelen alquilar a portavoces atractivos como Barack Obama, controlan los usos de la ciencia, la tecnología, la educación y la comunicación de masas. Controlan los mensajes en el cine y la televisión. Y, al igual que en Un mundo feliz, utilizan estas herramientas de comunicación para reforzar la tiranía.


Chris Hedges, 2011: A Brave New Dystopia

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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.100
     Si acaso le parecía poco, esas palabras dichas con tanta verdad —«el uno para el otro»— le saben a plenitud, porque también las entiende como «el uno al lado del otro»: no enfrente de la mujer, como él se situó siempre, sino a su lado… «¡La pareja etrusca!», recuerda de golpe, en una explosión interior.
     Ella sigue hablando:
     —… no hubiera podido enseñarte porque no sabía, porque nos engañan, y más en mi tiempo. Yo era una chiquilla leyendo novelitas en la peinadora donde trabajaba y viendo galanes de cine. Claro, me deslumbró el primer sinvergüenza que conocí: el Tomasso.
     El viejo se queda atónito al oírla. ¿Sinvergüenza el viejo marinero?


José Luis Sampedro, “La sonrisa etrusca”, pág. 285, Edit. DEBOLS!LLO, Barcelona, 2010

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.101

    De pronto, Luzbel, se volvió a Clorato y le preguntó:
—¿Cree usted en mí?
—No.
—¿Por qué no cree usted en mí? Ha habido gentes en todas las épocas que han hecho de mi culto una verdadera religión.
No creo en usted dijo Clorato, porque no me aburro, porque no tengo tiempo de aburrirme. En la antigüedad la gente se aburría tanto, que necesitaba ese género de creencias y de religiones para distraerse. Las épocas en que los pueblos se han divertido más han sido en las cuales han hecho menos caso de sus religiones. Créame, amigo Luzbel: ahora no tenemos tiempo.
Es posible que prefiera usted ver jugar al croquet a una buena misa negra.
No me interesa ni el croquet ni la misa negra respondió Clorato. Sólo me importa estar de buen humor, el trabajar en cosas que me gusten, el controlar mi capacidad intelectual, el reírme de todo y el caer en tentaciones que realmente lo sean.
Es usted un demonio dijo Luzbel riendo. ¿No piensa usted nunca en el más allá?
Sí señor; pero enseguida me pongo a pensar en otra cosa. Y dígame Luzbel, ¿no intentará usted reconciliarse con su antiguo Señor?
Tal vez. Yo no le guardo rencor. Me echó, pero nadie está libre de equivocarse. Iré si me llaman.
Lo dice usted con poco entusiasmo.
—¡Psch! La tierra no es tan mala como dicen algunos: el clima es bueno, las mujeres también; cuesta mucho dejar esto. Aquello, ¿sabe usted?, es más hogar, más para viejos. Lo que más se parece al cielo en este planeta es una partida de ajedrez en un casino de provincia.
   Habían vuelto al centro de la ciudad. Times Square rutilaba de anuncios luminosos.
Bueno, Luzbel, espero verle una de estas noches. Déjeme su número de teléfono.
Lo siento, señor Clorato dijo el Ángel Caído, me voy mañana a Hollywood. Me han llamado para hacer de malo en las películas.
   Hubo un apretón de manos y se separaron.

Edgar Neville, “Don Clorato de Potasa”, págs., 251/252, Col. Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1988
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.102  

    —¡Supongo que usted no habrá levantado nunca el brazo!
   La cuestión era directa y cruda. Tocante a saludar con el brazo en alto, me parece que fue en el descanso de un cine cuando tocaron los himnos. Después, ya puestos a saludar, habré saludado no sé las veces, porque lo mismo venía Millán Astray que pasaba el paso de la Verónica; incluso habían sacado un decreto, diciendo los grados del ángulo que tenía que formar el brazo en relación con el cuerpo.

Antonio Pereira, “Todos los cuentos”, pág. 539/540, Edit. Siruela, Madrid, 2012

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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.103

…, Jaime Brena está en la cocina de su departamento cocinando un churrasco que encontró perdido en su heladera y que, a pesar de su mustio color, lo salvará de bajar a comprar algo para la cena de esa noche. Las empanadas del mediodía y los buñuelos de banana de la tarde hace rato desaparecieron de su estómago, que está, otra vez pendiente de que alíen se ocupe de él. Mientras el churrasco se cocina se acerca al mueble donde tiene los pocos libros que compró o le regalaron después de la separación, y los DVD. Los DVD sí los recuperó, seguramente porque a Irina nunca le gustó el mismo cine que a él. ¿Qué cine le gusta a su ex mujer? ¿Le gusta el cine a ella? No está seguro, y le sorprende cómo se le van borrando de Irina no sólo la cara sino sus gestos, las anécdotas que compartieron…


Claudia Piñeiro, “Betibú”, Pag. 190, Edit. Alfaguara, Madrid, 2011 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.104
                                            En la cena el amigo
evocó un cortometraje búlgaro. Una anciana vuelve
de la compra caminando despacio. Se detiene
ante el ascensor averiado, duda un instante, y
sube luego, ascenso que la cámara sigue a tiempo
real hasta el noveno piso; cuando al fin llega
y va a sacar la llave, la bolsa se le escurre u rueda todo
escaleras abajo. La mujer entra en casa y le explica
al marido. Apiadado, se incorpora y se sienta
al borde de la cama. «¿Dónde están mis
zapatos?» «Cómo puedo saberlo», le responde, «si
hace tres meses que no te levantas.» Y ahí de acaba
el corto.

                (¿La fuerza de una imagen es efecto del punto
en que se cruzan las asociaciones, o es sólo su pureza
la nitidez extraña y viva de una impresión?)


Olvido García Valdés, “Lo solo del animal”, pág. 57/58, Tusquets Editores, Barcelona, 2012    
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 BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.105

…Ya no podía ir por las noches a Ҫukurcuma a verla, pero quedábamos cada dos tardes e íbamos al cine.
   Cuando era niño también me gustaba mucho la frescura de los cines de Beyoğlu cuando en los meses de primavera iba haciendo más calor en las calles. Primero Füssun y yo nos encontrábamos en Galatasaray y escogíamos un cine mirando las carteleras, comprábamos las entradas y entrábamos en el oscuro, fresco y solitario cine, nos sentábamos por atrás lejos de las miradas a la luz que proyectaba la pantalla, nos cogíamos de la mano y veíamos la película con la tranquilidad de quienes tienen a su disposición un tiempo infinito.
   En cierta ocasión, en los primeros días de verano, cuando los cines empezaban a programar sesiones dobles e incluso triples por el mismo precio, me había sentado estirándome los pantalones, había colocado a oscuras en el asiento vacío de al lado el periódico y la revista que llevaba y cuando llegó el turno de buscar la mano de Füsun para cogérsela, su hermosa mano se posó en mi regazo como un gorrión impaciente, sobre mi vientre, se abrió por un instante como si preguntara “¿Dónde estás?”, y en ese momento la mía, más rápida que mi espíritu, aferró ansiosa la suya...

Orhan Pamuk, “El museo de la inocencia”, pág. 560, Edit. Mondadori, Barcelona, 2009.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.106  

   Mientras el avión se detenía frente a la puerta de embarque una noche de verano de 1974, la mano de Karin se deslizaba hacia su mochila para extraer algunos objetos. Una boina negra que se puso de tal manera que le cayera sobre un ojo, un lápiz de labios rojo con el que pudo pintarse la boca sirviéndose de la ventana como espejo había oscurecido en Toronto y una larga boquilla negra preparada para apretarla entre los dientes cuando llegara el momento. La boina y la boquilla las había birlado del disfraz de Irma la Dulce que su madrastra había llevado en una fiesta de disfraces, y el lápiz de labios lo había comprado.
   Sabía que difícilmente podía imitar la pinta de una fulana mayor. Pero tampoco iba a parecer la niña de diez años que se subió en el avión al final del verano pasado.

Alice Munro, “El amor de una mujer generosa”, pág. 205, Edit. RBA, Barcelona, 2009
   
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.107

Exigencias del guión

Ensayaban para hacer de muertos. El director del casting los había elegido porque eran pálidos y de pómulos prominentes pero también porque habían estudiado en la London Theatre Academy. Se necesitaba una intensa preparación para hacer un buen papel de muerto, no valía una actuación tan poco creíble como la Peter Sellers en “El Guateque”, por ejemplo. Tenían que saber contener la respiración, permanecer inmóviles, no pestañear ni tragar saliva… técnicas que sólo se enseñan en el extranjero. Al cabo de una semanas, la única mujer del grupo de los muertos se rindió, dijo que no podía seguir por problemas de salud. Sin embargo los hombres, siempre más obstinados, siguieron aguantando las largas sesiones sin rechistar. Hasta que, por fin, bordaron el papel. Lo peor era ese olor dulzón que desprendían.


Chelo Sierra, “El síndrome de Peter Pan”, relato nº 29, Edit. Cuatro Péndolas”, Madrid, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.108

LLORAR EN EL CINE

La película tiene que ser como es debido: nada intelectual, fácil de seguir, previsible, clara como el agua. O una historia de amor o nada. Sentarse muy cerca para no perderse ni una coma, fundirse en la pantalla, olvidarse de todo. Creer, en fin, que todo lo que se está viendo es verdad, grande. Hermoso y absolutamente triste. Volverse sentimental, romántico, sensiblero. Del todo, si no, no es cine. No mantener, por lo tanto, una distancia crítica, ni esa seriedad tan triste. Rechazar por sistema toda desconfianza, todo interrogante. Querer ser público bueno. Con valentía y decisión.
   Y entonces, cuando los amantes se separan, cuando muere la protagonista, cuando triunfan los asesinos, el mal o la estupidez, cuando se rompen los sueños, cuando se desgarran los corazones, cuando los violines tocan en tono menor y suenan las percusiones, llorar, sinceramente. Con grandes lagrimones. Sin reflexionar, sin tener vergüenza. Cálida, intensa e interminablemente. Sentirse desesperado y tranquilo a la vez, arrastrado por la historia, incapaz de la menor resistencia, destrozado por la pena, dichoso por permitir que brote, despreocupándose de todo lo demás.
   En estos tiempos propensos al cinismo, la frialdad, la denigración y la burla, conviene experimentar los buenos sentimientos de manera voluntaria y libre. Sin cálculos. Por el mero placer de hacerlo. Esta orgullosa pusilanimidad de las lágrimas que se creen inocentes oculta un placer especial, un abandono de las barreras, una pérdida temporal de los blindajes.

Roger-Pol Droit, “101 experiencias de filosofía cotidiana”, pág. 106, Edit. Grijalbo, Barcelona, 2003
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.109

   Sin embargo, la película que recuerdo como más conmovedora me llenó de tristeza sin hacerme llorar. Fue El hombre que mató a Liberty  Valance, una película del oeste que pasaron en el Cine Proyecciones. La historia era tan triste que no me la podía quitar de la cabeza. Era triste, sin solución ninguna. No había ni buenos ni malos, y nadie a quien avisar para que salvara a los protagonistas. Volví a verla en el Castilla, pero el público permaneció todo el tiempo en silencio. A mí me dejó sin habla por segunda vez. Esto ocurrió cuando ya era mayorcita, lo suficiente para que empezaran a aburrirme las películas de niños prodigio como Marisol o Joselito. Tenía trece años y mi padre había muerto ya. Marisol había crecido de repente y se había convertido en una actriz cualquiera.

Esperanza Ortega, “La cosas como eran”, Menoscuarto Ediciones, págs. 243/244, Palencia, 2009
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.110

Los que ya no podrán verse

En una de las mejores películas de John Ford y por tanto de la historia del cine, Pasión de los fuertes o My Darling Clementine, los hermanos Earp, que acarrean ganado, hacen un alto cerca de Tombstone. Los tres mayores se acercan hasta la ciudad a afeitarse y tomar un trago, y dejan al cuidado de las reses al más joven. James. Al regresar en medio de una furiosa tormenta, encuentran su ganado desaparecido y al joven James muerto con una bota aún enganchada al estribo de su caballo. Desmontan alarmados los tres mayores, y lo primero que hace Virgil es soltar el pie del benjamín. Lo primero que hace Wyatt Earp (Henry Fonda) es agacharse y poner la mano sobre la cara de James, sin tocarlo, como protegiéndosela de la lluvia. A continuación Morgan y Virgil se quitan su chubasquero y cubren con él el cadáver. El gesto de Wyayy Earp o Henry Fonda es uno de los más delicados que he visto en una pantalla., quizá por ser puramente instintivo y uno de los más inútiles: lleva la lluvia cayendo violentamente quién sabe ya cuánto tiempo, el rostro y el cuerpo del joven caído están empapados; la mano protectora que Fonda alza un instante para que las gotas no golpeen más la mejilla del muerto, en realidad no impide nada, como un paraguas en medio de un tifón marino. El gesto de Virgil y Morgan lo hemos visto mil veces en el cine, y alguna, por desdicha, también en la realidad. Lo primero que se hacía siempre a los muertos era cubrirles la cara.

Javier Marías, “Donde todo ha sucedido”, pág. 202, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.111

   Así, en el cine, nunca quiere que el acomodador lo acompañe al sitio. Le da enseguida la propina, pero se va a sitios distintos de los que el acomodador le indica con la linterna.
  En el cine quiere estar muy cerca de la pantalla. Si vamos con amigos, y éstos buscan, como la mayor parte de la gente, un lugar lejos de la pantalla, él se refugia, solo, en una de las primeras filas. Yo veo bien, indiferentemente, de lejos y de cerca; pero si voy con amigos, me quedo con ellos, por amabilidad; no obstante, sufro, porque puede que él, en su lugar a dos palmos de la pantalla, esté ofendido conmigo porque no me he sentado a su lado.

Natalia Ginzburg, “Las pequeñas virtudes”, págs.61/62, Edit. Acantilado, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.112

PREFIGURACIÓN DE LALO CURA (Fragmento)


   El hambre se enseñorea de la fonda: algunos no se levantan de la cama, otros deambulan por los matorrales en busca de comida. Mientras los hombres van cayendo enfermos las chicas escriben como posesas en sus diarios. Pictogramas desesperados. Se superponen las imágenes del río y las imágenes de una orgía que nunca termina. El final es previsible. Los hombres disfrazan a las mujeres de gallinas y después de pasarlas por el aro se las comen en medio de un banquete nimbado de plumas. Se ven los huesos de Connie, Mónica y Doris en el patio de la fonda. El Pajarito Gómez juega otra mano de póker. Tiene la suerte apretada como un guante. La cámara se coloca detrás de él y el espectador puede ver qué cartas lleva. Los naipes están en blanco. Sobre los cadáveres de todos ellos aparecen los títulos de crédito. Tres segundos antes del final el río cambia de color, se tiñe de azabache. Una película profunda como pocas, solía recordar Doris, de esa vil manera solemos acabar las actrices del cine porno, devoradas por fulanos insensibles después de ser usadas sin descanso ni piedad.


