viernes, 26 de febrero de 2010

Relatos de Don Wayne IV

          Rita Hayworth

La salmodia repetida atestiguaba que Margarita Muñoz era una golfa, que le gustaban las mujeres, que follaba con cualquiera, que en las tardes de verano la indecente tomaba el sol desnuda en La Tierrona, al amparo de los muros… Al escuchar su leve taconeo, las tocas de las monjas del Divino Sacramento volaban sobresaltadas a la otra acera,...


Rita Hayworth

   Veinticinco años habían pasado desde el fin de un conflicto cruel y fraticida. Veinticinco años de cruda represión política y moral, enconada en disolver cualquier atisbo de libertad, originalidad o alegría. Dos décadas y media en las que la vida de aquel pueblo había quedado embadurnada con una sucia paleta de colores pálidos, mezquinos y fríos. El blanco enfermizo del humo y los silencios que emergían agusanados de las chimeneas. Un gris ceniza en el delantal de las mujeres y en su pelo. El negro aceitoso de la antracita en las sayas y en los velos eclesiales. Pardo de uniformes, de miedo y luto de años en el corazón de las abuelas. El color de una oscura carcoma en los pulmones y en el rostro receloso de los hombres. La antigua rebeldía había trasmutado en una atmósfera distorsionada de sombras, enmudecida, triste, amarga. 
Una sociedad sometida, estrecha, descalabrada… Un mundo de ánimo desolado y pensamiento tarugo en el que destacaba inédito el perfil caprichoso, excéntrico y excepcional de Margarita.
   El padre de Margarita Muñoz había sido uno de los primeros ingenieros de la cuenca. Desde niña residía en la calle de los Santos Patrones, en una mansión desproporcionada para ella sola, heredad de la familia. Las traseras de la casa daban a los muelles ferroviarios, cerrándose en pendiente en torno a un sólido muro, alto y muy grueso, una obra de arenisca y argamasa que proporcionaba protección a una gran finca arbolada a la que todos conocían como 'La Tierrona'. La muralla otorgaba intimidad a la inquilina.
   
Margarita Muñoz vivía en malentendido permanente con la realidad. Mujer descarrilada, solitaria, extravagante, parecía extraída de un mundo exótico y ajeno, reciclada según los códigos de la cinematografía norteamericana: blusas ligeras y muy blancas, faldas que remontaban la rodilla o vestidos de colores que ella misma se cortaba. Negrísima melena cubierta por pañuelos floreados, dos frambuesas en la boca, pechos firmes y apretados que burlaban desafiantes la apretura de otras filas, mascarones arrogantes de una nave milenaria. Gafas de sol para ocultar la mirada un punto extraviada. Empecinada en la disidencia social, desacompañada siempre, errabundeaba contoneando los volantes de su falda, el bolso bajo el brazo, calle arriba, calle abajo o al calor de los soportales en la plaza.

   Corrían voces en el pueblo… La salmodia repetida atestiguaba que Margarita Muñoz era una golfa, que le gustaban las mujeres, que follaba con cualquiera, que en las tardes de verano la indecente tomaba el sol desnuda en La Tierrona, al amparo de los muros… Al escuchar su leve taconeo, las tocas de las monjas del Divino Sacramento volaban sobresaltadas a la otra acera, la sotana funeral de los maristas se inquietaba y apresuraba el paso, murmuraban las mujeres en los puestos del mercado, ciertos hombres asomaban a la puerta de las tascas vaso en mano, y amagando un gesto soez comentaban groserías entredientes. Para muchos una loca, una bollera, un marimacho indecoroso, una puta… Unos pocos, al cruzarse en su camino, la observaban compasivos.«Pobrecita, desdichada», comentaban los piadosos.
   
En vida de sus padres todos la conocieron como Rita. Más tarde, algún desaprensivo cebó en ella su frustración y su vileza motejándola con el nombre de la artista. Pasaron a llamarla Rita Hayworth. Pronunciaban el insulto en voz bien alta. En su peculiar demencia, Margarita, en vez de hacerse la ofendida, enarboló aquel apodo por bandera.
   
En ocasiones se enclaustraba tras la verja de la casa. Durante días apenas se la veía.
―Por ahí va esa…
―¿Quién, madre?
―¡Quién va a ser, la Hayworth! Se habrá cansado de patear por la alameda.
―Madre…
―Se da unas ínfulas de actriz. Parece sacada de uno de esos largemetranjes.
―¡Déjela en paz, madre!
   La mujer más joven, la madre de Quirico, aplicaba cuidadosamente el Baldosinín entre la junta de azulejos de la cocina. La anciana, sentada junto a la ventana de la calle, trazaba su labor de ganchillo con movimientos mecánicos y rápidos. 
Quirico entretenía su tiempo releyendo una vez más sus descoyuntados tebeos de “Hacha y Espada”. De pronto las peripecias de Mario y de Rolando en su lucha contra el conspirador Duque de Brantomé dejaron de interesarle. Simuló continuar enfrascado en las ilustraciones. Pasaba páginas, pero su oído estaba atento a la conversación entre las mujeres.

