domingo, 6 de febrero de 2011

Relatos de Don Wayne XIV

         Las barbas de Moby-Dick 

― ¿Pero no lo sabes muchacho?
El abuelo pareció satisfecho de mi ignorancia.
― Esto que hemos encontrado, Juan, es una barba de ballena.


Las barbas de Moby-Dick


     El culpable de aquel sorprendente malentendido fue mi abuelo Juan. Abuelo al que de niño yo adoraba, pero al que ahora de mayor, no dejo de reconocer una vena fabuladora y fantasiosa que le capacitaba para encontrar rápida respuesta para cada una de las innumerables preguntas con que yo le ametrallaba. Por aquel entonces yo era tan solo Juanito, un chavalín de siete u ocho años, dispuesto a creerse las patrañas que el idolatrado abuelo relataba, sin pararse a cuestionar unos conocimientos que, por otro lado, daban siempre con la respuesta que me dejaba satisfecho y cuya veracidad yo no sentía necesidad alguna de contrastar.
     Por aquella época, teníamos costumbre de viajar dos o tres veces durante el verano desde nuestra ciudad de residencia en la meseta hasta la costa cantábrica, con el propósito de pasar alguna jornada junto a un mar. Eran viajes de ida y vuelta, en el día, que realizábamos en tren si íbamos al Sardinero o en autobuses contratados por la asociación parroquial si nuestro destino era Comillas o a San Vicente de la Barquera.
     Eran años en los que el abuelo no se había jubilado y continuaba activo en su profesión de mecánico textil. La abuela vivía aún y ambos eran entusiastas incondicionales de estos desplazamientos en fin de semana, a los que con frecuencia me invitaban a sumarme, con gran alivio por parte de mi madre que de este modo se veía libre durante todo una jornada del mochuelo que de otro modo no haría más que dar la lata enredado entre sus faldas.
     Una vez llegados a la playa, la abuela ordenaba las cosas junto a la toalla y se acomodaba sobre la arena bajo una sombrilla. El abuelo y yo nos quedábamos en bañador (por lo general traíamos la prenda ya instalada debajo de los pantalones), entonces él me tomaba de la mano y me acompañaba al agua. Entre chapuzón y chapuzón mi ocupación favorita era la de dedicarnos a recorrer kilómetros de playa y acantilados, rastreando rocas, arena y olas en busca de los objetos más diversos que, cansados de flotar, arribaban a la arena como náufragos extraviados: valvas, caracolas, patas de cangrejo, retales de red, boyas, trozos de madera caprichosamente esculpidos por la fuerza del agua,... El abuelo Juan me acompañaba de buen grado en aquellas correrías. Cada resto hallado constituía una suerte de tesoro que rescatábamos para guardarlo en un taleguillo de loneta que luego yo me traía de vuelta para el piso y por la casa continuaban a la deriva hasta que empezaban a oler mal, se perdían o los olvidaba, momento que mi madre aprovechaba para darles destino final en el cubo de la basura.
     Fue en una de aquellas correrías cuando, mientras andaba yo escudriñando con atención sobre las dunas, le vi recoger algo de entre la arena. Lo enjuagó meticulosamente entre el vaivén de las olas y me llamó con intención de mostrármelo.
―¡Mira, Juanito, que tesoro he encontrado!
Su mano callosa y enjuta me brindaba un objeto blanco y ovalado, con forma de lengua delgada, del tamaño aproximado de la palma de su mano.
―¿Qué es esto, abuelo?
―¿Pero no lo sabes muchacho?
Negué moviendo la cabeza hacia los lados. El abuelo pareció satisfecho de mi ignorancia.
―Esto que hemos encontrado, Juan, es una barba de ballena. Esos cetáceos tienen en su boca miles como esta, las tienen alineadas formando como un cepillo formidable, un filtro que les permite retener en su boca todo el alimento que engullen del agua. Toma, te la regalo, esto es lo mejor que hemos encontrado hoy.
     Sin saberlo, al depositar en mis manos la barba de la ballena, el abuelo, me hacía entrega de un objeto fascinante que yo iba a conservar durante años.
     A la vuelta metí aquel lomo pálido y reseco en una caja de cartón, guardándola luego en uno de los cajones de mi armario, apartada de mis muchos otros cachivaches y lejos de la mirada perspicaz de mi madre.

