miércoles, 14 de abril de 2010

Relatos de Don Wayne VI

         Avioncitos al Cielo

―¡Me cago en mi santa estampa!
La exclamación se le escapa entredientes al tipo de la barra, mientras tiñe de un oscuro color a carajillo y nicotina el palillo que le brinca nervioso en la mandíbula.


                                           Avioncitos al Cielo


A Juan. En su memoria.

―¡Me cago en mi santa estampa!
La exclamación se le escapa entredientes al tipo de la barra, mientras tiñe de un oscuro color a carajillo y nicotina el palillo que le brinca nervioso en la mandíbula.
―¿Qué te pasa, Antonino, que pareces resentido con el mundo?
―¿Que qué me pasa? ¡Me cago en mi santa estampa! ¿Tú has visto a mi niño? Llevo semanas que no hago vida del muchacho.
El camarero sale de la barra con un paño, enjuagándose las manos. Ambos hombres miran a través del amplio ventanal que da a la calle. Frente al bar, en el centro de la plaza, una corpulenta palmera regala sombra, circunvalada por un muro de granito. En lo alto del petril, Rodriguín permanece ensimismado acicalando la punta de un avioncito de papel. Al momento levanta el brazo y lo lanza hacia lo alto observando atento la trayectoria. El aeroplano acaba por darse de bruces contra un seto de arbustos. De inmediato el niño salta del murete, corre en su busca, regresa de nuevo junto al árbol alisando los arrugones con la yema de los dedos, trepa al alcorque y repite la operación. Así una vez, y otra, y otra, y otra más…
―¡Me cago en mi santa estampa! Lleva así semanas el 'jodio', sólo piensa en eso y no se cansa.

