sábado, 14 de diciembre de 2002

Los Relatos de Don Wayne

PROVISIONAL


  1. PRIMER RELATO
  2. LA PRIMERA VEZ
  3. PROGRAMAS DE MANO
  4. RITA HAYWORTH
  5. EL HIJO DE KING KONG




Cada lunes, minutos antes de las 13 h, los cuatro se encontraban en sus pupitres tensos como ballestas, listos para saltar en el momento en que el timbre de aquella institución escolar religiosa, soltase el resorte. Se miraban a hurtadillas simulando repasar la lección en cualquier hoja perdida de su enciclopedia. Primero aullaba la sirena de los pozos mineros. Inmediatamente después el Hermano Aparicio pulsaba el interruptor que desencadenaba la ira bronca de la señal que franqueaba las puertas de salida. De un salto, llevando arrastras la cartera. Roberto “Quirico”, Pruden “el Patarrete” y los Mellizos, salían a empujones intentando ganar la partida a los otros, recorrían el largo pasillo de altos ventanales y a la carrera enfilaban el callejón que conducía hasta las orillas del río.

El Cine Olimpia era un edificio vetusto, con grandes portones de madera y una diminuta ventana en forma de hornacina, aquella gatera hacía las veces de taquilla. Por aquellos años, el Olimpia, era uno de los pocos lugares donde las gentes de la minería podían encontrar solaz y algunas nociones culturales: el arte de matar a un ruiseñor, como se llama la abordaje de galeón, qué árboles poblaban el bosque de Sherwood, el catálogo de fieras que nomadean por las sabanas africanas o el modo de reconocer las pinturas de guerra en un comanche… El muro trasero del edificio daba al río. Allí, en lo alto, se situaba el cuarto del proyector, dotado de ventanita que permitía el paso de luz natural y la ventilación.

Cada mañana de lunes, Blanca, adecentaba el patio de butacas, el hall y el gallinero. Pasaba luego “a donde la máquina” y barría de la tarima los trozos de metraje que habían ido a parar al suelo tras los sucesivos “cortes”. Para deshacerse de los restos, abría la claraboya y vertía el contenido del recogedor al río (aquella no era época de sensibilidades ecologistas). Como serpentinas, como extravagantes polillas negras, las laminillas de celuloide se precipitaban reptando fachada abajo.

El primero en llegar era siempre Quirico. Detrás aparecían los Mellizos. Cuando sus cortas piernas querían llevar a Patarrete hasta el puente ya los otros se habían encaramado al muro de piedra y saltaban a la ribera del Rubagón, procurando no caer en el agua. Corrían margen arriba hasta llegar a las traseras del Olimpia y ganar la vertical del ventanuco. Con frenesí de posesos registraban entre zarzas, ortigas y berrañas. Cada uno en busca de su botín semanal de “filminas”. Luego, bajo el puente, recortaban, miraban al trasluz e intercambiaban con veneración aquellos cuadritos con sus imágenes congeladas: “mira, este es Errol Flyn”, “aquí tengo las de la estampida”, “ese que veis tan chiquitín es Tarzán, con el safari perdido”, “pues yo tengo a Burt Lancaster”, “y yo a la Michelle Morgan, en Fabiola”….Las limpiaban. Las clasificaban. Las guardaban cajitas de lata...

El Olimpia no forma parte ya del urbanismo del pueblo. Tampoco Patarrete, los Mellizos o Quirico son habituales entre su paisanaje. Cada año, al llegar agosto, se encuentran en la barra de la taberna de Román. Desde su separación, causada por la crisis minera y la emigración, nunca han vuelto a hablar de las carreras por el callejón, de las piernas laceradas por las ortigas, de las cajitas de lata,… Por eso nadie entiende que, a cada reencuentro, mientras se abrazan con efusión, se saluden con un enigmático:
-Ankawua!, ¡Ankawua!
A lo que los demás responden:
- ¡Kambi Bolongo!, ¡Kambi Bolongo!
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La primera vez