Roberto Bolaño, “Relatos”, pág. 302, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.113

Nurit Iscar cruza la avenida y el viento casi la voltea. No había notado que el día fuera tan ventoso. Tal vez no lo era. Siempre le llamó la atención lo fuerte que sopla el viento en esa zona de Buenos Aires, y no está segura de que la cercanía del río sea el único motivo de ese fenómeno climático. Se acuerda de una amiga de Paula Sibona, una actriz que desde hace tiempo vive en España, que cuando estaba deprimida de ponía una pollera acampanada, de paraba en Leandro Alem y Códoba y esperaba que el viento produjera en su falda un efecto Marilyn Monroe que los transeúntes ocasionales agradecían y a ella le levantaba el ánimo. A Betibú, con su pantalón negro y su camisa blanca, el viento sólo le bate los rulos que ella cada tanto acomodaen un gesto reflejo e inútil.

Claudia Piñeiro, “Betibú”, Pags. 304/305, Edit. Alfaguara, Madrid, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.114
 
  «Cuando Fortuna hace girar su rueda hacia abajo, vete al cine y disfruta más de la vida.» Ignatius estaba a punto de decirse esto, cuando recordó que iba al cine casi todas las noches, girase como girase la rueda de la Fortuna.

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.115

   Estaba sentado allí muy atento, en la oscuridad del Prytania, a pocas filas de la pantalla, y su cuerpo llenaba el asiento y se derramaba por los dos contiguos. En el asiento de la derecha había colocado el abrigo, tres chocolatinas  y dos bolsas suplementarias de palomitas de maíz, meticulosamente enrolladas para que las palomitas se conservaran calientes y crujientes. Ignatius comía de otra bolsa de palomitas y miraba absorto los avances de las próximas películas. Una de ellas parecía bastante mala, pensó, lo suficiente para hacerle volver al Prytania de allí a pocos días. Luego, la pantalla se iluminó en amplio tecnicolor, rugío el león y parpadeó en la pantalla el título de la atrocidad, ante la milagrosa mirada de sus ojos azules y amarillos. Se le inmovilizó la cara, la bolsa de palomitas empezó a temblar. Al entrar en el cine, se había abotonado cuidadosamente las dos orejeras en la parte de arriba de la gorra y ahora la estridente partitura de la película musical asaltaba sus oídos desnudos desde una multitud de altavoces. Escuchó la música, captódos canciones populares que le desagradaban en especial   y examinó detenidamente el reparto para ver si descubría nombres de actores que le repugnasen…

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.116

  Terminado el reparto, comprobó que varios de los actores, el compositor, el peluquero y el ayudante de producción eran todos individuos cuya labor le había enfurecido repetidas veces en el pasado; apareció en el tecnicolor una escena de varios extras trabajando alrededor de una carpa de circo. Ignatius examinó ávidamente el grupo y localizó a la heroína de pie junto a una de las escenas marginales.
   —¡Oh, Dios mío! —gritó—. Allí está.
   Los niños de las filas de delante de él se volvieron y miraron, pero Ignatius no se fijó en ellos. Los ojos azules y amarillos seguían a la heroína, que llevaba animosa un cubo de agua a lo que resultó ser su elefante.
   —Va a ser peor de lo que pensaba —dijo al ver el elefante.
   Se llevó la bolsa de palomitas vacía a los labios gordos, la hinchó y esperó, los ojos relumbrantes por los reflejos del tecnicolor. Batió un timbal y la banda sonora se llenó de violines. La heroína e Ignatius abrieron la boca simultáneamente, ella para cantar, él en un gruñido. Y en la oscuridad, se encontraron violentamente dos manos temblorosas. La bolsa de palomitas explotó en un bang. Los niños chillaron.

John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”, pág.63/64, Edit. Anagrama, Barcelona, 1982
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.117

   Antes de abandonar las laderas de hayas centenarias, la productora organizó un cóctel bajo los árboles. Se hallaban presidiendo el festejo el director de la película y los actores principales. En el barullo general, logramos acercarnos a Audrey Hepburn, que estaba sentada en una silla de hierro y que llevaba un vestido blanco, sumamente elegante. En un inglés bastante tosco pero inteligible le dijimos que la admirábamos mucho y que nos había dejado mudos su capacidad dramática. Le hablamos de la última escena de la película y le dijimos que nos había parecido soberbia.
   Audrey nos escucho con una leve sonrisa en la boca y acabó diciéndonos:
   —Agradezco vuestros cumplidos y envidio vuestras caras frescas y vuestro interés. Esta podría ser mi última película.
   Viendo nuestra expresión de lástima, la actriz se apresuró a decir:
   —No lo lamentéis y tampoco lo juzguéis. Aún sabéis lo que es la destrucción.
   Lleno de nerviosismo, me acerqué a ella y le dije que había rozado su mano cuando era niño, una noche en San Sebastián. También le dije que en ambas ocasiones ella hacía de…
   —¿De monja?
   —Sí.
   La actriz se echó a reír.
   —Ya lo ves, muchacho, empecé mi carrera celestial haciendo de monja moderna y la voy a acabar haciendo de monja medieval. Me he debido de perder en el túnel del tiempo.

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, págs. 229/230, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.118

   Nunca he follado en un cine. Una alumna mía, comentando en clase el poema de Ángel González “Inventario de lugares propicios para el amor”, ratificó que, como dice el poeta, son pocos pero el mejor, mejor que los probadores de El Corte Inglés, era una sala de cine en la sesión de las cuatro de la tarde: no había nadie, o si acaso un jubilado que se dormía enseguida, entonces bastaba con que ella, que ya se había puesto falda previsoramente, se quitara las bragas y se ahorcajara frente al novio sin que éste tuviera la necesidad de bajarse los pantalones. Era cierto, no exigía gran pericia, sólo aplomo. A mí no me queda más remedio que confesar que todo el apartado hard-core de mi historia se desarrolla fuera de los cines, los de mi generación fuimos jóvenes cuando todavía las salas se llenaban y no eran posibles audacias mayores que las que cobija una gabardina encima de los muslos.

José María Conget, “La mujer que vigila los Vermeer”, pág. 91/92, Edit. Pre-textos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.119

EDÉN 

morirme de gusto los días
de lluvia bailar mientras hace
la comida mirarla soltar

la mano tocarla morirme
de gusto escalera pasillo cines
de barrio dos cincuenta programa

doble morirme de gusto los días
de lluvia de cocina de orgasmo
de platos fregados a medias de urgencia

de manos comida escalera pasillo
de cines de barrio programa doble
dos cincuenta los días de lluvia

los días de lluvia y de su cuerpo

Pablo García Casado, “Fuera de campo”, pág. 38, edit. Visor, Madrid, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.120

   Le debemos tanto al cine, y desde tan temprana edad, que al cine se le puede perdonar casi todo, como a un padre, incluso que no sea madre.

Andrés Trapiello, “El arca de las palabras”, pág. 260, Edit. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.121

Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por dónde empezar a asombrarse. Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste  en el segundo viaje del tren, y a cuyo obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para conpartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando, que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por las fingidas desventuras de seres imaginarios…

Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”, pág. 257, Edit. RAE, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.122

NO SÉ POR QUÉ lloramos mejor con el cine
que con el argumento de la propia vida
pero cuando las luces
se encienden cuando se abre la puerta
los personajes salen y nos siguen
asisten en silencio a nuestro diálogos
a veces aplauden en general se aburren
nos acompañan sufren con respeto.

Andrés Neuman, “No sé por qué y patio de locos”, pág. 34, Edit. Pre-Textos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.123

En los tiempos en que había un cine en todos los pueblos, en Maverley también lo había, y, como tantos otros, era el cine Capital. Morgan Holly, además de ser el dueño, era el proyeccionista. No le gustaba tratar con el público, prefería quedarse en el cubículo de lo alto de la escalera dirigiendo la historia sobre la pantalla, así que naturalmente se irritó cuando la taquillera le dijo que dejaba el empleo porque iba a tener un hijo. Podría habérselo imaginado, porque la chica se había casado hacía seis meses y en esos tiempos no había que dejarse ver cuando empezaba a notarse, pero a Morgan le gustaban tan poco los cambios y la idea de que la gente tuviera una vida privada que la noticia lo tomó desprevenido.
   Por suerte, ella misma buscó a alguien que la sustituyera. Una chica de su calle le había comentado que quería encontrar un trabajo por las noches. No podía trabajar de día porque ayudaba a su madre cuidando a los hijos más pequeños. Era lo bastante lista para apañárselas en la taquilla, aunque un poco tímida.
   A Morgan eso no le importaba: no contrataba a una taquillera para que diera charla a los clientes.

Alice Munro, “Mi vida querida”, pág. 75, Edit. Lumen, Barcelona, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.124

   Y acaso porque con tanta niebla era difícil  ver nada, no compramos ni un solo papel ni nada, cosa inaudita, porque en el rastro uno lanza las redes, y es raro que no acabe saliendo en ella algún pececillo incauto. Además el Rastro estaba vacío, sin duda porque la gente quedó amarrada a puerto por el mal tiempo, y no salió a faenar, como nosotros luego, hasta las dos y media de la mañana, viendo la gala de los Goya, interesados en dos asuntos. El primero, ver a una actriz que nos gusta muta mucho, y que protagonizó Las voces de la noche, sobre la novela de Natalia Ginzburg. Al ser una película española, nadie la ha visto. Creo que ni siquiera se llegó a estrenar en las salas, o si lo hizo, duró una semana. La actriz es pequeñita, muy guapa y discreta, quiero decir, que parece normal, sin esa tontería que se les pone a la mayor parte de los actores y actrices españoles, que no saben hablar en público sin tragediarse. En cuanto al segundo asunto, era este: el año pasado, los actores asistentes a la gala, por aquello de que los males nunca viene solos, se pusieron una pegatina en la que se leía: “No a la guerra”. En realidad era una manera de decir “No al gobierno de Aznar que nos ha metido en la guerra”, pero la recta, en la propaganda, nunca ha sido el camino más corto. Naturalmente el acto quedó reventado y no se habló de otra cosa que de las pegatinas, y poco o nada de las películas. A uno le parecía bien manifestarse contra la guerra, incluso estuvimos en la manifestación contra ella de unos días antes, a sabiendas de que esas cosas no suelen servir de mucho.

Andrés Trapiello, “Miseria y compañía”, pág. 85, Edit. Pretextos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.125

El Tren Correo

Me gusta ese tren de mercancías que en las películas del Oeste se detiene en una estación de madera, en medio de un paraje desolado. Por un lado de la pantalla aparece un joven rudo, caminando con botas embarradas. Nadie sabe de donde viene. Descorre la puerta de uno de los vagones de ganado, echa dentro el fardo que lleva al hombro, se encarama de una zancada y sin billete ni salvoconducto parte en el convoy hacia un destino que desconoce. Ese mercancías está todavía dispuesto a cargar hoy a cualquier joven capaz de meter el futuro en la mochila y de tomar, sin preguntas, la vida como viene. Me gustaba aquel tren correo cuyo silbido desgarrado y dolorido oía en las noches de verano desde la cama, siendo adolescente. Su silbido era una llamada desde la lejanía, que te invitaba a soñar con Roma, París, Ámsterdam, con cualquier ciudad propicia para huir hacia la libertad…Me gustaba el Oriente Expres, con coches camas que contenían historias románticas, lleno de espejos velados con siluetas de ninfas, tocadores, el restaurante con tulipas y la cubertería de plata, cuyos pasajeros opíparos y felices siempre esperaban que durante el trayecto se cometiera un crimen de sangre mientras tomaban el té con pastelillos bajo valses de Viena. Pero el Oriente Expres es hoy el tren llamado La Bestia, que transporta carne humana hacinada desde el pozo de la miseria, a través de México, desde Veracruz a Ciudad Juárez cuyos pasajeros son asaltados, extorsionados, violados y solo esperan llegar a cualquier frontera sin ser baleados. Cada uno de aquellos trenes es hoy una metáfora de salvación ante el horizonte cerrado.

Manuel Vicent, “El tren Correo”, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.126

   Una tarde llevaron a Karen Karstedt al cinematógrafo Bioscop. El aire viciado molestaba físicamente a los tres, acostumbrados como estaban a la atmósfera purísima. El aire pesaba en sus pulmones y nublaba sus cabezas, mientras una vida múltiple trepidaba en la pantalla, ante sus ojos doloridos, sacudidos; era la vida divertida y apresurada que no se detenía más que para correr de nuevo, acompañada de una música que aplicaba la división del tiempo a la huida de las apariencias pasadas y que, a pesar de sus medios limitados, sabía tocar todos los registros de la solemnidad, la pompa, la pasión, el salvajismo y la sensualidad.

Thomas Mann, “La montaña Mágica”, pág. 435, Edit. Plaza&Janés, Barcelona, 1993  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.127

LA EXAGERACIÓN

Lo peor de ser en un cine
de lujo, acomodador, 
no es acomodar señores.
Lo peor es el color.
El rojo cruel de la levita.
El falso pecho de embajador.
La sumisión de las hombreras,
hechas con trampa y con cartón.

 Lo peor de un cine de lujo
ni siquiera es eso. Lo peor
 es que uno vaya y vea a su padre
vestido de acomodador.

Antonio Pereira, “Meteoros”, pág. 190, Edit. Calambur, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.128

TRAMPAS

Dice que no está, que se fue de viaje. Está nerviosa, me ofrece un café, no gracias, deben mucho dinero y yo he venido a cobrarlo. La hija mayor está viendo dibujos animados, El Rey León, a mi hijo le encanta, se sabe todas las canciones. Los niños aprenden rápido. El pequeño me mira desde la trona con la cara llena de papilla, muy serio, con los ojos azules de su padre. Mi marido es quien lleva las cuentas, dice, yo no sé nada de papeles. Le entrego un documento firmado por los dos, sí, esta es mi firma, dice, él dijo que no me preocupara, que era bueno para los dos, bueno para los niños, que todo se arreglaría. Él y su negocio de barcas de recreo. Lleva dos meses fuera, le he dejado mensajes al móvil, pero no responde. Los niños preguntan por su padre, dónde está papá, dónde está papá y yo no sé qué decirles. Todo eso está muy bien, señora, pero ahora hablemos de dinero.

Pablo García Casado, “Fuera de campo”, pág. 146, edit. Visor, Madrid, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.129

   Yo me había visto todas las películas que tenían en el Rialto, alguna de ellas varias veces, pero siempre estaba dispuesto a repetir. Cuando llegamos a la taquilla Jerry me hundió más en su bolsillo, de manera que no pude ver los carteles y no me enteré de lo que ponían. Permanecí encogido en mi escondite mientras él compraba una Coca-Cola y una bolsa de palomitas, y luego recorrimos toda la sala para situarnos en la primera fila. Había muy pocas personas, aparte de nosotros, en el local. La película empezó casi enseguida y, cosas de la mala suerte, resultó ser la única que yo odiaba, a pesar de estar rodada en Technicolor, detalle que siempre consideré positivo. Se llamaba El despertar, y era una larga epopeya sentimental protagonizada por un pobre chico y su amado cervatillo. No me gustan nada, por lo general, los relatos de animales. A Jerry, sin embargo, estaba claro que esta le encantaba, y comprendí que me había traído pensando que a mí también me encantaría, y la idea me entristeció tanto como me hizo sentirme solo; no obstante, puse la mejor cara posible. Aparte del cervatillo y de un montón de perros, en la película aparece también un oso grande llamado Old Slewfoot [Viejo Patatuerta]. Cada vez que aparecía en escena, Jerry agachaba la cabeza para mirarme, a ver cómo reaccionaba. Y yo sobreactuaba sin el menor pudor, abriendo mucho la boca, agitando en el aire las patas delanteras y dejándome caer de espaldas. Le encantaba. La película sigue y sigue y sigue, una desgracia detrás de la otra, hasta que un día, cuando el ciervo se ha comido por tercera vez todo el maíz de aquella familia tan pobre, la madre agarra la escopeta de la casa y le pega un tiro al bicho. Yo me alegré un montón, pero vi que a Jerry se le caían las lágrimas.

