domingo, 17 de enero de 2016

Relatos de Don Wayne L.

Te vas a tropezar con ellas, tres o cuatro “Teresas” que se dirigen a la sesión semanal del  CineClub, con ese aire de intelectuales porque van a ver una inédita película georgiana o islandesa hablada en vete tú a saber que jerga. Al CineClub, me río yo que las conozco bien y sé que no les gusta el cine.


LAS TERESAS

— «Vistas de una en una no sabrás reconocerlas. Ves a una mujer que taconea con prisa por la acera o te fijas en otra que se toma el desayuno, sola, acodada en la barra de un café y nunca podrás identificar a una “Teresa”. Hablar con conocimiento de las “Teresas” requiere cierto nivel de experiencia, haberlas tratado previamente. Las reconocerás mejor cuando se muestren en pareja o en grupo, el número plural es lo que da consistencia a las “Teresas”, el medio en que mejor se desenvuelven. Deberás también prestar atención a los detalles, la edad, entre los treinta y los cuarenta, la indumentaria, definida por una forma de vestir desenfadada, moderna, pretendidamente juvenil, como si todas se hubiesen puesto de acuerdo en comprar la ropa en Zara, Stradivarius o en Oysho; no pases por alto la actitud, ese halo de libertad y complicidad en que se envuelven, esa pose de falsas solteras. Has de entender que al estatus de “Teresa” solo se accede tras pasar por el altar, el juzgado o la convivencia prolongada con un hombre; el galón definitivo se alcanza después, por vía de divorcio, separación o de ruptura.
No olvides nunca que estamos hablando de “Teresas”, de personas críticas, inconformistas, exigentes. Una “Teresa” te va a poner el listón muy alto. Siempre querrá más. El encanto de lo rutinario, de los caminos trillados por la costumbre y la vida doméstica, les parece insuficiente. Ándate con ojo, notarás enseguida que son mujeres que leen libros, siempre tienen uno a mano; debe de ser porque se encuentran en un proceso permanente de autorealización o porque aspiran a un crecimiento personal ilimitado, por lo que a menudo serán libros de autoayuda, pero no te sorprendas si las ves enfrascadas con una novela de Pamuk, de Modiano, de Saramago o de Munro. No sé si me sigues. Es posible que sobre su mesita de noche te des de bruces con algún texto filosófico de Byung-Chul Han o ciertos libros de poesía actual, preferiblemente escritos por mujeres, por lo visto se susurran al oído cosas que solo ellas entienden. Vale, tú tampoco eres de los que leen poco, que a diario te bebes con avidez un par de periódicos y la prensa deportiva, pero enseguida caerás en la cuenta de que el trasunto literario no va a ser precisamente uno de vuestros temas favoritos de conversación. 
Tienes que saber, por otro lado, que las “Teresas” son personas que se nutren de eso que podríamos llamar “expectativas”, son activas, gustan de salir, viajar, divertirse, conocer sitios, tener amigos… Cosas así. Tú, en cambio, que eres hombre de temperamento reposado y de costumbres hogareñas, acabarás por darte cuenta de que hay algo que no encaja. No entiendes qué necesidad hay de acudir a un estreno teatral precisamente el día en que pasan por la tele todo un clásico de Godard, que se le antoje salir a dar un paseo justamente en el momento en que estabas leyendo en el suplemento de “El Mundo” un absorbente artículo sobre la economía de mercado en los países emergentes y por supuesto, te da por el saco que haya quedado para cenar en un italiano con Marga y Floren  justo la noche en que se juega un partido de la Champions. En el mismísimo momento de ceder ya sabes que habrá una segunda parte: que «como piensas salir a la calle con esa facha», «que estás hecho un adán»... Tendrás que afeitarte, cambiarte de ropa y adecentarte un poco, vamos. Un ascazo, con lo bien estabas, cervecita en mano, tan ricamente estirancado en el sillón de orejas. Durante el trayecto en coche enciendes la radio para escuchar al comentarista deportivo que relata las incidencias del choque futbolístico. Y ahí está ella, rebulléndose en el asiento del copiloto, poniendo esa cara de disgusto, que bien podría alegrarse un poco, hostias, que al final has sido tú el que ha consentido. Ocupas tu puesto en la mesa de la pizzería buscando el ángulo propicio que te permita mirar con el rabilo del ojo la pantalla del televisor, pendiente de esa falta que va a lanzar Messi desde fuera del área. A ver sino cómo vas a opinar mañana en la tertulia del almuerzo.