Con seis años recién cumplidos, Julito, no había pisado nunca una sala de cine. Había visto películas, naturalmente, pero siempre en el televisor que gobernaba la vida del cuarto de estar de su casa, un Telefunken obsoleto incapaz de emitir otra cosa que no fuesen desvaídas imágenes blanquinegras. Durante las tardes, al salir de la escuela se sentaba en el sofá y miraba los programas infantiles de aquellos años finales de un franquismo también gris y descolorido: Locomotoro, el Oso Yogui, el Capitán Tan, el Pájaro Loco, Valentina, Popeye… Rosa, su madre, le preparaba la merienda. Pepe, en la cuadra, bregaba con los chotos y se afanaba en el ordeño.
El día en que el maestro de la escuela unitaria de Cernuda anunció que pronto “bajarían” a la ciudad para ir al cine, entre el puñado de alumnos, apenas una docena, se propagó el alboroto. Las salidas de aquel paisaje ocupado por campos de cereal, rebaños de ovejas churras, páramos y adobe, no menudeaban.
El día señalado fue un sábado, a mediados de noviembre. Amaneció con un sol que manoteaba asfixiado intentando abrirse paso entre la niebla que mantenía a los estorninos acobardados el lo alto de los tejados. A media mañana casi todos los discípulos estaban ya reunidos junto a la fuente de la plaza, cuyos cuatro caños destilaban hielo en forma de largos carámbanos. Todos embuchados en abrigos, anoraks, guantes y gorritos de lana. Las madres daban las últimas instrucciones para el viaje, colocaban bufandas o preguntaban a D. Jaime, el maestro, la hora prevista para el regreso. Algún perro curioseaba inquieto en la periferia del grupo, preguntándose por aquella novedad que tenía trastocada la vida del pueblo. Todavía hubo que esperar porque Nuria, la hija del herrero, se retrasaba.
Poco antes de las doce embarcaron en la furgoneta de Fabricio. Media hora después se apeaban en la estación de Renedo. El “cercanías” procedente del norte no tardó en llegar. El interior del vagón acogió a Julito con su respiración de aire caldeado. Una vez acomodado en su asiento, las piernas colgando, el niño, supo que aquello de viajar en tren le iba a gustar. Mientras el maestro comentaba algunos detalles del viaje con los mayores, él miraba por la ventana de vidrios llorosos, abría sus enormes ojos de autillo, asombrándose de la velocidad a la que pasaban los postes de la luz situados junto a la vía, los campos yermos aturdidos por la helada, los espinos blancos, los caseríos, los remolques cargados con remolacha…
Comieron de bocadillos en los soportales de la catedral. Luego el maestro los condujo al Parque de las Pavos Reales. Hicieron tiempo dando de comer a unas palomas reumáticas que sucias de invierno cojeaban disputándose a topadas la molla del pan.
A media tarde se encaminaron al cine. Pasearon a lo largo de toda la Avenida del General Aranaz, Julio, bien agarrado de la mano de Carmencita, trotaba mudo, intentando acaparar con la mirada un mundo que la resultaba ajeno: tanta gente, los comercios iluminados, el ajetreo urbano, los semáforos, el tráfico...
Bajo la gran marquesina del Cine Amor se apiñaba el público organizado en un remedo de fila. Grandes carteleras anunciaban el estreno de aquellos días: “Fantasía” de Walt Disney. En un muro lateral, un sujeto semidesnudo profetizaba ya el estreno que vendría después, una de Tarzán. Uno de aquellos tarzanes de medio pelo y sin gracia que, en los setenta, tomaron el relevo a Johnny Weissmüller. Mientras la fila avanzaba, Don Jaime no perdía de vista a sus estudiantes.
Con ojos ávidos, Julito, pasó al interior del hall arropado por el resto de sus compañeros. Desde los muros tapizados de rojo, imágenes coloreadas, rostros desconocidos y como de otra época le sonrieron dándole la bienvenida.
Cuando pasaron a la gran sala del patio de butacas el chiquillo se quedó boquiabierto. ¡Aquello era enorme! Filas y filas de butacas alineadas con precisión milimétrica. Tras ocupar sus asientos Don Jaime repartió entre los niños una bolsa de caramelos toffes de café con leche y “Mastic” de regaliz. Julito, casi tragado por su butaca, observaba con avidez la gran pantalla blanca, el trajín de la sala, los palcos laterales, la exagerada araña luminosa que colgaba del techo… Tres timbrazos brotaron de algún lugar ubicado en un punto incierto del edificio. Cuando los últimos espectadores se apresuraban a ocupar su localidad cayó la noche en el patio de butacas y con la oscuridad sobrevino el silencio.
De pronto la pantalla se iluminó con imágenes que cobraban vida. Julito permaneció unos segundos bajo el efecto de la perplejidad. Luego un incontenible deseo de manifestar su asombro le llevó a exclamar con voz desorbitada:
- ¡HOOOSTIAS MAESTRO, VAYA CACHO TELE!
En la oscuridad de la sala, cuatrocientas voces rompieron en una estruendosa carcajada.