Sam Savage, “Firmin”, págs. 178/179, Seix Barral, Barcelona, 2007    
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.130

Antes de acostarnos fuimos juntos al cine un par de veces. Películas francesas, creo. Vimos una de una mujer pirata que llega a una isla en donde vive otra mujer pirata y las dos tienen un duelo a muerte con espadas. La otra era de la Segunda Guerra Mundial: un tipo que trabaja para los alemanes y para la Resistencia al mismo tiempo. Después de acostarnos fuimos más veces al cine y curiosamente de esas películas sí recuerdo el título e incluso los nombres de los directores, pero todo lo demás lo he olvidado. Ya desde la primera noche Sofía me dejó muy claro que lo nuestro no iba a llegar a ninguna parte. Estoy enamorada de otro, dijo.

Roberto Bolaño, “Compañeros de celda”, Cuentos, págs. 142/143, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.131
   
ANDÉN 21
(fragmento)

La mujer que espera sentada en un banco del andén no lee
la hora en su reloj de pulsera: la escruta.

Un amante arrebatado envía un sms a su amada. Me llega a mí.

En el aseo, el estafador se prueba una cara nueva ante el espejo.

Besan a una rubia de labios biselados.

Las madres y los novios que se despiden en el andén sienten
la tentación de interpretar la escena fílmica de salir corriendo,
alcanzar el tren de vapor y juntar su mano, lluvia y cristal
mediante, con la mano de la niña resbaladiza. Música.

Desde el andén, hacia la ventanilla: este es el único lugar del
Mundo donde la tristeza alza la cara.

De pronto siento insoportables ganas de tener quien me
Quiera. Guapo o feo, eso qué más me da: quien me quiera.

Carmen Camacho, “Campo de fuerza”, págs.. 98/99, Edit. Delirio, Béjar, 2012 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.132

     Vi la película (“Lawrence de Arabia”) años después del estreno, en plena adolescencia, y la convertí rápidamente en favorita. Supongo que para un adolescente— la obra de David Lean contenía todos ingredientes necesarios para sumirla como propia: la amistad, la inclinación a la aventura, el coraje, la lealtad. Recuerdo nítidamente que permanecí las tres horas de la proyección clavado a la butaca, completamente hipnotizado con lo que ocurría en la pantalla, y es probable que allí empezara un cierto gusto por viajar al desierto que, a menudo, resulta difícil de explicar. Cuando tiempo después me enteré de que, en parte, este desierto estaba tan cerca como Almería y que la famosa ciudad de Aqaba de la película era una ciudad de cartón piedra construida en Carboneras, no me sentí defraudado en absoluto, del mismo modo en que me sentí enormemente compensado cuando vi, por primera vez, el incomparable desierto sirio en el que también transcurre la acción.
     No obstante, para un adolescente, Lawrence de Arabia no era sólo una película de aventuras en el sentido más intenso de la expresión: era, también, una obra turbadora, inquietante, explícitamente trágica. Quedaba claro, tras ver la película, que las elecciones humanas eran difíciles, duras y que, con gran frecuencia, estaban rodeadas de violencia.

Rafael Argullol, “Nada está escrito”, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.133

   Al muy sutil le gustaba decir «esposa» en lugar de mujer. Lo supe después: le parecía más bíblico, y además más civilizado, y además más europeo. No había por donde cogerlo cuando le daba por hacerse el marido responsable y auténtico. En esos momentos empleaba hermosas palabras conyugales, como las que decían ciertos sujetos en aquellas películas en blanco y negro que a veces caían como maldiciones bíblicas en el cine del colegio. Eran películas donde salía siempre una sala de estar muy bonita, con sofás de cuero y una radio emitiendo música clásica con muchos violines y violoncelos. El marido podría ser policía, pero cuando llegaba a casa era como si llegase al cielo. Su mujer le daba cariño y le preparaba un whisky. Entonces él sonreía y decía cosas muy emotivas, qué bonito es estar en casa, por ejemplo. Susurros viriles y muy sentidos mientras sonaba la música y la noche tenía la calidad de la vida, la calidad del afecto, la calidad, oh, del deseo…

Jesús Ferrero, “Las veinte fugas de Básil”, pág. 17, Edit. SM, Madrid, 1995.  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.134

    —Descuida. En cuanto llegue se lo digo, antes de meterme en el bar. 
    Así lo hice. Cuando abrió la puerta di un respingo. La señora apareció en una de esas batas cinematográficas que nadie mira porque son transparentes y debajo no debía de llevar más que un biquini. Ella, al verme, dio también un respingo y se ciñó más la bata abrazándose a su propio cuerpo, con lo cual las cosas se pusieron peor, o mejor, según los gustos de cada uno…

Arturo Barea, “Cuentos Completos”, pág. 125, Edit. Debate, Barcelona 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.135

Aunque va al cine todos los sábados por la tarde, las películas ya no se apoderan de él como ocurría en Ciudad del Cabo, donde sufría pesadillas en las que era aplastado por un ascensor o se caía de los acantilados como los héroes de los seriales. No entiende por qué se supone que Errol Flynn, que tiene exactamente el mismo aspecto cuando interpretaba a Robin Hood que cuando hace de Alí Babá, es un gran actor. Está harto de las persecuciones a caballo, que siempre son iguales. Los Stooge empiezan a parecerle tontos. Y es difícil creer en Tarzán cuando los hombres que hacen de Tarzán no paran de cambiar. La única película que le impresiona es una en la Ingrid Bergman se mete en un vagón de tren infectado de viruela y muere. Ingrid Bergman  es la actriz favorita de su madre. ¿Ocurren estas cosas en la vida? ¿Podría su madre morirse en cualquier momento tan solo por no leer un rótulo en una ventanilla?

J.M. Coetzee, “Infancia”, pág. 49. Edit. Mondadori, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.136

Tuve siempre cuidado de no delatarme, de no herir y de ser piadoso, a María la veía solamente en su casa para que nunca nadie pudiera encontrarme en ningún sitio con ella y preguntar entonces, o ser cruel y contar más tarde, o simplemente esperar ser presentado. Su casa estaba cerca y pasaba muchas tardes de camino de la mía, no todas, suponía retrasarme tan sólo media hora o tres cuartos, a veces algo más, a veces me entretenía mirando por su ventana, la ventana de la amante tiene un interés que nunca tendrá la nuestra. Nunca cometí un error, porque los errores en estas cuestiones son formas de desconsideración, o aún peor, son maldades. Una vez me encontré con María yendo yo con Luisa, en un cine abarrotado una noche de estreno, y mi amante aprovechó el tumulto para acercarse a nosotros y cogerme de la mano un instante, al pasar sin mirarme a mi lado, me rozó con el muslo que bien conocía y me cogió y acarició la mano. Nunca pudo Luisa verlo ni darse cuenta ni sospechar lo más mínimo aquel contacto tenue y efímero y clandestino…

Javier Marías, “Cuando fui mortal”, págs. 95, Edit. Alfaguara, Madrid, 1996 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.137

—Tenemos el tiempo justo —me dijo Lucien—, la sesión es a la una.
   En el calor se la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me había sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hacía meses. Sabía que una oleada inesperada de energía lo había hecho levantarse de la cama, le había dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de una vez más compartiéramos ese placer conyugal, y sabía también que era la señal de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero no me importaba y sólo quería disfrutar de aquello, de esos instantes que robábamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la mía y de las vibraciones de placer que nos recorrían a ambos porque, a Dios gracias, era una película que podíamos compartir.
   Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semanas todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que se narraba una historia.
   Yo lo acepté.
   La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo. 

Muriel Barbery, “La elegancia del erizo”, pág. 98, Edit. Seix Barral, 2007 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.138

EL ASESINO

   Cuando terminó aquella película de miedo no se encendieron las luces de la sala. Todo continuó a oscuras. Sólo se veía la bombilla roja que señalaba la puerta de los servicios. Algunos espectadores se armaron de valor y no tuvieron problemas para encontrar la salida. Otros, pensando en el asesino de la película, tuvieron miedo y continuaron en sus asientos. Juan K., por ejemplo, fue de los que no se atrevieron a moverse. Cerró los ojos —uno, por cierto, era más grande que el otro—, se cruzó de brazos y trató de animarse pensando en su novia francesa, que era los más contrario a la muerte entre todas las cosas que conocía.
   Media hora después, al abrir otra vez los ojos, advirtió que los demás espectadores le habían dejado solo y que el asesino estaba sentado a su lado.
   —Vamos a ver —le preguntó aquel canalla, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura del puñal—, dígame cuáles son los motivos que tiene usted para continuar vivo.
   —Tengo una novia francesa —le contestó Juan, procurando que no le temblase demasiado la voz.
   El asesino no esperaba una respuesta como aquella y se quedó pensando. Luego le pidió que le explicara un poco cómo era la chica y Juan le dijo que era rubia y tenía los ojos azules.
   —Eso no es suficiente —masculló el asesino, sin apartar la mano del puñal—, dígame, por lo menos, cómo se llama.
   Juan le dijo que se llamaba Jacqueline y que, además de los ojos azules, tenía una vocecita de niña perdida en el bosque que le ponía cachondo.
   —Me parece usted bastante guarro —le dijo entonces el asesino.
   Y levantó el puñal con las peores intenciones. Juan pidió auxilio y se acercaron corriendo los acomodadores, que hasta ese momento habían estado en el vestíbulo jugando a los chinos. Se abalanzaron sobre el asesino y le redujeron en un abrir y cerrar de ojos.
   Lo malo fue que luego no supieron qué hacer con él, si llevarle a la comisaria, que estaba dos calles más arriba, o devolverle a la ficción de la que procedía.
   —Reconozco que no es fácil encontrar el camino que conduce de la realidad a la fantasía —les dijo el Subdirector General de Política Hidráulica, personado en el lugar de los hechos.
   Pidieron consejo por teléfono al Director General y decidieron encerrar al psicópata asesino en un cuarto trastero y tenerle quince días  a pan y agua.
   Una semana más tarde el asesino consiguió escapar y regresar por su cuenta y riesgo a la ficción. No pudo, de todas formas, recuperar el papel de asesino porque mientras estuvo fuera la película de terror se había convertido en una dulce historia de amor, protagonizada por otra Jacqueline de ojos azules y un Juan asimétrico que también tenía miedo de la oscuridad, pero que no podía oír la vocecita de su enamorada sin que se le revolucionasen todos los sentidos.

Javier Tomeo, “Cuentos perversos”, Págs. 28/29/30, Edit. Anagrama, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.139

AUTORRETRATO COMO JOVEN ESCRIBANO 
(fragmento)


Por llevarle la contraria a la realidad…

Intenté subir a un tren
Que conducía de la modorra a la alegría
Pero a punto de subirme resbalaba.
Solitario, de regreso a la ciudad de mi infancia,
Hice de las salas de cine una morada.
Al salir del teatro volvía a casa en autobús
Pero fingía ser un griego
En el vientre de madera de un caballo
Aún me duele haber sido el ladrón de bicicletas,
El feriante que debió negar su trágico papel
Para salvar a la constelada Gelsomina.
Por llevar la contraria a quienes querían
Ver para creer, tocar para asentir, cegar para vivir,
Husmeaba en los distritos surreales descifrando un acertijo.
Yo era entonces un viajero de los días,
Vivía mendigando poesía en la frontera de Dios
Como quien pide mendrugos de la vida en la barra de un bar.

JUAN MANUEL ROCA, “Temporada de estatuas”, Edit. Visor, Madrid, 2010 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.140


PROGRAMA DOBLE

La de miedo
empezaba después,
cuando salíamos
a la calle,

              y allí
no estaba
John Wayne.

Karmelo C. Iribarren, “la Ciudad” (Antología 1985-2008), pág. 137 Edit. Renacimiento, Sevilla, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.141


Acababa de dejar atrás la rue Auber cuando vi salir de la Ópera a Audrey Hepburn. Corrí hasta ella cuando ya estaba a punto de subir al coche negro que la estaba aguardando.
   —Quisiera hacerle una confesión —le dije como preámbulo nada tranquilizador—. Es la tercera vez que la veo. La primera vez fue de niño, cuando presentaba Historia de una monja en San Sebastián. Más tarde la vi en Navarra, en el rodaje de Robin y Marian, y ahora aquí, en París y junto a la Ópera.
   La actriz esbozó una sonrisa enigmática, a medio camino entre el cansancio y la comprensión. Había envejecido, pero seguía teniendo esa belleza incalculable de los que asumen la vida con cierta tranquilidad.
   Me dio la mano. La retuve unos instantes.
   —¿Qué le puedo decir amigo? Me congratulo de este tercer encuentro.
   —Más lo celebro yo. Recuerdo que en Navarra usted nos dijo que aún no sabíamos lo que era la destrucción.
   —¿Dije eso? Asombroso.
   —Tenía usted razón. No lo Sabíamos.
   —¿Y ahora lo sabe?
   —Sí.
   —Pues ya es algo que ha aprendido desde entonces, pero no sé si debo felicitarle por ello.
   Como ansiaba retenerla le dije imitando su lenguaje:
   —Me congratulo de que haya dejado usted los hábitos.
   Se rió un instante. Ya estaba subiendo al coche cuando me susurró:
   —Que tenga suerte.
   —Y usted.
   Me quedé detenido unos instantes en la acera mientras el coche negro se perdía en el río de automóviles que circulaban por el bulevar…

Jesús Ferrero, “Balada de las noches bravas”, págs. 422/423, Edit. Siruela, Madrid, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.142


 En la primavera del 57, Owen especialmente destructivo con la impotente vida pantanosa de Gravesend y con María Magdalena; poco antes de Pascua habíamos ido a The Idaho, donde soportamos de cabo a rabo Los diez mandamientos, de Cecil B. DeMille: la vida de Moisés, encarnada por Charlton Heston, que lucía diversos cambios de vestuario y peinados radicales.
   —OTRA PELÍCULA CON TETILLAS MASCULINAS —dijo Owen; por cierto, además de Charrlton Heston, hay evidencias de que Yul Brynner, John Derek, e incluso Edward G. Robinson también tenían tetillas.
   Que The Idaho pasara Los diez mandamientos tan cerca de Pascua era otro ejemplo de lo que mi abuela llamaba el mal gusto «estacional» de casi todos los que tenían algo que ver con el mundo del espectáculo; que debiéramos ver el éxodo del pueblo elegido la víspera de la Pasión y Resurrección de nuestro Señor era algo escandaloso.