     Durante las semanas que siguieron al mes de agosto muchas veces me dediqué a tocar y observar la barba de la ballena. Sentado en la cama, trataba de imaginar cómo sería el animal al que había pertenecido aquel órgano, a qué especie de ballena, su tamaño, a qué profundidad y qué océanos habría surcado, cómo se habría desprendido aquella bestia de la pieza bucal que yo manoseada entretenido y qué viaje habría realizado flotando sobre las olas hasta embarrancar en la costa.
     Pocos meses después se estrenaba en el “Cine Rosales” de la ciudad la versión cinematográfica de Moby Dick. Insistí tanto que el abuelo accedió a acompañarme al cine. El impacto que aquella película tuvo sobre mi fue brutal. La historia del capitán Ahab marcado por la tragedia y la locura. El delirio obsesivo y bárbaro que le llevaba a odiar a la ballena albina persiguiéndola hasta la muerte. Aquel bergantín, el Pequod, con la amura tallada con huesos de ballena. Todos aquellos personajes extraordinarios: Queequeg, el noble y salvaje arponero de origen polinesio con el rostro tatuado, Amigo, el piel roja, el corpulento negro Daggo, el joven marinero Ismael, las dramáticas escenas de la caza, la terrible embestida del mamífero marino contra el casco del ballenero provocando el trágico final con el buque y toda su tripulación engullidos por un torbellino en el océano, ejercieron sobre mí un poder de fascinación como nunca antes había experimentado.
     Aquellas imágenes alimentaron de tal modo mis propias fantasías que ya no podía pensar en otra cosa, en aquellas secuencias cristalizaron los anhelos despertados por la barba. Conseguí convencer a mi padre y a mi madre para ver la película dos o tres veces más. En los meses que siguieron consulté en casa todos los libros a mi alcance y revisé toda la información que pude encontrar en la biblioteca del colegio. Me interesaban sobre todo aquellos dibujos e ilustraciones en los que se podía contemplar a los grandes titanes marinos emergiendo del agua, con la bocaza abierta, en el intento de proteger a su cría del ataque de las chalupas. En aquellas imágenes de las enciclopedias o en las colecciones de cromos de mi padre era fácil observar las barbas en la boca de la ballena y fue a la vista de aquellas enormes fauces como pude deducir que mi barba, dado su tamaño, debía de haber pertenecido a una ballenita muy joven o a una especie poco conocida de reducidas dimensiones. Recordando las imágenes de la película, averigüe también que Moby Dick no era una ballena sino un enorme cachalote, lo que explicaba la presencia de dientes y no barbas en su boca.
     Hice partícipe a mi abuelo de aquella inquietud de modo que él llego a interesarse por mis pesquisas. Algunas tardes yo le acompañaba cuando en sus ratos libres iba a cultivar el pequeño huerto que poseía en los arrabales. Entre golpe y golpe de azada alguna vez se detenía, levantaba la cabeza y me preguntaba con una sonrisa bañada en gotas de sudor:
―¿Qué, Juan, como vas con lo de Moby Dick?

     Durante los años siguientes pasaron varias cosas: continué viajando con los abuelos a la playa durante los largos veranos castellanos, fruto de aquellos viajes estivales mi colección de barbas de ballena aumentó hasta llegar a la docena, de diferentes tamaños y en diferente estado de conservación. Ocurrió también que la abuela Remedios murió de pronto y que el abuelo Juan, ya jubilado, se vio solo y fue marchitándose demasiado deprisa.
     Los viajes a la playa cesaron cuando yo me había convertido en un muchacho cuyo interés itineraba de los cromos a los relatos de aventuras marinas, de los tebeos a la levedad de las blusas de la vecina. El océano se convirtió en un delirio que me robaba un tiempo imprescindible para los estudios. La pasión me llevó a conocer mares, rutas migratorias, regiones de captura, tipos de barcos y estrategias de pesca. Llegué a reconocer las distintas especies: azules, francas, jorobadas, grises… y cuáles de ellas se hallaban al borde de la desaparición acechadas por el ojo del cañón arponero. Sentía en mis carnes su desgraciada peripecia, su heroica lucha por la supervivencia... Muy pronto al relato de Melville se unieron las aventuras de pescadores y corsarios de Salgari, los naufragios de Defoe o las peripecias submarinas de Verne.