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Jaht dijo...
Los Hermanos Malasombra fueron otros personajes que pasaron por la infancia televisiva de Julito. En aquellos días, en mi pueblo extremeño sí teníamos cine, con butacas de madera y sillas de tijera del mismo material. Se hacía un descanso a mitad de la proyección y los más pequeños salíamos zumbando a casa a por la merendilla. La entrada costaba un duro y el paquete de pipas.... (Y el toro dijo al morir: siento dejar este mundo sin probar pipas FACUNDO); pues eso, que las pipas iban a peseta.

Las del oeste y las de romanos (que se rodaban en Almería) eran las Avatar de nuestros Domingos (único día de Proyección).
Don, otro día te contaré lo de las carteleras y las secuelas de las películas más célebres.
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Don Wayne dijo...
Estimado (¿señor/señora?) Jaht:
Aunque no tengo el gusto de conocerle (limitaciones propias del medio en que participamos)tengo en gran estima sus colaboraciones de Vd. en esta página.
Puede creerme cuando le digo que los Hermanos Malasombra ("somos malos Malasombra, somos malos de verdad, más malos que una espina que solo sabe pinchar y más malos que la quina"), aparecían inicialmente en el relato del niño Julito. Hube de retirarlos a última hora junto a otros detalles que contextualizaban la época para no extender el relato más allá de lo necesario.
Agradezco, no obstante, sus precisiones.
Reciban un cordial relincho.

Don Wayne
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Programas de mano

―Maruja y este… ¿de cuándo es?
―Déjame ver... ―giraba el prospecto y lo examinaba por detrás―. Mira Antoñito aquí lo pone, ¿ves esta anotación a lapicero de la esquina? Fui a verla en 1952. En el cine Clavel de Canedo. Tú ni habías nacido.
―¿De qué trataba?
―Se tituló “Locura de amor”. ―La vecina, volteaba de nuevo la hoja y mostraba al chiquillo la ilustración―: Fíjate bien, aquí lo pone. La actriz se llama Aurora Bautista.
―¿Dónde lo pongo?
―Puedes ponerlo en ese montón, junto con las películas románticas.

Algunas tardes, Antonio, para salir de la rutina familiar escapaba a la carrera hasta la casa de Maruja. Solía encontrarla sentada en la mesa camilla. A la luz de un flexo, abstraída en sus pensamientos, movía con presteza una aguja de punta curva, remendando las carreras que surcaban las medias del vecindario femenino.
―¿Ya estás aquí Toñito? ¿Por qué no te vas a jugar a la calle?
―Prefiero hacerte compañía.
Durante un rato Antonio se entretenía provocando el enfado de Balduino, un periquito de tonos azulados y ojos vivos que tomaba el sol en la ventana. Introducía el dedo entre los barrotes de la jaula para enrabiarlo. Balduino amagaba picotazos garriando malhumorado.
―¿Pero qué te ha hecho el pájaro, mi niño? Déjalo en paz.
―Maruja, ¿me dejas ver los programas?
―Sube a la buhardilla y te los bajas. Ten cuidado no vayas rodar por la escalera.
Antonio remontaba raudo la angosta escalera forrada de linóleo que conducía al piso de arriba. Del viejo baúl festoneado de tachuelas doradas extraía las cuatro carpetas de cartón reseco y retornaba a la cocina.
―Ponte ahí, junto al fogón, en la mesa de la cocina.
Sobre la mesa de formica gris, el niño, soltaba las cintas de tela e iba desnudando las solapas. En el interior de cada carpeta asomaba una apretada resma de folletos de cine, programas de mano que Maruja había ido recopilando con celo desde sus años mozos.
―¿Cuántos tienes, Maruja?
―No lo sé, hijo, nunca los he contado.
―¿Habrá mil?
―Seguramente hay más.
Antonio los depositaba sobre la mesa formando montoncitos, los pasaba uno a uno, contemplándolos fascinado. Programas de aquellos que en tamaños, color y hechura variados, entregaban en mano a la entrada de los cines en los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Affiches que reproducían en formato doméstico las imágenes expuestas en las grandes carteleras de la plaza. La mayoría llevaban estampado por detrás el sello de los cines del pueblo “Gran Cine Roma” o “Sala Proyecciones”. Otros habían llegado, a saber mediante que vericuetos, desde los cines que ofrecían su programación en otras localidades: el “Clavel” de Canedo, el “Gran Avenida” de Herreruela o el cine “Coliseo” de Corrales.
―Maruja, ¿te las has visto todas?
―Todas no, Antonio, pero la mayoría si.
―¿Cuál es la primera que viste?
Dejaba la labor, acercaba su silla hasta la mesa y se sentaba junto al chiquillo. Revolvía cuidadosamente entre las parvas de hojas.
―Mira esta. Esta es la primera que vi. Fue en el año 48 y yo era muy joven.
―¿Y cuál fue la última?
―¿La última? Pero que tonto eres. La última ha sido esta, la vi con mis hermanas la semana pasada en el “Roma”. Hecha cuentas llevo veinte años yendo al cine y guardando los programas.
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Don Wayne dijo...
Durante largo rato permanecían sentados en la mesa hojeando los programas. Durante meses, Toñito, casi aprendió a leer deletreando títulos de películas o los nombres imposibles de las estrellas del cine norteamericano Gar Gable, Estuar Ranger Rita Jaibor… Sobre la mesa de la cocina el guaje pasaba las horas extasiado ante las ilustraciones de pistoleros, romanos, barcos, retratos de rostros en cándida actitud de enamoramiento o afeados por la maldad de forajidos, gángsteres o fumanchues. Algunos días se entretenía apilándolos por temas: “aquí los de la historia, aquí las películas españolas, aquí los de policías, aquí los del Oeste y aquí los de amor”. Cuando dudaba preguntaba a Maruja.
Al cabo del rato, antes de retornar a su labor junto a la lámpara, la mujer le preparaba algo de merienda: un bocalillo de pan con tomate y una laja de jamón, queso, o nocilla… Balduino parloteaba satisfecho solazándose al sol tras los visillos.
―¿Te gustan, Antoñito? Un día, cuando seas más mayor, serán para ti. Te los regalaré todos…