John Irving, “Oración por Owen”, pág. 216, edit. Tusquets, Barcelona, 1989
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.143


   Pero no quiero que se hagan ustedes la idea de que Jane era una especie de témpano o algo así sólo porque nunca nos besábamos ni nada. Por ejemplo hacíamos manitas todo el tiempo. Comprendo que no parece gran cosa, pero para eso de hacer manitas era estupenda. La mayoría de las chicas, o dejan la mano completamente muerta, o se creen que tienen que moverla todo el rato porque sino vas a aburrirte como una ostra. Con Jane era distinto: En cuanto entrábamos en le cine, empezábamos a hacer manitas y no parábamos hasta que se terminaba la película. Y todo el rato de cambiar de posición ni darle una importancia tremenda. Con Jane no tenías que preocuparte de si te sudaba la mano o no. Sólo te dabas cuenta de que estabas muy a gusto. De verdad.
   De pronto recordé una cosa. Un día, en el cine, Jane hizo algo que me encantó. Estaban poniendo un noticiario o algo así. Sentí una mano en la nuca y era ella. Me hizo muchísima gracia porque era muy joven. La mayoría de las mujeres que hacen eso tienen como veinticinco o treinta años, y generalmente se lo hacen a su marido o a sus hijos. Por ejemplo, yo le acaricio la nuca a mi hermana Phoebe de vez en cuando. Pero cuando lo hace una chica de la edad de Jane, resulta tan gracioso que le deja a uno sin respiración.

J. D. Salinger, “El guardián entre el centeno”, pág. 89, Alianza Editorial, Madrid, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.144


LAS DESVENTURAS DE FRANKENSTEIN

    La escena tiene lugar en una calle de un barrio marginal de Nueva York. Sentado tras unos contenedores de basura, Frankenstein llora amargamente, su estima está por los suelos. Él, la terrible criatura imaginada en 1816 por la escritora Mary Shelley, y llevada luego al cine con gran éxito, ya no asusta a nadie.
    Hubo un tiempo en que su única competencia era el Conde Drácula, pero aquello era llevadero; cada uno tenía su territorio, no se estorbaban. Además, a él chupar sangre nunca le gustó; a él lo que verdaderamente le iba era asustar un poco a la gente y verlos correr como alma que lleva el diablo.
    Pero ahora todo había cambiado; el mundo vivía atemorizado por banqueros sin corazón succionando los bolsillos. Con los grandes magnates que compraban países y tiraban luego a la basura cuando se cansaban de jugar. Con los gobernantes locos que se divertían provocando guerras, construyendo su poder sobre montañas de muertos. Sí, el siglo XXI se había convertido en una auténtica película de terror.
    Por primera vez Frankenstein, además de triste, estaba asustado, así que, decidido, dio unos pasos al frente, levantó primero la pierna izquierda, luego la derecha y salió a todo correr de la pantalla, de aquella terrible película en que se había convertido su vida.
    Sorteando butacas alcanzó el pasado en busca de su creadora, Mary Shelley. Cuando la encontró, arrodillado le rogó: «Por favor, no me inventes, vengo del futuro; hay allí una gran competencia de monstruos; doy risa». Desesperada, la escritora se arrojó de inmediato al mar, corría el año 1861, se ahogó frente a los acantilados Exmoor. Frankenstein nunca existió.

Julia Otxoa, “Escena de familia con fantasma”, págs. 58/59, Edit. MenosCuarto, Palencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.145

Aquel traje lila multiplicaba por dos su uno ochenta. Marinus Velego había visto por primera vez a aquella mujer en el Pub, y ya lo había impactado. Luego se la había encontrado en una reposición de El último tango en París de Bertolucci, una película que él iba a ver cada vez que la pasaban, en los bares de su ronde noctámbula, en Oliver una de las noche de Pedro y, aquella vez, en Bocaccio, cuando, ajeno a todo lo demás, la escrutó durante una hora larga. Estaba en la barra con un grupo y movía mucho su cuerpo al hablar. Alternaba con enorme rapidez momentos de risa con otros de aislamiento. Pensó que a Modigliani le habría gustado pintarla. Estilizada, con la cara muy fina y el pelo lacio, todo en ella parecía hecho para alargarla. Se acercó, con la excusa de pedir cerillas, sólo para verle las manos. Finas también, le parecieron bonitas, aunque descuidadas. Siguió observándola. Tenía poco culo, pero bastante pecho. Era estrecha de cintura y realmente delgada. Cuando salió se prometió a sí mismo: «Algún día estaré con ella».

Miguel Naveros, “La ciudad del sol”, pág. 576, Edit. Alfaguara, Madrid, 1999 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.146

Verano
     
 —Del cinema al aire libre
vengo, madre, de mirar
una mar mentida y cierta,
que no es la mar y es la mar.
—Al cinema al aire libre,
hijo, nunca has de volver,
que la mar en el cinema
no es la mar y la mar es.

Rafael Alberti, “Marinero en tierra”, 1925
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.147

Sin pensármelo dos veces, me lanzo sobre el asfalto ignorando la proximidad y la velocidad de los vehículos, que se ven obligados a frenar bruscamente y a dar algunos volantazos para esquivarme, lo que provoca uno o dos pequeños accidentes que, por supuesto, no me detengo a observar, pero que organizan un considerable barullo que retiene unos segundos a mis perseguidores, así que una vez doblada la calle siguiente cojo el primer autobús que encuentro, ya en marcha, y solo me bajo de él media hora después, cuando estoy absolutamente seguro de que he logrado despistar a mis perseguidores, y lo hago justo enfrente de unas salas de cines, donde me introduzco, eso sí, mirando a todas partes con miedo a ser reconocido, pues si de algo tengo constancia es de que mis perseguidores tienen infinitos ojos. Sin saber qué películas están poniendo, solicito una entrada para la sala cuatro, que me parece un número afortunado, y resulta ser una de Spielberg, El demonio sobre ruedas, una reposición. Me alegro, porque se trata de una película que no he visto, aunque sospecho que no voy a ser capaz de concentrarme, porque el miedo me obliga a una continua y dolorosa dispersión mental que, entre otras cosas, me impide leer libros desde hace mucho tiempo.

Fran Alonso, “Males de cabeza”, págs. 206 y 207, Edit. Factoría K de los libros, Vigo, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.148


   —Así que se van al cine… —comentó la Gorda enderezándose el sombrero frente al espejo.
   —No sabemos todavía si vamos —pronunció la Queca.
   —Cada cosa que me pongo me hace más gorda —coqueteó la Gorda—. Hoy vi, fíjate, tres mujeres más gordas que yo y el de la carnicería me quiso estafar con el cambio. Me olvidé de contarte.
   —Nos vamos a comer afuera porque no tenemos comida aquí —soltó la oreja, se rió y me fue besando la mandíbula de una sien a otra.
   —Me parece que a este paso no van a ningún cine —dijo con tono protector la Gorda—. Ya son las siete. Me voy volando.
   La Queca se incorporó para besar las mejillas empolvadas de su amiga. «Tienen que encontrarse a las nueve, de hoy o de mañana. Si es hoy, faltan dos horas. ¿Qué va a inventar para echarme?». Volvieron a besarse en la puerta.
   —Aféitese y aprenda a saludar a las visitas —me gritó la Gorda.
   —Cómo habla esta mujer —dijo la Queca al regresar de la puerta; se desprendió la bata y estuvo agitándola para refrescarse el cuerpo desnudo—. Es buena amiga; eso sí. Si vamos a ir al cine, quiero limpiar antes. Podías llamar a la esquina para que traigan un porrón y cigarrillos.

Juan Carlos Onetti, “La vida breve”, págs.178/179, Edit. Punto de Lectura, Madrid, 2007
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.149

“Poesía es creer que va llamarnos por teléfono la que vimos ayer en el cine de barrio”.

Ramón Gómez de la Serna, “Total de greguerías”, 1955  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.150

No era poliomielitis ni nada. Una deformación cuando estaba en vientre de su madre. O cuando la estaba sacando. Tenía unas marcas en la cabeza. Como de tenazas. Y la cojera. Tenía un movimiento descompuesto. No le podías dar la mano. Ni eso. El equilibrio se iba al infierno. Y su manera de subir a la cama. Primero una pierna y luego un salto extraño. Durante una temporada llevó hierros en pierna. Los médicos decían que eso haría que la pierna se pusiera mejor. Una pierna parecía del Pato Donald y la otra era una pierna enorme.
Allí estábamos, riéndonos con una película de Disney. Le gustaba una en la Pluto metía la cabeza en un cubo. La vimos un millón de veces por lo menos. Y colocaba la pierna de los hierros en horizontal sobre la cama. Podía ver trescientas veces seguidas a Pluto metiendo el hocico y la cabeza naranja en un cubo de hierro y luego tratar de quitárselo. Luego aparecía una mosca o una avispa. Y ahí estaba Pluto tratando de quitarse el cubo de hierro y moviendo el culo para espantar al mosquito o a la abeja o a la avispa. Al final le picaba el mosquito y el cubo se le salía de la cabeza. Era algo asó como no hay mal que por bien no venga. Eso era. El culo se le hinchaba como un globo. Pero Pluto estaba contento. Y luego daba volteretas con el mosquito y eso. Y luego aparecía Mickey y le daba palmadas a Pluto en culo y le decía chico malo. O así. Ésa le gustaba mucho. Ella creía que su pierna también estaba dentro de un cubo. Sólo necesitaba un mosquito que le diera bien en el culo para que todo volviera a su sitio. O una avispa.

Félix Romero, “Dibujos animados”, págs. 101/102, Edit. Anagrama, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.151

Hombres en mi habitación

Los hombres que a mí me gustan no saben besar, ni soñar, ni acariciar, no hablan, ni susurran, ni discuten, ni siquiera se despeinan… sólo miran, con unos ojos alegres que no parpadean, y ríen, pero sin hacer ruido, como si no fueran ellos los propietarios de esa boca abierta que muestra unos dientes de ficción. Ya ves, yo los prefiero así, nunca me llevan la contraria y, hasta el momento, ninguno se ha atrevido a abandonarme. Pase lo que pase, ellos siguen ahí, en mi habitación, cuidadosamente pegados a la pared.

Chelo Sierra, “El síndrome de Peter Pan”, relato nº 21, Edit. Cuatro Péndolas”, Madrid, 2012
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.152

Los cine-clubs son asociaciones, habitualmente privadas, cuyo propósito es el fomento de la cultura cinematográfica mediante la programación y difusión de ciclos de películas no distribuidas en los circuitos comerciales. La palabra fue acuñada por Louis Delluc, fundador del primer cine-club francés en 1920. En España comenzó a funcionar en 1923 un Club Cinematográfico al que siguieron las proyecciones irregulares en la Residencia de Estudiantes de Madrid a cargo de Buñuel y las del Cine-Club Español de Jiménez Caballero. La Federación Española de Cina-Clubs se creó en 1957. Durante la dictadura franquista los cine-clubs cumplieron una importantísima función de divulgación y respeto al fenómeno cinematográfico; yo recuerdo con especial cariño el cine-club Saracosta de mi ciudad, Zaragoza, dónde podías ver los clásicos americanos en versión original y muchos títulos modernos que nunca accedían a la cartelera comercial. Con la democracia el cineclubismo disminuyó hasta sobrevivir sólo por un voluntarismo heroico.

José María Conget, “Viento de cine”, Ediciones Hiperión, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.153

CINE MACARIO

Pasaban los días sin pena ni gloria
Un ir y venir de pasos perdidos
Sabían a chicle y a primera novia
Y a Winston mis ganas de amores furtivos

Y mientras los malos a sangre y espada
En una emboscada daban el asalto
Mi mano temblona buscaba en tus piernas
Con el corazón a pique de infarto

Pasaron aviones y barcos y vikingos
Tarzán de los monos, guerras mundiales
Se abrían las puertas a un triste domingo
Que aguaba la fiesta de los escolares

Murió la censura y en un santiamén
Perdieron pa' siempre mi alma los curas
Contigo en secreto mi cuerpo le daba
Un corte de manga a la dictadura

De lunes a viernes valía la pena vivir un calvario
Si el sábado daban una buena peli en el cine Macario
Y menos novenas y menos rosarios
Y más pelis buenas en el cine Macario

Pasó que ese día llegábamos tarde
Salvaba Paul Newman el coloso en llamas
Pasó que llovía y no estaban tus padres
Pasó que por fin me llevaste a la cama

Trepé por tu boca hasta el séptimo cielo
Bebí del licor de tu pecho rotundo
Se vio en la pantalla de tu dormitorio
La escena de amor más hermosa del mundo

De lunes a viernes valía la pena vivir un calvario
Si el sábado daban una buena peli en el cine Macario
Y menos duquelas y menos mal fario
Y más pelis buenas en el cine Macario

No sé si la culpa fue del videoclub
Un corte de luz o un impago bancario
El caso es que un día pasé por allí
Un visto y no visto y no estaba el Macario

Tras la cristalera de un nuevo negocio
Se oía un jolgorio y gritar de lo lindo
Unas jubiladas sentadas en corro
Ganaban el bote y cantaban un ¡bingo!

De lunes a viernes valía la pena vivir un calvario
Si el sábado daban una buena peli en el cine Macario
Y menos duquesas y menos mal fario
Y más pelis buenas en el cine Macario
Y menos novenas y menos rosarios
Y más pelis buenas en el cine Macario

Javier Ruibal, “Quédate conmigo”, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.154

   En esa época ir al cine se reducía a disfrutar de una sola película con ligeras variantes de función: el tema invariable lo proporcionaba la ofensiva aliada contra las huestes del Eje. Una tarde de programa triple (en que con indecible deleite vimos llover obuses sobre un fantasmagórico Berlín donde edificios, vehículos, templos, rostros y palacios se diluían en una inmensa vertiente de fuego; épicos juramentos de amor, penumbra de refugios antiaéreos en un Londres de obeliscos rotos y grandes inmuebles sin fachada, y el mechón de Verónica Lacke resistiendo impasible la metralla nipona mientras un grupo de soldados heridos era evacuado de un rocoso islote en el Pacífico) consiguió que por la noche el fragor de las balas se internara en mi cuarto y que una multitud de cuerpos despedazados y cráneos de enfermeras me lanzaran sobresaltado a buscar amparo en la habitación de mis hermanos mayores.

Sergio Pitol, “Los mejores cuentos”, págs. 57/58, Edit. Anagrama, Barcelona, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.155

ARAGONESES 2

Cuentan que Buñuel en el 61,
cuando le dieron la Palma de oro en Cannes
por Viridiana,
volvió a Zaragoza y a Calando por unos días.