   Rodriguín rondará los nueve años. Es un chiquillo vivaz y despierto. De cuerpecillo menudo, pelo trigueño y crespo, cepillado a lo recluta. Inquieto y nervioso a tal extremo que sus padres han llegado a intuir en él veleidades hiperactivas. Son dos los gestos que nunca se pueden esperar de él: que se calle o que pare quieto. Hasta cuando juega solo parece estar en constante estado de agitación y en permanente diálogo consigo mismo. Un chiquillo extrovertido, cariñoso y locuaz que se hace querer, aunque a decir verdad a veces agota. Otra de las peculiaridades que hacen de él un crío diferente son sus ojos: los de Rodriguín son de colores diferentes. El izquierdo, negrísimo, brilla como un escarabajo pulido. El derecho reverbera de un color glauco tan pálido que parece una aceitunita verde clara. Por eso su mirada produce la sensación de andar algo descarriada. Esta particularidad del niño hace que su padre, encofrador de profesión, afirme que cuando Rodriguín te mira parece que te esté observando un husky siberiano.
   Precisamente es este hombre el que ahora se ve corroído por la culpa. Los acontecimientos tuvieron su preámbulo el día en que Antonino, incondicional de la prensa dominical, decidió coleccionar las películas que regalaban con el diario de los sábados. Primera entrega: Top Gun, con Tom Cruise en el papel del teniente Pete “Maverick”, un as de las fuerzas aéreas, campeón en el manejo del caza de combate Grumman F14. Aquella tarde, la Paqui, hartita como estaba ya de soportar a un nene que no paraba de enredar por todos los rincones de la casa, persuadió al marido para que viesen juntos la dichosa peliculita. El impacto debió de ser brutal; a partir de ese día, va para un mes, el muchacho entró en una especie de trance aeronáutico del que todavía no ha salido. Un éxtasis que le ha llevado a pasarse el día plegando hojas de papel, experimentando con los más extravagantes modelos, tamaños y alternativas de vuelo. En la familia crecen las sospechas de que hasta sueña con planeadores. El ejercicio de papiroflexia es meticuloso: elabora la aeronave a base de cuidadosos pliegues, sopesa el resultado, lo lanza al aire y observa las evoluciones del “aparato” con el objetivo de inferir conclusiones e introducir las correcciones pertinentes en el próximo modelo. Por lo demás le da igual la climatología que haga para llevar a cabo sus tanteos; si el día está calmo ensaya planeos largos, si hace viento prueba el comportamiento de sus planeadores entre las turbulencias del aire y si jarrea lluvia experimenta la aeronavegación en condiciones atmosféricas adversas.
   La cosa merece ser desglosada. El paquete de folios que tenían en la casa y buen número de periódicos atrasados han salido literalmente volando por la terraza. Los vecinos del portal han tenido la oportunidad de disfrutar de los más variados y bizarros aterrizajes, cadenciosos los menos, aparatosos la mayoría, sobre el pavimento de la acera. Con este motivo, el barrendero municipal ha presentado ya una queja por exceso de faena. La Paqui decidió entonces cerrar con la mosquitera. Ahora tendrá que poner una nueva porque el zagal ha asaeteado la malla de tal forma con sus dardos que la ha dejado inservible a causa de los costurones. Clausuró, con todo el dolor del corazón, la puerta del balcón y prohibió a su hijo volver a lanzar aviones a la vía pública. Vino más tarde a lamentarse Dña. Reme, la presidenta de la comunidad de vecinos, porque “alguien” había tomado el patio de luces por una pista de aeropuerto y el solar se estaba llenando de aeroplanos en ruina que “acabarían atascando la salida de pluviales”. Cuando las mulas van a beber al pilón de la Fuente de los Doce Caños, es habitual que su hocico tope con aviones semihundidos fruto de algún experimento anfibio.
   Al principio se pasaba sus buenas horas en la biblioteca registrando porfiado entre los anaqueles en busca de volúmenes, enciclopedias o manuales de aeronáutica muy básica, historias de la aviación o tipos de aviones. Estudiaba explicaciones y analizaba ilustraciones en el intento de comprender la naturaleza íntima de las leyes de la aerodinámica. En su delirio, ha tratado de extraer conceptos y conclusiones que luego aplica en sus bocetos. En el colegio, la clase del tercer curso anda igualmente revuelta. Rodriguín aprovecha cualquier despiste del maestro para diseñar nuevos prototipos, a veces los dibuja, otras, la mayoría, directamente los construye. Son artefactos a los que coloca alerones, que luego dobla hacia arriba o hacia abajo “para que suban o bajen”, a otros les ensancha las alas, les afila la punta o les rotula banderas y distintivos de las fuerzas aéreas. En un derroche de imaginación ha llegado a ensayar vuelos tripulados colocando hormigas, mariquitas y otros insectos desgraciados a los que da caza por los jardines del patio. Alguno de estos vuelos ha sido probado en la modalidad biplaza. La afición ha llegado a tal punto que los transporta por gavillas en la cartera, alcanzando el record (cum laude) de haber sido el alumno que ha conseguido reducir sus cuadernos escolares a la resma más raquítica de hojas. No es raro que algún monoplano furtivo sobrevuele rasante sobre la cabeza cana de D. Cefe. Hay un agravante: últimamente, Rodriguín ha conseguido contagiar de tal modo el entusiasmo a sus condiscípulos que algunas mañanas el aula parece un laboratorio de operaciones volátiles. Al principio D. Ceferino se desesperaba. Primero cogía los artefactos y hacía con ellos gurruños que depositaba en la papelera. Luego pasó a trizarlos hasta dejarlos reducidos a papelillos de cabalgata. Ahora, resignado, los ve surcar los cielos de la clase y se hace el tonto, con las ventanas bien cerradas, eso si, no vayan a salir a la calle en escuadrillas y algún vecino tenga la ocurrencia de poner en duda una profesionalidad conquistada tras largos años de experiencia en el magisterio. En el comedor escolar no es raro que algún párvulo acabe berreando porque en su plato de sopa se ha producido un amerizaje de emergencia o un aterrizaje forzoso sobre la áspera superficie del filete ruso. La actitud del chaval se ha hecho tan persistente que en este juego es difícil ya discriminar donde acaba la curiosidad y donde empieza la manía persecutoria. A menudo se ha hecho acreedor de ásperas regañinas o algún adulto despacha una colleja furtiva que acaba aterrizando sobre su pelado cogote; en esas ocasiones, Rodriguín emite un ¡ay! lastimero, se queda mirando al verdugo con esa mirada bizcorneada y levanta el labio superior como un tapir en el mohín propio del que no comprende porqué es reprendido.
   Se pasa las tardes recorriendo el pueblo de un lugar a otro en busca de atalayas elevadas desde las que poner a prueba los nuevos prototipos o corretea las calles al rebufo de los avioncitos que lanza una y otra vez, incansable. La gente lo ve y mueve la cabeza hacia a los lados con la indulgencia propia de las personas prosaicas incapaces de comprender las pasiones arrebatadoras. Tan despistado va que invade la calzada sin mirar y el otro día casi se lo lleva por delante la camioneta del carnicero.
   Y ésta es la situación a fecha de hoy, con la familia atribulada, viendo al hijo en esta suerte de extravío― ¡quiera Dios que sea algo pasajero!―, siendo el blanco de críticas, murmuraciones y quejas desde todas las esquinas del pueblo. En fin, lo que se dice un matrimonio presa del pánico y sin saber qué hacer.

―¡No te agobies, Antonino, no será para tanto! ¡Ya se le pasará, eso son cosas de muchachos! ¿Quién te dice que el día de mañana no vas a tener un hijo piloto, ingeniero aeronáutico o controlador de vuelo? Eso está ahora muy de moda. Oye, por cierto, ¿has recogido la película que entregaban esta semana con la prensa?
― Sí, pero te juro que este mendrugo no la va a ver conmigo, lo mando a la cama en cuanto cene.
―¡No esas bruto, hombre! ¿Por qué castigar al niño si le gusta ver las películas contigo?
―¡Venga, Macario, no me jodas! ¿¡Tú estás loco!?
―¿Pues qué regalaban esta semana?
El coloso en llamas.


2 comentarios:

  1. Está claro señor Don Wayne que el cine siempre ha sido fuente de inspiración para los que manejan inquietudes y están dispuestos a dejarse contaminar.
    Sin ir más lejos, el que suscribe, nunca tendrá claro si su éxito con las mujeres tiene que ver con su magnetismo o con el de Humphrey Bogart.
    Saludos y felicidades por la sección. Veo que el tráfico de jamones comienza a dar resultados.

    ResponderEliminar
  2. Pamplinas18/7/10 17:54

    Doy fé que llegada la primavera y con el buen tiempo, el tal Rodriguín sigue haciendo aviones aunque dice que ya no los lanza.
    Estoy de acuerdo con Antonino, es mejor que no vea el Coloso en llamas.
    Gracias Don Wayne.
    07/04/10 (movido)

    ResponderEliminar