Las últimas semanas de aquel invierno fueron de ventiscas y un frío coagulado. Tía Maruja comenzó a sentirse mal. Desafiando la última nevada, bajó a la capital en compañía de Paquita para una visita médica. Regresaron a los pocos días. Cuando Toñito acudió a visitar a su vecina la encontró desmejorada y con el rostro demacrado. Aquella tarde no cogía los puntos de media. Tampoco le invitó a sacar los programas de cine. Pocos días después cayó en cama y tuvo que ser atendida por sus hermanas venidas de otros barrios o de localidades aledañas. Macario y Carmen prohibieron a su hijo ir a molestar a la vecina.
Tras las vacaciones de Pascua, una mañana de vencejos en el cielo, falleció Maruja. El chico se enteró a la hora de la comida.
Durante la tarde se organizó en la casa un lento y triste velatorio. Al salir del colegio, Antonio, acudió a la casa de Maruja en busca de sus padres. Empujó la puerta de hierro y penetró a hurtadillas rozando los abrigos negros que colgaban del perchero. Un silencio encogido reinaba en la cocina donde algunas personas tomaban café. Balduino no estaba en su rincón de la ventana. Macario al ver a su hijo le mandó de regreso para casa.
Antes de salir, Antoñito, escaló por última vez los peldaños que conducían a la buhardilla. Bajó poco después y arrastrando su abultada cartera de escolar, ganó la calle sigiloso y regresó a casa.

Días más tarde, Paquita y Emilia, como viudas, se encargaron de la casa. Limpiaron, ordenaron, recogieron las pertenencias de su hermana. Ninguna se acordaba de la colección de programas de cine de Maruja. Nunca nadie llegó a echarlos de menos.
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Rita Hayworth