En el Paseo Independencia
un señor, al que Buñuel parecía conocer,
se paró a saludar diciéndole:
Don Luis, la última película suya,
flojica, eh, flojica…

Ángel Pestime, “El desierto avanza”, 1997    
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.156

Los jueves por la tarde iba al cine con la doncella, pero no disfrutaba con las películas, porque los actores estaban demasiado delgados. Se pasaba hora y media en la sala a oscuras aguardando ansiosamente a que apareciese alguien con aspecto de disfrutar comiendo. Para Anna, Bette Davis no pasaba de ser una mujer con aspecto de no comer bien. «¡Están todos tan flacos!», decía al salir del cine.

John Cheever, “Relatos 1”, pág. 20, Edit. Planeta, Barcelona, 2006
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.157

THE END

The end. Final. El fin.
Cuando terminan toda las batallas.
Y todos los amores consiguen ser felices,
desgraciados o inútiles. Los héroes
destruyen sus hazañas para mentir de nuevo.
Y se encienden las luces. Y nos quedamos solos.
Con un olor a ozono y a domingos perdidos.

Manuel Sánchez Chamorro, “Crucigramas”, 1996 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.158

Casi cada viernes por la noche la familia Gray se vestía de punta en blanco y se dirigía, los padres delante y los hijos dos pasos por detrás, al cine Alhambra, un granero convertido en teatro de variedades que se hallaba en la esquina de un callejón sin salida en mitad de la calle Mayor. Allí se sentaban los cuatro, uno al lado del otro, en los asientos de libra y seis peniques, los mejores del local, para contemplar las mejores ofertas de Parámetro, Warner-Goldwyn-Fox o los Estudios Gauling y Eamont. ¿Qué voy a decir de los desaparecidos cines de nuestra juventud? El Alhambra, a pesar de los escupitajos en el suelo de madera y la atmósfera de humo de cigarrillos y aire estadizo, era para mí un lugar eróticamente sugerente. Admiraba sobre todo la magnífica cortina escarlata, ondulada en suaves curvas y con delicados flecos dorados, que me hacía pensar inevitablemente en la dama de Kayser Bondor y su vestido plisado y su viso de encaje. Aquella cortina no se alzaba, como debía ocurrir en los tiempos en que había espectáculos de variedades, sino que se separaba en su mitad y se recogía a cada lado con un susurro leve y sedoso, mientras las luces se apagaban lentamente y los gañanes que ocupaban los asientos de cuatro penique se ponían a silbar como cacatúas y producían una percusión como de jungla en la madera del suelo con los tacones de los zapatos.

John Banville, “Antigua luz”, pág. 151, Edit. Alfaguara, Madrid, 2012    
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.159

El imperceptible contacto me trae la imagen. En la oscuridad del cine, Leonor me mordisque la oreja, me lame, introduce la punta de su lengua, cálido y terso berbiquí, en el agujero del oído, suena ahí dentro amplificado, mezcla de rumor y chasquido. El móvil calor húmedo cosquillea en el cartílago, y la sensación vibrante, caliente y pegajosa, se trasmite como un escalofrío al resto del cuerpo y corta la respiración, o, para  ser más preciso, me levanta la polla, aunque es verdad que respiro de forma entrecortada como una máquina de tren.

Rafael Chirbes, “En la orilla”, pág. 311, Edit. Anagrama, Barcelona, 2013.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.160

"Los fantasmas de Roxy" 

Sepan aquellos que no estén al corriente,
que el Roxy, del que estoy hablando, fue
un cine de reestreno preferente
que iluminaba la Plaza Lesseps.

Echaban NO-DO y dos películas de ésas
que tú detestas y me chiflan a mí,
llenas de amores imposibles y
pasiones desatadas y violentas.

Villanos en cinemascope.
Hermosas damas y altivos
caballeros del Sur
tomaban té en el Roxy
cuando apagaban la luz.

Era un típico local de medio pelo
como el Excelsior, como el Maryland,
al que a mi gusto le faltaba el gallinero,
con bancos de madera, oliendo a zotal.

No tuvo nunca el sabor del Selecto
ni la categoría del Kursaal,
pero allí fue donde a Lauren Bacall
Humphrey Bogart le juró amor eterno

mirándose en sus ojos claros.
Y el patio de butacas
aplaudió con frenesí
en la penumbra del Roxy,
cuando ella dijo que sí.

Yo fui uno de los que lloraron
cuando anunciaron su demolición,
con un cartel de: "Nuñez y Navarro,
próximamente en este salón".

En medio de una roja polvareda
el Roxy dio su última función,
y malherido como King-Kong
se desplomó la fachada en la acera.

Y en su lugar han instalado
la agencia número 33
del Banco Central.
Sobre las ruinas del Roxy
juega al palé el capital.

Pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas
a las que nadie encuentra explicación.
Un vigilante nocturno asegura
que un trasatlántico atravesó el hall

y en cubierta Fred Astaire y Ginger Rogers
se marcaban "el continental".
Atravesó la puerta de cristal
y se perdió en dirección a Fontana.

Y como pólvora encendida
por Gracia y por La Salud
está corriendo la voz
que los fantasmas del Roxy
son algo más que un rumor.

Cuentan que al ver a Clark Gable en persona
en la cola de la ventanilla dos
con su sonrisa ladeada y socarrona,
una cajera se desparramó.

Y que un oficial de primera, interino,
sorprendió al mismísimo Glenn Ford,
en el despacho del interventor,
abofeteando a una rubia platino.

Así que no se espante, amigo,
si esperando el autobús
le pide fuego George Raft.

Son los fantasmas del Roxy
que no descansan en paz.

(Joan Manuel Serrat)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.161

SESIÓN CONTÍNUA

Eran días de algodón de azúcar, pantalón corto y lluvia 
mojando un verano azul. 
Eran mis primeros días de cine, las primeras cicatrices 
que el amor tatuó en mi piel. 
Cada sábado puntual en el Excélsior alimentaba mis sueños 
de dos rombos la taquilla. 
Una muchacha que vendía las entradas, 
que partía en dos mi alma al sonreír 
tras el cristal. 

Y cuando en la pantalla rugía al rescate el Halcón Milenario, 
yo era Han Solo y ella Leia dándome mi cambio 
y dos entradas para el cielo y a mi lado Indiana Jones, 
perdido, buscando el tesoro que escondíamos tú y yo. 

Sesión continua a tu lado, yo soy tu octavo pasajero, 
paseando en la Nostromo, buscándote para anidar en tu pecho.
Mi corazón daba piruetas como un poseído Bruce Lee 
cuando se encendía la luz y te encontraba allí. 

El tiempo pasó. Cerró el Excélsior y en su lugar 
han abierto un súper del que ya te hablé. 
No lo encontrarás en la cartelera, 
no iluminan la Albufera sus carteles de neón. 
Todavía cuando voy al cine busco su mirada triste alumbrando la taquilla. 
Pero el cristal sólo me devuelve el reflejo de este niño 
que se empeña en no crecer. 

Y cuando en casa ruge en la tele el Halcón Milenario 
sigo siendo Han Solo y ella Leia entre mis brazos. 
¿Quién sería el que te raptara? ¿Quién me robó las entradas 
centraditas y en mis sueños para ver tu cuerpo arder? 

Sesión continúa lejos de ti. Sigo siendo tu octavo pasajero 
paseando en la Nostromo. Buscándote para anidar en tu pecho.
Cuando se enciende la luz, como el viejo Woody Allen, 
quedo solo y descompuesto pues te busco como antes. 

Y cuando en la pantalla ruge al rescate el Halcón Milenario 
sigo siendo Han Solo y ella Leia entre mis brazos. 
Me acompañan en la huida la pobre bruja Avería, 
Naranjito, E.T. y Fantomas, mi negativa a crecer. 

Sesión continúa lejos de ti. Yo soy tu perro callejero 
de patrulla por el barrio, buscándote para anidar en tu pelo. 
Me ha atrapado el lado oscuro. Hoy regreso a tu futuro 
para buscarte en mis sueños, para ver tu cuerpo arder.

(Ismael Serrano)
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.162

Tuve esa segunda noche, antes de apagar la luz, en el cuarto ya familiar, la sensación de estar atrapado en un juego de computación, del que ya había visto para los días sucesivos todos los escenarios: aquella mesita en mi cuarto con el cuaderno abierto todavía en blanco, las pocas galerías comerciales, la librería descorazonadora, las salas de juego extrañamente llenas a la hora de siesta, el único cine, el aula de la facultad, los dos bares tardíos de la noche…

Guillermo Martínez, “La muerta lenta de Luciana B”, págs. 233/234, Edit. Planeta, Barcelona, 2010
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.163

RECUERDO DE MIS SESIONES CONTINUAS
EN EL BELLAS ARTES

Una buena autopista,
un coche al que poder
pisar a fondo,
música, cerveza,
cigarrillos, la rubia
de rigor de copiloto,
y venga a tragar millas.

Eso era
poderío, sí
señor; eso era vida:

romper 
con todo, largarse
una vez más.

Lástima
que al salir
lloviese a cántaros
y no tuviésemos
ni para el autobús.

Karmelo C. Iribarren, “Serie B”, 1998.
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.164

   Y a todo esto, en medio de las discusiones, las dudas y los portazos, había que: bajar al cine, acudir al dentista, pagar las multas, hacer la compra, pasar la aspiradora, descargar las fotos (¿te has acordado?), comer con nuestro padres y hermanos de vez en cuando, felicitar a los amigos por su cumpleaños, ir al cine, llevar el coche al taller de chapa y pintura, celebrar la Navidad, visitar museos y librerías, depilarse y afeitarse, reservar entradas para el teatro porque si no luego, cortarse el pelo, reiniciar el ordenador, arreglarse las uñas, sentarse a desayunar, renovar el pasaporte, cepillarse los dientes después de cada comida, leer el editorial del periódico, mirar por la ventana, sonreír, volver a sonreír, mirar de reojo a dos perros de la calle mientras se apareaban, ducharse, programar el despertador para que sonase a las siete o quedarse inmóviles un momento, en medio de la nada, a las cuatro de la tarde, contemplando una mota que palpitaba en le aire o pensando en el estupor de la vida…
       
Eloy Tizón, “Técnicas de iluminación”, pág. 69, Edit. Páginas de Espuma, Madrid, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.165

HISTORIA DE AMOR EN UN CINEMA

En el viejo salón cinematográfico
Las parejas se estremecen

En la pantalla dos artistas
Bésanse bailan fuman
Y una cortina tenue los encierra

La maravillosa que está conmigo
Se abandona feliz

Sus labios buscan en la sombra
La boca sonrosada del actor

José María Álvarez, “Museo de cera”, 1963
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.166
             
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SALIR DEL CINE EN PLENO DÍA

Durante un buen rato ha seguido a la protagonista, las peleas, los cambios de situación. Ha vivido en la oscuridad bajo otros cielos. El cine le ha vaciado de sus pensamientos actuales, le ha llenado con sus imágenes. Le ha depurado del tiempo y de su continuidad. Pasa por el pasillo o las escaleras que llevan afuera. Primero se encuentra bajo la luz de las lámparas, con una primera franja del mundo habitual. Sin embargo, todavía no es más que un paso, una transición. De repente, abre la puerta.
   Afuera brilla el sol. Lo había olvidado. Por completo. Se pregunta cómo es posible. No su olvido, sino esta luz del día. Exterior, sol. No estaba en el guión. Debería ser de noche. Como de costumbre, con muy poca gente en le calle, con taxis furtivos y escaparates cerrados. Pero no. Es de día y hasta daña un poco la vista. Las aceras están llenas de gente, ¿Qué han estado haciendo durante todo este rato? ¿Han trabajado? ¿Corrido? ¿Cómo han logrado existir?
   De acuerdo, se las habrán ingeniado como de costumbre. Pero aún así. Su persistencia masiva es algo enigmática, incluso vagamente provocadora. Cuando usted está atrapado en la misma corriente, cuando trabaja o toma el autobús con ellos, ni siquiera se da cuenta. Sabe bien que se espabilan para seguir existiendo. Paro ahora, mientras usted estaba con la protagonista y toda su lucha, no sabe como han conseguido hacerlo.
   Ellos han continuado con sus idas y venidas. Su tiempo se adapta al presente. Sus gestos se encadenan unos a otros. Lo de usted, no. Al contrario, para usted la duración se ha distendido. Ha formado una gran bolsa en la que han cabido la historia de la película, los paisajes, sus emociones, tal vez vidas enteras. Bastante deprisa esta cuestión se difumina y termina por desaparecer. Pero solamente por negligencia o por arrebato. No está realmente zanjada.
   
Roger-Pol Droit, “101 experiencias de filosofía cotidiana”, pág. 157/158, Edit. Grijalbo, Barcelona, 2003
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.167

DE RITA CONTABAN…

de la rita contaban
y no acababan.
cuando se estrenó gilda
en madrid, en la gran vía,
algunos falangistas
jóvenes, ensuciaron
con tinta los carteles.
conozco a alguno de ellos.
aún creo que se acuerdan.

Jesús Munarriz, “Cuarentena”, 1977 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.168

LA MAESTRA DE ESCUELA

En la escuela en la que aprendimos a sumar
la maestra tenía ganas de innovar,
y el tiempo en que aplicó aquel sistema audaz
fue dulce de verdad, dulce pero fugaz,
dulce pero fugaz.
Antes de llegar ella había tal dejadez
que de orejas de burro nunca hubo escasez
y quienes las vendían vieron la ocasión
de hacer una fortuna ante esta situación,
ante esta situación.
La maestra tenía aires de innovación
y al mejor de la clase un beso prometió;
un beso de los que en el cine se dan
en la boca al final la chica y el galán,
la chica y el galán.
Entonces sucedió algo insólito, pues
ya no hubo más novillos, más desinterés,
y aquellos vendedores de repente ¡plaf!
supieron lo que es la bancarrota, el crack,
la bancarrota, el crack.
El director cuando el curso llegó a su fin
las notas nos leyó con cierto retintín,
y la pobre maestra llena de rubor,
pues a todos nos dio matrícula de honor,
matrícula de honor.
En el recreo fue en donde ella se vio
obligada a cumplir lo que nos prometió,
y al ser tantos a los que tuvo que besar
la sesión se alargó hasta la hora de cenar,
la hora de cenar.
Huelga decir que aquel sistema innovador
no lo admitió jamás el necio del rector
de la escuela a pesar de su buen palmarés
se expulsó a la maestra pocos días después,
pocos días después.
E hizo la ociosidad su reaparición
si exceptuamos al sempiterno empollón
y el curso posterior fue un fracaso total
pues la clase sacó suspenso general,
suspenso general.
En la escuela en la que aprendimos a sumar
la maestra tenía ganas de innovar,
y el tiempo en que aplicó aquel sistema audaz
fue dulce de verdad, dulce pero fugaz.

                                          Georges Brassens
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.169

  Mi hija me advirtió que las salas de cine tenían los años contados. Yo, que había fabulado el suicidio de un ciudadano que decide no abandonar un cine salvo para entrar en otro y así hasta el fin, y que en una novela intenté sintetizar la existencia de un hombre en siete sesiones cinematográficas, no quise aceptar esa profecía, que no anunciaba tanta la muerte de la películas como la desaparición de los templos donde se oficia la ceremonia de su proyección. Hay personas cuya historia se asocia para siempre a determinados paisajes, a ciertas músicas, a una docena de palabras esenciales. Mi biografía se podría construir a través de esas placentas protectoras con nombres palaciegos, Dux, Elíseos, Pagoda, Coliseum, Rialto, Rex, Dome, Capitolio, Roxy, que a menudo se repiten de ciudad en ciudad, de continente en continente.