No me malinterpretes, son cosas que haces porque te gusta estar al día; por eso a la hora de comer aprietas puntualmente el interruptor del televisor y sintonizas las noticias de la 1. Al momento ya estás oyendo la monótona letanía de las tres: «Si es que me oyes pero no me escuchas», «que te hablo y tú como quién oye llover», «que nada de lo que digo te interesa», «que no se puede contar contigo para nada», «que pareces autista»... Se levanta dejando a medias la comida y sale del comedor muy tiesa, llevando los platos en alto, con esa cara de amargada,  los labios bien fruncidos, que parecen no decir nada pero lo dicen todo. 
Y luego está el asunto ese de la cama. Las “Teresas” son directas, cuando deciden abrirse de piernas es para que su amante se las folle sin complejos. Nada de polvines de esos tibios, familiares y espontáneos a la hora de costarse, con lo que a ti te pone la improvisación, el “aquí te pillo aquí te mato”. Una “Teresa” te va a exigir faenas de una masculinidad categórica, largas, toreras, que actúes como un artista del meneo, que le pongas dedicación, no sé si me entiendes. Gozará si está segura de que estás pensando en ella, que no actuarás como un trilero dispuesto a despojarle de su orgasmo. Y que no se te escapen las cabras del redil antes de tiempo porque entonces vas listo. ¿Lo pillas? Dejar en la estacada a una “Teresa” es peor que delinquir, prepárate para oír de todo, peor aún, es probable que en tres o cuatro días deje de dirigirte la palabra. La verdad, uno no sabe bien a qué viene tanta exigencia, tanta queja, tanto gesto adusto. Vale, puede que tú tengas algo de culpa, pero en definitiva ella es tan responsable como tú de lo que os pasa, cada uno es como es, cuando decidió enrollarse contigo ya te conocía. Es lo que yo digo.  
Las “Teresas” son de naturaleza testaruda. Intentará cambiarte, ten por seguro que echará mano de mil y una tretas para intentar reeducarte, que te amoldes a sus gustos. Al final, la realidad, que es mucho más tozuda que ellas, acaba por imponerse. En pocos años el embeleco romántico de la parejita ideal, su modelo del amante de película, acaban por naufragar, se van a pique en el ineludible océano de la mediocridad de la vida cotidiana. Qué quieres que te diga, el tipo con el que conviven como que les sabe a poco. Carecen de aguante. 
Una noche a la hora de la cena te va a sorprender con una enigmática frase: «Tenemos que hablar. Lo nuestro no puede seguir así». Te pillará desprevenido, chaval; te vas a quedar estupefacto, sin saber que decir, además estabas viendo una serie de zombis de la que todo el mundo habla, esa que pasan por la Cuatro… Básicamente será ella la que hable. Será concisa en sus argumentos: quiere empezar una nueva vida, vuestra relación está agotada, que eres un misántropo,  un egoísta, en fin, que está hasta el mismísimo coño de convivir con un muermo… Que no te aguanta ni un minuto más, vamos. Y tú que no tienes nada que decir te quedarás helado, con una cara de pasmado acorralado que seguramente hará la situación todavía más insoportable…
Sin que llegues a entender muy bien lo que ha pasado, al día siguiente te vas a encontrar con el culo al fresco en plena calle. A partir de ese momento, vas a ser tú quién quiera hablar, arreglar la situación, entender lo que ha pasado. Comprobarás que el diálogo con una “Teresa” es imposible. Son mujeres que se cierran en banda. «Si lo que querías es hablar haber dado el paso mucho antes, oportunidades no han faltado», te espetará, endosándote un portazo en plena jeta. 
Ha decidido que a partir de ahora se vive mejor sola. Ya ves tú. Se quedan con la casa, con el gato y con la custodia de los críos; y yo se te ocurra pleitear por la tutela, es inútil, además tratará bien a los niños, mejor así… Bien mirado tú no sabrías muy bien qué hacer con ellos. Entre su salario, las “Teresas” cuentan siempre con ingresos y la pensión que tú les pasarás sin rechistar, van a disfrutar de una economía solvente. 
Es este el punto de inflexión, a partir de aquí las “Teresas” desplegaran todo su colorido. Encararán la vida desde un punto de vista completamente nuevo, como una aventura, un desafío, una experiencia de la que siempre pueden esperar un acontecimiento extraordinario… ¡Ja! Y lo que es más sorprendente, pasado el trance de la vida conyugal, un trago que por lo visto para ellas debió de ser tan imprescindible como amargo, sienten un extraño impulso por lo gregario, una necesidad vital por agruparse con otras como ellas, compartir la vida, intimidades, no sé, pasarlo bien. Observarás que enseguida comienzan a juntarse y a comportarse como adolescentes. Sus modos de vestir rejuvenecen, cambian de peinado, sus  costumbres empiezan a ser otras. La misma persona que tú conociste desilusionada, mustia y aquejada por continuos dolores de cabeza, se vuelca ahora en una vida social hiperactiva. Se citan por las tardes, se reúnen en las cafeterías de moda, salen de copas, hacen amigos, charlan de sus chismes y se ríen como tontas, que uno no entiende