Veinticinco años habían pasado desde el fin de un conflicto cruel y fraticida. Veinticinco años de cruda represión política y moral, enconada en disolver cualquier atisbo de libertad, originalidad o de alegría. Dos décadas y media en las que la vida de aquel pueblo había quedado embadurnada con una sucia paleta de colores pálidos, mezquinos y fríos. El blanco enfermizo del humo y los silencios que emergían agusanados de las chimeneas. Un gris ceniza en el delantal de las mujeres y en su pelo. El negro aceitoso de la antracita en las sayas y en los velos eclesiales. Pardo de uniformes, de miedo y luto de años en el corazón de las abuelas. El color de una oscura carcoma en los pulmones y en el rostro receloso de los hombres. La antigua rebeldía había trasmutado en una atmósfera distorsionada de sombras, enmudecida, triste, amarga.
Una sociedad sometida, estrecha, descalabrada… Un mundo de ánimo desolado y pensamiento tarugo en el que destacaba inédito el perfil caprichoso, excéntrico y excepcional de Margarita.
El padre de Margarita Muñoz había sido uno de los primeros ingenieros de la cuenca. Desde niña residía en la calle de Los Santos Patrones, en una mansión desproporcionada para ella sola, heredad de la familia. Las traseras de la casa daban a los muelles ferroviarios, cerrándose en pendiente en torno a un sólido muro, alto y muy grueso, una obra de arenisca y argamasa que proporcionaba protección a una gran finca arbolada a la que todos conocían como “La Tierrona”. La muralla otorgaba intimidad a la inquilina.
Margarita Muñoz vivía en malentendido permanente con la realidad. Mujer descarrilada, solitaria, extravagante, parecía extraída de un mundo exótico y ajeno, reciclada según los códigos de la cinematografía norteamericana: blusas ligeras y muy blancas, faldas que remontaban la rodilla o vestidos de colores que ella misma se cortaba. Negrísima melena cubierta por pañuelos floreados, dos frambuesas en la boca, pechos firmes y apretados que burlaban desafiantes la apretura de otras filas, mascarones arrogantes de una nave milenaria. Gafas de sol para ocultar la mirada un punto extraviada. Empecinada en la disidencia social, desacompañada siempre, errabundeaba contoneando los volantes de su falda, el bolso bajo el brazo, calle arriba, calle abajo o al calor de los soportales en la plaza.
Corrían voces en el pueblo… La salmodia repetida atestiguaba que Margarita Muñoz era una golfa, que le gustaban las mujeres, que follaba con cualquiera, que en las tardes de verano, la indecente, tomaba el sol desnuda en la Tierrona, al amparo de los muros… Al escuchar su leve taconeo, las tocas de las monjas del Divino Sacramento volaban sobresaltadas a la otra acera, la sotana funeral de los maristas se inquietaba y apresuraba el paso, murmuraban las mujeres en los puestos del mercado, ciertos hombres asomaban a la puerta de las tascas vaso en mano, y amagando un gesto soez comentaban groserías entredientes. Para muchos una loca, una bollera, un marimacho indecoroso, una puta… Unos pocos, al cruzarse en su camino la observaban compasivos.
―Pobrecita, desdichada―. Comentaban los piadosos.
En vida de sus padres todos la conocieron como Rita. Más tarde, algún desaprensivo cebó en ella su frustración y su vileza motejándola con el nombre de la artista. Pasaron a llamarla Rita Hayworth. Pronunciaban el insulto en voz bien alta. En su peculiar demencia Margarita, en vez de hacerse la ofendida, enarboló aquel apodo por bandera.
En ocasiones se enclaustraba tras la verja de la casa. Durante días apenas se la veía.
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Don Wayne dijo...
―Por ahí va esa…
―¿Quién madre?
―¡Quién va a ser, la Hayworth! Se habrá cansado de patear por la alameda.
― Madre…
―Se da unas ínfulas de actriz. Parece sacada de uno de esos largemetranjes.
―¡Déjela en paz, madre!
La mujer más joven, la madre de Quirico, aplicaba cuidadosamente el “Baldosinín” entre la junta de azulejos de la cocina. La anciana, sentada junto a la ventana de la calle, trazaba su labor de ganchillo con movimientos mecánicos y rápidos.
Quirico, entretenía su tiempo releyendo una vez más sus descoyuntados tebeos de “Hacha y Espada”. De pronto las peripecias de Mario y de Rolando en su lucha contra el conspirador Duque de Brantomé dejaron de interesarle. Simuló continuar enfrascado en las ilustraciones. Pasaba páginas, pero su oído estaba atento a la conversación entre las mujeres.
―Esa mujer es una bruja, una provocadora, una anarquista…
―¡Por Dios, madre, no diga locuras, qué sabrá usted!
―No pisa ni un domingo por la iglesia.
―Para qué. Don Tomás la pondría de patitas en la calle.
―Por desvergonzada. ¡Le falta al decoro y al respeto!
―Calle, madre. Cada uno hace de su vida…
―Dice la Asunción que es un escándalo. Se pasea toda corita por la casa y por la finca.
―¿Quién lo ha visto madre?
―Alguien la habrá sido si lo dicen.
―Será porque han metido la nariz donde no deben.
―Lleva mala vida…
―Pero si vive sola, madre. No se la conoce compañía ni de gato.
―Eso. Siempre sola y sin marido.
―La soledad no es un delito.
―Yo que se, cuando lo dicen…
―No haga caso, madre. Habladurías…

Aquella tarde Roberto, “el Quirico” salió pronto en busca de Patarrete y los Mellizos. Se fueron a la campa de la peñas a ensayar virguerías con los trompos. Estuvieron largo rato sentados en lo alto de una peña. Durante un instante, Quirico se quedó pensativo.
―Podríamos…― dijo a los otros.