José María Conget, “La mujer que vigila los Vermeer”, pág. 83, Edit. Pre-textos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.170

   Chiki teme por sus hijos y se preocupa más que cualquiera de los padres de familia de Westminster. Algunos ni siquiera revisan las tareas, Chiki contagia su nerviosismo.
—Hoy no tienen permiso para ir al cine.
—¡De todos modos,mamá nos va a llevar! —se jacta Gaby. 
   En el cine de las Américas pasan películas de policías y ladrones. Cada balazo la sobresalta. «No tengas miedo, Ma, toda la vida voy a protegerte», le dice Gaby. Estoica, Leonora aguanta los Westerns con sus cowboys, cuyas pistolas todavía humean, y sus diligencias asaltadas por indios que bajan a galope de la sierra entre tiroteos. El galope de los caballos la estimula.
—Yo solía galopar mejor que ése —le dice a Gaby.
—¿Y salvabas a la muchacha?
—Si no me salvé ni a mí misma ¿cómo podría salvar a muchacha alguna?

Elena Poniatowska, “Eleonora”, pág. 362, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.171

Entre en el Cineac y pagué los dos francos con cincuenta en la taquilla. La empleada, una rubia con el pelo corto, quiso guiarme con su linterna hasta las primeras filas, pero preferí sentarme al fondo de la sala. Las imágenes del noticiario se sucedían y el locutor las comentaba con una voz chillona que yo conocía de memoria, la misma voz desde hacía veinticinco años…

La acomodadora ocupaba una silla plegable delante de mí, contra la pared del fondo, cerca de la entrada. Oí el ruido de la silla al cerrarse. El haz de luz de su linterna barrió la fila de asientos que se encontraba a mi altura, pero al otro lado del pasillo. Guiaba a un joven de uniforme. Apagó la linterna y se sentaron juntos. Pude oír algunas palabras de la conversación. También él subiría al tren de El Havre. Trataría de estar de regreso en París en quince días. La llamaría para darle la fecha exacta. Estaban muy cerca. Solo nos separaba el pasillo. Hablaban en voz alta, como si ignoraran mi presencia y la de las dos siluetas dormidas delante de nosotros. Se quedaron callados. Se abrazaban y se besaban…

Ahora la acomodadora estaba sentada a horcajadas sobre las rodillas de su compañero  y se sacudía con movimientos bruscos y un rechinar de resortes. Muy pronto, sus suspiros y gemidos acabaron por ahogar la voz aguda del locutor.

Patrick Modiano, “Más allá del olvido”, págs. 76/77/78, Edit. Alfaguara, Barcelona, 2014  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.172

SESIÓN DE NOCHE

Hay películas que sólo se pueden ver de noche.
Aquellas que nos dicen lo que siempre seremos.
Las que cuentan historias que pudieron ser nuestras.
y al final nos confunden con malos desenlaces.
Hay películas tristes, en blanco y negro, viejas,
que la noche repite en cansadas sesiones
mientras vanos al cine invitados por nadie
y la muerte se sienta junto a nuestra butaca
y la vida es un Óscar que nunca ganaremos.

Manuel Sánchez Chamorro, “Crucigramas”, 1966  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.173

   Tenía que contar lo del dinero a la Conchi. Las dos dormían en una cama en el cuartito de atrás. Y Encarnita quería mucho más a la Conchi que a la hermana mayor, y ni hablar de su hermano, que trataba a la pequeña como si fuera aire. Pero la Conchi era valiente, la Conchi sabría que hacer. El año pasado, cuando no tenía más que trece, la Conchi se había enfrentado con la madre: «El duro del jornal sí te lo doy. Las veladas, no. La peseta que me gano por las noches es para mí. Para mí, ¿te enteras? Y si no, no velo. Ya es bastante pasar hambre y encima no poder ir al cine el domingo.» Así se lo había dicho la Conchi, y la madre no dijo ni una palabra.

Arturo Barea, “Cuentos completos”, pág. 314, Edit. Debate, Barcelona, 2001
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.174

Según lo que había oído hablar a sus amigas, a todas les iba más o menos parecido. Todas, sin faltar una, suspiraban en las películas excitantes y leían libros considerados elegantemente pornográficos cuando ocasionalmente aparecían en las librerías. Lo que ni Emma ni las otras lograban explicarse era por qué sus experiencias en la vida real tenían tan poco que ver con las maravillas de la ficción literaria o cinematográfica. ¿Por qué, no lograban ellas con sus esposos remontarse a esas alturas? ¿Por qué sin embargo, cuando leían las novelas o veían las películas aquellas, sus cuerpos respondían como convencidos de que era posible sentir todo eso?

Gioconda Belli, “El intenso calor de la luna”, pág. 40, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2014

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.175

EL CINE DE LOS SÁBADOS

Maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros.

Antonio Martínez Sarrión, “Teatro de operaciones”, 1967

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.176

Su cine (el de Chaplin) está lleno de muchachas en apuros, a las que él ayuda a salir adelante. En Luces de la ciudad, se trata de una ciega; en Tiempos modernos, de una mendiga ladrona; en La quimera del oro, de una emigrante; en Candilejas, de una bailarina que se ha querido cuidar y a la que una extraña dolencia impide mover sus piernas. De todas ellas se ocupa, a todas sirve el más solícito de los caballeros. Y de todas, como es lógico, se enamora. De todos los grandes cómicos de ese tiempo es el único que supo amar de verdad a las mujeres. Buster Keaton no sabía qué hacer con ellas; Groucho era un misógino recalcitrante y Harpo se conformaba con hacerlas gritar. Chaplin las ayudaba a sobrellevar sus penas, las rodeaba de atenciones y las hacía reír. Es decir, las amaba como probablemente ellas desean ser amadas.

Gustavo Martín Garzo, “El baile de los panecillos”, 2014

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.177

OH OH OH EL CINE

He visto muchas cosas en mi vida
Algunas increíbles y magníficas
Pero ninguna tan hermosa
Tan fabulosamente grande y loca
Como esta insólita aventura
Del cinematógrafo.

José María Álvarez, “Museo de cera”, 1964   

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.178

   Cerró el cuaderno de inglés y se colocó los auriculares que venían en la cajita roja. Los tres primeros canales ofrecían música de orquesta, supuestamente relajante; el cuarto también estaba dedicado a la música, pero intercalaba noticias deportivas; el quinto, conectado con el vídeo, reproducía de palabra la nota que en aquel mismo instante mostraba la pantalla: la película que iban a dar tenía por título Eva y la Serpiente, y cumplía todos los requisitos legales.
   —La serpiente es el ser más maligno de todos cuantos creó Dios Nuestro Señor —oyó a través de los auriculares. En la pantalla, junto a los créditos, aparecía una serpiente de verdad.
   La banda sonora de la película, una melodía de tonos graves, envolvió las palabras que siguieron a la presentación:
   —La serpiente dijo a la mujer: ¿Así que Dios os ha prohibido comer de los árboles del huerto? La mujer respondió: No, podemos comer los frutos de los árboles que hay en el huerto. Sólo del árbol que se encuentra en medio del huerto nos ha dicho Dios: No comáis de él, no os acerquéis a él, de lo contario moréis.
   Se quitó los auriculares y terminó de beber el café con la mirada puesta en espalda de las dos religiosas, cuyos asientos se encontraban un poco más adelante. Si el comentario irónico que había hecho el conductor antes de salir de Barcelona tenía alguna base —había dicho que la película iba a gustar mucho a las dos monjas—, les aguardaban una cuantas escena fuertes.

Bernardo Atxaga, “Esos cielos”, págs. 49/50, Ediciones B, Barcelona, 1996  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.179

TORTUTA la de la película de Kubrick que emitieron después de un partido de fútbol. La cortaban cada media hora con bloques de publicidad que duraban veinte minutos. Como los demás la habían visto, al llegar las doce se levantaron y me dejaron solo hasta el final, cuando Nikole Kidman dice eso de “Tenemos que hacer algo inmediatamente”, y Tom Cruise le responde “¿Qué?”, y ella le dice : “Follar. Tenemos que follar cuanto antes”.
En ese momento, de no haber sido el nuestro, habría tirado mi zapato al televisor. R. y G., antes de irse a la cama, me habían advertido, “¿pero te vas a quedar viendo eso?” Abrumado por la magnitud del bodrio, caminé hasta la cama. M. se dio la vuelta en ella, y sin llegar a despertarse, me preguntó: “¿Qué tal?” Yo le dije, tenemos que hacer algo inmediatamente. “¿Qué?”, me preguntó desde las profundidades en que se hallaba. Animado por su respuesta, seguí el guión y le dije, follar, tenemos que follar cuanto antes. “¿Vale. Ahora?”, me preguntó, pero antes de terminar esta frase había vuelto a caer profundamente dormida, y casi mejor, porque a ella, que tanto se ha quejado de aparecer dormida en estos libros, no creo que le hiciese demasiada gracia tener que salir ahora despierta a la luz pública después de hacer aquí el papel de Nikole Kidman.  

Andrés Trapiello, “Miseria y compañía”, págs. 224/225, Edit. Pretextos, Valencia, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.180

TE RECUERDO, HUMPHREY

Tanta nostalgia enhebra los momentos
más cálidos. Me envuelve la penumbra
junto al café y al cigarrillo. Suenan
voces extrañas, susurrantes, mientras
el piano acompaña soledades
escondidas. Los ojos
más profundos que nunca me han mirado,
los firmes movimientos
de unas manos, las frases poderosas
de un hombre están allí,
vagando eternamente
por la atmósfera turbia. Si no fuera
porque esto no es el Rick´s ni Casablanca,
juraría que he visto a Humphrey Bogart.

María Sanz, Antología “Mujeres y café”, 1995

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.181

Tengo la certeza de que soy mejor persona cuando leo un libro o veo una película. Lo tengo comprobado desde que una tarde de mi adolescencia, sobre un mar de pipas y mientras el humo de los cigarrillos velaba la pantalla, alguien sostuvo mi mano entre las suyas (o viceversa) durante una sesión continua en un cine de barrio madrileño, a la par que Bruce Lee repartía elegantes mamporros a todo color. Este invento, me refiero a la sesión continua, ha cubierto las necesidades emocionales años y años de quienes acudían a ver cine en un bucle continuo, sin horario y a permitido pasar la tarde a precios populares a lo largo y ancho de un país donde no cabía casi nada más que mereciese la pena.

Verónica Segoviano, “Sesión continua”, pág. 26, Edit. Unaria, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.182

   —¡Eh! ¡Máquina, máquina! —gritó Ramón de repente, excitadísimo.
   Un conocido actor y director de películas plagadas de ordinarieces, que arrasaba en taquilla, venía caminando de frente. Se detuvo. Ramón se puso a su lado.
   —¿Te importa que me haga una foto?  ¡Eres mi ídolo, máquina!
   —Venga, colega, pero rápido, que tengo prisa.
   Ramón pasó la mano por el hombro del actor, que congeló una sonrisa. Se notaba que le repateaba tener que prestarse a eso. Ramón hizo la foto y se separaron.
   —La voy a colgar diciendo que eres la caña.
   —Gracias, máquina. Y no te descargues mis pelis.
   —¿Para cuándo la próxima? ¡Eres el único genio que queda en España!
   Pero el actor ya se iba, y no se volvió.

Martín Casariego, “El juego sigue sin mí”, pág. 99, edit. Siruela, Madrid, 2015  

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.183

En verano de 1941 se estrenó en Normandía, y en seguida en todos los cines barrio, una película rodada podo después de la Ocupación. Era una simpática comedia: Primera cita. La última vez que la vi me causó una impresión extraña que no se justificaba ni por la ligereza de la trama no por el tono festivo de que hacían gala los protagonistas. Me decía a mí mismo que seguramente Dora Bruder habría asistido, un domingo, a una proyección de la película, cuyo argumento narra la fuga de una chica de su edad. Se escapa de un pensionado como el Sagrado Corazón de María y durante su fuga encuentra al que se conoce enlos cuentos de hadas y en las novelas como el príncipe azul.
   La película presenta una versión rosa y anodina de lo que le sucedió a Dora en la realidad. ¿Le habría dado la idea para su fuga? Concentraba mi atención ellos detalles: el dormitorio, los pasillos del internado, el uniforme de las internas, el café donde espera la heroína cuando se hace de noche… No había nada que se pareciese a la realidad, aparte de que la mayoría de las escenas estaban rodadas en estudio. No obstante, sentía cierto malestar. Procedía de la luminosidad del film, del mismo grano de la película. Un velo parecía cubrir las imágenes, acentuaba los contrastes y a veces los difuminaba, en una blancura boreal. La luz esa al mismo tiempo demasiado clara u demasiado oscura, ahogando las voces o haciendo el timbre más estentóreo e inquietante.
   Comprendí repentinamente que esa película estaba impregnada por los espectadores del tiempo de la Ocupación: espectadores de todas clases, muchos de los cuales no habían sobrevivido a la guerra. Habían sido arrastrados a lo desconocido, después de ver la película un sábado por la noche que solo había sido una tregua. La guerra y la amenaza exterior se olvidaban mientras duraba la proyección. Se apretaban unos contra otros en la oscuridad de la sala, siguiendo la ola de imágenes de la pantalla, y entonces ya nada podía pasar. Y todas las miradas, por una suerte de proceso químico, habían modificado la sustancia misma de la película, la luz, la voz de los actores. Esto es lo que sentí, pensando en Dora Bruder, ante las imágenes en apariencia intrascendentes de Primera cita. 

Patrick Modiano, “Dora Bruder”, pgs. 73/74, Edit. Seix Barral, Barcelona, 2014

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.184

    —¿Por qué no vamos al cine? —propone, de repente, Sofía.
    Hemos bebido bastante y a todos nos parece una buena idea no retomar el coche hasta dentro de un rato.
    —Sí, sí, vamos —dice Tom. Y dirigiéndose a mí—: Nos podemos sentar juntos u hacer manitas.

    La película cuenta la historia de un niño cuyo perro muere atropellado por un coche para ser posteriormente resucitado por su joven amo, volver a morir y ser revivido una última vez. Nos sentamos en dos filas, los adultos delante y los niños y Úrsula detrás. Tom me coge la mano y pasamos toda la película así, con las manos entrelazadas, en algún momento me la besa muy discretamente y me roza el cuello con los labios. Apoyo la cabeza sobre su hombro y cierro los ojos durante un segundo. Me acaricia la rodilla, me dejo hacer, resulta agradable pero no electrizante. Tal vez sea necesario desear un mínimo las cosas antes conseguirlas. Los dos nos emocionamos con el final de la película y los dos fingimos disimularlo. Es lo más civilizado que he hecho con   en muchísimo tiempo.

