domingo, 17 de enero de 2010

Relatos de Don Wayne I

         Las Filminas

Las limpiaban. Las clasificaban. Las guardaban en cajitas de lata...

Las Filminas


      Cada lunes, minutos antes de las 13 h, los cuatro se encontraban en sus pupitres tensos como ballestas, listos para saltar en el momento en que el timbre de aquella institución escolar religiosa soltase el resorte. Se miraban a hurtadillas simulando repasar la lección en cualquier hoja perdida de su enciclopedia. Primero aullaba la sirena de los pozos mineros. Inmediatamente después el hermano Aparicio pulsaba el interruptor que desencadenaba la ira bronca de la señal que franqueaba las puertas de salida. De un salto, llevando arrastras la cartera, Roberto “Quirico”, Pruden “el Patarrete” y los Mellizos, salían a empujones intentando ganar la partida a los otros, recorrían el largo pasillo de altos ventanales y a la carrera enfilaban el callejón que conducía hasta las orillas del río.
      El Cine Olimpia era un edificio vetusto, con grandes portones de madera y una diminuta ventana en forma de hornacina; aquella gatera hacía las veces de taquilla. Por aquellos años, el Olimpia era uno de los pocos lugares donde las gentes de la minería podían encontrar solaz y algunas nociones culturales: el arte de matar a un ruiseñor, cómo se llama el abordaje de galeón, qué árboles poblaban el bosque de Sherwood, el catálogo de fieras que nomadean por las sabanas africanas o el modo de reconocer las pinturas de guerra en un comanche… El muro trasero del edificio daba al río. Allí, en lo alto, se situaba el cuarto del proyector, dotado de una ventanita que permitía el paso de luz natural y ventilación.
      Cada mañana de lunes, Blanca adecentaba el patio de butacas, el hall y el gallinero. Pasaba luego “a donde la máquina” y barría de la tarima los trozos de metraje que habían ido a parar al suelo tras los sucesivos “cortes”. Para deshacerse de los restos, abría la claraboya y vertía el contenido del recogedor al río (aquella no era época de sensibilidades ecologistas). Como serpentinas, como extravagantes polillas negras, las laminillas de celuloide se precipitaban reptando fachada abajo.
      El primero en llegar era siempre Quirico. Detrás aparecían los Mellizos. Cuando sus cortas piernas querían llevar a Patarrete hasta el puente ya los otros se habían encaramado al muro de piedra y saltaban a la ribera del Rubagón, procurando no caer en el agua. Corrían margen arriba hasta llegar a las traseras del Olimpia y ganar la vertical del ventanuco. Con frenesí de posesos registraban entre zarzas, ortigas y berrañas. Cada uno en busca de su botín semanal de “filminas”. Luego, bajo el puente, recortaban, miraban al trasluz e intercambiaban con veneración aquellos cuadritos con sus imágenes congeladas: “mira, este es Errol Flyn”, “aquí tengo las de la estampida”, “ese que veis tan chiquitín es Tarzán, con el safari perdido”, “pues yo tengo a Burt Lancaster”, “y yo a la Michelle Morgan, en Fabiola”….Las limpiaban. Las clasificaban. Las guardaban en cajitas de lata...
      El Olimpia no forma parte ya del urbanismo del pueblo. Tampoco Patarrete, los Mellizos o Quirico son habituales entre su paisanaje. Cada año, al llegar agosto, se encuentran en la barra de la taberna de Román. Desde su separación, causada por la crisis minera y la emigración, nunca han vuelto a hablar de las carreras por el callejón, de las piernas laceradas por las ortigas, de las cajitas de lata,… Por eso nadie entiende que, a cada reencuentro, mientras se abrazan con efusión, se saluden con un enigmático:
-¡Ankawua!, ¡Ankawua!
A lo que los demás responden:
- ¡Kambi Bolongo!, ¡Kambi Bolongo!


2 comentarios:

  1. Don Wayne6/9/10 3:45

    Verá, Sr. Llon, en el primer relato me pillaron Vds. a traición. Por ese motivo apareció sin título alguno. El título original de esa historia es :"Las filminas".
    No se si es posible arreglar a estas alturas. Pero ya que ha tenido Vd.la cortesía de abrirme un ponedero,¡junto a Kalimero nada menos! le agradecería intente poner el parche.
    Demuestre Vd. que está a la altura como informático.
    Un abrazo.
    11/04/10

    ResponderEliminar
  2. Sr. Wayne, Don, distinguido:
    muy a mi pesar de que mis habilidades binarias estén realmente en los límites del analfabetismo digital, sepa usted, y hágoselo yo saber, que su petición será atendida y resuelta con celeridad, gusto y sin quebradero encefálico alguno.
    Y quede usted satisfecho con el conocimiento de que este humilde lector suyo comparta con absoluta afinidad de criterio esa tan delicada y distinguida elección de título que ha tenido a bien hacer, y que al punto estuvo este servidor de decidir unilateralmente en acto, qué duda cabe, vil por su atrevimiento procaz y pretencioso. Sírvame el acierto de atenuante, Dios mediante.
    Reciba usted mi felicitación por el relato y un cordial saludo.
    Vale.
    PD: resuelto el título, estudiaré la forma de otorgarle justo grabado.
    12/04/10

    ResponderEliminar