Cuatro sombras furtivas, vestidas de pantalón corto, se dieron cita en los muelles de la vía, detrás de los vagones cargados con ovoides. A esa hora bochornosa de la tarde una parte de los hombres carraspeaban el polvo venenoso en el interior de las galerías. El resto tosía en las cantinas el humo espeso del tabaco negro. En las casas, las mujeres mascullaban su soledad y su fracaso mientras fregaban la vajilla o recosían somnolientas. Los cuatro guajes corretearon hasta una pila de traviesas de la vía desechadas por podridas, agarraron una y venciendo su terca y pesada resistencia, consiguieron arrastrarla hasta tenerla colocada junto al muro. Con destreza, empujando hacia arriba de un extremo, la fueron levantando y apoyando poco a poco, hasta tenerla formando un plano inclinado entre el suelo y la pared. Los mellizos gatearon como esguilos. Una vez arriba fue preciso tirar de Patarrete para izarlo hasta lo alto, desde abajo, Quirico le empujaba de la culera. A Roberto Quirico le costó poco la escalada.
Ya instalados en lo alto de la atalaya se recostaron muy pegados a la cresta. Allá abajo, en la distancia, a la sombra del moral, descansando en una hamaca de loneta, la mujer dormitaba en soledad, una revista yacía en el suelo derrotada por el sueño. Llevaba puestas sus gafas de sol y un sombrero de paja en la cabeza. Permanecieron largo rato agazapados en silencio. Olvidaron respirar. Cuatro niños puros y absortos, encaramados en lo alto de una tapia, contemplando la madura, la luminosa, la exuberante desnudez de Rita Hayworth.
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El Hijo del Granjero dijo...
Qué hubiera sido, Don Wayne, de aquellos pueblos nuestros, tan oscuros, sin el resplandor de las escasas Ritas que picoteaban las crestas del feismo y la hipocresía.

Sigo pensando, por si un día las aves fenecen por inanición, que podíamos montar una fábrica de historietas, encañarlas en fina tripa y venderlas como taranga mágica capaz, no solo de hacer hogueras en la tripa, si no de encender bombillas en las cabezas.
De verdad, me ha gustado la historia de este personaje tan nuestro y sobre todo tan de nuestros recuerdos.
También he aprendido una nueva palabra en su acepción más infantilmente turbadora:corita.
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Don Wayne dijo...
Estimado Manor Junior:
Estoy confuso. ¿Taranga? ¿Abértola?
No aparecen en mi diccionario de la R.A.E. ¿Son de tu propia creación? Me gustaría contar con más datos que aquellos imprecisos que se desprenden del contexto.
Gracias por tu comentario.
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El Hijo del Granjero dijo...
Señor Don, llamamos taranga en estas tierras de la Alta Extremadura a la morcilla de sangre, exclusivamente de sangre.
Y lo que son las cosas, también es una palabra Wollf, lengua mayoritaria de Senegal, que se utiliza para destacar la capacidad de una persona para ser simpática, cordial, amable, ...
En cuanto al segundo vocablo, si cambia esa "r" por una "s" verá que los señores de la RAE han tenido a bien incluirla en el diccionario. Antes de buscar su significado puede jugar a adivinarlo en el propio relato de Jaht, que como sabe vive aquí al lado en C/ Conversaciones con Sinhué.