Milena Busquets, “También esto pasará”, págs. 60/61, Edit. Anagrama, Barcelona, 2015 

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.185

Sin una palabra, cerró a continuación. La casa, situada en el Maresme, cerca de Premiá, era magnífica, era una casa de las que aparecen en las revistas y los reportajes de la tele elaborados para que la gente pase envidia y crea en la vida, aunque sea en la vida de los otros. Los muebles eran también de alta calidad, y de alta calidad era también el silencio.
   El que acababa de abrir dijo en ucraniano:
—Hola, Igor, eres puntual.
—Siempre hay que ser puntual en las fiestas. Por cierto, no conocía esta casa.
—Está alquilada a nombre de una compañía cinematográfica. La tenemos desde hace quince días.
—¿Y es segura?
—Completamente, aunque la cambiarán antes de tres meses, cuando empiece a llamar la atención. Si es que la llama. Para la policía, las casas de los ricos son siempre honorables.

Francisco González Ledesma, “Peores maneras de morir”, págs. 51/52, Edit. Planeta, 2013  

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.186


ANTE EL QUIOSCO…

“Ante el quiosco  no había nadie excepto el
paladar del verano entonces vino un
perro totalmente normal sólo sus
patas en la calle caliente como
la excursión de dos funcionarios de aduana
descalzos en uniforme hasta la taquilla del cine

Herta Müller, “Los pálidos señores con las tazas de moca”, e.d.a.libros, Benalmádena, 2010 

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.187

Ahí tenemos a Fred. Está sentado. Ante sus ojos, dos hombres torturan bestialmente a un tercero, lo despedazan y hunden sus restos en una bañera llena de ácido. Es el afán de lucro el que guía su brazo. Tendrán su castigo. Alrededor de Fred, sentados como él en la oscuridad, algunos espectadores se ríen, otros se tapan los ojos. Fred no manifiesta ninguna reacción, no atiende a lo que pasa, parece preocupado, piensa en otra cosa. Hete aquí que se levanta, abandona la sala, cuando quedan todavía más de tres cuartos de hora de proyección.
   Fuera la luz era fría y metálica…

Jean Echenoz, “Cherokee”, pág. 19, Edit. Anagrama, Barcelona, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.188

   Sin embargo, en mi imaginación yo me vi trasmutado en Julien Sorel, y me sentí audaz ante Sara Montiel como él ante Madame de Rênal. No seré yo menos, pensé. ¡Allá voy!, dije, y me levanté, y con mi precioso traje marrón y mi pecherín de perlas y chorreras crucé el enorme salón lleno de celebridades —allí estaban entre otros, Marcello Mastroianni, Virna Lisi, Julie Christie, Alain delon—, caminando entre la gente gorda en alas de mi viejo complejo de clase hacia donde me esperaba la mujer más rica del lugar, que era también la más hermosa, etcétera, etcétera, y me acerqué a Sara Montiel y, con una reverencia, la saqué a bailar, y ella me despidió con apenas un gesto de fastidio. Y yo me quedé allí, expuesto al ridículo, toda la gente gorda mirándome con odiosa piedad, y al darme la vuelta para volver a mi sitio, al que me correspondía, vi al otro lado del salón a Sofía Loren, ella misma en persona, porque es verdad que estaba allí rodando Los girasoles, y sin pensarlo fui hasta ella y, esta vez sin reverencia, la saqué a bailar, bailamos gentilmente bajo las lámparas cenitales, dando vueltas y vueltas entre las exclamaciones de asombro, de admiración de complicidad, de la concurrencia…

Luis Landero, “El balcón en invierno”, págs. 194/195, Edit. Tusquets, Barcelona, 2014 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.189

Fui a ver la película de Enrique Urbizu La vida mancha cuando se estrenó, hace ya algo más de una década. Confieso que lo hice por algo que, con un alto grado de autoindulgencia, me atrevería a denominar deformación profesional, pero que en realidad no pasa de ser una superstición íntima. Con ese título, me dije sin el menor fundamente in re, resulta imposible que sea una mala película.
Sin embargo, no pretendo hablarles de la película en cuanto tal, sino de algo, relacionado precisamente con su título, que me sucedió el día que acudí a verla, unos minutos antes de entrar en la sala. Cuando estaba esperando en la cola para adquirir la entrada, delante de mí tuvo lugar un diálogo que con el paso del tiempo ha vuelto de manera recurrente a mi memoria. La persona que me precedía, un cincuentón solitario de aspecto melancólico, en el momento en el que le llegó el turno se acercó a la taquilla, deslizó un billete y le dijo a la joven y risueña muchacha que despachaba: “Una para la sala 2”. Imagino que para evitar cualquier malentendido, la taquillera, de forma amable y rutinaria, preguntó: “¿La vida mancha?”, a lo que el tipo respondió, sin la menor vacilación: “Mucho”. La muchacha se rió, le dio la entrada y el cambio, y puso cara de querer añadir “tenga la amabilidad de hacerse a un lado para que pueda atender al siguiente”.

Manuel Cruz, “La vida mancha”, 2015

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.190

El Cinexin y los Lumière

Debía de tener unos cinco años cuando los Reyes Magos me regalaron el Cinexin. A mí, a mi hermano y a todo el vecindario, pues en aquella España de finales de los setenta los bienes infantiles solían ser comunales, como la muchacha que llevaba consigo al pueblo el alcalde de Amanece, que no es poco. El Cinexin era un artilugio de propiedades seudomágicas por mucho que sus rudimentos llevaran inventados más de ochenta años. Aquel objeto de plástico tenía un cargador para cintas, que encajabas a tientas. De su cuerpo sobresalía una manivela cuyo giro, y en combinación con una bombilla interior, generaba sobre la pared una animación del Pato Donald o de Mickey Mouse haciendo cabriolas. El plan te apañaba tardes enteras: invitabas a un par de vecinos, hundías la habitación en el misterio profundo de la oscuridad y una intensa luz se lanzaba contra la primera superficie sólida que le salía al paso. El ratón simpático rebotaba contra un muro o se descolgaba con un tirabuzón. Flipábamos.

Michi Huerta, “Libro de cine para regalar”, Cap. I, Edición digital, abril, 2014

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.191

Pues bien, imagínate que una tarde, la víspera de Navidad, esperaba con mis dos hijitas a la puerta del cine «Rex» donde ponían una película de Walt Disney. La cola se componía de padres con sus hijos. Un poco delante de nosotros un hombre muy rígido, de cabello blanco, me llamó la atención. Esperaba solo, enfundado en un abrigo amarillo y con una bufanda gris polvoriento, Dirigía miradas furtivas a los niños que le rodeaban, como buscando uno determinado que estuviese disponible y con el que pudiese entablar conversación. Nuestras miradas se encontraron, era Lafaure.
   Volvió la cabeza bruscamente hacia otro lado, como un hombre sorprendido en flagrante delito. Le vi salirse disimuladamente de la cola. ¿Temía que un gesto demasiado marcado pudiese atraer nuevamente la atención sobre él y que le detuviesen? ¿Me había reconocido? Me hubiera gustado preguntárselo, como puedes figurarte, pero Thierry Lafaure de perdía ya, con sus andares de fantasma, entre la muchedumbre del bulevar.

Patrick Modiano, “Tan buenos chicos”, págs. 32/33, Edit. Alfaguara, Madrid, 1985

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.192

El cine sigue siendo una granada de mano en el cerebro, un beso en la ingle, un grito en medio de la calle que da el loco al que aún no extinguieron o hicieron ingerir una pastilla roja o azul para hacerle invisible como en Matrix. Pasolini lo vio pronto y tiró de la argolla muchas veces. Hay otro cine de ruido y furia, de pan y circo, de lobotomía y palomitas que emponzoña los ojos del presente. Pero ese cine es un batido de vainilla con mucha azúcar que empuja al sobrepeso, no el cóctel Molotov lleno de ácido sulfúrico y vaselina que entra primero suave y luego quema por dentro la barriga, las certezas, los consensos y lo poco sagrado que aún se esconde en nuestros ojos, en apariencia libres. ¿Resistirán los Verdi, los Golem, los Renoir? ¿Recordáis los Alphaville? Allí vi “El Festín de Babette”. Un secreto: las noches de luna llena, sed de besos y hambre de hummus en compañía, si entráis en el Ebla y le decís a Juan la contraseña os enseñará los letreros originales que lucía aquel cine con nombre de peli de Godard. Podéis llorar.

Ramón Soria Breña, “Churros y cerveza en el Café Comercial”, 2015

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.193

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir  pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a unos parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde la casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren, un viaje de cinco horas y mi mujer le recibiría en la estación. No lo veía desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en contacto. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaba. Su visita no me entusiasmaba. Yo no lo conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuera ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás…

Raimond Carver, “Catedral”, pág. 219, Edit. Anagrama, Barcelona, 2010

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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.194

El 23 de marzo de 1971 es una fecha clave en mi vida sentimental. Tenía nueve años. Hacía tiempo que mi padre, Alberto, me calentaba la cabeza con Ingrid Bergman y, esa noche, me anunció que en la tele echaban “Recuerda”. Mi padre era un extraño caso de proletario de pueblo que, por puro afán de saber, había acumulado por su cuenta una cultura fuera de lo normal. El cine fue una de las muchas adicciones con que me alegró los días, e Ingrid la primera mujer que quiso compartir conmigo.
Yo ya sabía qué era eso del amor. Cristina Galbó, en “Del rosa al amarillo”, me había trastornado el año anterior. Con la Ingrid Bergman de “Recuerda” me volvió a pasar y al verla luego en “Encadenados” enloquecí. Pero qué cosa tan bonita. No tuve más remedio que escribirle una carta para confesarle que me quería casar con ella. En el sobre puse “Ingrid Bergman. Hollywood”, la eché al buzón y me quedé tan ancho. Ella no me respondió y yo no he vuelto a pedir matrimonio a nadie…

Luis Alegre, “Te querré siempre”, 2015
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.195

Por supuesto, durante el viaje nos dio tiempo a hablar de todo; o de casi todo: como yo también he tenido dieciocho años, sabía que un chaval de dieciocho años no acepta consejos de su padre, o por lo menos no acepta consejos explícitos, así que mi plan para aquel viaje consistía en no hablar nunca explícitamente del desconcierto de Raül, a menos que él lo sacase a colación, pero aprovechar cualquier oportunidad para hablar implícitamente de él. Recuerdo por ejemplo que conversamos sobre La jungla de cristal 5, la última película de Bruce Willis, que acababa de estrenarse en los cines y que, aunque no nos había gustado tanto como La Jungla de cristal 4, nos había gustado mucho, sobre todo porque en esta nueva entrega de la serie aparecía por primera vez el hijo del agente McClane, que era casi igual de bestia que su padre y que le ayudaba a salvar d nuevo el mundo salvando a los buenos y matando a los malos; y recuerdo que, mientras hablábamos de Bruce Willis (o del agente McClane) le dije a Raül que el  Marco que Marco se inventó era el Bruce Willis (o el agente McClane) del antifranquismo y el antifascismo…

Javier Cercas, “El impostor”, pág. 414, P.R.H. Grupo Editorial, Barcelona, 2014 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.196
Cuando yo era niño, la gente, también los adultos, dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a contar las películas, y así un producto de Hollywood, hecho y difundido gracias a las tecnologías más costosas, se convertía en lo más primario y lo más humilde, un cuento contado en voz alta en un corrillo. Cuando mi madre vo9lvía de ver una película de mayores yo le pedía que me la contara con el máximo detalle. Algunos de los cuentos de miedo que más me han sobrecogido en mi vida me los contaba mi tío en la oscuridad del dormitorio que compartíamos cuando volvía de ver una película de vampiros o monstruos. El grado máximo de entusiasmo narrativo era cuando nos juntábamos en un grupo en el que todos habíamos visto la misma película, y competíamos los unos con los otros alzando la voz para rememorar la escena que más nos había gustado…

Antonio Muñoz Molina, “Arqueologías del cine”, 2015
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.197

A la mañana siguiente ya está repuesta. Él tiene la polla dura. Ella se la coge con la mano. Duermen siempre desnudos. Su cuerpo es inocente y cálido. Al final, Dean la coloca de través en las almohadas, un ritual que ella acepta sin decir palabra. Transcurre media hora antes de separarse, rendidos, y piden el desayuno. Ella se come sus dos bollos y uno de él.
Por la tarde ven una película de Laurel y Hardy, una reliquia de hace treinta años. El cine es un cuartito. Los asientos son como revistas rotas. Más tarde pasean por la ribera del río. El agua, gris, parece que no discurre. Ella baja a la orilla para recoger unas espadañas para su cuarto. Dean la espera en el sendero. La ve escoger lo que va a llevarse a manos llenas. ¿Y si se queda embarazada?, se pregunta él. Las nubes son pesadas, su base es oscura como el plomo…

James Salter, “Juego y distracción", págs. 108/109, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2013  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.198

LAS MANOS DE ORLAC 

Una vieja película en blanco y negro narra la historia de Orlac.
Tras su ejecución, a Stephen Orlac, lanza cuchillos de circo
      y asesino,
Le amputan las manos y las trasplantan a un pianista
Que ha perdido las suyas en un tren descarrilado.
Las manos se niegan a obedecer al nuevo cuerpo,
Deciden moverse a su antojo y recobrar su instinto
      criminal.
En lugar de volcarse sobre el teclado del piano, buscan
      cuellos que apretar.
El pianista de esta noche sin duda ha recibido en comodato
Las manos de Orlac. Escuchen como asesina la música de Bach.

Juan Manuel Roca, “Pasaporte del apátrida”, pág. 52, Edit. Pre-Textos, Valencia, 2011
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.199

A la salida de Olba, los vertederos que invadían las orillas de la rambla transmitían infecciones a las casas vecinas, construidas en zonas que inundaban loas torrenciales lluvias de otoño. Los niños jugábamos entre montones de basura, nos metíamos hasta las rodillas en cenagales plagados de mosquitos y ratas, entre restos de animales muertos, vestidos viejos, excrementos secos, colchones sucios y vendas y gasas ensangrentadas y mordidas por las bestezuelas. Buscábamos restos de tebeos, cromos de futbolistas o de películas, páginas sueltas de revistas ilustradas, carteles de cine, recortes de celuloide, herramientas abandonadas que nos servían como juguetes, una peonza, un muñeco roto, un caballo de cartón mutilado, un balón agujereado que se podía reparar con un parche de goma de los que ponía el hombre del taller de bicicletas, o al que le dábamos patadas a medio hinchar.