     Andaría por segundo curso de bachiller cuando una noche manipulaba en la cocina mis barbas de ballena. La tía Presen cacharreaba junto a mi madre en el fregadero cuando de pronto se quedó mirando hacia donde yo estaba y me espetó:
―¡Ay, Juan, sobrinito. Ya me podías dar algún jibión de sepia, se las pongo a los canarios en la jaula y les encanta!
―¿Pero que dices tía Presen, esto no tiene nada que ver con las sepias, son barbas de ballena, las cogí con el abuelo en el mar y las conservo desde niño.
―¡Venga Juanito no seas lirio!, ¿de qué van a ser barbas de ballena? ¡Pues qué bien te tomó el pelo tu abuelo! Eso que tienes en la mano son esqueletos de sepia, se llaman jibiones y es una especie de hueso que tienen en el interior del cuerpo para mantener firmes sus carnes blandas. Estoy harta de dárselas a picotear a mis pájaros para que afilen el pico.
Ante mi cara de incredulidad añadió:
―Mira Juan, que si no me crees puedes irte al mercado, te compras una sepia, la pasas por la plancha y te la comes. Ya verás lo que te encuentras dentro.
     Mi tía continuó conversando con mi madre sobre asuntos triviales. Yo había quedado perplejo. Aquello era imposible, no podía dar crédito, pero ante unos argumentos y una seguridad tan aplastante no me quedaron ganas de establecer pleito. Con su actitud mi tía había sembrado en mí la incertidumbre. Toda la noche anduve dándole vueltas al asunto y, por concederle el beneficio de la duda, al llegar la mañana me dirigí a las pescaderías del mercado de modo que, con el fin de disipar todo asomo de duda, gasté parte de mi paga en comprar una sepia bien grande.
     De vuelta a casa deposité el cefalópodo sobre la tabla de cortar. Preso de una vívida ansiedad lo abrí con la tijera. Allí estaba, entre el manto de carne pálida y cruda: una barba de ballena. El sueño se desvaneció de pronto franqueando el paso a la más aparatosa decepción. En ese momento fui consciente del embuste. Me había pasado toda la infancia alimentando una quimera a partir de una afirmación sin fundamento, improvisada para satisfacer la curiosidad inabarcable de un niño. Evoqué el momento en el que el hoy anciano me había soltado aquella patacabra y no pude menos que sonreír. Y qué decir del cine y los libros, durante todo aquel tiempo mi pasión me había llevado a realizar todo tipo de correrías marinas por los cines y bibliotecas de la ciudad: viajes, historias de naufragios y supervivencia, abordajes, batallas navales, experimentos submarinos, luchas con pulpos colosales, pesca de tiburones y caza de ballenas… ¡Qué poco habían contribuido a aclararme el equívoco!
     Fue mi primera gran decepción, con el tiempo irían llegando otras. Aquella mañana, dejaba atrás las aguas someras e inofensivas de la infancia para adentrarme camino de las corrientes profundas y turbulentas de una adolescencia que inexorablemente me iría arrastrando hacia la vida adulta.




2 comentarios:

  1. Don Wayne7/2/11 22:18

    Muchas gracias Amigo, hace Vd. algo que yo soy incapaz de hacer sin provocar un desaguisado.
    Ahora sí, el relato de “Moby Dick” aparece completo y sin mutilar, que es como yo lo dejé cuando intenté “cargarlo” sin la competencia necesaria.
    Me trata Vd. con tal deferencia que me siento comprometido a seguir con otra historia. Los personajes ya me han dado sus cartas de presentación, espero disponer del tiempo y las facultades necesarias para sacarlo adelante. Eso sí, respetaré lo acordado hace ahora un año: habrá niños y necesariamente el cine jugará su papel en el cuento.

    Reciba un abrazo y mi gratitud:

    Wayne

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  2. Antoine Doinel1/6/11 13:27

    AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

    Son aquellas pequeñas cosas,
    que nos dejó un tiempo de rosas
    en un rincón,
    en un papel
    o en un cajón.

    Como un ladrón
    te acechan detrás
    de la puerta.
    Te tienen tan
    a su merced
    como hojas muertas

    que el viento arrastra allá o aquí,
    que te sonríen tristes y
    nos hacen que
    lloremos cuando
    nadie nos ve.

    (Joan Manuel Serrat)

    Demasiada nostalgia para algo tan real

    ¡VIVE LE POULAILLER!

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