Un saludo de Manorito
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El hijo de King Kong
Al amparo de la noche, como un tsunami silencioso que invade toda una ciudad, la marea de carteles anegó muros y paredes de la villa. Llamativos caracteres de grafía circense para proclamar un singular y extraordinario acontecimiento: el “MONUMENTAL CONDADO CIRCUS”, en su triunfal gira por España recalaría pronto en la ciudad. Los textos se apuntalaban con ilustraciones alusivas al evento (rostros de payasos, fauces felinas en actitud amenazadora, hiperbólicas carpas festoneadas de camiones…). En el transcurso de la mañana una pareja de operarios remató el trabajo salpicando con affiches en formato reducido los escaparates de comercios y pequeños negocios. A la hora de comer aquellos individuos de rostro intemporal y fatiga curtida, se apostaron estratégicamente a la puerta del colegio y comenzaron a repartir “invitaciones” entre la chiquillería que aleaba reclamando a saltos su botín: ¡A mí!, ¡A mí!, ¡A mí!...
Uno de aquellos carteles, repetido hasta el hartazgo en las fachadas, reclamaba la atención del vecindario representado a un descomunal simio encaramado en lo alto de un altísimo edificio, la copia bastarda de un antiguo cartel cinematográfico. Un gorila gigantesco que braceaba furioso intentando derribar a manotazos una escuadrilla de aeroplanos diminutos que parecían acosarle como insectos. El pie de la ilustración no podía ser más elocuente: “POR PRIMERA VEZ EN ESTA CIUDAD: EL HIJO DE KING KONG”.
A lo largo de la tarde una destartalada furgoneta con matrícula extranjera renqueó por plazas y avenidas vociferando, en un castellano tan grandilocuente como rudimentario, una letanía que invitaba a los comarcanos a conocer las sorprendentes atracciones de un espectáculo circense desgastado y anacrónico: trapecistas, payasos, contorsionistas, malabaristas, animales exóticos… Como atracción estrella, el público asistente contaría con la oportunidad de conocer al hijo de King Kong.
El día se despidió con el paso de una recua de camiones de aspecto descolorido y maltrecho, algunos de los cuales arrastraban enganchados pesados remolques. Una flota de vehículos que, hartos de rodar, tratan de orientarse en su camino al extrarradio en busca de un solar sin bautizar, baldío y polvoriento, destinado al emplazamiento de mercadillos y feriantes. Desde los portales tropillas de rapaces observaban curiosos aquel desembarco intentando adivinar el contenido de las cargas: “este debe transportar los materiales: la grada, los mástiles, los clavos, los rollos de maromas… Aquel otro la lona de la carpa. El que viene detrás transporta jaulas”. Un cosquilleo de emoción asciende hasta la boca de su estómago cuando, a través de un respiradero, ven aparecer una gruesa lombriz, rugosa y gris, una trompa que tantea el exterior y resopla exigiendo su ración de forraje, agua y libertad. “¿En cual de ellos viajará el hijo de King Kong...?” En un ejercicio de competencia matemática las inteligencias infantiles comparaban volúmenes, ninguna de los camiones que desfilaron en el transcurso de la tarde reunía las dimensiones para alojar al gorila publicitado. “Habrá pasado ya o vendrá mas tarde…” Para entonces, haciendo cola en el convoy circulaban unas pocas caravanas.
El Chapiteau se montó con rapidez al día siguiente. En su perímetro se fueron dispersando los remolques y caravanas. A lo largo de la semana el tinglado fue ganando terreno con elementos añadidos: la taquilla, bastidores para las tomas de agua, mangueras, vallas, generadores eléctricos, cobertizos de lona, jaulas y recintos de la cuadra y todo un atavío de luces y banderas.
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Don Wayne dijo...
Inasequible al desaliento, sentado en la distancia, Raúl observaba cada tarde la actividad de las gentes del circo. Su mirada se frustraba al no conseguir dar con el lugar donde se encontraba el hijo de King Kong.
Con toda su panoplia desplegada, el “MONUMENTAL CONDADO CIRCUS” decidió abrir sus puertas el fin de semana, un sábado de mayo que despertaba rutilante y luminoso. El muchacho, ardiendo en deseos por conocer al titán de la pantalla, comenzó a merodear por las instalaciones a media mañana. Al mediodía una escuálida fila de gente serpenteaba haciendo cola frente a la taquilla. Algunos accedían al recinto vallado y deambulaban entre jaulas y remolques curioseando los animales de la menagerie. Raúl se acercó al vallado que limitaba el perímetro del circo, asegurándose de no ser visto sorteó la empalizada por uno de los costados, se coló entre las cartolas de dos camiones y pasó a confundirse con los demás curiosos. Durante un rato vagó entre cuadras y recintos en busca de su objetivo: dos avestruces, una elefanta descolmillada encadenada a tierra por una de sus patas, algunos caballos y poneys, un oso frenético que no paraba de dar vueltas en su jaula, una familia de babuinos, un dromedario y dos camellos, una cebra, media docena de llamas, una pareja de mapaches en una angosta jaula, un hipopótamo enano con aspecto de cerdito, dos parejas de leones somnolientos, los perritos futbolistas,…