Rafael Chirbes, “En la orilla”, págs.. 72/73, Edit. Anagrama, Barcelona, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.200

   En cuanto entramos en el cine se apagaron las luces y se iluminó la pantalla: «Kate tres-dedos, episodio 5. El collar de Lady Chichester».
   El piano empezó a sonar, enfermizamente dulzón. Nunca más, nunca, jamás, nunca. A través de cavernas inconmensurables para el hombre hasta el mar desprovisto de sol…
   El cine olía a gente pobre, y en la pantalla las damas y los caballeros evolucionaban en traje de noche con sonrisas forzadas.
   —¡Ahí está —dijo Ethel, dándome un codazo. ¿Ve a esa chica, la que lleva una cinta en el pelo?  Ésa es la chica que conozco; ésa es mi amiga. ¿Ve eso? Dios mío, qué mala es. Dios mío, ¡qué grito!
   —Oh, ¡cállese! —dijo alguien.
   —Cállese usted —dijo Ethel.
   Abrí los ojos. En la pantalla una chica bonita apuntaba con un revólver a un grupo de individuos. Retrocedían con los brazos muy levantados por encima de sus cabezas y una expresión de terror en los rostros. Los labios de la chica guapa se movieron. La rolliza anfitriona se desabrocho un collar de gruesas perlas y cayó, desmayada, en los brazos del lacayo. La chica guapa, sosteniendo el revólver de forma que el público pudiera ver que le faltaban tres dedos, retrocedió de espaldas a la puerta. De nuevo se movieron sus labios, se veía que estaba diciendo: «Sigan con los brazos en alto…». Cuando apareció la policía todo el mundo aplaudió. Cuando cogieron a Kate tres-dedos todo el mundo aplaudió aún más fuerte.

Jean Rhys, “Viaje a la oscuridad”, págs.. 130/131, Edit. Grijalbo, Barcelona, 1990 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.201

Muchas tardes de finales de invierno, con tiempo todavía sombrío y glacial, cuando la señora Harley recibía instrucciones de sacarla hasta las cinco, se llevaba a la niña al cine. Deborah ocupaba la butaca contigua a la de la niñera en el local oscuro, sin llorar ni quejarse nunca. De vez en cuando estiraba el cuello para ver mejor la pantalla, pero por lo general se quedaba quieta en su asiento, escuchando la música y las voces…

Jhon Cheever, “Relatos 1”, pág. 100, Edit. Planeta, Barcelona 2006 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.202

Hizo un gesto brusco, borrando los pensamientos de un manotazo.
—Le he traído algo.
Ella se sorprendió. Saqué unas entradas del bolso.
—Ha sido usted muy amable dedicándome todo este tiempo, leyendo por mí. Le he comprado unas entradas de cine para que vaya con su marido. Es para ver una película de Rita Hayworth. Usted me recuerda mucho a esa actriz.
Se quedó muy quieta y, aunque resulte poco adecuado decirlo, con la boca abierta como una boba. Luego reaccionó.
—Pero… de ningún modo. ¿Cómo voy a…?
—¿No le gusta el cine?
—No es eso… Es que usted no tiene por qué compensarme de nada. Lo he hecho con mucho gusto.
Le tendí las entradas con determinación.
—Cójalas —insistí—. Son para esta noche. Para las sesión de las diez.
Las aceptó con una extraña formalidad, como si fuera un ritual o una ceremonia.

Marian Izaguirre, “La vida cuando era nuestra”, págs. 129/130, Edit. Lumen, Barcelona, 2013
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.203

      UNA FOTO

A la salida del cine,
en la acera,
cogidos del brazo,
un hombre y una mujer
miran a la cámara
y sonríen.
                       Él lleva
gabardina y el pelo para atrás,
pegado al cráneo;
ella, guapísima, un abrigo
largo, oscuro, de satén.

Son mis padres;
y parecen felices.

Yo llegué después.

Karmelo C. Iribarren, “La ciudad”, pág. 229, Edit. Renacimiento, 2008
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.204

El cine estaba en una suave penumbra, y el acomodador, con su linterna, parecía el cómplice de alguna aventura a punto de producirse. Todo era suntuoso, solemne y muy grande. Nada tenía que ver con los domingos de Shirley Temple, con Tata María durmiéndose en la butaca de al lado, y a la que tenía que despertar de cuando en cuando para que no roncase. Apenas podía moverme de la butaca, me sentía inundada de pasmo, fascinación y una chispita de miedo. Y, sobre todo, la emoción de entrar en un espacio nuevo, absolutamente desconocido y cautivador. Porque no veía la pantalla, entraba en ella, galopaba en sus caballos, gritaba con sus gritos de guerra, blandía sus espadas… Y no entendía nada. Pero precisamente por eso me atraía más: puro misterio, puro enigma; la tierra donde a mí me gustaba vivir, avanzar, imaginar; el mar donde deseaba sumergirme, al borde siempre de un descubrimiento; puro deseo de alcanzar o recuperar algún lugar que me pertenecía, y todavía no había encontrado. Las inquietudes que me despertó aquella película son difíciles ahora de repetir. Sólo retazos, fragmentos, como el de la aparición de aquella Loretta Young —que en la película era una princesa llamada Blanca de Navarra—, y que su belleza me dejó anonadada.

Ana María Matute, “El paraíso inhabitado”, Edit. Destino, Barcelona, 2008 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.205

Los senos de la mujer eran dos chozas despobladas. Su piel, todavía blanca, contrastaba con el metal frío del inmueble. Los hombros, como dos bollos dulces, los amplios muslos, detuvieron la atención del hombre, también la barbilla y los labios entreabiertos, en una mueca cercana a la obscenidad. Afuera la canícula de agosto abocetaba a ciudad con una densa neblina de polvo. Desde hacía varios minutos el viento anunciaba una tormenta.
   El ventilador giraba sobre ambos y el aire agitaba los bucles pelirrojos de ella con inútil persistencia. El hombre se preguntó qué sitios habría visitado, cuáles serían sus gustos: ¿amaría, como él, el cine negro?, ¿sería el caballo su animal favorito?, ¿el café cargado?, ¿las galletas de chocolate?, ¿cuál sería su color?, ¿le gustaría la cerveza o preferiría el vino tinto?, ¿en qué lugares habría amado?, ¿usaría ropa interior de fantasía?, ¿el carmín violeta…?
   Luego imaginó las luces de neón tiñendo su rostro en la noche de la cuidad y sus ojos de extrarradio observando a los hombre solitarios que salían del cine a escasos metros de la esquina del bulevar.
    Se preguntó cómo desmembrar ahora aquella espalda, la cabeza cubierta de por una cabellera de falso color caoba.
    Rechazó la idea de proseguir la ficción que sus pensamiento se empeñaban en construir a su alrededor e invocó al deber profesional.
    Afuera comenzó a llover.
   Con pulso tembloroso, como una cortina agitada, el forense empuñó en bisturí eléctrico.
                                                                                                                                                                                            Juan Gracia Armendariz
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.206

A los dos nos gusta el cine; y estamos dispuestos a ver, en cualquier momento del día, cualquier tipo de película. Pero él conoce la historia del cine hasta el último detalle; se acuerda de directores y actores, incluso de los más antiguos, olvidados y desaparecidos desde hace mucho tiempo; y está dispuesto a recorrer kilómetros para ir a buscar, en los barrios más alejados, viejísimas películas de la época muda, donde parecerá tal vez por pocos segundos un actor vinculado a sus más remotos recuerdos y entrañables recuerdos de infancia. Recuerdo, en Londres, una tarde de domingo; en un barrio alejado, en los límites del campo, daban una película sobre la Revolución Francesa, una película de los años 30, que él había visto de niño y donde aparecía unos instantes una actriz famosa de aquella época. Fuimos en coche a buscar aquella viejísima calle; llovía, había niebla, dimos vueltas durante horas por suburbios todos iguales, entre filas de casitas grises, canalones, farolas y cancelas; tenía sobre mí regazo el plano, no lograba leerlo y él se enfadaba; al final, encontramos el cine, nos sentamos en una sala completamente desierta. Pero al cabo de un cuarto de hora, él ya quería marcharse, inmediatamente después de la breve aparición de la actriz que tanto le interesaba; yo, por el contrario, después de tanto recorrido, quería ver como terminaba la película. No me acuerdo de si prevaleció su voluntad o la mía; tal vez la suya, y nos fuimos al cabo de un cuarto de hora; porque, además, ya era tarde, y aunque habíamos salido poco después de mediodía, ya era hora de cenar. Cuando le rogué que me contara cómo terminaba la historia, no obtuve ninguna respuesta satisfactoria, porque él decía que la historia no tenía ninguna importancia, que lo único que contaba eran esos pocos instantes, el perfil, el gesto, los rizos de aquella actriz.    

Natalia Ginzburg, “Las pequeñas virtudes”, págs.62/63, Edit. Acantilado, Barcelona, 2002
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.206

—¡Oh!
—Perdone…
—Perdone usted.
—No. Yo tuve la culpa. Estaba limpiando mis anteojos y no la vi llegar. Lo siento, de veras.
—Pero yo lo tropecé distraída. Disculpe usted.
—No fue nada. Es una mala costumbre mía detenerme en medio de la gente a limpiar los lentes.
—(Ríe: «Ja, ja, ja».) Yo lo hago peor, porque siempre me descubro mirando al suelo en cualquier sitio. Bueno. Con su permiso…
—Disculpe. Es una impertinencia, pero usted iba…
—… A la taquilla del cine. Creo que usted llevaba la misma dirección.
—Más o menos. Quiero decir, acabo de pensarlo. En vista de la hora, una película… Pero no es tiempo todavía para los boletos. Tenemos casi una hora por delante. Mientras tanto, ¿le gustaría tomar algo?
—Es mucha molestia.
—¡Qué va! Ese café está casi vacío. Podríamos ocupar aquella mesita si le parece… 

Salvador Garmendia, “Los peligros de Paulina”, pág. 31, Edit. Salto de Página, Madrid, 2014
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.206

Los motivos que provocaban las voces en las sesiones eran variados. El alboroto, el griterío, la jarana, se producían por ejemplo cuando los buenos lograban vencer a los malos después de disputas y más disputas. Un momento especialmente celebrado en las películas del oeste era la parición del séptimo de caballería, acontecimiento que solía ir acompañado de gritos, aplausos y pataleo en las salas. Si la situación era adversa  
y eran los malvados quienes parecían llevar ventaja a los héroes, tampoco solían los espectadores resignarse al mutismo y, muy al contrario, dejaban patente su descontento profiriendo gruesos improperios contra el forajido de turno. A veces, cuando el bueno y el malísimo todavía andaban a puñetazos y no estaba claro quién iba a vencer, algunos asistentes manifestaban igualmente su opinión jaleando a su favorito con el fin de infundirle los ánimos necesarios.

Wifredo Román, “Castillos de ceniza”, págs. 140/141, Edit. Aruz, 2013 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.207

En Benidorm, en aquella época, había diez, doce cines de verano… Cada noche vamos a uno. En la plaza Triangular se exhiben los carteles de las películas. Cine Europa, No desearás al vecino del quinto; Cine Manila, Las petroleras; Cine Jamaica, Desde Rusia con amor; Cine Andalucía, Amarcord… Me quedo mirando distraída los dibujos de las carteleras del cine clásico: John Wayne tiene los ojos ultraazules; Rhonda Fleming, el pelo incandescente. Bajo con un papelito para apuntar las películas de hoy, aunque a veces me da por alardear de memoria y llego a casa recitando sesiones, locales y ofertas cinematográficas como un antiguo vendedor de periódicos.

Marta Sanz, “La lección de anatomía”, pág. 50, Edit. Anagrama, Barcelona, 2014  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.208

Carmel no cabía en sí de júbilo cuando Hollywood decidió adaptar Despertares y conocí a Penny Marshall y Robert De Niro. Pero durante mi cincuenta y cinco cumpleaños su instinto le jugó una mala pasada. De Nito asistió a mi fiesta de City Insland y ( con la habilidad que tiene de hacerse invisible) consiguió llegar a mi casita e instalarse tranquilamente en el piso de arriba sin que nadie lo reconociera. Cuando le dije a Carmel que había llegado De Niro, me replicó en vos muy alta: «Ése no es De Niro. Es alguien que se le parece. Un doble, enviado por el estudio. Sé cómo es un actor de verdad, y no me ha engañado ni un momento.» Carmel sabía proyectar la voz, y todo el mundo oyó su comentario. Yo mismo no supe qué pensar, y me fui a la cabina telefónica de la esquina, desde donde llamé a la oficina de De Niro. Sorprendidos, me dijeron que naturalmente era el auténtico De Niro. Y a nadie le divirtió más que al propio de Niro, que había oído los bramidos de Carmel.

Oliver Sacks, “En movimiento. Una vida”, págs.. 335/336, Edit. Anagrama, Barcelona, 2015  
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.209

Siempre que entraba en un cine y se perdía en sus ensoñaciones, su sentimiento de culpa afloraba como una especie de dolorcillo agudo en algún rincón de su alma. Se sentía culpable de estar malgastando el tiempo, por perderse los subtítulos, por sentar su atención en las mujeres atractivas o en detalles extraños que no eran importantes para seguir la trama. A veces viendo una película, ya fuera por motivos comprensibles i incluso sin razón alguna, tenía una erección, y entonces se encorvaba sobre sí mismo en la butaca del cine y calculaba que, si llegaba a casa un par de horas antes que su padre, se haría tranquilamente una paja sin el agobio de que lo pillaran.

Orhan Pamuk, “Una sensación extraña”, pág. 161, Edit. Random House, Barcelona, 2015
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.210

L.- ¿Te gusta éste lugar?
N.- Sí. Nunca había estado antes, ¿y tú?
L.- Tampoco. Me gustas mucho.
N.- Tú a mi también (Se besan.)
L.- Me gustaría estar siempre de vacaciones, como en las películas.
N.- Todo es mentira en las películas.
L.- Son mentiras cautivadoras.

Roxana Popelka, “Todo es mentira en las películas”, pág. 56, Edit. Baile del Sol, Tenerife, 2005
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.211

INQUIETUDES

Él la llevó al cine, ponían
la última
de Bond, “la próxima
elijo yo”, dijo ella
quejándose ante sus amigos.

Y la semana siguiente vieron “Amor con preaviso”
y fue él quien se quejó
mientras cenaban
con la pandilla,
y tras el reproche se dieron un besito.
Y luego todos comentaron
lo distintos que son los hombres y
las mujeres
en cuanto a gustos cinematográficos
y luego hablaron de la tele,
del último programa de moda.

Más tarde las chicas
conversaron por su cuenta 
de ropa.
Y ellos de fútbol.

Nacho Messeguer, “Mal tiempo en primavera”, pág. 27, Edit. Baile del Sol, Tenerife, 2009 
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BOCATA LITERARIO CON CINE DENTRO.212

—Ahora todo está modernizado, pero antes se necesitaba un buen aprendizaje —dijo con un calculado desdén—. Ahora tienes la película entera en una lata y la máquina lo hace todo. Solo hay que apretar un botón. Antes había que cambiar de bobina cada veinte minutos, porque cada bobina llevaba veinte minutos de película, ¿sabe usted?, y había dos proyectores, así que al hacer el cambio de uno a otro había que andar listo sino querías cargarte un trozo de película y oír las protestas del público… No es por decirlo pero yo era de los buenos al empalmar los rollos. Perdí muy pocos fotogramas. Y otra cosa importante: ahora ya no, pero en aquellos tiempos, las películas eran de nitrato y se inflamaban con falicidad. ¿Sabe usted que solución teníamos en caso de incendio?
—Un extintor, supongo.
—No, señor. Un sifón.
—¿En serio? No puedo creerlo. 

Juan Marsé, “Esa puta tan distinguida”, págs. 66/67, Edit. Llumen, Barcelona, 2016   
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