―Esa mujer es una bruja, una provocadora, una anarquista…

―¡Por Dios, madre, no diga locuras, qué sabrá usted!

―No pisa ni un domingo por la iglesia.

―Para qué. Don Tomás la pondría de patitas en la calle.

―Por desvergonzada. ¡Le falta al decoro y al respeto!

―Calle, madre. Cada uno hace de su vida…

―Dice la Asunción que es un escándalo. Se pasea toda corita por la casa y por la finca.

―¿Quién lo ha visto madre?

―Alguien habrá sido si lo dicen.

―Será porque han metido la nariz donde no deben.

―Lleva mala vida…

―Pero si vive sola, madre. No se la conoce compañía ni de gato.

―Eso. Siempre sola y sin marido.
―La soledad no es un delito.

―Yo qué se, cuando lo dicen…

―No haga caso, madre. Habladurías…



   Aquella tarde, Roberto, El Quirico, salió pronto en busca de Patarrete y los Mellizos. Se fueron a la campa de la peñas a ensayar virguerías con los trompos. Estuvieron largo rato sentados en lo alto de una peña. Durante un instante, Quirico se quedó pensativo.
 ―Podríamos…― dijo a los otros.


   Cuatro sombras furtivas, vestidas de pantalón corto, se dieron cita en los muelles de la vía, detrás de los vagones cargados con ovoides. A esa hora bochornosa de la tarde una parte de los hombres carraspeaban el polvo venenoso en el interior de las galerías. El resto tosía en las cantinas el humo espeso del tabaco negro. En las casas, las mujeres mascullaban su soledad y su fracaso mientras fregaban la vajilla o recosían somnolientas. Los cuatro guajes corretearon hasta una pila de traviesas de la vía desechadas por podridas, agarraron una y venciendo su terca y pesada resistencia, consiguieron arrastrarla hasta tenerla colocada junto al muro. Con destreza, empujando hacia arriba de un extremo, la fueron levantando y apoyando poco a poco, hasta tenerla formando un plano inclinado entre el suelo y la pared. Los mellizos gatearon como esguilos. Una vez arriba fue preciso tirar de Patarrete para izarlo hasta lo alto; desde abajo, Quirico le empujaba de la culera. A Roberto Quirico le costó poco la escalada. 
Ya instalados en lo alto de la atalaya se recostaron muy pegados a la cresta. Allá abajo, en la distancia, a la sombra del moral, descansando en una hamaca de loneta, la mujer dormitaba en soledad; una revista yacía en el suelo derrotada por el sueño. Llevaba puestas sus gafas de sol y un sombrero de paja en la cabeza.
   Permanecieron largo rato agazapados en silencio. Olvidaron respirar. Cuatro niños puros y absortos, encaramados en lo alto de una tapia, contemplando la madura, la luminosa, la exuberante desnudez de Rita Hayworth.



3 comentarios:

  1. El Hijo del Granjero18/7/10 17:34

    Qué hubiera sido, Don Wayne, de aquellos pueblos nuestros, tan oscuros, sin el resplandor de las escasas Ritas que picoteaban las crestas del feismo y la hipocresía.

    Sigo pensando, por si un día las aves fenecen por inanición, que podíamos montar una fábrica de historietas, encañarlas en fina tripa y venderlas como taranga mágica capaz, no solo de hacer hogueras en la tripa, si no de encender bombillas en las cabezas.
    De verdad, me ha gustado la historia de este personaje tan nuestro y sobre todo tan de nuestros recuerdos.
    También he aprendido una nueva palabra en su acepción más infantilmente turbadora:corita.
    27/02/10 (movido)

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  2. Don Wayne18/7/10 17:36

    Estimado Manor Junior:
    Estoy confuso. ¿Taranga? ¿Abértola?
    No aparecen en mi diccionario de la R.A.E. ¿Son de tu propia creación? Me gustaría contar con más datos que aquellos imprecisos que se desprenden del contexto.
    Gracias por tu comentario.
    28/02/10 (movido)

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  3. El Hijo del Granjero18/7/10 17:37

    Señor Don, llamamos taranga en estas tierras de la Alta Extremadura a la morcilla de sangre, exclusivamente de sangre.
    Y lo que son las cosas, también es una palabra Wollf, lengua mayoritaria de Senegal, que se utiliza para destacar la capacidad de una persona para ser simpática, cordial, amable, ...
    En cuanto al segundo vocablo, si cambia esa "r" por una "s" verá que los señores de la RAE han tenido a bien incluirla en el diccionario. Antes de buscar su significado puede jugar a adivinarlo en el propio relato de Jaht, que como sabe vive aquí al lado en C/ Conversaciones con Sinhué.

    Un saludo de Manorito
    01/03/10 (movido)

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