a qué viene tanto jolgorio habiéndose  quedado más solas que un desmán. Partidito de pádel, con monitor, una vez a la semana. Quincenalmente sesión de baile de salón. Una vez al trimestre cursillo de meditación, yoga, risoterapia o lo que se tercie. Y en verano el clásico viajecito a lugares tan exóticos como Paris, Ámsterdam o Praga, ciudades en las que se dedican a ir de compras en bandada, visitar monumentos y si se da el caso pillar cacho. Les da súbitamente por poner a prueba sus dotes en el campo de la seducción. Casi siempre se traen en un rincón de la maleta alguna aventurita “inconfesable”, Angelo, el camarero de una trattoria romana o Dimitri, aquel guía tan simpático que las acompañó a conocer los baños turcos de Budapest, vivencias que ellas mismas se encargan de airear entre bromas por el WhatsApp, para que tú puedas estar al día de como se desmelenan. ¡Por favor, hay que ser panolis como para no darse cuenta de que esos sinvergüenzas lo único que buscan es aprovecharse de ellas. Y que conste que no lo digo por despecho, que a mí me da lo mismo, pero no dejan de parecerme conductas infantiles, inmaduras, posturitas para un manual de resabiadas.
Y lo grave es que en una ciudad pequeña como esta, no hay manera de eludir a las “Teresas”, tarde o temprano, cuando menos te los esperes, acabarás dándote de morros con ellas. Vas a cruzar un semáforo y ahí van, en el flamante Wolkswagen que acaban de comprarse, no muy grande, color verde pistacho, metalizado. Puede que sea a la salida de la oscura gestoría en que trabajas, al salir de ese bar del barrio en que te has cenado un bocadillo de tortilla recalentada bajo la luz enfermiza de la barra, mientras hojeabas por quinta vez la revista comarcal del trimestre pasado, o cuando sobre las nueve de la noche, algo pasado de cañas, regresas a la lóbrega madriguera de alquiler donde ahora sobrevives. Te vas a tropezar con ellas, tres o cuatro “Teresas” que se dirigen a la sesión semanal del CineClub, con ese aire de intelectuales porque van a ver una inédita película georgiana o islandesa hablada en vete tú a saber que jerga. ¡Al CineClub!, me río yo que las conozco bien y sé que no les gusta el cine. Que hubo noches en que se le antojaba ver una película en casa y tú, para contentarla, la dejabas elegir y siempre aparecía con un dvd tipo “Memorias de Africa” o “Los puentes de Madison”, películas cuyo argumento te conocías de memoria. Te ibas quedando dormido y entre cabezada y cabezada, notabas que te miranba de reojo y te dabas cuenta de que no la gustaba lo que estaba viendo, que aquella película era un bodrio. Acababais por apagar el dvd y optar por algún concurso de la tele, que siempre son más entretenidos. ¡Tú veras!, a ver a qué coño vienen ahora con esas ínfulas cinéfilas, que a ti no te la dan. Te juro que no exagero. ¿Y la de veces que habrás renunciado tú a ver “Alerta máxima” o “La jungla de cristal” solo por complacerla a ella...? ¿Qué pasa, eso no cuenta?
Y las ves así, cogiditas del brazo, y hay que reconocer que resplandecen, tan desenvueltas, con esas piernas tan largas, ese pecho que apunta decidido hacia delante, esos labios tan bien resaltados o esa media melena ahora sutilmente teñida con esas mechas que le favorecen tanto. Te cruzarás con ellas y vas notar cierto cachondeito, cómo te miran con algo de aversión, como quién se topa con un sapo en plena calle y, si eres persona observadora, entenderás enseguida el significado de las risitas y los solapados codazos que le dan a la del medio, señalando el “Marca” que sujetas bajo el brazo. Han rejuvenecido, estamos de acuerdo, pero te ponen enfermo. Les devolverás el saludo sin levantar mucho la cabeza. Ya no te haces ilusiones, no les interesas. Para una “Teresa”, los hombres como tú, una vez catados, no pasáis de ser tipos vulgares, aburridos espantajos, apáticos recalcitrantes, carne muerta.
Escúchame bien. Tú hazme caso a mí. Sí has tomado la decisión de emparejarte, busca por ahí una de esas marmotas obsecuentes, una novia abnegada que acepte vivir bajo tu sombra, que te diga que sí a todo, que sea capaz de apañarse con un pato en la cama, que acepte sin  rechistar la vida que le ofreces. No vayas a equivocarte de cuento, no caigas nunca en la red que tejen las “Teresas”. Sé de lo que hablo, durante diez años estuve casado con una. Aquí en la cartera llevo una foto suya, si quieres te la enseño. Aquella mujer se llamaba Teresa…»



1 comentario:

  1. Sebastián de Jesús18/1/16 13:59

    ¡Joder con las Teresas! ¿Tendrán algo que ver con aquella de Ávila? Voy a tener que plantearme lo de seguir yendo al Cineclub, al menos que exista un antídoto...; por lo de las picaduras.

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