Encontró lo que buscaba en una celda encastrada en la caja de un camión. Un cartel repintado a mano colgaba de lo alto de la mazmorra anunciando el contenido: “KING KONG JUNIOR”: el hijo de King Kong apenas llegaba a ser un murmullo del gigantón indómito y magnífico que derribaba aeroplanos a manotazos. Apenas una sombra del mítico coloso, del antropoide enamorado capaz de dar la vida por salvar la minúscula belleza de una heroína de celuloide. Un suspiro del fabuloso titán, de su altivez legendaria, de su arrogancia… El “hijo de Hing Kong no pasaba de ser un desafortunado chimpancé de gran tamaño. Un desgraciado que permanecía aferrado con sus negras manos a los roñosos barrotes de la ergástula cochambrosa que se había convertido en su calabozo itinerante. Un pobre mono, triste y abatido, sentenciado a perpetuidad, un ser cansado de aguantar sobre sus hombros un cautiverio eterno para entretenimiento y regocijo de la parroquia a cambio de unos duros. Sus ojillos de color castaño, profundos y ausentes indagaban con atención entre los visitantes en busca de un vestigio de compasión y humanidad. La sobrecogedora mirada, la mirada ausente y casi humana, de un pariente ancestral perdida en un vacío de hambre, frío y depresión sin horizonte.
Por un instante, el primate regresó a la triste realidad de su confinamiento. Una familia se detuvo junto a Raúl para contemplar al chimpancé, alguna de las niñas que acompañan al grupo llevaba en su manita un paquete de chucherías y el simio extendió su largo brazo mendicante fuera de la jaula implorando con mano acartonada la caridad de unas pocas “palomitas” de la bolsa. Llegó, mas tarde, un grupo de mozalbetes que, a empujones, se carcajeaban estúpidamente señalando a la bestia. Le apedrean con dos latas de cerveza, luego uno tiene la ocurrencia de lanzar un cigarro encendido al interior de la jaula. Las experiencias anteriores y su inteligencia de primate subyugado permiten al animal percibir la burla y el peligro, se yergue entonces sobre las patas traseras y atemorizado comienza a dar saltos desgarbados, erizando el pelo hirsuto, chillando como un energúmeno. Por el espacio entre barrotes lanza al exterior con furia y tino sorprendente puñados de serrín, restos de fruta y excrementos. Los pandilleros se apartan entre chanzas:
―¡Será hijo de puta el mono!
―¡Qué mala hostia tiene!
―¡Y que puntería!
Luego, ante la inminente presencia del cuidador, huyen con el jolgorio hacia otra parte y se olvidan para siempre de King Kong.
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Don Wayne dijo...
Raúl salió del recinto circense por la puerta principal, confundido entre el tumulto. Camino de casa no puede dejar de cavilar.
Cuando se acuesta por la noche, arropado entre la cálida intimidad de las sábanas, vuelve a recordar al animal. Imagina su sombra recortada por la luna, pudriéndose en aquel espacio lúgubre, de dimensiones imposibles, cuando el tumulto de la función enmudece, los focos se apagan y las gentes de toda condición se retiran a sus confortables hogares. Un cautivo arrinconado entre la paja, consumido en su vigilia. Unos ojos que sangran soledad y humillación mientras permanecen observando con rostro de humano antiguo, espejo de desolación y miedo, los vivos colores de la gran carpa que frente a la jaula se alza magnífica, roja y blanca.
Tomás Glez de Mera dijo...
Señor Don Wayne:
He quedado dolorido con su relato "El hijo de King Kong", es como un pellizco. Pocas veces la ternura y la crueldad bailan un tango, esta es una de esas veces.
Esa especialización suya que aúna cine e infancia da excelentes resultados narrativos.

La envidia por esa comunidad "cineclubera" a la que usted pertenece y que adivino a través del blog del Gallinero, por esos debates y,¡como no!, por las películas; han hecho que encomiende a mi asistente se informe de la posibilidad de que un aburrido indiano de Llanes, pueda cambiar su frío palacio por una soleada casa de campo cerca del Monasterio donde se retiró otro ilustre amargado.

No dude, apreciado Don Wayne, que esos problemas económicos, que a veces nublan sus sonrisas, serán pura anécdota si mi traslado, como deseo, se lleva a cabo. Entretanto siga escribiendo, que de su libro de relatos ya hablaremos.
Cordialmente:
Don Tomás Glez de Mera