martes, 16 de marzo de 2010

Relatos de Don Wayne V

          El hijo de King Kong

Inasequible al desaliento, sentado en la distancia, Raúl observaba cada tarde la actividad de las gentes del circo. Su mirada se frustraba al no conseguir dar con el lugar donde se encontraba el hijo de King Kong.






El hijo de King Kong

   Al amparo de la noche, como un tsunami silencioso que invade toda una ciudad, la marea de carteles anegó muros y paredes de la villa. Llamativos caracteres de grafía circense para proclamar un singular y extraordinario acontecimiento: el Monumental Condado Circus, en su triunfal gira por España, recalaría pronto en la ciudad. Los textos se apuntalaban con ilustraciones alusivas al evento: rostros de payasos, fauces felinas en actitud amenazadora, hiperbólicas carpas festoneadas de camiones… En el transcurso de la mañana una pareja de operarios remató el trabajo salpicando con afiches en formato reducido los escaparates de comercios y pequeños negocios. A la hora de comer, aquellos individuos de rostro intemporal y fatiga curtida se apostaron estratégicamente en la puerta del colegio y comenzaron a repartir “invitaciones” entre la chiquillería, que aleteaba reclamando a saltos su botín:«¡A mí!, ¡A mí!, ¡A mí!...».
   
Uno de aquellos carteles, repetido hasta el hartazgo en las fachadas, reclamaba la atención del vecindario representado a un descomunal simio encaramado en lo alto de un altísimo edificio, la copia bastarda de un antiguo cartel cinematográfico. Un gorila gigantesco que braceaba furioso intentando derribar a manotazos una escuadrilla de aeroplanos diminutos que parecían acosarle como insectos. El pie de la ilustración no podía ser más elocuente: «POR PRIMERA VEZ EN ESTA CIUDAD: EL HIJO DE KING KONG».

   A lo largo de la tarde una destartalada furgoneta con matrícula extranjera renqueó por plazas y avenidas vociferando, en un castellano tan grandilocuente como rudimentario, una letanía que invitaba a los comarcanos a conocer las sorprendentes atracciones de un espectáculo circense desgastado y anacrónico: trapecistas, payasos, contorsionistas, malabaristas, animales exóticos… Como atracción estrella, el público asistente contaría con la oportunidad de conocer al hijo de King Kong.
   
El día se despidió con el paso de una recua de camiones de aspecto descolorido y maltrecho, algunos de los cuales arrastraban enganchados pesados remolques; una flota de vehículos que, hartos de rodar, trataban de orientarse en su camino al extrarradio en busca de un solar sin bautizar, baldío y polvoriento, destinado al emplazamiento de mercadillos y feriantes. Desde los portales, tropillas de rapaces observaban curiosos aquel desembarco intentando adivinar el contenido de las cargas: “este debe transportar los materiales: la grada, los mástiles, los clavos, los rollos de maromas… Aquel otro la lona de la carpa. El que viene detrás transporta jaulas”.
   Un cosquilleo de emoción asciendió hasta la boca de su estómago cuando, a través de un respiradero, vieron aparecer una gruesa lombriz, rugosa y gris, una trompa que tanteaba el exterior y resoplaba exigiendo su ración de forraje, agua y libertad. «¿En cual de ellos viajará el hijo de King Kong...?». En un ejercicio de competencia matemática, las inteligencias infantiles comparaban volúmenes: ninguno de los camiones que desfilaron en el transcurso de la tarde reunía las dimensiones para alojar al gorila publicitado. «Habrá pasado ya o vendrá mas tarde…». Para entonces, haciendo cola en el convoy circulaban unas pocas caravanas.
   
El chapiteau se montó con rapidez al día siguiente. En su perímetro se fueron dispersando los remolques y caravanas. A lo largo de la semana el tinglado fue ganando terreno con elementos añadidos: la taquilla, bastidores para las tomas de agua, mangueras, vallas, generadores eléctricos, cobertizos de lona, jaulas y recintos de la cuadra y todo un atavío de luces y banderas.

   Inasequible al desaliento, sentado en la distancia, Raúl observaba cada tarde la actividad de las gentes del circo. Su mirada se frustraba al no conseguir dar con el lugar donde se encontraba el hijo de King Kong.

