sábado, 30 de enero de 2010

Relatos de Don Wayne II

          La Primera Vez

El día en que el maestro de la escuela unitaria de Cernuda anunció que pronto “bajarían” a la ciudad para ir al cine, entre el puñado de alumnos, apenas una docena, se propagó el alboroto. Las salidas de aquel paisaje ocupado por campos de cereal, rebaños de ovejas churras, páramos y adobe no menudeaban.


La primera vez

      Con seis años recién cumplidos, Julito no había pisado nunca una sala de cine. Había visto películas, naturalmente, pero siempre en el televisor que gobernaba la vida del cuarto de estar de su casa, un Telefunken obsoleto incapaz de emitir otra cosa que no fuesen desvaídas imágenes blanquinegras. Durante las tardes, al salir de la escuela se sentaba en el sofá y miraba los programas infantiles de aquellos años finales de un franquismo también gris y descolorido: Locomotoro, el Oso Yogui, el Capitán Tan, el Pájaro Loco, Valentina, Popeye… Rosa, su madre, le preparaba la merienda. Pepe, en la cuadra, bregaba con los chotos y se afanaba en el ordeño.
      El día en que el maestro de la escuela unitaria de Cernuda anunció que pronto “bajarían” a la ciudad para ir al cine, entre el puñado de alumnos, apenas una docena, se propagó el alboroto. Las salidas de aquel paisaje ocupado por campos de cereal, rebaños de ovejas churras, páramos y adobe no menudeaban.
      El día señalado fue un sábado, a mediados de noviembre. Amaneció con un sol que manoteaba asfixiado intentando abrirse paso entre la niebla que mantenía a los estorninos acobardados en lo alto de los tejados. A media mañana casi todos los discípulos estaban ya reunidos junto a la fuente de la plaza, cuyos cuatro caños destilaban hielo en forma de largos carámbanos. Todos embuchados en abrigos, anoraks, guantes y gorritos de lana. Las madres daban las últimas instrucciones para el viaje, colocaban bufandas o preguntaban a Don Jaime, el maestro, la hora prevista para el regreso. Algún perro curioseaba inquieto en la periferia del grupo, preguntándose por aquella novedad que tenía trastocada la vida del pueblo. Todavía hubo que esperar porque Nuria, la hija del herrero, se retrasaba.
      Poco antes de las doce embarcaron en la furgoneta de Fabricio. Media hora después se apeaban en la estación de Renedo. El cercanías procedente del norte no tardó en llegar. El interior del vagón acogió a Julito con su respiración de aire caldeado. Una vez acomodado en su asiento, las piernas colgando, el niño supo que aquello de viajar en tren le iba a gustar. Mientras el maestro comentaba algunos detalles del viaje con los mayores, él miraba por la ventana de vidrios llorosos y abría sus enormes ojos de autillo, asombrándose de la velocidad a la que pasaban los postes de la luz situados junto a la vía, los campos yermos aturdidos por la helada, los espinos blancos, los caseríos, los remolques cargados con remolacha…
      Comieron de bocadillos en los soportales de la catedral. Luego el maestro los condujo al Parque de las Pavos Reales. Hicieron tiempo dando de comer a unas palomas reumáticas que, sucias de invierno, cojeaban disputándose a topadas la molla del pan.
      A media tarde se encaminaron al cine. Pasearon a lo largo de toda la Avenida del General Aranaz; Julio, bien agarrado de la mano de Carmencita, trotaba mudo, intentando acaparar con la mirada un mundo que la resultaba ajeno: tanta gente, los comercios iluminados, el ajetreo urbano, los semáforos, el tráfico...
      Bajo la gran marquesina del Cine Amor se apiñaba el público organizado en un remedo de fila. Grandes carteleras anunciaban el estreno de aquellos días: “Fantasía” de Walt Disney. En un muro lateral, un sujeto semidesnudo profetizaba ya el estreno que vendría después, una de Tarzán. Uno de aquellos tarzanes de medio pelo y sin gracia que, en los setenta, tomaron el relevo a Johnny Weissmüller. Mientras la fila avanzaba, Don Jaime no perdía de vista a sus estudiantes.
      Con ojos ávidos, Julito pasó al interior del hall arropado por el resto de sus compañeros. Desde los muros tapizados de rojo, imágenes coloreadas, rostros desconocidos y como de otra época le sonrieron dándole la bienvenida.
      Cuando pasaron a la gran sala del patio de butacas el chiquillo se quedó boquiabierto. ¡Aquello era enorme! Filas y filas de butacas alineadas con precisión milimétrica. Tras ocupar sus asientos Don Jaime repartió entre los niños una bolsa de caramelos toffes de café con leche y “Mastic” de regaliz. Julito, casi tragado por su butaca, observaba con avidez la gran pantalla blanca, el trajín de la sala, los palcos laterales, la exagerada araña luminosa que colgaba del techo… Tres timbrazos brotaron de algún lugar ubicado en un punto incierto del edificio. Cuando los últimos espectadores se apresuraban a ocupar su localidad cayó la noche en el patio de butacas y con la oscuridad sobrevino el silencio.
      De pronto la pantalla se iluminó con imágenes que cobraban vida. Julito permaneció unos segundos bajo el efecto de la perplejidad. Luego un incontenible deseo de manifestar su asombro le llevó a exclamar con voz desorbitada:
- ¡HOOOSTIAS MAESTRO, VAYA CACHO TELE!
En la oscuridad de la sala, cuatrocientas voces rompieron en una estruendosa carcajada.




2 comentarios:

  1. Los Hermanos Malasombra fueron otros personajes que pasaron por la infancia televisiva de Julito. En aquellos días, en mi pueblo extremeño sí teníamos cine, con butacas de madera y sillas de tijera del mismo material. Se hacía un descanso a mitad de la proyección y los más pequeños salíamos zumbando a casa a por la merendilla. La entrada costaba un duro y el paquete de pipas.... (Y el toro dijo al morir: siento dejar este mundo sin probar pipas FACUNDO); pues eso, que las pipas iban a peseta.

    Las del oeste y las de romanos (que se rodaban en Almería) eran las Avatar de nuestros Domingos (único día de Proyección).
    Don, otro día te contaré lo de las carteleras y las secuelas de las películas más célebres.

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  2. Don Wayne18/7/10 17:24

    Estimado (¿señor/señora?) Jaht:
    Aunque no tengo el gusto de conocerle (limitaciones propias del medio en que participamos)tengo en gran estima sus colaboraciones de Vd. en esta página.
    Puede creerme cuando le digo que los Hermanos Malasombra ("somos malos Malasombra, somos malos de verdad, más malos que una espina que solo sabe pinchar y más malos que la quina"), aparecían inicialmente en el relato del niño Julito. Hube de retirarlos a última hora junto a otros detalles que contextualizaban la época para no extender el relato más allá de lo necesario.
    Agradezco, no obstante, sus precisiones.
    Reciban un cordial relincho.

    Don Wayne

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