   Con toda su panoplia desplegada, el Monumental Condado Circus decidió abrir sus puertas el fin de semana, un sábado de mayo que despertaba rutilante y luminoso. El muchacho, ardiendo en deseos por conocer al titán de la pantalla, comenzó a merodear por las instalaciones a media mañana. Al mediodía una escuálida fila de gente serpenteaba haciendo cola frente a la taquilla. Algunos accedían al recinto vallado y deambulaban entre jaulas y remolques curioseando entre los animales de la menagerie.
   Raúl se acercó al vallado que limitaba el perímetro del circo, asegurándose de no ser visto sorteó la empalizada por uno de los costados, se coló entre las cartolas de dos camiones y pasó a confundirse con los demás curiosos. Durante un rato vagó entre cuadras y recintos en busca de su objetivo; dos avestruces, una elefanta descolmillada encadenada a tierra por una de sus patas, algunos caballos y poneys, un oso frenético que no paraba de dar vueltas en su jaula, una familia de babuinos, un dromedario y dos camellos, una cebra, media docena de llamas, una pareja de mapaches en una angosta jaula, un hipopótamo enano con aspecto de cerdito, dos parejas de leones somnolientos, los perritos futbolistas… 
Encontró lo que buscaba en una celda encastrada en la caja de un camión. Un cartel repintado a mano colgaba de lo alto de la mazmorra anunciando el contenido: “KING KONG JUNIOR”; el hijo de King Kong apenas llegaba a ser un murmullo del gigantón indómito y magnífico que derribaba aeroplanos a manotazos. Apenas una sombra del mítico coloso, del antropoide enamorado capaz de dar la vida por salvar la minúscula belleza de una heroína de celuloide. Un suspiro del fabuloso titán, de su altivez legendaria, de su arrogancia… El “hijo de Hing Kong” no pasaba de ser un desafortunado chimpancé de gran tamaño. Un desgraciado que permanecía aferrado con sus negras manos a los roñosos barrotes de la ergástula cochambrosa que se había convertido en su calabozo itinerante. Un pobre mono, triste y abatido, sentenciado a perpetuidad; un ser cansado de aguantar sobre sus hombros un cautiverio eterno para entretenimiento y regocijo de la parroquia a cambio de unos duros. Sus ojillos de color castaño, profundos y ausentes, indagaban con atención entre los visitantes en busca de un vestigio de compasión y humanidad. La sobrecogedora mirada, la mirada ausente y casi humana de un pariente ancestral perdida en un vacío de hambre, frío y depresión sin horizonte.

   Por un instante, el primate regresó a la triste realidad de su confinamiento. Una familia se detuvo junto a Raúl para contemplar al chimpancé; una de las niñas que acompañaba al grupo llevaba en su manita un paquete de chucherías y el simio extendió su largo brazo mendicante fuera de la jaula, implorando con mano acartonada la caridad de unas pocas palomitas de la bolsa. Llegó, mas tarde, un grupo de mozalbetes que, a empujones, se carcajeaban estúpidamente señalando a la bestia. La apedrearon con dos latas de cerveza; luego uno tuvo la ocurrencia de lanzar un cigarro encendido al interior de la jaula. Las experiencias anteriores y su inteligencia de primate subyugado permitieron al animal percibir la burla y el peligro; se irguió entonces sobre las patas traseras y, atemorizado, comenzó a dar saltos desgarbados, erizando el pelo hirsuto, chillando como un energúmeno. Por el espacio entre barrotes lanzó al exterior con furia y tino sorprendente puñados de serrín, restos de fruta y excrementos. Los pandilleros se apartaron entre chanzas:
―¡Será hijo de puta el mono! 
―¡Qué mala hostia tiene! 
―¡Y que puntería!
Luego, ante la inminente presencia del cuidador, huyeron con el jolgorio hacia otra parte y se olvidaron para siempre de King Kong.

   Raúl salió del recinto circense por la puerta principal, confundido entre el tumulto. Camino de casa no puede dejar de cavilar. 
Cuando se acuesta por la noche, arropado entre la cálida intimidad de las sábanas, vuelve a recordar al animal. Imagina su sombra recortada por la luna, pudriéndose en aquel espacio lúgubre, de dimensiones imposibles, cuando el tumulto de la función enmudece, los focos se apagan y las gentes de toda condición se retiran a sus confortables hogares. Un cautivo arrinconado entre la paja, consumido en su vigilia. Unos ojos que sangran soledad y humillación mientras permanecen observando con rostro de humano antiguo, espejo de desolación y miedo, los vivos colores de la gran carpa que frente a la jaula se alza magnífica, roja y blanca.


1 comentario:

  1. Tomás Glez de Mera18/7/10 17:48

    Señor Don Wayne:
    He quedado dolorido con su relato "El hijo de King Kong", es como un pellizco. Pocas veces la ternura y la crueldad bailan un tango, esta es una de esas veces.
    Esa especialización suya que aúna cine e infancia da excelentes resultados narrativos.

    La envidia por esa comunidad "cineclubera" a la que usted pertenece y que adivino a través del blog del Gallinero, por esos debates y,¡como no!, por las películas; han hecho que encomiende a mi asistente se informe de la posibilidad de que un aburrido indiano de Llanes, pueda cambiar su frío palacio por una soleada casa de campo cerca del Monasterio donde se retiró otro ilustre amargado.

    No dude, apreciado Don Wayne, que esos problemas económicos, que a veces nublan sus sonrisas, serán pura anécdota si mi traslado, como deseo, se lleva a cabo. Entretanto siga escribiendo, que de su libro de relatos ya hablaremos.
    Cordialmente:
    Don Tomás Glez de Mera
    24/03/10 (movido)

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